"DESPUÉS DEL TRIUNFO LA REVOLUCIÓN PRESERVARÁ SU SOBERANÍA CONTRA CUALQUIER INTENTO DE OPRESIÓN NACIONAL"

Compañeros JOSE JARAMILLO GIRALDO y demás miembros de la COMISION COORDINADORA NACIONAL ANAPO

Estimados Compañeros:

Con la presente acusamos recibo de la comunicación en la que ustedes fraternalmente nos invitan a participar en el Foro Nacional de la Oposición Popular y Revolucionaria, así como de la resolución de convocatoria de dicho evento, en la que consignan lo sustancial de las razones que los llevaron a promover una política de unidad de todas las fuerzas contrapuestas al régimen antinacional y antipopular que asfixia a Colombia.

Sea lo primero manifestar el vivo interés que han suscitado tal determinación en las filas del MPOIR y en especial el hecho de que hayan sido ustedes, como reconocidos y autorizados dirigentes de la Alianza Nacional Popular, quienes, en momento tan crítico para la suerte del país, hayan tomado la iniciativa de buscar el acercamiento de diversas corrientes políticas con miras a la integración de un frente de lucha contra los enemigos consuetudinarios del pueblo colombiano. Esta actitud cobra mayor relieve si se recuerda que la antigua dirección anapista, aunque libró batallas de alguna valía contra el oficialismo liberal – conservador, vaciló siempre en tomar una clara ubicación antiimperialista y democrática y se mostró recalcitrantemente renuente a propiciar el entendimiento y la coordinación con las clases y partidos revolucionarios. Equívocos ambos le costaron a la ANAPO no pocos de sus muchos traspiés e influyeron con el tiempo en su gradual desmoronamiento y pérdida considerable de sus efectivos. En contraste con semejante panorama, en el anapismo persistió una tendencia de izquierda, propugnadora de una orientación acorde con las verdaderas necesidades y demandas del pueblo y favorable al proceso revolucionario colombiano. Al enarbolar las banderas de unidad y combate de la revolución, ustedes interpretan cabalmente las inclinaciones políticas y el animo de la tendencia de izquierda de la abrumadora mayoría de los miembros de su propio partido. Y al hacerlo proveen a la ANAPO de una perspectiva cierta, porque el futuro político no tendrán los que vivan a la caza de los éxitos mezquinos, oscuros y efímeros que pueda proporcionar la sociedad en bancarrota de la reducida camarilla oligárquica gobernante, sino las fuerzas que contribuyan a minarla y a socavar su existencia, tras los grandiosos objetivos de los cambios históricos que abrirán un porvenir brillante a Colombia.

Hemos seguido con atención el desarrollo de las contradicciones internas surgidas en la ANAPO, en relación a los indicados aspectos de notable incidencia en el ámbito revolucionario, como son los concernientes a la obligatoriedad de fijar una pautas de lucha por la independencia nacional y las realizaciones democráticas, y precisar uno puntos mínimos de unidad con el resto de partidos y agrupaciones de avanzada. Nos complace registrar que a través de los informes y documentos emanados de las varias reuniones regionales, que ustedes vienen llevando a cabo en diferentes departamentos, se perfilan alentadoras conclusiones sobre aquellos problemas fundamentales. Los aportes que un sector tan extendido de la ANAPO brinde en la actualidad a la línea unitaria de las fuerzas revolucionarias colombianas adquieren una magnitud inobjetable. Y constituyen una genuina expresión de las tesis, cada día mas aceptadas, de que Colombia está abocada a una revolución democrático–popular de liberación nacional, y de que ésta será el fruto de la alianza de todas las clases y partidos antiimperialistas y revolucionarios. En idéntica forma un número apreciable de organizaciones partidarias y personalidades democráticas reconocen el imperialismo de pugnar por la conformación de un frente unido revolucionario, que encarne la alternativa de salvación nacional ante las deplorable consecuencias de atraso, miseria y podredumbre congénitas al régimen vigente. La corriente unitaria del pueblo colombiano gana terreno y quienes pretendan entrabarla con clamoreos de dogma o de secta pasarán aprietos tratando de justificar su conducta.

