EL PROLETARIADO AGRÍCOLA SEÑALA EL CAMINO

Por Gustavo Triana

Las huelgas de los trabajadores de Indupalma, la plantación de palma africana más antigua del país, y de Incauca, el ingenio de mayor producción azucarera, le marcaron derrotero a la clase obrera colombiana para recuperar los derechos de asociación y contratación que las políticas neoliberales le han arrebatado. Estas luchas, no registradas en los medios de comunicación, ocurrieron en los meses de enero y junio de 2005, respectivamente.

El abaratamiento de la mano de obra se ha dado por dos vías. La primera, las reformas laborales y de pensiones y salud, que recortan o eliminan las conquistas consignadas en la ley; la otra vía es la negación de los derechos de asociación y contratación colectiva mediante la eliminación del contrato individual de trabajo. Para ello imponen modalidades de contratación que están por fuera de las estipulaciones del Código Sustantivo del Trabajo y de los Convenios Internacionales de la OIT, como las empresas asociativas de trabajo, las cooperativas de trabajo asociado, los contratos sindicales, las agencias de empleo temporal y las maquilas, entre otras. Todas tienen en común la ausencia de contrato individual de trabajo, la inestabilidad en el empleo, la intermediación de la relación con los patronos y remuneraciones miserables que no incluyen el reconocimiento de salud, pensiones, transporte, vacaciones, cesantías, primas, horas extras. Es la reducción máxima de costos laborales y cuya permanencia para los explotadores depende de poder impedir la conformación de sindicatos y con ello la posibilidad de levantamientos de esos obreros por mejores condiciones de vida y de trabajo. Las cooperativas y los contratos sindicales trajeron consigo la aberración ideológica de hacer creer a algunos dirigentes sindicales que son dueños de empresas, cuando en realidad las fábricas y la producción continúan en manos de los patronos y ellos sólo son tristes intermediarios de la excplotación laboral.

En Indupalma se evocaron las batallas de los años 70

Mil trescientos trabajadores se levantaron en pie de lucha durante tres semanas en esta inmensa plantación, localizada en San Alberto, Cesar, para reclamar reajustes salariales, que no se hacían desde tres años atrás. La mayoría de ellos pertenecen a las tres cooperativas de trabajo asociado impuestas hacia 1990, cuando los dirigentes del sindicato fueron obligados bajo amenazas de muerte, en la propia mesa de negociación, a renunciar a la convención colectiva y a aceptar esa degradante forma de contratación. La huelga fue brutalmente reprimida por los patronos y la fuerza pública, al punto que el movimiento fue disuelto sin que se lograran los objetivos; once de los principales dirigentes fueron detenidos y conducidos a Aguachica y los líderes de las tres cooperativas fueron vetados por Indupalma, que hizo llegar listas negras a las demás plantaciones del país. De resultas del chivateo, otros 18 dirigentes fueron despedidos en los Llanos Orientales.

La experiencia deja importantes enseñanzas. Faltó unidad con las demás cooperativas de la plantación y faltó coordinar tareas con el resto del movimiento sindical y con la población. Quedó en claro, además, que la pelea debe incluir como ob¬je¬tivo prioritario reconstruir la organización sindical. En pocas palabras, si no hay organización y enfoque de clase, será imposible enfrentar una política que es ordenada por el imperialismo y respaldada por el gobierno de Uribe Vélez.

La huelga en los ingenios azucareros, una experiencia para emular

En el año 2003 estalló un paro de corteros en el ingenio La Cabaña. Mil seiscientos hombres bloquearon las carreteras internas y obligaron a la administración a sentarse a negociar. Era tal el grado de explotación existente allí, que el contenido del pliego no se diferenciaba en nada del que la USO le presentó a la Troco a comienzos del siglo pasado, en 1923, ni de las exigencias de los trabajadores bananeros a la United Fruit, en 1928. Pedían que la empresa los transportara en buses y no en camiones y volquetas, como si fueran carga o ganado; demandaban sanitarios en los frentes de trabajo; lugares adecuados para tomar los alimentos y una remuneración justa por tonelada de caña cortada. La inmensa mayoría de los huelguistas pertenecían también a cooperativas de trabajo asociado o eran vinculados por intermedio de contratistas.

