EDITORIAL: FRENTE REVOLUCIONARIO O COMPONENDA REFORMISTA

Francisco Mosquera; Secretario General; Bogotá, diciembre 16 de 1979

La carta que el camarada Francisco Mosquera envió a la dirección de FIRMES a mediados de diciembre pasado, y que a continuación reproducimos a manera de comentario editorial, contiene las condiciones mínimas demandadas por el MOIR para conformar, en las circunstancias actuales, un frente único revolucionario de liberación nacional en Colombia. Ninguno de tales requisitos fue aceptado por los voceros de la contraparte en la ronda de negociaciones, ni siquiera sopesado o discutido con la seriedad que el tema requiere. Llegaron a lo sumo a presentar formulas eclécticas con las cuales se simula recoger los postulados de la revolución, cuando en realidad se toma el atajo del reformismo.

En el afán de conciliar lo inconciliable, los pactos del llamado Frente Democrático terminaron siendo un amasijo de recetas inconexas, confusas y hasta contradictorias. El programa se anuncia y se deja para concretarlo en el futuro con la hipotética participación de otras fuerzas. Mientras tanto, la minuta de reformas constituye el alma del entendimiento, bajo cuya inspiración se efectuará la campaña electoral. Ni una sola referencia al no alineamiento, lo que les permitirá a los revisionistas impenitentes y a los mamertos vergonzantes defender o justificar el expansionismo soviético, sobre todo después de la invasión a Afganistán. La ausencia de unas claras normas democráticas de funcionamiento dará vía libre al ventajismo del Partido Comunista. Y así, cada uno de los puntos de la componenda aprobada por Firmes y el PC, puntos en verdad convenidos entre ellos desde hacia muchos meses, impidió la participación del MOIR y demás partidos del Frente por la Unidad del Pueblo en semejante alianza.

A pesar de que los componentes de la nueva coalición bautizada Frente Democrático especularon sobre la presunta división del FUP y del MOIR, las recias batallas que venimos librando desde 1978 contra el despotismo y el oportunismo han elevado considerablemente la conciencia y la cohesión de nuestros efectivos; y no obstante el cúmulo de dificultades que atravesamos, acometemos con entusiasmo y fe en el porvenir las importantes tareas de la causa obrera.

Compañeros ENRIQUE SANTOS CALDERÓN GERARDO MOLINA y demás miembros de la dirección nacional de FIRMES

Apreciados compañeros:

A instancias de ustedes nos acercamos a la mesa de negociación, y hoy, una vez más, nos vemos enfrascados con varias agrupaciones en el consabido debate sobre la conformación de un frente unido revolucionario. Hemos estado escépticos al respecto, a pesar de que ustedes, en las entrevistas bilaterales, hablaron de no vetar a ningún contingente apto para contribuir a la alianza proyectada, y de interceder para que a ésta concurran el MOIR y el Partido Comunista, enfatizando que preferirían no unirse con ninguno de los dos si uno de ellos faltara. La intención es buena y no abunda agregar que nosotros también deseamos la unidad, por la cual nos hallamos prestos, como siempre, a transar en aras de soluciones positivas. Los obstáculos provienen, a nuestro juicio, de la contracorriente oportunista y liberal, boyante en los últimos años, que, so capa de resistir a la represión y combatir el militarismo, pide el apuntalamiento de la democracia oligárquica, o sea de la dictadura ejercida sobre el pueblo por parte de la minoría burgués-terrateniente intermediaria del imperialismo norteamericano. Esta contracorriente se ha salido de madre y con sus tesis reformistas y sus concepciones retardatarias inundan los terrenos de las más diversas manifestaciones políticas. He ahí el motivo de nuestro escepticismo. Si en lugar de propender por una nueva sociedad se nos invita a prolongar la agonía de la vieja, mucho tememos que no sería viable la avenencia, por lo menos hasta cuando un cambio radical en la correlación de fuerzas le imponga al frente único el rumbo compatible con los anhelos libertarios de los obreros, los campesinos y el resto de clases y capas revolucionarias.

