EDITORIAL: LAS ELECCIONES Y LA CRISIS

Nos hallamos de nuevo en los umbrales de una campaña electoral, la sexta en que, desde 1972, participa consecutivamente el MOIR. Si hemos tomado nota de que las diversas fracciones de la coalición gobernante llevan mucho más de un año inaugurando sedes, efectuando manifestaciones y ofreciendo banquetes a sus jefes, la conclusión será que nos cogió la tarde en saltar a la palestra. Hasta en la prontitud para disponer los efectivos se reflejan las holgadas ventajas de los detentadores del Poder.

A algunos camaradas se les pone la piel de gallina de sólo pensar en los aprietos y sacrificios que de sobra saben llegarán hasta la extenuación con el alargamiento de la jornada. Y la que se avecina demandará dos vueltas agotadoras, especialmente la última, de índole presidencial, en la cual, ya sin el aliciente de obtener una casilla en las corporaciones, la concurrencia de los partidos revolucionarios se torna casi simbólica, con el agravante de haber sido contados en la primera ronda y ratificada su condición minoritaria, y cuando no queda un céntimo en la tesorería, ni manera de conseguirlo. El desprecio de las tendencias pequeño-burguesas por esta modalidad de lucha, tan palpable hasta hace un lustro y que aún subsiste en menor grado, tiene que ver con la fragilidad política, proporcional a las dificultades de la empresa. A la inversa, a las clases privilegiadas, la gran burguesía y los grandes terratenientes, intermediarias del imperialismo norteamericano y que se manifiestan a través de las viejas banderías liberal y conservadora, todo se les facilita. Los recursos monetarios, los medios de comunicación y el aparato burocrático del Estado configuran pesas macizas que inclinan el platillo a favor de quienes las poseen. Recientemente, el conocido industrial y negociante Carlos Ardila Lulle estimaba que las personas en nómina de las dependencias oficiales, comprendidos los institutos descentralizados y demás establecimientos afines, alcanzarían el impresionante tope de un millón doscientas mil.

Ignoramos cuán exacto sea el cálculo. Pero nadie negará que el sector público se convirtió de tiempo atrás en una fuerza económica omnipotente, encargada de repartir la prosperidad y la ruina entre los colombianos, sin apelación alguna, por injustos o erróneos que parezcan sus fallos, y destinada a darle ocupación a una inmensa mole de desempleados, así no lo requiera su funcionamiento. Los manipuladores de semejante máquina blandirán un poderío enorme y un caudal electoral suficiente para garantizarse el continuismo. Debido a eso la disputa por el control estatal entre los grupos adinerados adopta, pese a la aparente melosidad de la polémica, ribetes de enconado ensañamiento. Fracasar en la puja significa quedar en el asfalto, a merced de lo que buenamente se dignen conceder los apropiadores del ambicionado botín. A los vencidos no se les escapa una oportunidad, se les escapan todas.

Ahora mismo el país aguarda expectante la definición del árbitro supremo, el presidente Turbay, muy señor del millón de cédulas de sus funcionarios y de todos los de su gabinete, para despejar la incógnita del candidato presidencial del oficialismo liberal. Sin ese espaldarazo ningún aspirante logrará la nominación en la convención de septiembre, ni ceñirá la banda tricolor el 7 de agosto de 1982. No importan la hoja de vida que acredita, las simpatías que haya despertado entre los votantes, o que termine incluso victorioso en los comicios. Sin el asentimiento del gobierno no hay esperanzas. Que así opera la loada democracia colombiana, lo corroboran la historia cercana y la lejana. Al general Rojas lo mandaron a dormir temprano el día de su súbito triunfo. En 1978, Belisario Betancur arrasó en las urnas pero lo barrieron en la Registraduría. Si esto les acontece a circunspectos exponentes del democratismo oligárquico, ¿qué suerte correrán los demócratas revolucionarios?

Las colectividades políticas de los obreros y de los campesinos deben afrontar, además de las iniquidades señaladas, el hostigamiento sistemático de las autoridades, que les prohíben sus actos, detienen a sus activistas e intimidan a sus seguidores. Métodos perfeccionados que borran en la práctica cualesquiera de las prerrogativas constitucionales consignadas en el papel, y que, por supuesto, no substraen los expedientes truculentos, como la tortura y el asesinato con que se acaba de cegar la vida de Oscar Restrepo, concejal del MOIR en Puerto Triunfo.

