DE CONCESIÓN EN CONCESIÓN HACIA LA ENTREGA Y LA CAPITULACIÓN FINAL

Por Aurelio Suárez Montoya, secretario ejecutivo de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria

En los últimos meses de trámite de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de Colombia con Estados Unidos han surgido nuevas expresiones de resistencia y de crítica frente a los estropicios cada vez mayores a múltiples intereses nacionales en las distintas mesas, las cuales a pesar del coro de numerosas voces disidentes, avanzan hacia el «cierre». El asunto está tomando connotaciones tan dramáticas que, cuando se anuncian con algazara «los avances» en las negociaciones, nuevos grupos sociales o económicos reciben la noticia con manifestaciones agridulces que develan mayores costos para la nación a medida que se aproxima el trato final. Una encuesta reciente del diario Portafolio reseñaba lacónicamente que «crece el nerviosismo y la cautela empresarial por el TLC con EU», que «es mayor la incertidumbre por los efectos que este nuevo escenario comercial le plantea al país, que el optimismo» y que «al consultárseles a 1.075 empresarios de las doce principales ciudades del país, sobre qué tan optimistas son frente al TLC, la respuesta deja prácticamente ‘en rojo’ a este proceso».1

El lunes 14 de febrero, más de 40 representantes de gremios, de organizaciones cam­pesinas e indígenas y de profesionales, estudiantes y trabajadores vinculados a la producción agropecuaria nacional en una audiencia en el Senado de la República, promovida por los senadores Jorge Robledo y Luis Humberto Gómez Gallo sobre «El balance del agro en las negociaciones del TLC», dejaron en evidencia que en esa materia Estados Unidos ha impuesto todos sus criterios comerciales, incluidos los ilegítimos, y Colombia los ha aceptado, agregando la total desprotección a los frutos del campo y conduciendo así a 12 millones de habitantes desde la peor crisis de su historia, que se vive actualmente, a un estado de descomposición y de caos. Se denunció la burda entrega de los cereales, las olea­ginosas y la avicultura, entre otros, y que el ansiado acceso al mercado norteamericano, con el que supuestamente se compensarían las pérdidas, no pasará de ser un espejismo, obstaculizado con toda suerte de artimañas y tecnicismos, o, cuando se cristalice, no llegará a ser más que la participación en la competencia voraz entre países tropicales, alentada por la superpotencia, para proveerse a la barata de tales bienes, como puede comprobarse con la experiencia del café.

Personas nunca tenidas como enemigos del «libre comercio», como el presidente de Acopi o el ex ministro Pizano de Nar­váez, han expuesto objeciones al curso de las negociaciones y descubierto irregularidades que son auténticas piedras de escándalo que en cualquier latitud suscitarían amplio debate y pondrían en entredicho este tipo de tratados. El primero de ellos advirtió sobre «pactos secretos» entre los negociadores para viabilizar la importación de «usados», «introduciendo criterios poco éticos en el mercado y el consumo» y el segundo afirmó que «por falta de claridad en el equipo negociador colombiano, el TLC en materia de telecomunicaciones va camino de convertirse en un documento de adhesión de nuestro país a los Estados Unidos (…) hasta ahora Colombia no ha conseguido nada en la negociación, pero sí lo está entregando todo (…) Si desaparece la plata para financiar los subsidios, las tarifas de los más pobres acabarán subiendo (…) El equipo colombiano ni siquiera ha presionado para que los operadores estadounidenses canalicen esas llamadas hacia nuestros operadores legales, lo cual demuestra que no hay voluntad clara y fuerte para defender los intereses nacionales».2

Y también personas cuyo oficio no ha sido propiamente el análisis de los temas institucionales, jurídicos y económicos, como el cineasta y columnista Lisandro Duque, al describir el método «risueño» de la negociadora gringa Regina Vargo, sentenció: «Cada vez que nos arranca un pedazo de país para echárselo a las fauces de los empresarios estadounidenses, o cuando embarca a los negociadores nuestros en dilemas sin solución (…) falsos dilemas todos, provocaciones apuradas al sentido de la ética y falta de seriedad. Eso es el TLC. Cualquier directriz que salga de esas reuniones, en las que ni se delibera sino que se obedece, será inaceptable».3

