DIEZ MIL DESTECHADOS INVADEN EN FLORENCIA

La invasión urbana que tal vez repercutió con mayor fuerza en las noticias de 1982 tuvo lugar en Florencia, la capital del Caquetá, donde cerca de dos mil familias sin techo se apoderaron de un terreno de engorde, aproximadamente de 12 hectáreas, localizado en el propio corazón de la ciudad.

Los invasores levantaron sus primeras casuchas de lata y de madera durante el mes de agosto, recién inaugurado el nuevo gobierno, cuando aún estaba fresca toda la demagogia de la campaña electoral, y si los hechos protagonizados por ellos trascendieron públicamente fue porque marcaron los inicios de una serie de paros y protestas populares en varios departamentos, y porque afectaron a los dueños de uno de los latifundios más extensos que se haya conocido jamás en la historia de América del Sur: Larandia.

Las dos mil familias invasoras de Florencia pusieron al desnudo el carácter semifeudal de la sociedad colombiana, con todas sus secuelas de atraso y de miseria, y en cierta forma reflejaron el drama de 28 millones de compatriotas que viven sometidos a la dominación de las clases intermediarias del imperialismo. En la capital de Caquetá se enfrentaron dos sectores sociales que, considerados a escala nacional, tarde o temprano habrán de definir la suerte del país. De un lado se encontraba una dinastía de grandes terratenientes dedicados a la ganadería extensiva, a la importación de maquinaria agrícola y de vehículos norteamericanos, al acaparamiento de todo tipo de inmuebles valorizables y al manipuleo de los puestos burocráticos que les ofrece el aparato del Estado a manos llenas. Del otro había una multitud de hombre, mujeres y niños de extracción mayoritariamente campesina, provenientes de distintas regiones del departamento, obligados a huir de sus lugares de origen por el continuo hostigamiento del ejército, que los acusa de cómplices de la guerrilla, y condenados a medio subsistir en la indigencia o a desempeñar oficios degradantes, sin trabajo, sin techo y sin educación. Este enfrentamiento produjo los primeros nubarrones que ensombrecieron la denominada “luna de miel” entre el gobierno y la opinión pública, y demostró que en Colombia todavía existen combatientes del pueblo que desprecian el promeserismo de los mandatarios de turno y que están dispuestos a luchar por la conquista de sus derechos más elementales.

Cómo se construye un imperio Después de haber incursionado con notorio éxito en diferentes negocios, desde el transporte fluvial hasta la compraventa de ganado, pasando por el comercio de café, sal y otros productos, don Leonidas Lara fundó, con sus hijos una sociedad que en 1935, durante la primera administración de Alfonso López Pumarejo, adquirió más de 1.000 hectáreas de las mejores tierras del municipio de Algeciras, en el departamento del Huila. Tres años más tarde el patriarca y sus herederos compraron numerosas propiedades urbanas en el centro de Neiva, donde posteriormente edificaron el Hotel Plaza, y en 1941 se hicieron a un lote en la calle principal de Florencia, que ampliaron luego para dar cabida a otro hotel y a un conjunto de almacenes y depósitos.

Al comenzar la década de 1940 los Lara pusieron sus ojos en las áreas rurales del Caquetá, y al cabo de veinte años la sociedad había logrado construir en la región una especie de feudo territorial de miles de kilómetros cuadrados. Una de las primeras quince fincas que cayeron bajo su dominio, aprovechando condiciones especiales que le permitieron comprar barato, fue un latifundio de 1.794 hectáreas con grandes planicies de selva virgen, y que al pasar el tiempo se convertiría en el núcleo de los que hoy se conoce como Larandia.