Los oportunistas, al analizar los guarismos electorales, hacen caso omiso del carácter dictatorial del Estado, instrumento de opresión por excelencia de unas clases sobre otras, y atribuyen los reveses de los bastiones contrapuestos al régimen a extremismos en las formulaciones, o a la falta de tino para seducir afiliados, despistar a los guardianes del orden y efectuar otras maniobras parecidas, es decir, a la carencia de un ánimo contemporizador que matice los antagonismos y permita crear una oposición admisible y admitida. Desde luego el marxista-leninista critica sus fallas y las corrige, arremete contra los brotes sectarios y aplica una táctica flexible, en consonancia con las oscilaciones de la contienda; empero para explicarles el mismo balance de las votaciones, parte ante todo de la situación de indefensión en que se debaten las mayorías populares en Colombia, sin caer en la tonta quimera de que las cifras podrán modificarse sustancialmente con arreglos de actuación o de tono llevados a cabo por la vanguardia organizada. Para remontar los protuberantes escollos y tomar la delantera en unos sufragios, los desposeídos precisan de una serie de cambios previos muy profundos, que en cierta forma equivalen a los demandados para el advenimiento de la revolución. Porque se trata de descoyuntar el dominio de las clases más poderosas en todos los ámbitos, en muchos de los cuales inciden acontecimientos ajenos al elemento consciente, como cuando se agudizan los problemas económicos o se desencadena una coyuntura internacional propicia.

Nuestra obligación consiste en utilizar juiciosa y perseverantemente el tiempo; mantener siempre una estrecha vinculación con las masas proletarias; combatir palmo a palmo la influencia ideológica de los explotadores que, conforme a sus conveniencias, le dan una interpretación acomodaticia a cada fenómeno social; promover los sindicatos, las ligas campesinas y demás asociaciones de los oprimidos, y transformarlas en entidades revolucionarias; unir al pueblo, apoyarlo y orientarlo en sus lides cotidianas por las reivindicaciones materiales y espirituales, y construir miles de cuadros dirigentes disciplinados y emprendedores. Tareas preparatorias, rutinarias y hasta opacas si se quiere, mas indispensables para el vuelco radical de los factores adversos, y que ninguna audacia comicial las sustituye, con lo audaz que resulte para una agrupación reducida concurrir a un evento regido arbitrariamente por sus difamadores. Trocar la debilidad en fortaleza no será obra de unos años, o de una o dos décadas.

Quienes anhelen contribuir al nacimiento de la nueva Colombia han de remar con seriedad y constancia, desechando la frecuente creencia de que bastan golpes de ingenio para abatir un sistema de arraigo sesquicentenario. No derribaremos a trompetazos las murallas de la Jericó imperante. Aquellos que menos valor confieren a las elecciones como medio de combate paradójicamente pretenden extraerles más siegas de las que en realidad producen.

La participación en los sufragios ha sido para los moiristas una considerable ayuda dentro del empeño de extenderse al país entero, de llegar a las cálidas vertientes y a las frías altiplanicies a organizar las huestes de la revolución. A través de cinco compañas sucesivas el MOIR no sólo ha crecido en número sino que ha compuesto su calidad, pasando de congregar exiguos y enconchados círculos a constituirse paulatinamente en un partido de envergadura nacional y con los más variados nexos entre las masas populares. Para hacernos entender de los sufragantes hemos tenido que suprimir la jerigonza del dogmático y emplear un lenguaje vivo, rico, pedagógico. La militancia ha conocido directamente las penosas circunstancias en que se desenvuelve la existencia del pueblo, tan distinta de una región a otra de un municipio al siguiente. Hasta nuestros artistas aprovechan estas temporadas para ir a la fuente de su inspiración y poner a prueba su capacidad creativa. Las deficiencias se detectan sin andar demasiado. Todavía necesitamos oradores, versados y elocuentes oradores, que en lugar de aburrir a los manifestantes, entusiasmen y convenzan, pulsen las cuerdas más sensibles agitando y propagando los postulados programáticos de las clases revolucionarias. Aprendimos a relacionarnos con los aliados y a darles toda la trascendencia a las labores del Frente, cuyas leyes particulares, que asimismo hemos venido desentrañando, exigen para el caso colombiano un pugilato tenaz con las tendencias revisionistas amamantadas por los agentes del social imperialismo soviético. En síntesis, para un destacamento incipiente e inexperto, que irrumpe en una noche oscura de predominancia de la reacción y que ha gozado de muy breves intervalos auspiciosos, las confrontaciones electorales representan verdaderos cursillos de calistenia política. Pero nunca hemos imaginado que por ese conducto lograremos suprimir los desequilibrios, conquistar la iniciativa, o colocar en calzas prietas al bipartidismo tradicional. A la hora de las cábalas regularmente chocamos dentro de la alianza con las organizaciones amigas que efectúan pronósticos demasiado optimistas sobre los votos y que luego sucumben al abatimiento. A la par que nos esmeramos por beneficiarnos del debate, advertimos sobre sus limitaciones.

