A quince años de su muerte la tarea es continuar su obra


Gustavo Triana, Secretario general del MOIR, Editorial Tribuna Roja Nº 109, Bogotá, julio 30 de 2009

En el decimoquinto aniversario de la muerte de Francisco Mosquera Sánchez, refrendamos nuestra lealtad a sus enseñanzas y damos cuenta de haber mantenido el rumbo estratégico y táctico que trazó para la acción, no solo del MOIR, sino del contingente de revolucionarios y demócratas a quienes nos desvela la tarea de defender la soberanía nacional y el bienestar de la nación colombiana.

De la esclarecedora y prolífica obra de Francisco Mosquera nos detendremos a resaltar el formidable enunciado mediante el cual deja resuelto los aspectos centrales de la estrategia y la táctica de la revolución colombiana, y su paciente y esforzada labor para dotar a la sociedad de una organización política capaz de sacar adelante las tareas correspondientes a ese propósito.

Comenzó por tener comprensión de la situación concreta de Colombia, de fundamentar las causas del atraso económico y la pobreza de su población, yendo hasta los orígenes y la formación de la Nación. Hizo la valoración histórica del descubrimiento, la conquista y la colonización de América, indagó de los imperios de la época sobre sus grados de desarrollo económico, político y social y sus incidencias en la formación de las futuras naciones. Examinó con detenimiento los factores por los cuales no se concretó en Colombia la revolución democrático-burguesa, luego de la guerra de independencia de España. Hizo ver cómo la derrota sufrida por las ideas liberales en las confrontaciones armadas del siglo XIX desfavoreció la consolidación de la república burguesa y condujo a cincuenta años de dictadura conservadora, a la pérdida de Panamá y al inicio de la sumisión del país a la política imperialista de Estados Unidos con el soporte de una burguesía que claudicó ante los terratenientes y el poder clerical.

Estudió cada una de las clases sociales y los partidos, sus comportamientos y responsabilidades con la suerte que le ha tocado al país; tomó atenta y minuciosa nota del contexto internacional para fijar con total acierto el objetivo estratégico que se deben proponer las clases sociales que tienen sentido de pertenencia con la Nación: liberar a Colombia de la sojuzgación extranjera, superar el atraso en la industria y el agro e instaurar una verdadera democracia.

La revolución de Nueva Democracia, que no es otra cosa que la conformación de un gran frente de todos los oprimidos para lograr el establecimiento de un gobierno que represente a todas las clases afectadas por las políticas imperialistas y el control que la oligarquía ejerce sobre la economía y el Estado; para acometer un programa de gobierno que salvaguarde la Soberanía Nacional, desate el desarrollo de las fuerzas productivas del campo y la ciudad, proteja y desarrolle el mercado interno y reconozca los derechos económicos y las libertades democráticas a la población. Ese es el asunto principal de nuestro quehacer político, la estrategia de la revolución colombiana en su etapa actual, realización sin la cual, sentenció Mosquera, no será posible construir el socialismo.

Aclaró los métodos y formas de lucha a los cuales se podía recurrir en el transcurso de esa confrontación contra las clases que apuntalan la dominación extranjera. Luego de examinar con detenimiento las erróneas prácticas de las organizaciones y grupos que se levantaron en armas contra el dominio de Estados Unidos y el bipartidista Frente Nacional, se propuso dotar de una teoría y una organización política a la revolución colombiana, partiendo de negar lo practicado hasta la fecha por quienes pretendieron replicar mecánicamente la experiencia de la Revolución Cubana. En la discusión clarificó la inconveniencia de acometer acciones desbocadas e improcedentes que no consultan la comprensión de las masas, su estado de ánimo ni la correlación de fuerzas y que, por el contrario, estorban las luchas democráticas y sirven de pretexto para la aparición de acciones autoritarias y criminales contra la población. Mosquera descalificó el foquismo guerrillero y sus prácticas degradadas, y adoptó una línea de lucha de masas que aproveche los resquicios democráticos para favorecer las luchas y la unidad de más del 90 por ciento de los colombianos en un gran frente antiimperialista. Junto con esa disposición táctica también advirtió de otra no menos dañina e inaceptable, la conciliación y el acomodamiento, la rebaja de los objetivos centrales a cambio de las boronas que puedan dejar caer de sus manteles los imperialistas y la oligarquía. Salvadoras aclaraciones, en un país donde hemos visto saltar de una práctica a la otra a docenas de combatientes que con sus posturas llenan de frustraciones a la población y desprestigian a los movimientos de izquierda.

Para la concreción de tales objetivos adoptó tres criterios que fueron definitivos para determinar la naturaleza y el acierto de su obra: abrazar la posición ideológica de la clase obrera; emprender la organización del destacamento político de esa clase social en Colombia y asimilar el acumulado teórico resultante de las experiencias revolucionarias en el mundo.

Mosquera dedicó hasta el último hálito de su vida a la concreción de la unidad, en un gran frente de todas las clases que sufren la dominación imperialista y los partidos y movimientos progresistas. Varios fueron los ensayos: el Frente Popular-Moir, la Unión Nacional de Oposición, el Frente por la Unidad del Pueblo, las adhesiones en la política de Salvación Nacional y el acuerdo con el Bloque Democrático Regional, que llevó a Jorge Santos al Senado y en cuyo discurso de lanzamiento sintetizó magistralmente sus batallas en defensa de la revolución colombiana, la vigencia del marxismo y el triunfo inevitable del socialismo.