A orillas de los ríos Orteguaza, San Pedro y bodoquero, la hacienda creció desde el principio con una pujanza inusitada. Ya para 1950, en pleno apogeo de la violencia gubernista contra las masas campesinas, abarcaba una extensión de 7.625 hectáreas; cinco años después había superado las diez mil, y en 1965, una vez instaurado el Frente Nacional, llegó a la cifra nada despreciable de 33 mil hectáreas. En sus fértiles potreros sin cercar pastaban apaciblemente alrededor de 36 mil reses en noviembre de 1966. En ese mismo año la compañía vendió 3.500 cabezas de ganado en el mercado nacional y exportó al Perú 768. Además de contar con aeropuerto propio y disponer de una represa que inunda un valle de más de un centenar de fanegadas, en está y otras propiedades vecinas de los Lara nacían 9 mil semovientes cada doce meses, lo que significaba el parto de un ternero cada sesenta minutos, y sus linderos eran ensanchados sin descanso a costa del esfuerzo de innumerables colonos obligados a derribar la manigua para luego vender las mejoras a sus amos, y a buscar alguna forma de existencia en calidad de arrendatarios o aparceros, cuando no de simples peones, vaqueros y sirvientes de la gran hacienda. A los campesinos de la zona se les cobraba el tránsito por los caminos de Larandia, como en la alta Edad Media, y hasta hace pocos años todavía pagaban impuestos por el pago de sus animales y cosechas.

La prosperidad de don Leonidas Lara y de sus familiares, naturalmente, también fue producto de sus influencias políticas y de su entronque con las diversas ramas de la administración pública. A mediados de los años cuarentas Oliverio Lara, uno de los vástagos más sobresalientes del clan, ya había sido concejal, diputado, alcalde de Neiva y gobernador del Huila, y el 25 de mayo de 1948 consiguió que el Ministerio de Agricultura le adjudicara 1.837 hectáreas adicionales en el municipio de Algeciras, formando así una finca inmensa que prácticamente colindaba con Larandia, en el Caquetá, y en la que engordaban manadas de vacuno de raza normanda, Charolaise y Red Poll, todas bajo el régimen de ganadería extensiva. Las sociedades de la familia se integraron oligárquicas de Antioquia y Caldas vinculados a la exportación de café, y acumularon tanta riqueza que luego participaron como intermediarios del capital norteamericano en la importación de automóviles Internacional y Willys. Después conformaron la Compañía Colombiana Automotriz, distribuidora de piezas de maquinaria y de vehículos, lo que aumentó su influencia en la vida política de la nación y les permitió beneficiarse de cuantiosas palancas y gabelas del Estado. Don Oliverio Lara fue tutor, fiador y padrino de casi todos los gobiernos del Frente Nacional. Su muerte tuvo lugar en circunstancias trágicas, a finales de los años sesentas, cuando fuera secuestrado y asesinado por un grupo de plagiarios que le exigió fallidamente a su familia un millonario rescate.

Un ejemplo aleccionador Las dos mil familias invasoras que en agosto del año pasado resolvieron instalarse en un pequeñísima porción del emporio de los Lara, en una de las varias extensiones que mantienen en el perímetro urbano de Florencia, demostraron con su ejemplo que en Colombia aún hay formas revolucionarias de combatir en beneficio de los intereses del pueblo sin postrarse ante la demagogia del gobierno o ante el reformismo de todos los matices que ha pululado, con especial frenesí, a partir del arribo de Belisario Betancur al Palacio de Nariño. Sin dejarse embaucar por la charlatanería del nuevo presidente acerca de la vivienda sin cuota inicial y otras baratijas del mismo corte, los invasores de Florencia se organizaron de manera independiente y conquistaron en la lucha el derecho a disponer de un techo propio para albergar a sus mujeres y a sus hijos. En el transcurso de la contienda tuvieron que enfrentarse con la policía, con los abogados, jueces y tinterillos al servicio de los Lara, con los gamonales políticos que trataban de pescar en río revuelto y con los funcionarios del gobierno que pretendían dividirlos y desmovilizarlos. Durante octubre y noviembre se presentaron epidemias y enfermedades gastrointestinales en los niños, debidas a que la alcaldía de la ciudad se negó a prestar a tiempo servicios de agua y de salud. Numerosos invasores fueron encarcelados y algunos heridos por la fuerza pública. Nada, sin embargo, logró hacerlos desistir. Por experiencia propia comprobaron que el gobierno de Belisario Betancur, al igual que todos los demás regimenes de la oligarquía liberal – conservadora, no es sino una dependencia de las clases dominantes para defender sus mezquinos intereses, y con sus actos le enseñaron al resto de los colombianos que sólo el combate independiente y revolucionario de las masas es capaz de derrotar a los enemigos del pueblo.