Con el fin de sacarles el máximo jugo a los sufragios de 1982 debemos encarar tanto el desgano por la campaña, que inevitablemente retoña en el Partido, como las cuentas alegres en que incurren militantes y aliados que minimizan la privilegiada posición de los manzanillos de la coalición oligárquica, perita en la martingala de cazar papeletas. No pecaremos por unilaterales si afirmamos que entre las elecciones a que hemos concurrido, la presente adquiere gran relevancia a causa del convulsionado momento por el que discurre Colombia. Desde el rompimiento de la UNO, ocasionado por las conductas intolerables de la dirección mamerta que concilió con López, pisoteó los acuerdos unitarios y posteriormente pidió el respaldo unánime para el social-expansionismo cubano, no había despuntado una perspectiva ta alentadora. Corren vientos frescos en por lo menos tres terrenos determinantes para nuestros objetivos a mediano y largo plazo. La crisis económica y política del sistema evoluciona aceleradamente, las cosas comienzan a complicárseles a los reformistas y revisionistas y el MOIR salió airoso y solidamente unido de la lucha interna contra el fraccionalismo y el grupismo.

Al margen de sus vastas repercusiones sociales la bancarrota de la producción en Colombia, patente en la quiebra de un conjunto grande de industrias y en los traumáticos retrocesos de las actividades agropecuarias, entraña una indiscutible importancia puesto que confirma la teoría del Partido acerca del atascamiento del desarrollo bajo las relaciones neocoloniales y semifeudales. A veces implícita y a veces explícitamente la controversia en torno de dicho principio se ha prorrogado decenio y medio y ha escindido el movimiento revolucionario en bandos irreconciliables. Los trotskistas, con el patrocinio de los mentores del revisionismo latinoamericano, erigieron su arrevesado edificio doctrinario sobre el supuesto de que el progreso de Colombia era posible a pesar de la expoliación imperialista.

Tales diletantes hicieron escuela y encontraron sendos y desaforados apologistas entre la intelectualidad seudo científica. De nuestras filas han sacado uno que otro pupilo. En sus planteamientos no distinguen el capitalismo nacional, joven y endeble todavía, del capitalismo senil de los gigantescos consorcios extranjeros que sobreviven gracias al saqueo de las neocolonias. No sólo no captan contradicción alguna entre intereses tan contrapuestos, sino que el arribo al socialismo no lo conciben como consecuencia del estancamiento de las fuerzas productivas, que es, en definitiva, la razón material del cambio de una forma de sociedad a otra. Ciertamente no existe acicate mayor para la revolución colombiana que la ruina creciente del país.

