DEL LEGADO DE MOSQUERA

El viraje táctico del MOIR

Los hermanos Ñáñez (...) han sostenido que la dirección del MOIR ha cambiado sus orientaciones originales. En uno de los últimos esfuerzos por sustentar sus divergencias, sostuvieron que desde 1978 el Partido cambió su política central y que ese fue el origen de las contradicciones. ¡Resultamos culpables de violar la línea del Partido! Pero en ésta, como en todas las mentiras, hay algo de verdad: en cierta medida sí hemos virado en la táctica. Actualmente, en el periodo de lucha contra el oportunismo de derecha, aunque seguimos defendiendo una misma concepción de los problemas, sí se presentan conflictos distintos a resolver, otras desviaciones exigen otros objetivos inmediatos, y por tanto hacemos hincapié en determinados aspectos de nuestra política. Cambian los blancos de ataque y se convierten en enemigos principales quienes ayer eran enemigos secundarios. Hemos hecho cambios en nuestra táctica, en eso los Ñáñez tienen la razón, pero ese viraje se debe a algo en que ellos no están de acuerdo: que le hemos declarado la guerra a la tendencia oportunista de derecha.

Dejemos clara una cuestión: no hemos cambiado nuestros principios. Al examinar estos asuntos, un observador superficial podría concluir que hemos cambiado los postulados fundamentales, lo que es inadmisible para un partido revolucionario. No es el caso: siempre hemos tenido una sola concepción ideológica y hemos defendido los mismos principios. Lo que sucede es que tenemos que poner énfasis en determinados puntos y dejar de insistir en otros que ya no se debaten tanto, por haber sido más o menos aceptados por el movimiento revolucionario en general. Es decir, son virajes que tienen que ver con la táctica. Podemos dar varios ejemplos petinentes:

Viraje en la lucha electoral

Miremos cómo enfocábamos el problema de la participación en las contiendas electorales antes, y cómo lo hacemos ahora. Cuando dentro y fuera del Partido libramos nuestra batalla contra el abstencionismo, decíamos: hay que utilizar la lucha electoral y la tribuna parlamentaria, aunque sean limitadas y el parlamentarismo esté desahuciado históricamente. Hoy hemos invertido los factores: señalamos lo limitado de esta lucha, el control de la misma por el enemigo, lo decrépito del parlamentarismo, así lo sigamos utilizando. Son aspectos distintos de una misma contradicción. Ayer lo predominante era el abstencionismo electoral y hoy predominan las ilusiones parlamentaristas.

Por eso ayer poníamos el énfasis en que se debía utilizar ese método de lucha, y dimos toda clase de argumentos para defender lo correcto de esta posición. Hoy, en general, éste es un punto que no se debate en el seno del movimiento revolucionario colombiano. Ya hasta los más dogmáticos de los grupúsculos levantan la bandera de la participación electoral, y tenemos que discutir con ellos para que no se entusiasmen tanto con las elecciones y con el parlamento y para que no se olviden de que las clases oprimidas, y sobre todo que los esclavos asalariados, están en una gran desventaja en ese tipo de contiendas.

Bula nos hacía el debate y decía que no sacábamos más votos dizque por los errores del Partido, por la táctica y porque no debilitábamos el programa, pero no decía nada sobre la inferioridad en que se encuentra un partido proletario en Colombia, frente a clases expertas que cuentan con el aparato estatal, con el poder que da el dinero, con los medios de comunicación controlados. Para el oportunista, o para el observador superficial, queda muy fácil decir: es que el MOIR cambió su orientación frente al problema. Sí y no. Sí, porque ahora ponemos énfasis en un aspecto que antes no subrayábamos. No, porque mantenemos nuestra concepción general: utilizamos la lucha electoral, pero sabemos sus limitaciones.

El frente único y la burguesía nacional

Otro ejemplo es el de la concepción sobre el frente único. Ayer hablábamos sobre la necesidad de la alianza con la burguesía nacional, y de ésta como posible aliada del proletariado en la revolución nacional y democrática, así no tuviera una manifiestación muy clara, su carácter fuera vacilante y representara el ala derecha del frente patriótico. Hoy hacemos hincapié en que el frente no se puede guiar por los postulados programáticos reformistas de la burguesía nacional, así luchemos por conseguir un acuerdo con ella; pero un acuerdo revolucionario. Ayer luchábamos contra el sectarismo de quienes rechazaban todo compromiso, y nos tocó comenzar por probar la existencia de una burguesía que tenía contradicciones insalvables con el imperialismo y sus intermediarios. Hoy hay que insistir en que esa burguesía a veces le teme más al pueblo que al imperialismo, en que no podemos ceder ante sus tendencias derechistas, ni fomentar sus vacilaciones, ni permitirle la engañifa de que se pueden curar las actuales dolencias de la sociedad sin extirpar el origen de las mismas. Nos esforzamos por explicarles a nuestros camaradas que si el MOIR se va a la cola de esta tendencia, hipoteca su independencia política y traiciona la revolución. Si nos vamos detrás de la teoría oportunista en boga, ponemos en juego la independencia de clase del Partido y su legítima aspiración a dirigir la revolución. Esta batalla, su desarrollo, no depende únicamente de nosotros. Está en discusión uno de los problemas centrales, el de quién dirige a quién, y el Partido debe hacer un esfuerzo por esclarecérselo a la militancia y a las masas.


