195 AÑOS DE INSURRECCIÓN COMUNERA: UNIÓN DE LOS OPRIMIDOS CONTRA LOS OPRESORES

La insurrección comunera que sacudió todo el virreinato de la Nueva Granada en el año 1781, haciendo tambalear el secular régimen colonial y feudal que entonces casi dos siglos en una inagotable contera de experiencias y ejemplos para las luchas del pueblo colombiano. La poderosa tormenta de rebeldía que desató en cada población, demostró históricamente la capacidad de combate de los oprimidos y fue el primer gran paso hacia la independencia nacional de la corona española que se consumó cuatro décadas más tarde.

El estallido de la revolución. La causa inmediata del levantamiento popular fue la aplicación de un decreto tributario que imponía nuevas cargas en los estancos, nuevas alcabalas y almojarifazgos, y el denominado “Impuesto de la Armada de Barlovento”, con los cuales el Rey Carlos III buscaba financiar la guerra declarada por España a Inglaterra en 1779, y que también habían motivado la insurrección de Túpac Amaru en el virreinato del Perú. El 16 de marzo de 1781, día de mercado en El Socorro, los comerciantes, artesanos, campesinos e indígenas, leyeron con estupor e ira el edicto sobre impuestos. De entre el tumulto y el murmullo indignado se adelantó entonces Manuela Beltrán, una humilde vivandera que rompió en pedazos la Real Cédula y la lanzó al aire. En su acción se concentraban siglos de ira acumulada por un pueblo explotado y oprimido sin medida; agobiado por tributos a la Corona, al clero, a los corregidores y encomenderos; vejado con altanería por los funcionarios extranjeros y sus soldados, y sometido a la odiosa discriminación con que los imperios acostumbran tratar a los naturales de sus colonias. La chispa aventada por Manuela Beltrán encendió la hoguera de la rebelión contra el vasallaje. Echando al vuelo las campanas, Charalá, Mogotes, Barichara, Guadalupe, Vélez, San Gil, Simacota, Pichones, obligaron a los cabildos a suspender los tributos. En pocos días, y extendiendo la consigna “¡Qué viva la libertad!”. Las masas perdieron respeto por las instituciones opresoras, desconocieron su autoridad y proclamaron: “Viva El Socorro y va el reino entero, si socorro al Socorro le prestare!”

Veinte mil insurrectos marcha a Santa Fe

Muy pronto, el pueblo eligió sus propias “Juntas Comunes” de gobierno, haciendo que a ellas se integraran los criollos adinerados, que eran discriminados por los españoles “puros”. Y el poder de las gentes del común ordenó avanzar sobre Santa Fe de Bogotá. Por donde pasaba la columna rebelde, las gentes humildes sumaban sus fuerzas: los negros y mulatos rompían sus cadenas; los “cimarrones”, parias a quienes se prohibía incluso hablar, unieron sus hondas y piedras; los siervos de la gleba acudieron armados de azadas, machetes y una cuantas escopetas; los indios carares, yeregüíes y panches, aportaron sus lanzas y sus flechas. Incontenibles, derrotaron en Puente Nacional a los batallones enviados a enfrentarlos y capturaron sus armas. El regente Gutiérrez de Piñeres, huyó despavorido de la capital. El 26 de mayo, 20.000 insurrectos rodearon a Zipaquirá extendiendo sus campamentos, haciendo redoblar sus tambores, y destacado una avanzada comandada por José Antonio Galán hacia el Río Magdalena. El régimen colonial envió a su encuentro entonces al taimado arzobispo Caballero y Góngora, para que mediante la firma de una engañosas “Capitulaciones”, donde se cumplían las exigencias económicas y políticas de los comuneros, pero solamente de palabra, impidiera la toma de la capital.

La unión de los oprimidos contra los opresores. Para entonces, José Antonio Galán, nacido en Charalá en 1741, y quien ya había librado varios combates contra la dominación colonial, empuñaba a lo largo de la cuenca del Magdalena una bandera revolucionaria sobre la cual se leía: “Oprimidos contra los opresores”. Al paso de su avanzada comunera cayeron Villeta, Guaduas, Mariquita y Ambalema. Luego acaudilló levantamientos de indios, esclavos, mineros, habitantes de las ciudades y trabajadores de las plantaciones. El ejemplo del Socorro, que él personificaba, encontró eco en Nariño, Cauca, Antioquia, Huila, Caldas, Boyacá, Casanare. El pueblo de todo el territorio nacional protagonizó en campos y ciudades miles de acciones heroicas contra el régimen colonial. Cuando Galán se enteró de la firma de las Capitulaciones, comprendiendo que la victoria del pueblo dependía de la toma de Bogotá, se dirigió de nuevo al Socorro donde arengó a los líderes comuneros con las siguientes palabras: “Alentémonos, y veamos si a costa de nuestras vidas atajamos este pernicioso cáncer, que amenaza nuestra ruina, y cuando no las vidas, el infame borrón y sucesivo reato de una sonrojada esclavitud!”. Pero era tarde. El ejército comunero, desmovilizado y confiado en quienes lo estaban traicionando, no pudo ser reagrupado. El líder rebelde fue capturado por traidores, llevado a Santa Fe y juzgado por los inquisidores y señores feudales que se ensañaron con él, condenándolo a la horca, la incineración, el descuartizamiento y exhibición pública de su cabeza, manos y pies, en los lugares que había presenciado sus combates. Decretaron, además, que se diera “al olvido tan detestable memoria”, y lo ajusticiaron el 1º de febrero de 1782, junto con sus compañeros de lucha Juan Manuel Ortiz, Isidro Molina y Lorenzo Alcantuz. Pero los verdugos se equivocaron respecto a la memoria de José Antonio Galán, cuya imagen encarna en todos y cada uno de los combates que las masas populares de Colombia han librado desde entonces, y junto con las de Manuela Beltrán, el comunero indígena Ambrosio Pizco y miles de los combatientes de hoy hace 195 años, constituyen un ejemplo de rebeldía contra la opresión digno de la conmemoración emocionada de todos los revolucionarios.