Copiosas empresas, relativamente boyantes en otras épocas, acusan hoy gravísimos inconvenientes que se traducen en drásticos recortes de personal y en el aumento alarmante del paro forzoso. Aunque la burguesía se cuide de descubrir el origen del desbarajuste y achaque torvamente a las conquistas sindicales buena parte de la responsabilidad, sus encendidos alegatos contra la gestión del gobierno dejan traslucir los motivos reales de la recesión. Los gremios invariablemente se quejan de la carestía de las maquinarias, repuestos, materias primas e insumos importados; denuncian la inundación legal o fraudulenta del mercado interno con los artículos elaborados en las naciones industrializadas y condenan las medidas proteccionistas de éstas; aprueban los escandalosos intereses bancarios y censuran la indolencia del Estado, que, lejos de resguardar los quehaceres productivos, los desestimula y acorrala. Se puede alegar, cual lo recuerdan a menudo los ideólogos de la reacción, que actualmente en disímiles lugares del orbe se registran problemas inflacionarios y síntomas de parálisis económica. Ni las prósperas potencias occidentales se sustraen a los ciclos críticos que de cuando en cuando ponen de manifiesto el talón de Aquiles de su estructura social. Sin embargo, no confundamos ni permitamos que se confunda la crisis de las metrópolis con las de sus dominios neocoloniales. En aquellas sobran los productos y capitales que acuciosamente buscan salida hacia los pueblos atrasados, en donde los magnates de los trusts a costa de la asfixia de las economías nativas, obtienen superganancias mediante la especulación y el saqueo de los recursos naturales estratégicos. Desprovistas de esta opción las repúblicas capitalistas avanzadas carecerían bajo el alud de la bonanza, sin compradores suficientes para sus géneros ni dónde invertir sus dividendos. Preocupaciones como las emitidas en París, por ejemplo, atañederas a la suerte de la democracia centroamericana y dobladas con la ascensión de Mitterrand, en el mundo persiguen el propósito secreto de avivar los negocios franceses en aquella región tras los descalabros estadinenses. Aquí, en Colombia, al igual que en la abrumadora mayoría de las naciones del Continente, los colapsos no obedecen a exceso de riqueza sino a la extorsión imperialista. Industrias apenas nacientes, urgidas de un mercado propio en que se respete el libre juego de la competencia y se garantice un abastecimiento fácil y costeable de las materias básicas, de pronto se ven provocadas a duelo singular por monstruosos monopolios, duelos de sofisticadas tecnologías y con redes y sucursales en cualquier punto del planeta, que controlan el comercio, el crédito y los suministros, sobornan a los funcionarios e influyen decisivamente en la promulgación de las disposiciones oficiales.

El llamado Pacto Andino, después de dilatadas y tortuosas negociaciones entre los gobiernos firmantes, se redujo a proporcionar un escenario de alrededor de 60 millones de pobladores para que actúen en él, con patente de corso, compañías norteamericanas, europeas, japonesas. Ya se habla del folclórico chasco de los proyectos de integración. Empero, los emperadores del emporio automotriz, de la petroquímica y del resto de renglones instalan sus ensambladoras en el área andina y disfrutan a porrillo de obreros baratos y de consumidores cautivos que pagan precios desmedidos por bienes desmejorados. El trabajo nacional de las zonas sojuzgadas engorda a los imperialistas y en nada coadyuva a sacarlas de la indigencia. En América Latina, ni los países más pujantes, ni los más premiados por la naturaleza, escapan a este deplorable destino. Venezuela, que reboza de petróleo vive hipotecada y sumida en el subdesarrollo. Argentina ha anunciado el cierre de decenas y decenas de factorías. Y hasta en Brasil, donde principia a dudarse de los “milagros”, se vaticinan calendas muy difíciles.

La mentalidad del pionero, característica del antiguo burgués, que se atrevía a correr todas las contingencias para industrializar a Colombia, ha sido desplazada por la filosofía del agiotista que sin vigilias amasa fantásticas fortunas, revendiendo efectos importados, traficando con acciones, colocando dineros a tasas confiscatorias.

