EL ROMPECABEZAS DEL GOLFO PÉRSICO

A partir del 22 de septiembre de 1980, el mundo estuvo pendiente del desarrollo del conflicto armado entre Irán e Irak, debido a que su escenario constituye la zona más neurálgica de la actualidad internacional, el Golfo Pérsico. Como es sabido, de allí sale un poco más del 40% del crudo consumido por Occidente y sus aliados (70% de las necesidades del Mercadeo Común Europeo, 17% de las de Estados Unidos y 73% de las del Japón). Sólo la península Arábiga posee alrededor del 60% de las reservas de petróleo del orbe. Por el estrecho de Hormuz pasan diariamente 17 millones barriles del preciado combustible.

La importancia estratégica de la región hace que Washington y sus amigos sean extraordinariamente vulnerables a cualquier turbulencia que ponga en peligro los vitales suministros de petróleo. De otro lado, hacia 1985 la URSS que estará produciendo dos millones de barriles diarios de crudo por debajo de sus necesidades ha venido sacando la “vena yugular” de sus adversarios. En el sector norte cuenta con Siria e Irak a los que ha tratado los militares; al frente ocupa Afganistán 1.000 hombres, a solo pocos kilómetros del golfo; en el área meridional cuenta con otro aliado del sur, donde mantiene los soldados de Cuba y dispone de miles de militares en Adén, y finalmente en el Oeste, cierra el cerco con otras 17.000 unidades cubanas en Etiopía y en el Mar Rojo.

A pesar de la cercanía y las intrigas del oso ruso y del bloqueo por parte del águila americana, el gobierno iraní ha sabido mantener hasta ahora una indeclinable política de no alineamiento e independencia. Irak, ligado por un “tratado de amistad” desde 1972 con el Kremlin, de donde provienen sus aprovisionamientos militares, ha estado actuando en los últimos tiempos con cierta autonomía frente a los soviéticos; votó contra la invasión a Afganistán en la ONU y ha mejorado sustancialmente sus relaciones con Europa, el Japón y las naciones árabes amigas de Washington.

Luego de varios años de incidentes fronterizos entre los dos países, que culminaron con la ocupación por parte de las tropas del Shah de tres islas a la entrada del Golfo y el apoyo de dicho gobernante a la rebelión kurda en Irak, se firmaron los acuerdos de Argel, en marzo de 1975. En virtud de tal convenio quedaron fijados los límites fluviales de las dos naciones a lo largo del río SAT el Arab, fuente de constantes disputas, y la frontera establecida en la mitad del estuario, a cuyos costados se hayan los principales centros petroleros de los dos Estados. Además de los litigios mencionados, convergen diferencias de tipo religioso, político y racial que contribuyen de una forma u otra al enfrentamiento.

El 17 de septiembre del año pasado, el presidente iraquí, Saddam Hussein, declaró nulos y sin valor los acuerdos de Argel y reclamó la soberanía iraquí sobre el río de 140 kilómetros de largo. Cinco días más tarde, los dos países se encontraban en guerra abierta.

La contienda y las superpotencias El ejército iraquí atacó a lo largo de un frente de 800 kilómetros, en la provincia iraní de Khuzestán, centrando sus embates contra las ciudades de Abadán, Khorramshahr, Ahwaz y Dezful. Bagdad exigió la devolución por parte de Teherán de las tres islas del golfo a los Emiratos Árabes Unidos. De inmediato, la Casa Blanca, que pronto cumpliría un año de humillaciones a causa de la situación de los rehenes, exigió “a todos los demás países, incluida la Unión Soviética, que se abstengan de intervenir” en el conflicto. Es decir, indudablemente el señor Carter confiaba en una victoria rápida de Irak, lo cual a su vez redundaría en la caída del gobierno de Khomeini y en la liberación de los rehenes; ello sólo era posible manteniendo a Moscú fuera de la escena. De otro lado, el presidente Iraní, Bani Sadr, acusó a Estados Unidos y a la URSS como principales apoyos de Irak. Regímenes pro-yanquis como los de Jordania y Arabia Saudita anunciaron su respaldo a Bagdad.

Las cuentas alegres de Washington no concordaron con la realidad de los hechos; a partir del 30 de septiembre las fuerzas iraníes desataron una violenta contraofensiva a lo largo del frente, a tiempo que sus aviones bombardeaban intensamente varios objetivos iraquíes. A partir de entonces, la guerra se estancaría sin que ninguno de los contendores lograse ganancias sustanciales. Simultáneamente, los soviéticos saltaron a la palestra ofreciendo armas a Irán (lo cual fue rechazado por el primer ministro Alí Rajai) firmando, el 8 de octubre, un “tratado de amistad y cooperación” con Siria (enemiga de Irak), similar al que habían suscrito en 1972 con Bagdad. En medio de la confusión reinante y la aparente pérdida de iniciativa de Estados Unidos, Rusia trataba ahora de toar el timón de los acontecimientos y hacer un doble juego, ya que mientras era el principal proveedor de armas de Irak, parecía inclinarse a favor de Irán. Ante tales cambios en la situación, los estadinenses declararon que responderían “favorablemente a los pedidos de ayuda de países amigos y no beligerante en la región, que se sienten amenazados por el conflicto”; enviaron cuatro sofisticados aviones radares “Awacs” a Arabia Saudita. Por otro lado Siria y Libia comenzaron a suministrar material bélico a Irán.