Desde su fundación el MOIR ha venido sustentando, como aplicación de su teoría frente único antiimperialista. A la prédica de esta condigna destinamos la mayor parte de nuestra actividad de agitación y propaganda entre las masas y no escatimamos esfuerzos, ni en el pasado ni en el presente, para conseguir en la practica acuerdos con aliados dentro del gigantesco campo de la revolución, que faciliten la campaña educativa acerca del frente único y allanen el camino hacia su estructuración. Tampoco nos hemos enredado en la discusión metafísica que plantean infantilmente algunos compañeros sobre qué es primero: el partido o el frente, el ejército o el frente. Para nosotros el crecimiento del Partido y las demás tareas de la revolución dependen, y no en cualquier grado, de la correcta interpretación y ejecución de la política por unir el 90 por ciento y más de la población colombiana, bajo una sola dirección compartida por todas las clases y organizaciones revolucionarias. Este convencimiento brota de la concepción que tenemos del carácter de la revolución en su etapa actual como una revolución democrático–popular de liberación nacional y aún no socialista. Por sus condiciones históricas, económica y políticas al socialismo sólo arribará Colombia como culminación de las grandes conquistas democráticas, indefinidamente postergadas, y entre ellas principales la autodeterminación nacional. La experiencia nos ha enseñado que contra la unidad del pueblo conspiran consciente o inconscientemente quienes, desde una posición de derecha, prefieren que el país siga postergado en el subdesarrollo y la dependencia externa, a que se convierta en una nación prospera, soberana y respetable; y quienes, desde una posición de “izquierda”, blandiendo un falso doctrinarismo, preconizan que se debe pasar directamente a la sociedad socialista, haciendo caso omiso de la situación concreta neocolonial y semifeudal del país y antes de efectuar las transformaciones democráticas.

Por el contrario, con el frente único del pueblo estarán consecuentemente quienes comprendan, primero, que Colombia padece la dominación imperialista norteamericana a través de la alianza de la gran burguesía y los grandes terratenientes, cuya expresión política ha sido la coalición liberal–conservadora y que, por lo tanto, necesita alcanzar la liberación y destruir el Poder vendepatria burgués–terrateniente con un Poder democrático, popular y patriótico; segundo, que el pueblo colombiano no está conformado por una sola clase sino disperso y dividido entre varias clases como el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía urbana y la capa de pequeños y medianos productores, las cuales sufren, unas más que otras menos, la expoliación de los monopolios imperialistas y sus intermediarios y que, por lo tanto, necesitan de la unidad y de la cohesión política para defenderse y derrotar a los enemigos comunes, y, tercero, que las clases y sectores antiimperialistas del pueblo colombiano no se movilizarán ni se cohesionarán mientras la revolución no tenga en cuenta sus particulares intereses de clase y que, por lo tanto, necesitan un programa nacional y democrático que recoja las demandas de todas las fuerzas revolucionarias, cuyo feliz cumplimiento el más beneficiado a la larga será el proletariado, que verá surgir las condiciones materiales y políticas para el advenimiento del socialismo.