Muy pocos arriesgan sus caudales en la creación de fábricas o en la modernización del agro. Sencillamente no hay condiciones para ellos. Los frutos están a la vista. La competencia de los trusts es invencible. Si en el campo la clase terrateniente aún conserva muchas de sus seculares preeminencias, se debe a que continúa acaparando extensiones ilímites y cabalgando sobre el lomo de los campesinos semi-siervos. Los empresarios agrícolas languidecen acogotados por las deudas, el encarecimiento de los insumos y la ausencia de compradores. El algodón, el trigo, el maíz, el tabaco y últimamente hasta el café y la marihuana han dejado de ser cultivos halagüeños. Las noticias sobre las heladas brasileñas por las que se echan a vuelo las campanas y de las que se espera el prodigio de tranquilizar los nervios de la desasosegada nación, no cortarán las rachas de malas nuevas que se suceden sin cesar; al contrario, contribuyen a arrancarle el velo a un sistema agotado que finca estúpidamente su ventura en los zares de la meteorología. Sólo la empingorotada burocracia estatal y la oligarquía importadora y financiera se enriquecen aceleradamente en medio del caos y la corruptela entronizados. Y los alabarderos del oportunismo aplauden desde la platea el espectáculo, porque consideran que la descomposición del campesinado y el hacinamiento de las ciudades son pruebas inequívocas del despegue del país. Más la depauperación masiva de los pequeños y medianos cultivadores no redunda en un auge del capitalismo colombiano. Tampoco configuran testimonios de prosperidad económica las utilidades multimillonarias de la banca, la inopinada aparición de los legendarios tesoros del narcotráfico, o el hecho de que la Exxon obtenga de los mandatarios de turno una leonina licencia para extraer el carbón de la Guajira. En Colombia pulula la mano de obra cesante, la geografía es pródiga y feraz y se da la centralización de capitales, ingredientes de la sociedad burguesa que, en un país rezagado de la era del imperialismo, ya no se combinan tan químicamente entre sí. A la postre son los omnímodos conglomerados supranacionales quienes disfrutan a plenitud de tales componentes.

Estos temas bullirán durante la campaña electoral. Las masas formularán mil y una preguntas al respecto, y los camaradas habrán de esforzarse con el estudio para responderlas satisfactoriamente. Los portavoces del oficialismo bipartidista, encargados de la administración y en calidad de reos de traición a los intereses nacionales, tienen poco que argüir en su defensa. Los dos últimos gobernantes liberales, preferencialmente López Michelsen, se distinguieron por la dadivosidad de sus promesas. Juraron alentar el progreso, atacar la especulación, frenar el alto costo de la vida, distribuir el ingreso, apuntalar la democracia, etc. No sólo no cumplieron, sino que, bajo sus mandatos, todos y cada uno de los aspectos de la situación económica, cultural y social han empeorado.

La reforma tributaria lopista, que aligeró los impuestos a los potentados y gravó altamente el consumo del pueblo, resulta ahora que no ha evitado, como se auguró, el déficit fiscal, y éste asciende para la vigencia de 1981 a 50.000 millones de pesos. El faltante, según lo informó Turbay Ayala al Parlamento, será sufragado principalmente con préstamos, un mecanismo al que, desde los comicios de 1974, la propaganda liberal venía imputando funestas repercusiones. Sin embargo, la insolvencia incurable del Estado oligárquico fatalmente lo postra a los pies de los vampiros foráneos y criollos del capital financiero. El endeudamiento, además de ser una vena rota por donde se desangra a la nación entera, es el collar de perro con el que los imperialistas trastean a sus testaferros. Las universidades están sin fondos. No hay tampoco con qué pagar los sueldos de los maestros, no obstante el pomposo experimento de “nacionalización de la educación”, supuestamente encaminado a remediar, entre otras, esta crónica carencia. Los ferrocarriles se hallan al borde de la liquidación. Las empresas públicas recurren a las automáticas alzas mensuales para atender sus lesivos compromisos con las agencias prestamistas internacionales, y sin que tales exacciones alivien el notorio desmedro en la prestación de los servicios. Los arrendamientos suben exorbitantemente, por encima de las demagógicas previsiones del régimen.

Y así, nos haríamos interminables si pretendiéramos detallar las felonías y atrocidades de los usufructuarios del Poder. Al final de cuentas, los obreros y los campesinos pagan con sus inenarrables privaciones la orgía especuladora, la carestía desbocada, la bancarrota de la producción. A millones de gentes de les niega el techo, el pan, la lumbre. Crece y crece el piso de la sociedad con sus hornadas de desposeídos y desocupados, mientras se angosta la cúpula dorada de los derrochadores que todo lo acaparan. El choque vendrá inevitablemente porque lo único que no ha sido ensayado es precisamente eso, el estallido revolucionario. A las clases dominantes ya no les restan tesis que esgrimir ni reformas que aplicar. Hace rato echaron por la calle del medio. Impelidas por su instinto de conservación reaccionan con el más crudo despotismo ante el menor brote de descontento popular. ¿Acaso las divisiones recurrentes de los partidos tradicionales, el canibalismo entre sus vacas sagradas, la falta absoluta de soluciones fiables, en suma, los desbarajustes que los minan, no son en la superestructura uno de los tantos reflejos del descalabro de la base económica de la Colombia neocolonial y semifeudal? La crisis de la reacción nos suministra profuso material de enseñanza para instruir a las masas y enrutarlas en la senda de su emancipación. La ocasión nos la proporciona hoy la campaña. ¡Procedemos!