A medida que cunde el caos y se desata la crueldad de las autoridades, crece el vocerío de quienes reclaman reajustes al orden jurídico predominante, o solicitan que se cumplan con la recíproca vigilancia y la escrupulosa separación de las ramas del Poder, o recaban el nombramiento de procuradores imparciales y con mayores atribuciones, todo dizque enderezado a aplacar los desenfrenos de la soldadesca y a temperar la democracia en Colombia. Muchos abogan por la truculenta y corrompida justicia ordinaria cuando impugnan los consejos verbales de guerra. Sobran aquellos que reprueban la tortura pero suspiran porque la república de los torturadores funcione cual un relojito. Algunos imaginan que si se levanta el estado de sitio las elecciones serán libres. Esto en Colombia donde, pese a 150 años de historia republicana, el despotismo terrateniente se asocia todavía al del gran capital; donde el Ejecutivo prevalece omnipotente sobre unas corporaciones electivas huérfanas de influencia y sobre una justicia postrada cada vez más a sus arbitrios; donde los derechos del pueblo se hallan sepultados bajo un alud de reglamentaciones prohibitivas, y donde, para colmo de males, el imperialismo se enseñorea como el amo supremo. “La joya es preciosa, basta arreglarle la moldura”, pregonan los restauradores. En suma, al país se le quiere burlescamente sacar del cuerpo el terror oficial y demás demonios, se le quiere exorcizar, evocando los milagros sesquicentenarios del vetusto Estado, que mantiene a la nación en bancarrota e hipotecada al extranjero y a las masas trabajadoras sumergidas en la más abominable esclavitud.

El MOIR no objeta la lucha contra las medidas represivas y a favor de las libertades públicas y los derechos democráticos para los oprimidos; por el contrario, hemos creído y seguimos creyendo convenientes y urgentes los pronunciamientos y movilizaciones en ese sentido. Las dos o tres conquistas que las masas populares arrebaten al enemigo en la contienda, les servirán, les deben servir, para avanzar en pos de su liberación y no para acogerse a una falsa e inicua estabilidad que equivaldría a la consolidación de su envilecimiento. Entre otras modalidades de combate, participamos en las elecciones, no obstante los manipuleos antidemocráticos de las mismas, porque cualquier resquicio que nos otorguen u obtengamos para manifestarnos, lo utilizaremos en la agitación de nuestras ideas y en la organización de nuestras filas. Las reivindicaciones democráticas alcanzadas bajo el dominio expoliador no son el fin sino un medio en la marcha tras los objetivos revolucionarios, y nunca sacrificaremos los segundos por las primeras.

Nos negamos a concurrir al Foro de los Derechos Humanos precisamente porque este certamen convirtió la pelea contra el militarismo y el Estatuto de Seguridad en una coraza protectora de las instituciones, de los códigos y demás instrumentos “pacíficos” del régimen. Como la inflación aumenta sin cesar y el costo de la vida y la miseria de las masas bordean los límites de la tolerancia, es decir, como la superexplotación del imperialismo y sus fámulos ha sumido a la nación en la peor de sus crisis, las marionetas al mando recurren sin titubeos a la violencia institucionalizada para sofocar el descontento, la inconformidad, la rebeldía. Pero si los descontentos, los inconformes y los rebeldes aceptan voluntariamente el ordenamiento legal, la oligarquía no tendría el menor reparo en levantar las medidas de emergencia, mientras la expoliación continúe su carrera desbocada.

Batallemos unidos contra la escalada fascistoide y aprovechemos estas lides por las libertades para encauzar un poderoso movimiento que conduzca a la revolución y no a la restauración, que mire hacia el futuro y no al pretérito, que defienda la nueva democracia de los contingentes antiimperialistas y no la vieja democracia de los intermediarios antinacionales. Dilucidar tópico tan fundamental lo estimamos apremiante.