El centralismo es el alma de la organización

El partido está lleno de organizaciones distintas que cumplen funciones diferentes, y que por tanto tienen que cohesionarse, coordinarse y centralizarse. De ahí que el alma de toda organización es la cohesión. Dispersión es lo contrario de organización, es lo contrario de centralización. Una cosa organizada es cohesionada. Creo, después de mucho meditarlo, que el aspecto principal de la organización del partido es el centralismo. El partido puede existir sin democracia, pero no puede existir sin centralismo. El centralismo puede darse sin democracia, pero la democracia no puede existir sin centralismo. Esto no lo inventamos nosotros. El marxismo lo extrae de la realidad, de la experiencia. El marxismo lo llama centralización, y esta ley se aplica al partido. La coordinación y la cohesión son características de todo organismo social. Hasta las universidades y los colegios son centralizados. Si estas instituciones no tienen un interés común que las unifique y una estructura que ordene su funcionamiento, no pueden existir. Existen porque en ellas se dan funciones distintas que están cohesionadas.

Para un partido leninista, organización que tiene la difícil misión de dirigir la lucha revolucionaria, es obvio que la centralización es necesaria en sumo grado. Los militantes, y los organismos a los que pertenecen, no pueden trabajar coordinadamente si no existe subordinación a otros organismos. La dirección nacional centraliza, coordina, hace cumplir la línea del partido. Si los diferentes organismos del partido son igualmente independientes y actúan conforme a su particular interés, no puede haber organización. Si los regionales actúan autónomamente, sin tener en cuenta factores de cohesión, se cae en la anarquía.

¿Qué hace que Estados Unidos sea una nación? Es la centralización de los estados bajo un solo mando, la Federación. No existiría la nación si cada estado funcionara sin coordinación alguna con los otros, si actuara por su cuenta y de acuerdo sólo con su propio interés. El elemento básico es la cohesión. El centralismo es el elemento coordinador y cohesionador por excelencia. No hay organización que no esté sometida a esta ley suprema. Lo contrario a la centralización no es la democracia sino la dispersión, el desorden.

Métodos para centralizar

Para lograr la centralización se pueden utilizar varios métodos. Uno de ellos es la violencia, la coacción, la represión. Bismarck centralizó el Estado alemán basándose en la represión. Que sea un método reprobable no le quita su posibilidad de funcionamiento... En un partido revolucionario no se puede centralizar con ese método; así no funciona.

Dentro del Partido hemos tenido tres métodos para centralizar:

1. El de la unanimidad.

2. El de los acuerdos.

3. El de la democracia.

¿Cuándo funciona el método de la unanimidad? Cuando predomina la confianza. El Partido Bolchevique lo utilizaba. La democracia está involucrada en la confianza, dice en algunos de sus libros Lenin. Si estamos de acuerdo, hay confianza recíproca; si estamos de acuerdo es obvio que no se tenga que recurrir a votar para definir la cabeza, para designar responsables, para trazar una orientación. Éste es el método que hemos utilizado en el MOIR. Tiene como base la identificación en los principios fundamentales del Partido y la confianza mutua, (...) indispensable para un Partido que enfrenta tantas dificultades y que tiene por delante tantos desafíos y obstáculos por superar. Necesitamos la confianza mutua sobre los problemas capitales. (...)

Otro método es el de los acuerdos. Presupone que hay divergencias. (...) El método de los acuerdos, además de lo malo que tiene al basarse en desacuerdos, tiene el problema de que amplios sectores del Partido no saben cuándo se está aplicando, y frecuentemente no saben a qué atenerse; crea confusión. Sin embargo, el Partido no puede renunciar a él. En algunas ocasiones de dificultad política hay necesidad de utilizarlo.

El otro método es el de la democracia, y es el que nosotros preferimos. Por eso somos partidarios del centralismo democrático, que la minoría se someta a la mayoría. Los comunistas estamos por el método de la democracia: que la mayoría centralice, lo cual es la verdadera democracia. Puede haber centralismo sin democracia, pero no democracia sin centralismo. La democracia sin centralismo es una burla. La única manera de hacer valer la democracia es que alguien ejecute la voluntad de la mayoría, de lo contrario es una farsa. Un demócrata que se burle de la voluntad de la mayoría, del centralismo, es un farsante. (...)

Resumamos:

Puede haber centralismo sin democracia, pero no puede haber democracia sin centralismo.

• El centralismo es el fin y la democracia es el medio.

• La democracia es un método para la centralización.

• Puede haber organización sin democracia, pero sin centralismo no. (...)

Creo que el aspecto principal de la organización es el centralismo.