En Colombia la obtención de la plena soberanía es requisito previo sin el cual no tendrá autenticidad real ninguno de los demás derechos populares. Dentro de un mundo de prevalencia de las fuerzas imperialistas, en el que aún son relativamente pocos los países que han alcanzado su completa independencia y construyen el socialismo, las grandes potencias monopolísticas se apoderan de las naciones pequeñas o atrasadas y las someten a un saqueo despiadado y cruento. Esta es la característica más general de la época histórica que vivimos. En la división internacional contemporánea, condenada a desaparecer como todas las formas de explotación del hombre por el hombre, a nuestro país le ha correspondido el lugar del siervo. La expropiación de nuestras riquezas no la efectúa el imperialismo norteamericano como en el anacrónicosistema colonial, por conducto de gobernantes procedentes de la misma metrópoli, sino por intermedio de círculos privilegiados de negociantes y políticos colombianos inescrupulosos y traidores. El estado proimperialista erigido sobre tan frágiles cimientos instituye el cuchillo y la ergástula como símbolos de la ley y el orden. Bajo este reino de los monopolios Colombia nunca ahuyentará el hambre, el desempleo y la miseria, a pesar de que las masas laboren sin descanso sobre suelos pródigos. Sólo mediante la expulsión del imperialismo se darán las premisas internas del desarrollo económico y de la implantación de la democracia de las inmensas mayorías. No obstante, la victoria de la revolución no implica que desaparezcan de golpe los factores externos negativos. Hasta cuando el proletariado no ajuste cuentas a la burguesía en los centros del capital imperialista, las grandes potencias monopolísticas continuarán insistiendo en su vandálico propósito de explotación y dominación de pueblos y naciones, como el único medio que disponen de supervivencia. La revolución colombiana después del triunfo deberá preservar su soberanía nacional contra cualquier intento de opresión, no sólo de los viejos amos, sino de quien quiera aprovecharse de las dificultades de la nueva República. Para ello tendrá que instaurar un Estado revolucionario que, al mantener relaciones en pie de igualdad con todos los países del planeta, haga valer el derecho de la autodeterminación de la nación colombiana en el concierto universal. Este Estado no puede ser otro que el Estado de la clases revolucionarias, basado en la alianza obrero–campesina y dirigido por el proletariado. Un Estado popular. Un Estado democrático. Un Estado insobornable.

De las consideraciones anteriores se deduce que apoyamos la inquietud encaminada a discutir y elaborar conjuntamente un programa mínimo, que proporcione al proyectado frente unido de los lineamientos básicos de su acción política, tal y como sugiere la carta de invitación al Foro Nacional de la Oposición Popular y Revolucionaria. En el informe de nuestro Comité Ejecutivo Central a la III Conferencia del MOIR sobre la Lucha Electoral, de diciembre del año pasado, incluimos una propuesta de unidad de diez puntos, dirigida a todas las organizaciones revolucionarias, que consta de un bosquejo de programas y dos asuntos más, también tratados en la comunicación aludida: las normas orgánicas de funcionamiento del frente, o “el establecimiento de las reglas del juego que ofrezcan garantías a todos los sectores”, como ustedes han preferido llamarlas, y el procedimiento de escogencia del candidato presidencial único de la izquierda para las elecciones de 1978. Por otra parte hemos estudiado la exhortación unitaria de cinco puntos que el compañero Jaime Piedrahita Cardona formula en el Mensaje a los Anapistas del ultimo 13 de junio. Sustancialmente estamos identificados en la naturaleza del programa a proclamar. El frente de la revolución colombiana ha de acoger y combatir en pro de las reivindicaciones económicas y políticas primordiales de todas las clases y fuerzas revolucionarias, que podemos compendiar en la liberación nación del yugo imperialista norteamericano, la instauración de un Estado democrático y popular, la supresión y nacionalización de todo monopolio que oprima al pueblo, la confiscación de la tierra de los terratenientes y su reparto entre los campesinos, la defensa de derechos de las minorías indígenas, la protección de los pequeños y medianos industriales y comerciantes, la promoción de una cultura nacional y científica al servicio de las masas, la garantía del derecho de huelga para la clase obrera y del resto de derechos democráticos para el pueblo, el respaldo a la liberación de los países sometidos, al proletariado internacional, a los países socialistas y a los movimientos revolucionarios del mundo entero.