Puesto que somos sinceramente partidarios de un entendimiento de verdad perdurable, que trascienda los comicios de 1980 y soporte los rigores de una larga travesía, no nos queda más disyuntiva que la de abocar y esclarecer este y otros temas. Sea para echar sólidas bases a la cooperación propuesta, sea para ponernos de acuerdo en los desacuerdos.

Con la salvedad del FUP, los demás asistentes a las reuniones de negociación se muestran muy inclinados a que el frente no elabore un programa democrático-revolucionario de liberación nacional e insisten en que aquel se bandee con una plataforma de acción inmediata, o como se llame, que se reduciría a unas cuantas reformas al régimen y a las peticiones de libertad formal. Contra la conveniencia del programa exigido por nosotros se han levantado mil y un sofismas. Que cualquiera lo puede firmar y desconocer más tarde, tal cual ha sucedido en el pasado. Que es mejor tratar de esbozarlo poco a poco conforme a los progresos que se vayan obteniendo. Que definiciones demasiado extremas ahuyentarían a otros afiliados con ideas distintas a las nuestras. Sin embargo, en el fondo, semejantes alegatos únicamente esconden la conciliación con la contracorriente oportunista y liberal en boga. Una coalición que no recoja ni se guíe por las reivindicaciones económicas y políticas esenciales de las clases antiimperialistas y revolucionarias, especialmente en la hora actual, se torna sin remedio en la oposición de su majestad y como toda oposición en los sistemas de democracia burguesa, su triste papel será el de sugerir rectificaciones que ayuden a la buena gestión de las administraciones que combata, hasta conseguir algún día que los reales detentadores del Poder le permitan el privilegio de gobernar, en reconocimiento desde luego a no haberle pisado jamás ni un callo a la Constitución reinante.

Eso por un lado y, por el otro, si las masas laboriosas de la ciudad y el campo, incluidos los pequeños y medianos industriales y comerciantes, no ven traducidos en los postulados del frente sus intereses más vitales y sus aspiraciones más sentidas, lejos de rodearlo y engrosarlo con entusiasmo terminarán decepcionándose de él. La duración y la vitalidad de los pactos unitarios se relacionan sin duda con esta cuestión. Un convenio alrededor de tareas inmediatas y simples reformas recorrerá a cada instante al albur de resquebrajarse fácilmente, a causa de las contradicciones de monta que a menudo plantea la lucha de clases. A la inversa, un acuerdo mínimo suscrito sobre un programa estratégico, aceptable para las distintas fuerzas revolucionarias, tendría mejores posibilidades de subsistir a las pruebas del tiempo. El programa no lo es todo, pero determina la orientación y el carácter del frente. Lo puede admitir, ciertamente, de palabra, cualquier persona o grupo y después retractarse, más nos proporciona un arma importante, teórica y política, contra las vacilaciones y la entrega. Su ausencia sólo les convendrá a los sectores más indecisos y menos numerosos, los cuales quedarían con las manos sueltas para interpretar falazmente y a su acomodo los problemas candentes, de incumbencia general, y sembrar la confusión.