Comunidades colombianas tan representativas, como las de los habitantes, indígenas y campesinos, de los municipios del oriente del Cauca, prevalidos de su propia legitimidad derivada de sus tradiciones, autonomía y desde su particular visión del mundo, la naturaleza y la sociedad encuentran inadmisible «La forma autoritaria, distorsionada y oculta en la que el Gobierno Nacional viene negociando la soberanía, la vida y el futuro del país» y por ello convocan al «establecimiento de un mecanismo popular de soberanía y resistencia», como en efecto lo es la Consulta Ciudadana que escucha la opinión de sus conglomerados en torno a la firma del TLC y alrededor de la cual citan al resto de la nación en minga.4

Y ni hablar del bochornoso incidente propiciado por el negociador de la mesa de Propiedad Intelectual, Luis Ángel Madrid, quien fue «cabeza de turco» de lo que el ministro Jorge Humberto Botero calificó como «error técnico y de procedimiento». Cabe preguntar si la entrega del texto que prorrogaba, por más años de lo convenido con el ministerio de Protección Social y al parecer con el sector farmacéutico nacional, la protección de los datos de prueba de las invenciones en medicamentos a las multinacionales norteamericanas, fue iniciativa personal de Madrid o fue una instrucción venida de más arriba. Con este afrentoso episodio brota la incertidumbre acerca de cuántos asuntos, en los cuales el equipo negociador no ha quedado en flagrancia, se ha actuado de esa manera torticera. En este tema «quedamos a tres cuartas de los peores acuerdos comerciales», dijo el representante de Misión Salud, Germán Holguín. Y Recalca, la Red Colombiana frente al Libre Comercio y al ALCA, agregó al respecto: «La propuesta de todas maneras ya fue formalizada ante Estados Unidos y se suma a las muchas concesiones, entregas y claudicaciones que ha hecho el equipo colombiano y el gobierno en las mesas y fuera de ellas y revela nuevamente que el ministerio de Comercio actúa en complicidad con las exigencias norteamericanas».5

Todos los anteriores pronunciamientos, reprobatorios de la conducción oficial de las negociaciones del TLC y que abarcan un amplio espectro de la sociedad colombiana, luego de realizadas siete rondas, tienen pleno fundamento. Los aspectos lesivos al progreso y a la estabilidad de la nación emergen por montones en tanto se van eliminando corchetes (la forma como inicialmente se marcaban las diferencias entre las partes en los distintos textos) del tratado y se va configurando la redacción final. Sólo puede causar indignación, por ejemplo, conocer que las multinacionales yanquis tendrán acceso libre a nuestras redes, sistemas y mercados de comunicaciones sin contraprestación alguna, que disfrutarán de ellos sin invertir nada, que implantarán un sistema de libre usufructo que inclusive allá fue revisado y que así acabarán con casi todas las empresas colombianas en ese campo.

Estudios oficiales recientes, como el elaborado por Claudia Patricia Marín y Juan Mauricio Ramírez por encargo del Banco de la República y el Departamento Nacional de Planeación, «El impacto económico de un acuerdo parcial de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos», que hace una evaluación cuantitativa de los posibles efectos del TLC sobre la economía colombiana, concluye que los resultados «dependen críticamente del grado en el cual se logren afectar las barreras no arancelarias vigentes en EU (…) Un TLC que mantenga las barrearas no arancelarias sobre el sector agrícola en Estados Unidos tendrá efectos negativos sobre los ingresos y el consumo de los hogares rurales y en general sobre el sector agrícola colombiano». Y también, Ramírez y Marín aseveran que la balanza comercial con Estados Unidos será más negativa, que el ahorro no crecerá, que las importaciones de la agricultura se triplicarán, que el empleo que puede beneficiarse será el informal y, que en el mejor de los casos, el costo fiscal para el país será de 400 millones de dólares que, si no se financian con casi imposibles crecimientos anuales de la inversión del orden de 10%, requerirán nuevas cargas tributarias sobre la población y la economía. Este análisis, en cuyas conclusiones no se evalúan las secuelas de los flujos de capital, que pueden ahondar la revalorización del peso frente al dólar, ni de los inicuos reglamentos de Propiedad Intelectual ni del capítulo de Compras Estatales que obliga a ofer­tarlas a las empresas y firmas estadounidenses como si fueran nacionales, es de noviembre de 2004, cuando ya se habían adelantado cinco rondas de conversaciones.6