Si ninguno de los paliativos aplicados o propuestos ha suspendido ni suspenderá el vertiginoso deterioro de la situación, apenas justo que el reformismo esté también padeciendo su purgatorio. Sobre todo un reformismo como el colombiano que, fuera de ser una mezcla de infidelidades, frustraciones y componendas salpimentadas con aventuras terroristas, secunda subrepticia o desvergonzadamente el expansionismo de Cuba y sus amos del Kremlin. Los zarpazos de Moscú en procura de la hegemonía universal y el ahondamiento del antagonismo entre las dos superpotencias crean circunstancias positivas para que los pueblos visualicen las orejas del agresor soviético bajo su piel de cordero socialista. En Colombia son cada vez menos los que aconsejan seguir tras la huella de la Isla antillana, cuya lamentable metamorfosis de “territorio libre” en sucursal del imperio de los nuevos zares alecciona a los revolucionarios y patriotas sinceros a propugnar, con nosotros, una política de auténtica independencia y total soberanía que proscriba radicalmente cualquier tipo de entrometimiento externo en las decisiones de la nación.

¡El contraste es hasta cómico! Nunca en el país había transcurrido un periodo de mayor inflación, especulación y concentración de la riqueza; de garrafal menoscabo de su industria y su agricultura. Jamás fue tan pobre la pobreza de la pobrería ni tan crueles y afilados los colmillos de la represión. Y cuando más se requiere de claridad y entereza el oportunismo de siempre propone un “diálogo” con los “sectores gubernamentales”, o sea, con los comisarios de los saqueadores y estranguladores de la producción nacional, con los Torquemada del sistema, tendiente, ¡óigase bien!, a impulsar el “desarrollo” y el “progreso” y a evitar la “destrucción” y la “muerte”. Se dictamina que “la alternativa hoy es dictadura o democracia, guerra o paz”. No obstante la altisonancia de estas palabras y el vacuo trascendentalismo que se las rodea, sólo repiten el socorrido criterio liberal, inveteradamente definido por la burguesía y el ala derecha de la pequeña burguesía, que imaginan el mundo separado de las disputas de clases y suspiran por la vieja utopía de gobiernos con igualdades democráticas para la oligarquía parasitaria y la masa laboriosa explotada y oprimida.

No hemos coronado aún una batalla decisiva; la de derrotar las concepciones y los procederes no proletarios que tantos estragos han generado en lo corrido del siglo. Las fuerzas revolucionarias no pueden continuar columpiándose entre el terrorismo estéril que inmola a nobles pero equivocados combatientes y proporciona pretextos mil a la reacción para aplastar las luchas del pueblo, por un lado, y la conciliación capitulacionista que deprava a las masas, las desmoviliza y las entrega maniatadas a la perversidad del enemigo, por el otro ¿Qué táctica es aquella que apoyada en un puñado de hombres y mujeres valientes y arrojados, mas un puñado al cabo, declara la guerra a un régimen excedido de problemas, sí, pero que con indiscutibles medios de engaño y coacción a su alcance está presto todavía a servirse de cualquier excusa para justificar sus atropellos y sitiar a sus oponentes? ¿Y qué táctica es aquella que, tras las primeras escaramuzas arriscadas como costosas, llama a fumar la pipa de la paz prácticamente con el único pedido de volver a las condiciones anteriores a la apertura de las hostilidades, y con el agravante de dejar flotando en el ambiente la otra ilusión, la más peligrosa, de que con el avenimiento entre sojuzgadores y sojuzgados la dictadura oligárquica pro-imperialista se mudará en una democracia soberana, desarrollada y compartida por todos los colombianos? Ni la independencia, ni la prosperidad, ni las libertades serán adquiridas, respetadas o donadas en el régimen vigente, por muchos diálogos, convenios y propósitos que se hagan. Estamos absolutamente convencidos, y con fundamento, de que las cosas marchan al revés de lo planteado por reformistas y revisionistas. Los monopolios, sin disyuntiva, incrementarán el desvalijamiento de las naciones sometidas, particularmente en Latinoamérica y, por lo tanto, el país seguirá extenuándose y verá sobre sí acentuado el avasallamiento imperialista y el despotismo de las autoridades. Todos los datos lo aseveran. Los sucesos de los últimos dos años han corroborado con largueza el acierto de los lineamientos estratégicos de nuestro Partido y han sumido en un piélago de inconsecuencias las recomendaciones burguesas del oportunismo.