La coalición que propugnamos consiste en un convenio de clases dispares que, no obstante regirse por convenios encontrados, ya que cada una ocupa un puesto especial en la sociedad, se unen porque padecen los vejámenes y las persecuciones del imperialismo y sus lacayos, enemigos comunes, así los soporten de manera y en grados diferentes. Entre tales destacamentos sublevables contamos, aparte de los obreros, los campesinos y la pequeña burguesía urbana, a la burguesía nacional y a todos aquellos que en un momento dado se hallen dispuestos a apoyar el proceso emancipador y a contribuir a la salvación de Colombia. Para allanar el sendero de la unión, el proletariado se reserva sus metas socialistas propiamente dichas y propone a sus aliados un programa nacional y democrático, tendiente a derrotar a la minoría opresora, independizar la nación de la coyunda imperialista, adelantar las transformaciones económicas que el desarrollo del país requiere e instaurar un nuevo Estado de las clases revolucionarias. No de otro modo concebimos en las condiciones actuales un frente único de liberación nacional. Lo demás serán acciones unitarias restringidas, electorales o de visos semejantes. La creación de la más amplia alianza, destinada a emancipar el pueblo y cambiar a Colombia, ha de confundirse, es, se concentra en la lucha por la revolución, por su triunfo. No depende de los buenos oficios de nadie, ni de la postura en particular de uno o dos grupos, aunque los anime la mejor voluntad del mundo. Depende de la derrota de las posiciones reaccionarias predominantes, que encarnan tanto dentro como fuera del frente determinadas clases. El que haya unidad o no lo define, en último término, quien tome la iniciativa, es decir, qué clases poseen la fuerza o les favorecen los acontecimientos en una base precisa de la contienda. Nosotros, verbigracia, hemos advertido sobre lo ventajoso de aliarnos con la burguesía nacional, por lo cual, incluso fuimos anatematizados en años anteriores; sin embargo, la naturaleza de esta clase y los tropiezos de la revolución, la han colocado casi siempre cerca de las fórmulas trajinadas y mentirosas de la “culta” derecha y distantes de las certeras soluciones de la izquierda “inculta”. Habernos coligado con ella, absolviendo y legitimando sus sumisas ilusiones, por el prurito de hacer un frente, antes que una necedad hubiera configurado una traición. Mas el tiempo discurre a favor nuestro. Periodos llegarán en que no luzca tan promisorio tararear las salmodias de los círculos vendepatria; entonces sí los requisitos los establecerán, implícita o explícitamente, las fuerzas revolucionarias y el frente único será una realidad incuestionable.

Aplaudimos los esfuerzos para aproximar sectores disidentes de los partidos tradicionales, empero no habrá forma de convencernos de que la coalición se halla en pactar con arreglo a las pautas de la cháchara liberal-conservadora. Los amigos pertenecientes a aquellas banderías que ambicionen librar la batalla por el progreso de Colombia y la felicidad del pueblo, han de saber que fracasarán en el empeño de persuadir a la revolución de que defienda las “excelencias” de la podrida justicia ordinaria, las “ventajas” de las satrapías civiles, o cualesquiera de las otras virtudes de la democracia oligárquica, ya que todo avance real del país o de las masas populares resulta incompatible con las instituciones del régimen vigente. En ello estriba el interrogante. ¿Lograremos un frente con levadura revolucionaria, o en las difíciles circunstancias de la hora, para ganarnos a unos cuantos disidentes habremos de resignarnos a ayudarles a vender sus antiguallas bajo novedosas etiquetas? Y más específicamente: ¿Lograremos superar la contracorriente oportunista y liberal en boga y construir una amplia coalición orientada por un programa auténticamente nacional y democrático? En 1974 y en elecciones posteriores, por encima de los intentos e intrigas del Partido Comunista, descartamos la opción de acercarnos a la dirección rojista, puesto que esta decadente tendencia no renunciaba a su marcada contemporización con los intereses y las miras de las clases dominantes, y no había medios de contrarrestar las componendas, primero del General y luego de la “capitana”. Preferimos en sucesivas ocasiones coligarnos con el ala progresista de Anapo, lo que se comprobó acertado. Hoy, cuando ya empezaron las inscripciones para los sufragios de 1980 y vuelve a menearse lo de la unidad, llamamos la atención: ¡Liberales en un frente revolucionario, sí!; ¡Revolucionarios en un frente liberal, no!