En contra de tan amplia gama de voces contrarios de los análisis citados, Colombia retiró para siempre de la mesa el sistema de franjas de precios con el cual se amparaba lo que queda de la producción de géneros básicos para la alimentación de nuestro pueblo y que a cambio se sometió al sistema comercial de dumping que Estados Unidos ha decidido imponer y , ala vez, propaga como gran logro, junto con el presidente de la ANDI, el acceso libre para el 99% de las mercancías industriales colombianas al mercado estadounidense. Esta conquista está ensombrecida porque no se ha extendido a las ramas que, según las previsiones, podrían gozar de cierto beneficio como los textiles y porque, como prestación a tal garantía, también se ha otorgado al 66% de las mercaderías norteamericanas en el mercado nacional. Un examen objetivo y cuidadoso de dicho intercambio, por cantidad y variedad, resulta negativo. Nadie se entusiasma cuando se dan avisos como éstos o cuando se informa que cuando arrecie el diluvio de artículos estadounidenses las ramas afectadas no podrán imponer medidas de salvaguardia sino bajo muy estrictas limitaciones y máximo por cuatro años. Ni tampoco cuando, verbigracia, se informa que se ha permitido importar volúmenes de leche en polvo y fresca a cambio de exportaciones desde Colombia de «quesos de búfalo» y «bebidas achoco­lata­das». ¡Una genuina vergüenz a! El gobierno notifica como un éxito que la mesa sobre Comercio Electrónico, calificada desde las negociaciones del ALCA por el anterior secretario de Comercio de Estados Unidos, Donald Evans, como «pieza clave», está a punto de concluir y que igual sucede con las de Servicios Transfron­te­rizos, otra de las «claves», y la de Políticas de Competencia que eleva a norma constitucional los prejuicios contra todo tipo de empresa estatal y propende por la privatización completa de todos los órdenes de la vida nacional. Cuando se escuchan tales datos no sabe a ciencia cierta a qué bando, en realidad, pertenecen los directores negociadores del gobierno de Colombia.

Las pretensiones norteamericanas van todavía más allá. En servicios culturales se preparan para una ofensiva que no respetará siquiera «las reservas de pantalla» para creaciones nacionales en la programación de la televisión, atentado contra la identidad cultural y cumpliendo con un propósito oculto: la homogenización continental del pensamiento y las ideologías. Ni siquiera los compromisos contraídos con quienes les sirvan de agentes comerciales para sus negocios y productos serán debidamente resguardados al ser eliminada, a instancias de los gringos, la Cesantía Comercial o sea la indemnización al representante comercial cuando cesa en sus labores de intermediación. Y, como prueba inicial de lo que viene, el gobernador de Florida y hermano del presidente norteamericano, Jebb Bush, vino a Colombia con una concurrida misión de «vendedores» de productos y servicios, con énfasis en las áreas de salud y tecnología, cuando los ilusos esperaban una misión de «compradores».

Se perora asimismo sobre 37 proyectos de cooperación que, al tenor del pacto, se adelantarán con el gobierno norteamericano. Una revisión de los objetos de tales proyectos lleva a concluir con facilidad que serán áreas donde el Imperio en forma de «cooperación» va a incidir para adecuarlas a su provecho en el marco del TLC. Allí están comprendidos temas como las aduanas, donde se recibirán recomendaciones acerca de la clase de equipos que Colombia debe adquirir para «agilizarlas» y cumplir con lo convenios de despacho de embarques en 48 horas, o en la evaluación de impactos del TLC sobre las pequeñas y medianas empresas o sobre la asistencia técnica para un «cinturón fitosa­ni­tario» para la sabana de Bogotá, en particular para los sectores de hortalizas y flores. Aquí «no hay puntada sin dedal».