Después de varios días de intensa lucha, la huelga resultó triunfante. Aun cuando en este primer intento no prosperó una afiliación masiva a los sindicatos, sí fue el comienzo de un trabajo de reorganización del proletariado cañero.

Los 13 ingenios azucareros situados en las vegas del río Cauca, entre los departamentos de Cauca, Valle y Risaralda, explotan hoy a más de treinta mil obreros en las actividades de siembra, cosecha, transporte y refinación. Los otrora poderosos sindicatos de la industria azucarera fueron disminuidos a pequeños sindicatos de empresa e industria, que agrupan principalmente al personal de las plantas de proce¬samiento, mientras que por lo menos treinta mil hombres han sido lanzados a la oprobiosa intermediación de las empresas asociativas de trabajo, cooperativas y contratos sindicales. Se pasó de tener condiciones laborales reguladas por el Código del Trabajo y las convenciones colectivas a formas de contratación que no reconocen transporte, parafiscales, seguridad social, primas ni vacaciones. Se generalizaron modalidades tan aberrantes como descontar de la remuneración las herramientas, las dotaciones y el pago de los capataces. En no pocos casos, como en los tiempos de la United Fruit y otros enclaves, los intermediarios pagan con vales cambiables por víveres, drogas y ropas.

A esto condujo la política de flexi¬bilización laboral impuesta por el imperialismo y acatada dócilmente por los distintos gobiernos neoliberales, con el manido cuento de que debemos «hacernos competitivos y adecuar las condiciones laborales para insertar a Colombia en el mercado mundial». A semejante retroceso contribuyó un sector del sindicalismo, cuyos dirigentes se convirtieron incluso en contratistas, dueños de cooperativas y de contratos sindicales, como intermediarios de la oligarquía azucarera en la expoliación de sus compañeros.

Contra esta situación se produjo recientemente, en junio y julio, el más alentador levantamiento de los corteros de la caña. La batalla la iniciaron 2.700 corteros del Ingenio del Cauca, Incauca, que el 25 de mayo bloquearon las entradas a la factoría y presentaron un pliego de peticiones con la asesoría de la CUT y Sintrai¬cañazucol. La movilización de los obreros y sus familiares, el respaldo de comerciantes, concejales y personeros, la simpatía de la población en todos los municipios aledaños, la solidaridad del movimiento sindical y la correcta dirección permitieron que al cabo de cinco días de huelga y total parálisis de la producción se firmara un acuerdo victorioso para los trabajadores y refrescante para el movimiento sindical colombiano, que debe sacar las mejores enseñanzas de esta ejemplar lucha.

El buen ejemplo prendió y en pocas semanas se lanzaron al paro otros siete mil corteros en los ingenios Mayagüez, Manuelita, La Cabaña, Pichichí, Central Tumaco, Castilla y María Luisa. En el Ingenio Tumaco se libró la batalla más enconada y la más larga, durante 21 días.

La CUT fue aceptada en todas las mesas de negociación, al igual que Sintrai¬cañazucol, junto con los negociadores nombrados por los huelguistas. Las asambleas aprobaron la afiliación al sindicato y se han estado constituyendo las seccionales en cada municipio. El número de cooperativas e intermediarios se redujo sustancial¬mente y algunas de las prestaciones pasaron a ser responsabilidad directa de los in¬genios. No se derrotó totalmente el sistema, pero se debilitó. Las condiciones de remuneración mejoraron en porcentajes superiores a 25%,incluido el reconocimiento por seguridad social y otras prestaciones legales y, lo más importante, se obtuvo conciencia de volver por los senderos de la organización, la unidad y la lucha de masas como el único camino que tenemos los trabajadores y la población para recobrar nuestra soberanía, condición sin la cual no podremos coronar la aspiración de construir una sociedad próspera y justa. La construcción de una organización sindical fuerte y representativa de los trabajadores cañeros es urgente. El actual grado de dispersión atenta contra la efectividad de la lucha y aleja la concreción de una batalla unificada por recobrar los derechos de organización y contratación colectiva.

En tal dirección deben actuar los dirigentes del movimiento, y librar una dura discusión que derrote las posturas sectarias y las tendencias patronales que han conciliado durante años y que pelechan aprovechando la falta de un mando consecuente y centralizado en el proletariado azucarero.