Los puntos programáticos patrocinados por el MOIR no son tan extremos ni tan asustadores como se los pretende motejar. Apuntan, desde luego contra los monopolios extranjeros y colombianos, el capital financiero, los grandes terratenientes, los magnates del comercio importador y exportador, los pulpos urbanizadores, en una palabra, contra los imperialistas y las clases lacayunas, que seguramente no pasan del cinco por ciento de la población. En cambio no tienen por que ahuyentar al restante noventa y cinco por ciento, siendo que recogen los requerimientos elementales de las abrumadoras mayorías atrapadas en una asfixiante atmósfera económica y política. Nuestro programa unitario no contempla la abolición de la propiedad privada, sólo anula sus formas monopolísticas. De aplicarse, las diversas capas del campesinado saldrían gananciosas con la supresión del saqueo imperialista y del sistema terrateniente; gozarían, ¡por fin!, de un tema propicio para laborar, y los menos acomodados o los más pobres rescatarían la tierra usurpada. Los industriales y comerciantes no monopolísticos se librarían de las trabas que entorpecen sus actividades cuando no los conducen a la ruina. El proletariado daría un salto gigantesco hacia su emancipación. Y así, cada clase, cada sector, cada estamento del pueblo, satisfaría sus mínimas y esenciales aspiraciones. Al indígena, al intelectual, al artista, a la mujer discriminada, en suma, a todas las fuerzas revolucionarias les sobrarán alicientes para unirse y combatir tras las metas del frente único de liberación nacional, hasta vencer y estructurar un Estado suyo, sin el cual ninguna de sus conquistas sería duradera, ninguno de sus derechos democráticos cierto. Bajo la tutela del nuevo Estado quedarían los recursos naturales básicos del país y los monopolios nacionalizados, la planeación económica y la salvaguardia de la soberanía nacional.

No se trata pues de un programa sectario, impositivo, extremo o elaborado a espaldas de la realidad viviente. Descalificarlo con esos epítetos, digámoslo de una vez, obedece a que significaría un escollo para amistarse con segmentos del liberalismo y el conservatismo, considerados decisivos así no cedan un ápice en sus fueros ni traspongan un milímetro la frontera de la democracia oligárquica, y cuando critican las fallas, los excesos y si se quiere las injusticias del régimen, lo resguardan a morir, comprometiéndose, máximo, en una cruzada para refaccionarlo. A estas vertientes sólo una minuta de reformas les cae como anillo al dedo, permitiéndoles entrar al juego denominado frente democrático, incluso con sus respectivos candidatos, todavía en salmuera, para la nominación presidencial de 1982. Hasta Belisario Betancur llegaría a simbolizar un as barajable.

Dentro del panorama descrito, el Partido Comunista ha venido desechando la efectividad y la trascendencia de un frente con perfiles claramente plasmados desde ahora. No hará tres meses que el secretario de tal agrupación sostuvo: “El problema que tiene el PC es que difícilmente encuentra sectores de izquierda con los cuales entenderse” y procedió a tachar uno a uno los eventuales aliados: “La Anapo ha desaparecido y los sectores de izquierda que han sido nuestros compañeros en otras campañas electorales están también en situación bastante difícil”. De ustedes comentó: “Estamos viendo si el movimiento ‘Firmes’ se desarrolla, esto hasta ahora no se puede medir, tal vez en las elecciones próximas se podría saber…;” agregó: “Fuera de eso existen unos pequeñísimos grupos socialistas de carácter local, porque no han podido construir un partido de carácter nacional”. Y remató: “Al Moir no lo mencionamos o incluimos siquiera”. Sus esperanzas de realinderación las cifró entonces en lo siguiente: está el problema de surgimiento de nuevos sectores democráticos liberales y conservadores. Este hecho puede tener una gran perspectiva futura pero no inmediata.” 1

Dentro del mismo tenor pululan infinidad de declaraciones y comentarios cuya única estrategia reside en pescar cualquier convenio con las disidencias de los partidos tradicionales. Según ese enfoque, una participación conjunta en la próxima refriega electoral, por más unitaria que se muestre, pero sin el curso de aquellas disidencias, no definiría absolutamente nada a consecuencia de la espera de los socios pudientes para los comicios de 1982.