Diversos analistas hablan de la proximidad del fin de las negociaciones técnicas y el comienzo de la fase final de ellas, lo que se conoce como la etapa política. Consiste en que el gobierno, con el Presidente Uribe a la cabeza, oficiará la liturgia de la pleitesía total. Se fraguará el tétrico cuadro de la rendición donde se pasará de las concesiones a pedazos a la escena final de la genuflexión. El negociador colombiano, Hernando José Gómez Restrepo, ya ha dado algunas luces de cómo se llevará a cabo tan infausto suceso, con «fórmulas inteligentes y creativas», en juegos de «toma y dame», y dejando sentado de antemano que «se harán algunas concesiones».7 De ahí que no es arbitrario pensar que lo «ingenioso» e «inteligente» está en cómo engañar a la mayoría de los colombianos.

El artículo mencionado de Lisandro Duque brinda luces sobre esos juegos de «toma y dame» de los que habla Gómez Restrepo: «¿Quieren conservar intactas las empresas estatales para la telefonía? Pues entonces suspendan sus ayudas a la agricultura. Así de sencillo (...) ¿Quieren seguir con eso de los medicamentos genéricos? Vale, pero a cambio les vendemos nuestra ropa usada (...) ¿No se aguantan un incremento de horas de televisión nuestra en sus canales? Pues paguen más aranceles por las flores que les compramos (...) ¿No quieren nuestros perniles de pollo? Olvídense entonces de su sistema de derechos de autor».8

Este estilo artero, está acompañado del de mantener sin ventajas hasta el final de las negociaciones a los productos que más les interesa exportar a los respectivos países como textiles a Colombia, atún a Ecuador y espárragos a Perú. Este método que se denomina «poner como rehenes» a estos artículos, es una forma de negociar utilizada desde antaño por Estados Unidos. Para rescatarlos, las naciones signatarias deberán resignar todas sus aspiraciones y acatar los dictados imperiales. Esto será parte de la negociación política donde, al final, las coronas de laurel serán los carnadas y señuelos afectando a muchos y «salvando» a unos pocos.

Nada de lo que ha pasado se ha salido de la partitura inicial que el imperialismo desde sus propias legislaciones comerciales tiene fijado. Aparte de las ilusiones, los engaños y demás argucias para confundir a los más incautos todo está ceñido al formato que está predeterminado por el Congreso estadounidense en sus leyes comerciales en particular de la más reciente conocida como Ley de Promoción del Comercio de 2002 que rige los tratados comerciales bilaterales. En el Senado y la Cámara de Representantes en Washington es donde de verdad se hace la negociación.

Todos los elementos, que conducen a suscribir en el texto del TLC el documento de colonización de Colombia y a consagrarlo sin límite en el tiempo, están dados. El deber las fuerzas democráticas, patrióticas, que defienden el patrimonio, la cultura, la producción, el territorio, los recursos naturales y el trabajo nacionales y la soberanía económica y política es oponerse con todo denuedo a la realización de ese proyecto y para ello deben formar la más amplia unidad de acción, incluyendo a todos aquellos que estén dispuestos a contribuir en la exigencia al gobierno de cesar la entrega impudorosa de la nación, que se levante de la mesa de negociaciones. La hora exige echar atrás e impedir la capitulación y la rendición que el gobierno de Uribe se propone a ejecutar de hinojos ante Tío Sam y que retrocederá a Colombia a estadios de atraso y de subordinación superiores a los actuales.

Notas

1. Portafolio, febrero 18 de 2005, p.1 y p. 7. 2. Declaraciones entregadas a Colprensa y publicadas por el diario El País, febrero 11, vía Internet, 10.20. a. m. 3. Duque Lisandro. 2005. El Espectador, domingo 30 de enero de 2005, vía Internet. 4. La proclama indígena, llamando a la Minga, puede verse en www.nasacin.net 5. Recalca. 2005. “El chivo expiatorio”, pronunciamiento, www.recalca.org.co, marzo 1 de 2005. 6. DNP/Banco de la República. 2004. «El impacto económico de un Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos». Marín C. y Ramírez J. M., noviembre 25 de 2004. 7. El País, febrero 27, 2005. «El TLC creará 500.000 empleos». Entrevista a Hernando José Gómez por Alfredo García, vía Internet. 8. Duque Lisandro, op. cit.