Partiendo del postulado de que la revolución democrática y nacional no será la empresa de una sola clase ni de un solo partido, la trascendencia de un frente revolucionario en las condiciones de Colombia radica en la cooperación que oportunamente se ofrezcan en la lucha mutua las distintas organizaciones aliadas. Colaboración no de papel sino de eficacia creciente, impidiendo desde luego lesionar la autonomía organizativa e ideológica de los respectivos partidos. Los avances de la revolución en su conjunto implican el auge de todas y cada una de las fuerzas por cuya acción aquellos fueron conseguidos. Resultan incompatibles con la esencia misma del frente revolucionario todas las practicas sectarias que procuren sacar ventaja de grupo, a costa del progreso de la revolución o en desmedro de los destacamentos que lealmente la impulsan. Sin atacar y desterrar de la manera más severa estos procedimientos oportunistas sería imposible mantener una ayuda recíproca y efectiva. Para vigilar el cumplimiento del programa acordado, garantizar una cooperación progresivamente eficaz, salvaguardar la autonomía organizativa e ideológica de los distintos partidos y proscribir los procedimientos oportunistas, el frente revolucionario tendrá que da4rse unas normas orgánicas y funcionamiento. Deberá estipularse la igualdad de derechos y obligaciones para todas las agrupaciones integrantes. El frente se regirá por principios democráticos de organización y dirección, respetando la consulta previa, la libre discusión y la critica. A ningún partido se le permitirá inmiscuirse en las cuestiones internas de otro, ni infiltrarlo, ni sustraerle militantes. Y asimismo se auspiciará siempre la coordinación en las luchas políticas y de masas. Estas directrices de funcionamiento probablemente aparecerán ante algunos como engorrosas y demasiado complicadas. Pero si se medita sobre ellas muy pronto se comprenderá su utilidad. Sintetizando lo mínimo en materia organizativa para un frente que aspira a movilizar y cohesionar la lucha de fuerzas y sectores tan abigarrados y dispares. Son compromisos que se pactan para materializar objetivos de innegable grandeza, que de otra manera resultarían de dudosa realización, por decir lo menos. Como lo hemos promulgado y cumplido en otras ocasiones, queremos reiterarle a ustedes que el MOIR está dispuesto a hacer éstas y las demás concesiones positivas necesarias para aglutinar en una gran alianza revolucionaria a las fuerzas políticas susceptibles de unirse actualmente contra el imperialismo norteamericano y sus lacayuelos colombiano, depredadores de Colombia durante tres cuartos de siglo ininterrumpidos.

Cuando planteamos que en las próximas elecciones las fuerzas revolucionarias requerirán desplegar la táctica de presentarse a esa lucha, respaldando un programa unitario y un candidato presidencial único, no hacemos más que prever las particularidades del periodo a que nos avecinamos, de tener efecto sin variante la contienda electoral de 1978. El liberalismo y el conservatismo atraviesan por la peor crisis de su historia, como producto del desastre total de su estrategia traidora a los intereses de la nación y del pueblo. Las disensiones internas dentro de cada partido y dentro de la coalición gobernante amenazan con ahondarse inevitablemente. Si las fuerzas revolucionarias logran conformar una amplia alianza para los comicios venideros, que abarque el mayor numero de partidos, sectores y personalidades contrarios al régimen, es evidente que aprovecharían una excelente, oportunidad para aislara aún más a la camarilla vendepatria dominante y agudizar su quiebra.

Sin embargo, no han faltado voces, con más espíritu polémico que practico, que el escuchar este llamamiento, se ponen a desvariar alrededor de sí será que el MOIR piensa en el frente con un criterio electoral. La construcción del frente único y la participación en elecciones representados tareas distintas. El frente es un objetivo a largo plazo, como la revolución misma, y habrá de levantar, organizar y lanzar al combate al 90 por ciento y, más de la población colombiana. Las elecciones son una batalla con fecha fija y que los revolucionarios deben utilizar al igual que otras formas legales de lucha. Ahora bien, en Colombia el debate electoral les ha permitido a las fuerzas revolucionarias concretar alianzas que redundan a favor de la teoría y la experiencia del frente y a su turno, éste es un instrumento de la revolución que le sirve entre otras muchas cosas para ir a elecciones. El caso es así de sencillo. Pero ahora nos preocupa que haya claridad en torno a la importancia del periodo que comienza con el fracaso del gobierno del Alfonso López Michelsen, incluyendo los sufragios de 1978, y el cual puede repercutir en saltos hacia delante del movimiento revolucionario o reveses no absolutamente inevitables. Por eso hemos insistido que en las características imperantes no se debe excluir de antemano o vetar a ningún movimiento, grupo o dirigente político que demuestre dispuesto a coadyuvar en el logro de la unidad revolucionaria reclamada. Y de ahí que estemos plenamente de acuerdo en concurrir al Foro del 18 de febrero y en que a él asistan, sin discriminación alguna, las organizaciones y personalidades que expresen su concordancia con las finalidades de la citación. Que la crisis del régimen ha evolucionado velozmente y que los días por venir traerán consigo vitales definiciones, tanto para los opresores como para los oprimidos, nos lo dicen a diario las incontables muestras del caos oficial, que no perdona a ninguna de las ramas del aparato burocrático militar de la República oligárquica; la ola de descomposición que saca violentamente a la superficie todas las pestilencias, guardadas antaño cual sagrados secretos de la minoría traficante; la creencia generalizada de que no hará cura con los métodos rutinarios, y sobre todo las explosiones de rebeldía de las masas que confían ya mas en la acción que en las palabras. Las clases dominantes no disponen de una solución política viable, como sí la tuvieron en 1974, cuando al final de la alteración exaltaron al consentido de la Handel y de las veleidades del MRL, para engañar al pueblo. Los partidos tradicionales salieron momentáneamente airosos de los cuatro cuatrienios del mal denominado Frente Nacional y cayeron en el atolladero del “gobierno–puente”.