En cuanto a la táctica, insistiremos en ganarnos el respaldo no de unos cientos de miles de revolucionarios, sino de la aplastantes mayoría de los millones y millones del pueblo colombiano, y con ella forjaremos el ariete capaz de batir las murallas de la Jericó imperante. Mientras tanto habremos de combatir con denuedo por los reclamos económicos de los derechos democráticos de los explotados y oprimidos; proteger al Partido y a las organizaciones de las masas, no exponiendo su integridad con acciones temerarias en las que lo buscado sale de lo perdido, y resistir altiva y adecuadamente las avalanchas represivas, sin sacrificar los intereses más caros a la causa por los apremios del momento.

Nadie podrá negar con certeza la predicción de que Colombia despertará mañana regentada desde los cuarteles, o de que se prolongará por otros años la farsa representativa. Sea cual fuere la forma que adopte el proceso, nuestro deber estriba en alertar acerca de las serias acechanzas que se ciernen sobre las gentes del común, para que a éstas no las tomen desprevenidas las andanadas de los expoliadores y sepan amoldar sus peleas a las peculiaridades de la hora.

Como se colige, y a contrapelo de las múltiples dificultades que nos asedian, gozamos de primicias no minúsculas. La historia trabaja para nosotros porque nosotros trabajamos para ella. La crisis altera la normalidad, quebranta la rutina y les complica la existencia a los colombianos de todos los estratos. No obstante es a las vetustas clases dominantes a las que las acarreará los peores traumatismos y las más irreparables lesiones. La capacidad de maniobra se les extingue a los revisionistas, quienes, al contemplar el naufragio de sus exigencias de saltimbanquis, deciden, a manera de tabla de salvación proponer abiertamente el entendimiento con el gobierno. Pero quizás nuestro punto más valioso radique en la unidad interna. Luego de la expulsión del grupillo fraccionalista de los Ñañez, que pretendió vanamente verter el MOIR en la contracorriente oportunista en boga, rescatamos la fraternidad y nos unimos cabalmente alrededor de los principios. Vigilemos insomnes la armonía y la cohesión del Partido, consolidando entre la militancia el espíritu de camaradería, robusteciendo el centralismo democrático y resguardando la línea revolucionaria. Sin estos requisitos no nos será factible cumplir a satisfacción los cometidos.

Que ningún militante deje de vincularse activamente al debate electoral que hemos iniciado. El esclarecimiento entre los obreros y los campesinos de las más candentes cuestiones económicas y políticas no debe recaer en unos pocos. Que cada compañero, sin desatender la mecánica propiamente dicha de la campaña, se esmere para hacerles comprender a las masas de su respectiva localidad las diferencias abismales entre el oportunismo y nosotros. Tengamos muy presente que hasta cuando los oprimidos no desechen las entelequias burguesas y abracen la estrategia y la táctica del proletariado, la revolución colombiana no dará un salto cualitativo en su tortuoso devenir.

Nota 1. las expresiones entre comillas fueron tomadas da la declaración emitida por segmentos resentidos del liberalismo y el conservatismo, militares en retito, intelectuales y miembros de la dirección del Partido Comunista revisionista y de Firmes. Allí se solicita un dialogo con el gobierno en procura de un gran entendimiento nacional que le encuentre salida a la crisis. Lo novedoso de este documento estriba en que el revisionismo y sus epígonos resuelven, ya sin tapujos enarbolar la política burguesa para la situación actual. El comunicado concluye con la siguiente exhortación: “hagamos alto a la violencia, emprendamos unidos la búsqueda del país perdido. Todos sabemos cuando se perdió, pongámonos de acuerdo en encontrarlo y rescatarlo”. “El Tiempo”, julio 31 de 1981.