Sin imprimirle un derrotero revolucionario, que habrá de partir de la suscripción de un programa auténticamente nacional y democrático, la unidad concluirá siendo subastada. Ya la gran prensa le batió palma al espíritu conciliador que cunde por doquier. Luis Carlos Galán, refiriéndose a las noticias publicadas prematuramente acerca de la concertación del frente único, acotó que “al liberalismo le conviene la competencia de una izquierdas organizada y seria que respeta la Constitución” 2. Y El Tiempo, vocero oficioso de este y de todos los gobiernos de la hegemonía liberal-conservadora, ofreció sus páginas a la anunciada alianza para que divulgue su “examen de la problemática colombiana” y sus “soluciones más acertadas”3. De oscuro presagio son los pronunciamientos conocidos a raíz de las gestiones iniciales por coordinar dentro de un solo bloque a las colectividades contrapuestas al bipartidismo dominante. A las gentes del común no les producirá gracia alguna el que su acción se reduzca a colaborar con sus depredadores en el arte del buen gobierno, mediante un pugilato este sí académico; ni que sean los diarios más abyectos los que le proporcionen asilo al frente para ventilar su política. Ustedes han de comprender también nuestra preocupación. O existe un asombroso malentendido que merece despejarse inmediatamente, o la línea trazada urge una corrección de fondo.

Verdaderamente los partidos tradicionales se están decomponiendo. Pero lo que entró en crisis fue su hegemonía secular, vale decir, su dictadura, sus tesis, su moral, sus felonías, su sociedad entera. ¿Cómo ejercer de albaceas testamentarios de una época que se despide para siempre de la escena? Somos nosotros y no al contrario los que debemos instar a los liberales y conservadores de avanzada a culminar la empresa tantas veces interrumpida de construir una república popular, democrática y soberana, única con el porvenir asegurado.

Objeto de agudas divergencias ha sido también el punto del no alineamiento. Desde años atrás el MOIR planteó rotundamente que el frente ni por asomo ha de matricularse en la política de ningún Estado o grupo de Estados, y mucho menos si se deseaba preservarle su amplitud. Así respondimos a las excluyentes exigencias del Partido Comunista de que el respaldo a Cuba, más concretamente a su gobierno y por lo tanto a los planes expansionistas de la Unión Soviética, equivalía a una intransigible cuestión de principios para la unidad. Desde 1975 la división halló en este foco de perturbación los mejores pretextos para hacer su agosto. Ustedes, según los enunciados de Firmes, recogen o coinciden con la premisa del no alineamiento, aun cuando la expliquen de manera distinta. Esto hizo factible en realidad el intercambio de opiniones que estamos efectuando. De otra parte, se nos comunica que el Partido Comunista depondría su antigua posición, ya que de otra forma no habría ninguna posibilidad de acuerdo. No vemos entonces por que persiste la negativa a que se señale expresamente conclusión tan clave, aceptada prácticamente por la totalidad de los interesados en la alianza. Aquí tampoco nos hallamos ante un requisito que reste efectivos, sino a la inversa, ante una estipulación positiva que infundirá confianza a las más disímiles tendencias, sobre todo a los liberales y conservadores de avanzada. A la nación entera le agradará un postulado de esa índole, que comprende a los componentes de la unidad a mantenerla independiente de las presiones foráneas, y, luego del triunfo, a la revolución misma libre de cualquier injerencia en sus asuntos internos. Reconózcase o no, el no alineamiento inevitablemente se relaciona con el aspecto primordial de la salvaguardia de la soberanía, con el pleno ejercicio del derecho a la autodeterminación de la nación colombiana.

Debido a la situación internacional y debido en particular a los antecedentes y ensayos truncos por fundar un frente único en Colombia, se hace indispensable que se avale públicamente, al margen de la forma, que la coalición que vamos a convenir no será ubicada, por parte de los aliados, en la órbita de ningún Estado. Asimismo, ha de quedar nítida y abiertamente convenido que la candidatura presidencial solo puede recaer en la cabeza de aquellos que además de refrendar el programa y acatar las normas de funcionamiento, como es lógico, estén en condiciones, por su trayectoria, de actuar cual genuinos garantes del no alineamiento. Una coalición formalmente no alineada con un candidato de hecho alineado tipificaría una burla inadmisible.