Ninguno de los prospectos del lopismo ha tenido éxito. Para subsanar las finanzas publicas y evitar la emisión primaria de moneda, López Michelsen, recurriendo a los decretos de la emergencia económica, impuso una reforma tributaria con base en el incremento de los gravámenes al consumo, a las rentas de trabajo y a los pequeños y medianos productores; y a los dos años de observancia de la nueva ley de impuestos se ha conocido que se siguen emitiendo pesos desvalorizados y el déficit fiscal se agranda. El Mandato Claro prometió una política de ingresos y salarios fundamentada en un supuesto pacto social entre magnates, asalariados y gobierno; y ante el naufragio de la misma, el propio López confesó en uno de sus últimos discursos que sólo estaba aspirando a mantener bajo el porcentaje de aumento de los sueldos y salarios. La nueva administración desde sus albores anunció con inusitado ruido un plan demagógico para la educación; hoy en la Universidad Nacional, principal casa de estudios, no ha logrado completar su ciclo lectivo y se debate como muchos otros planteles oficiales, en medio del desbarajuste directivo, la penuria de recursos y la férula de los cuerpos armados. El ministro de Hacienda apostó su cabeza a que en 1976 la inflación no pasaría del 15 por ciento y ésta será de diez puntos mas, según el DANE, cuyas estadísticas todo mundo sabe que se alteran al gusto de la presidencia. Y en ese orden el índice del desempleo crece, la deuda externa e interna del Estado se agiganta, los precios de los artículos y las tarifas de los servicios públicos se multiplican, el hambre asola a campos y ciudades. Hasta la lotería que se sacó el régimen con la llamada “bonanza cafetera”, fuera de enriquecer a los pulpos intermediarios en deterioro de la economía de los pequeños y medianos cultivadores del grano, terminó por acentuar el alto costo de la vida de todo el pueblo. Descartando la claque que aplaude y disfruta de las medidas oficiales, la aplastante mayoría de la nación en una forma u otra se muestra tremendamente descontenta por el rumbo de los acontecimientos. Las fuerzas más radicalizadas, conscientes y combativas están representadas por las grandes masas de obreros y campesinos. Pero aún las capas medias de la población han exteriorizado su exacerbada protesta como en el caso reciente de la valerosa y admirable huelga de los médicos del ICSS. Son modificaciones considerables de la situación económica y política, demostrativas de las hondas contradicciones de la reacción, que explican el desconcierto de los partidos liberal y conservador y la incertidumbre admitida por reconocidos ideológicos del sistema, respecto al desenlace de la grave coyuntura. Ultimamente, con no disimulado escepticismo, el Parlamento inició el embrollado trámite del acto legislativo por el cual se crea la “Asamblea Constitucional”, de exclusiva conformación bipartidista. Esta seria la enésima enmienda a la Constitución, dentro del afán reformista que ha atormentado a los mandatarios de la coalición, con el objeto de prolongar a como de lugar la apariencia democratera del Poder, trasquilando, remendando y entablillando las instituciones despóticas prevalecientes.