Los derechos del militante

Además de ser un método para el centralismo, la democracia es un arma de lucha del proletariado, que la utiliza tanto dentro como fuera de su organización. Mediante ella se ejerce el derecho a debatir y a informarse. El derecho a que se conozcan las diferentes posiciones, aparte de que aparezcamos o no abanderados de ellas, es una ventaja para el partido. En general, para las fuerzas revolucionarias la democracia es la mejor arma para que se conozcan las diferentes posiciones oportunistas, para hacerlas salir a la palestra y someterlas al debate. El proletariado no se educa con el criterio de no contaminarse; es conociendo las posiciones contrarias, y desentrañando en cada actitud y en cada propuesta el fondo de clase, como logra aprender sobre las posiciones de las clases en todos los aspectos de la actividad social. Es el método que se utiliza también para la ciencia. ¿Qué planteamos para la ciencia? El método democrático, es decir, la expresión plena de las diferentes opiniones. «Que se abran cien flores y compitan cien escuelas de pensamiento», es lo que le conviene al proletariado. Que los obreros y revolucionarios no deben leer la prensa reaccionaria no es más que una solemne estupidez. Similar a las afirmaciones atribuidas a la «banda de los cuatro», en China, sobre que el proletariado no debe leer a Shakespeare ni escuchar a Beethoven, estupidez que en Colombia las sectas repetían cual dogma...

Hay piezas menores que sólo pueden ser cazadas sacándolas de la cueva. Lo que es válido dentro de la sociedad, es válido dentro del Partido: que se puedan defender las posiciones revolucionarias y combatir las líneas reaccionarias. Siempre debemos tener la democracia como un arma. Me parece un contrasentido decir que se quiere democracia, pero que no se tienen divergencias. Se pide democracia para poder plantear las posiciones. Pero pedir el derecho democrático de participar en la prensa del partido para escribir los mismos editoriales que está escribiendo la dirección, es un absurdo. Cada cual expresa las cosas en distinta forma y también según el contenido, pero estamos hablando de ideas iguales. Reclamar el uso de la palabra en una reunión para repetir lo que ya se dijo es una tontería.

En todo este problema de la política, los compromisos, los métodos, la democracia, son armas de lucha. Pedimos democracia porque necesitamos plantear cosas contrarias al liberalismo y al conservatismo. Lo que trato de explicar es que la democracia nos conviene porque nos permite librar la batalla. Son dos aspectos: conocer las posiciones discrepantes y poder librar la batalla. Siempre que damos una charla, una conferencia, hay criterios enfrentados, concepciones combatiendo para sacar adelante los criterios revolucionarios. La democracia es un arma, es un derecho. En los estatutos del Partido, por ejemplo, estamos de acuerdo en que se reseñen todos los principios democráticos, aunque no se apliquen permanentemente. En la sociedad se defiende el derecho democrático al divorcio, aunque uno no se divorcie. Se deben consignar los derechos a pedir informes, a opinar en las reuniones, a criticar a los dirigentes, así no los utilicemos. Ocurre como con las armas que se tienen guardadas en los armarios; que se utilizan sólo cuando es indispensable. Al consignar estos derechos se crea un ambiente interno de armonía y confianza. Al ingresar al Partido, el militante adquiere obligaciones, pero para que cumpla su trabajo político con satisfacción la organización tiene que darle garantías democráticas..

La democracia es:

• Un método para el centralismo.

• Un arma para la lucha política.

• Un medio para crear armonía y ambiente de satisfacción dentro del partido.

No hay derechos sin deberes

Otro aspecto es el de los deberes. Carlos Marx decía en El manifiesto comunista: «No más deberes sin derechos ni derechos sin deberes». Creo que el Partido debe profundizar sobre este concepto, pues sirve de fundamento a que hay democracia para defender la revolución, pero no para defender la reacción.

El Partido tiene derecho a defenderse. A la luz de esta consideración analizábamos el problema de un militante que salió de su zona de trabajo, pidió licencia, se marginó de la actividad del MOIR durante año y medio, y después llegó con un material escrito en el cual defendía las posiciones reformistas de Carlos Bula y César Pardo, y comenzó a propalar la especie de que iba a producir una gran tormenta dentro del Partido, a reclamar nuevamente la militancia, que se le publicaran todos sus escritos y se le diera democracia para producir esa gran conmoción.

Yo le dije: «No se olvide que no hay derechos sin deberes. No se le pueden dar derechos porque usted no cumple con los deberes mínimos del militante, como son los de aplicar la línea, aceptar la disciplina, velar por la integridad del Partido y defender la revolución».

Guiados por ese principio tomamos la decisión de no aceptarle ni el material ni la militancia. Y le explicamos: usted le hace el juego al grupismo; tenemos informes de que participa en reuniones con los enemigos del Partido y con el revisionismo. El Partido tiene el deber y el derecho de defenderse, un derecho supremo.

Éste es un principio general que hay que tener en cuenta y aplicar. En Tribuna Roja no podemos publicar artículos de compañeros que disocien, que vayan contra la línea del MOIR, así pretendan ampararse en incisos de los estatutos. El partido no es un foro de hombres libres, es la organización de vanguardia del proletariado.