Lo anterior no obsta para promover una política de cabal respeto, en el plano exterior, de la autodeterminación de las naciones, y proclamar la decisión de propiciar las relaciones con todos los países del orbe, en pie de igualdad y beneficio recíproco; así como de reconocer los deberes internacionales de apoyar a los pueblos que luchan por su liberación, a las repúblicas socialistas y a los movimientos revolucionarios de todas las latitudes.

Por último, faltaría revistar cuanto concierne a la estructura y operancia de la unión. Es menester definir meridianamente las reglas de relación entre los aliados y de organización democrática que prescriban derechos y obligaciones iguales para todos. La dirección debe ser compartida sin excepción por las fuerzas integrantes y las resoluciones adoptadas por unanimidad. Está cláusula la estimamos demasiado cara e imprescindible en las circunstancias actuales, después de las experiencias negativas en las anteriores alianzas con el Partido Comunista. Una política suelta, o de hechos cumplidos, o las violaciones de los compromisos pactados colocarían ipso facto a la unidad en entredicho. Las posiciones que involucren al frente en los múltiples problemas del país han de debatirse satisfactoriamente y aprobarse por consenso. De lo contrario se crearía una situación tal en la que las rectificaciones y polémicas lloverían a cada paso, dando hacia fuera un espectáculo de completo desbarajuste antes que de cohesión y coordinación.

No nos mueve un ánimo de vindicta; sin embargo, subsisten no pocas materias controvertibles, como las providencias tomadas por el Foro de los Derechos Humanos y las vicisitudes de la unificación del movimiento sindical colombiano, sobre las cuales el frente no podrá auspiciar, ni directa ni indirectamente, ni ahora ni después, la versión de quienes han sido por excelencia nuestros detractores. No queremos llevar a nadie a una trampa ni que se entrampe. Y aunque se han hecho a la ligera conjeturas relativas al alcance de nuestros argumentos o de nuestra actitud, aspiramos fervientemente a constituir una alianza que jalone el proceso revolucionario y no una parodia intrascendente. Si no exigiéramos precisión, claridad y garantías mínimas, de seguro no estuviéramos resueltos a buscar una salida unitaria. Mas un lustro de acrimonias y profundas desavenencias no desaparecerá por ensalmo, merced a la vecindad de unos comicios, a las ansiedades de la esquiva opinión, o a que nos sentemos un buen día alrededor de la mesa de discusiones. Además, Firmes y los miembros de la UNO han coincidido desde hace mucho tiempo en infinidad de criterios y actividades, lo que les permite formalizar entre sí, en un abrir y cerrar de ojos, los convenios que han venido desarrollando en la práctica. En cambio entre ustedes y el FUP el caso es bastante inverso.

Sin unos cánones justos de funcionamiento, el frente, por ejemplo, no pasaría ni el fogueo de las votaciones de marzo, para las que habrían de elaborarse listas únicas que materialicen efectivamente la cooperación convenida y reflejen, por consiguiente, la representación equitativa de los destacamentos congregados. Si prima el ventajismo, la mancomunidad de unos grupos contra otros, no lograríamos ni siquiera el despegue de la coalición.

Las normas de funcionamiento tampoco son excluyentes ni tienen por qué incomodar a nadie. Se encaminan a consolidar el clima de entendimiento, a favorecer la independencia ideológica y organizativa de las colectividades comprometidas y a robustecer la cohesión en la lucha revolucionaria por liberar y transformar a Colombia.

Estudiaremos con la más viva atención las observaciones que les merezca el presente resumen escrito de los puntos de vista fijados ya por los voceros de nuestro Partido en las rondas iniciales de negociación.

Sin más por el momento, fraternalmente,

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR) Comité Ejecutivo Central