En vista de que su capacidad de embuste quedó desgastada con las disposiciones económicas altamente lesivas a los intereses populares, López Michelsen ha recurrido, como cualquier hijo de Bendición Alvarado, a los instrumentos más torcidos de atemorización en el intento de sofocar la resistencia de las masas. Decenas y decenas de obreros, campesinos y estudiantes han caído acribillados por el delito de exigir sus derechos. Las huelgas reivindicativas son perseguidas encarnizadamente. Con el estado de sitio el gobierno prohibe las manifestaciones de sus contradictores, detiene arbitrariamente a dirigentes y activistas del pueblo y monta los juicios sumarios de la justicia castrense. Del tratamiento policivo tampoco escapan sacerdotes y religiosas, cuyos templos han sido irrespetados y allanados y sus personas injuriadas y arrojadas a prisión. Hay dos indicios que demuestran las verdaderas inclinaciones del régimen. El uno la injerencia militar en el manejo de los asuntos espinosos del Estado y el otro la campaña de opinión que desesperadamente se ha venido orquestando, para implantar una reforma judicial que arrase hasta con el último recurso de defensa del acusado, con todo lo que aquello significa dentro de una justicia eminentemente clasista y antidemocrática como la colombiana. La vertiginosa secuencia de los hechos descritos obliga a recapacitar seriamente sobre la situación, junto con el fenómeno de que la reacción carece de una salida política gananciosa, ya que ni el señor Lleras Restrepo, ficha quemada por haber ocupado el sillón presidencial, ni el señor Turbay Ayala, padrino y manzanillo de negra reputación, ni un tercero en discordia que no encuentran por ningún lado, ni mucho menos un candidato conservador, logrará personificar y revivir las ilusiones frustradas en la coalición gobernante. La fiera acorralada se vuelve peligrosa y esto lo debe saber por experiencia propia y ajena el movimiento revolucionario colombiano. La sistemática explotación y dominación del gran capital monopolístico sobre la nación colombiana enruta naturalmente el carro del Estado oligárquico proimperialista hacia la represión violenta y la fascistización de la vida del país. Por consiguiente el problema no se puede reducir a las estrechas dimensiones de que en el gobierno o en las Fuerzas Armadas medra una facción partidaria de la línea dura. Se descarta que en la algazara reaccionaria ciertas gargantas resuenan más que otras. Lo importante de averiguar es si existen o no fundamentos económicos y políticos para que los acontecimientos desemboquen precipitadamente en aquella dirección. Si es posible mediante el desarrollo de un poderoso movimiento popular desbaratar los planes del imperialismo norteamericano y sus testaferros colombianos, quienes son al fin y al cabo los mantenedores y promotores de la dictadura sanguinaria contra las masas. Si la revolución estaría en condiciones de presentar sus fuerzas y pasar a la ofensiva en la eventualidad de que Colombia rastree de pronto tras las huellas del Brasil, Argentina, Chile y de la mayoría de las repúblicas de América del Sur.

Es obvio que la respuesta a estas preocupaciones se halla en la política de unir en un frente a todos los partidos, organizaciones gremiales y religiosas y personalidades democráticas opuestas al régimen. En ello y sólo en ello estriba la táctica principal de la revolución en las actuales circunstancias. Apliquémosla decidida y consecuentemente que el pueblo apoyará nuestros esfuerzos.

Adjuntamos nuestra proposición de unidad de diez puntos atinentes al programa, a las normas de funcionamiento y al procedimiento de escogencia del candidato presidencial de izquierda (1). Es nuestro deseo continuar intercambiando opiniones con ustedes, en reuniones bilaterales, o multilaterales con otras agrupaciones políticas, que nos permitan preparar los acuerdos previos que hagan el Foro de febrero un buen comienzo en el proceso unitario el cual gracias a la iniciativa tomada por la Comisión Coordinadora Nacional de ANAPO, despierta tan justas esperanzas y pletórico entusiasmo.

Fraternalmente, MOVIMIENTO OBRERO INDEPENDIENTE Y REVOLUCIONARIO (MOIR) Comité Ejecutivo Central Francisco Mosquera Secretario General Bogotá, noviembre 17 de 1976

(1). En la pagina 7 de esta edición publicamos los diez puntos de unidad a que se hace referencia.