Para Francisco Mosquera era de primera importancia el rigor en el análisis de los acontecimientos internacionales y sus repercusiones en el país. Ejemplo de ello fue la temprana advertencia sobre la nueva situación de predominio mundial de Estados Unidos con la caída de la Unión Soviética y la imposición que sobrevendría de políticas neoliberales conducentes a recolonizar a América Latina y extender su dominio en el resto del planeta.

En efecto, la recolonización arrecia hasta límites nunca vistos en nuestra vida republicana. El país está en vía de ser convertido en la principal base militar gringa de Suramérica, ya que Álvaro Uribe negocia en secreto un tratado con Estados Unidos que permitiría que su armada, su aviación y sus tropas usen las principales bases colombianas para adelantar también operaciones contra cualquier país del continente. El tratado, de corte colonial, es inconveniente para la paz en la región y violatorio de las leyes y la Constitución Política Nacional. Nuevamente, en el bicentenario de la Guerra de Independencia, la posición frente a las bases militares gringas define de qué lado se está: con la ocupación militar colonialista o con la soberanía nacional ganada en esa gesta.

El ordenamiento constitucional es roto por el autoritarismo del Presidente; la Constitución se modifica al antojo de los grupos económicos nacionales y foráneos para favorecer el saqueo del trabajo y los recursos naturales. La separación de poderes está quebrantada y la Justicia y el Control Público son presionados, espiados y difamados por el Ejecutivo. El DAS, las Fuerzas Militares y la Policía están implicadas en crímenes contra ciudadanos inocentes. El cohecho acompaña las leyes y reformas constitucionales del gobierno. Más de doscientos parlamentarios y políticos son investigados por paramilitarismo. La cúpula paramilitar está extraditada a Estados Unidos para tapar la verdad y negar la reparación a las víctimas. Con arbitrarias actuaciones el Procurador exonera a los amigos del Presidente, mientras persigue y hostiga a la oposición.

El cuadro económico es dramático. La destrucción del aparato productivo nacional, la pérdida de la soberanía alimentaria, el saqueo por las multinacionales, la privatización de los servicios públicos, la salud y la educación, el arrasamiento de los más elementales derechos económicos de la población, y la caída del comercio con el principal mercado externo de nuestras manufacturas, Ecuador y Venezuela, por el deterioro de las relaciones.

El abuso del poder ligado al favorecimiento de un pequeño círculo, conlleva exclusiones de importantes sectores del empresariado en el control del Estado y de los grandes negocios.

La contundente derrota de los candidatos del gobierno en la reciente elección de las mesas directivas del Congreso, es una prueba de que la coalición uribista hace agua por todas partes. La Jerarquía Eclesiástica en pleno se sumó al rechazo de la reelección, ya manifestado por importantes personalidades y voceros de los gremios. También, en detestable gesto de injerencia en nuestros asuntos, Barack Obama y Hillary Clinton descalificaron los apetitos continuistas de Uribe, lo que no deja de preocupar a más de un personaje de la oligarquía.

Las dificultades del uribismo se acrecientan con la compleja situación internacional: el imperialismo estadounidense sigue afectado por la crisis económica mundial y por la agudización de contradicciones con las otras potencias, y en particular la decisión de una docena de naciones, entre ellas Brasil, China, India y Rusia, de empezar a prescindir del dólar en sus intercambios comerciales y tener parte de sus reservas internacionales en euros; lo mismo que el afianzamiento de varios gobiernos latinoamericanos que entran en franca contradicción con Estados Unidos y con las políticas del FMI, el BM y el BID, nacionalizan sectores estratégicos de sus economías, no participan de la negociación de los TLC y modifican la correlación de fuerzas en la OEA; y las cada vez más frecuentes y masivas movilizaciones de trabajadores, campesinos, indígenas y productores nacionales del continente contra las políticas de la globalización imperialista, alientan la conformación de partidos y coaliciones democráticas en procura de alcanzar la soberanía y una verdadera democracia para sus naciones. La situación creada con el golpe de Estado en Honduras pone en evidencia las dificultades del imperio, pues tiene que reprobar el cambio, de facto, de un gobierno contradictor de sus políticas e integrante del ALBA.

Un escenario de estas características favorece el desempeño del Polo Democrático Alternativo, acreditado por su consecuente oposición a las políticas de Uribe y el imperialismo, con una propuesta real de cambio contenida en su Ideario de Unidad y con capacidad para organizar y movilizar a los sectores más avanzados de la sociedad. El POLO es, sin duda alguna, la propuesta anhelada por la inmensa mayoría de los colombianos.

La candidatura de Carlos Gaviria concita grandes apoyos y encarna la negación del uribismo y sus políticas. Su verticalidad en la defensa de la soberanía, la condena del neoliberalismo, y su consecuente defensa de los sectores marginados, además de su impecable vida al servicio de la sociedad y la pulcritud de sus actuaciones públicas, son garantía para presidir la lucha por un país decente. Como dijera Francisco Mosquera: “Una portentosa corriente unitaria revolucionaria del pueblo colombiano se ha puesto en movimiento. El porvenir es suyo, ¡apoyémosla!”.