Los bandazos de Carter A mediados de octubre, el presidente norteamericano declaró sorpresivamente: “Irán es actualmente atacado por Irak, un país invasor, y la seguridad de Irán está amenazada. Estados Unidos sigue interesado por la seguridad nacional y la integridad de Irán”.

Tan súbito cambio de posición estuvo determinado por algunas señales enviadas desde Teherán en el sentido de una posible liberación de los 52 rehenes estadinenses, de la cual dependía en buena parte la frustrada reelección de Carter en los sufragios del 4 de noviembre. El secretario de Estado, Edmund Muskie, se apresuró a decir, el 16 de octubre, que Washington estaría dispuesto incluso a suministrar a los iraníes cerca de 600 millones de dólares en equipo militar ya pagado por éstos, pero retenidos a causa del embargo decretado en noviembre de 1979. Según altos funcionarios del Departamento de Estado, la puesta en libertad de los rehenes era inminente en aquel momento.

El bandazo dado por la Casa Blanca produjo reacciones diversas. Por ejemplo, los sauditas, que habían solicitado y obtenido recientemente de Norteamérica modernos aviones para su defensa ante un posible ataque de Irán, recibieron una bofetada de sus vacilantes benefactores que de nuevo cambiaban de táctica. Bagdad señaló amenazante que cualquier envío de armas o repuestos a Teherán haría de Estados Unidos “un bando hostil en la guerra del Golfo” y que en dicho caso “otras partes podrían verse involucradas directamente”, aludiendo a sus amigos rusos.

No obstante, la administración Carter maniobró mal otra vez; el 27 de octubre, radio Teherán afirmó que los yanquis “están ahora fanfarroneando sobre la liberación inminente de los rehenes”. Y concluyó diciendo: “Este es el rumor con el que desean consolarse. Estados Unidos no sabe la posición real de Irán islamita, que consiste en que no entregaremos a ninguno de los rehenes a menos que Estados Unidos acceda a las demandas de la revolución islámica”. Dichas exigencias fueron fijadas por el parlamento iranio el 2 de noviembre: primera, compromiso público de Washington de no interferir en los asuntos internos de Irán; segunda, reconocimiento del derecho de Irán a la fortuna del Shah y su familia, así como su devolución; tercera, renuncia de los estadinenses a cualquier reclamación financiera contra Irán y cuarta, descongelamiento de los 9.000 millones de dólares en bienes iraníes depositados en bancos norteamericanos.

A dos días de los comicios presidenciales, el equipo de Carter se enfrascó en desesperadas gestiones de última hora con los iranios, contactos que fueron calificados por Brezhnev como “intentos del imperialismo por restablecer su influencia en Irán”, y que como era de esperarse, no fructificaron en beneficio de los intereses electorales del Partido Demócrata. Resulta que al congelar los fondos iraníes el año pasado, surgió una multitud de demandas y solicitudes de indemnización contra esos dineros por parte de varias compañías e individuos de Estados Unidos; en consecuencia, liberar tales fondos implica todo un proceso legal que tomará bastante tiempo.

Como si fuera poco, a finales de diciembre, las autoridades iraníes agregaron otra demanda; que los Estados Unidos depositaran en un banco argelino la astronómica suma de 24.000 millones de dólares a cuenta de Teherán y como garantía de la buena voluntad de Washington. Carter respondió inmediatamente afirmando que “no pagaremos ningún rescate; jamás lo hemos siquiera considerado”.

El triunfo de Ronald Reagan y sus declaraciones en el sentido de que difícilmente negociaría un acuerdo con los iraníes una vez posesionado, contribuyó en buena medida a la solución del problema de los rehenes. El 19 de enero, representantes de Estados Unidos y del país mediador, Argelia, firmaron un convenio por medio del cual Teherán liberaba a los 52 estadinenses con las siguientes contraprestaciones de Washington: devolución de los bienes iranios congelados en bancos norteamericanos desde el 14 de noviembre de 1979; terminación de los litigios entre los gobiernos de cada parte y los ciudadanos de la otra, y arreglo de tales reclamaciones a través de arbitraje obligatorio; compromiso de no intervención directa o indirecta en los asuntos internos de Irán; revocación de todas las sanciones comerciales dictadas contra Irán desde 1979; congelamiento de las propiedades y bienes de los herederos del Shah en Estados Unidos; prohibición de cualquier demanda ante tribunales norteamericanos que involucre reclamaciones de personas e instituciones estadinenses contra Irán.

Los rehenes fueron puestos en libertad el 20 de enero. Al día siguiente, el presidente Reagan anunció que su gobierno revisaría cuidadosamente los términos del acuerdo con Teherán por considerar que se trata de una especie de rescate.

Los Estados Unidos se encuentran en una difícil situación; dejaron caer al Shah, su mejor aliado; sufrieron la afrentosa toma de los 52 rehenes durante 444 días; apostaron inicialmente a Irak en la guerra del Golfo; aceptaron las condiciones impuestas por Irán, y ahora amenazan con no cumplir el compromiso pactado.

El oso soviético no está en mejores condiciones; su agresión contra Afganistán y sus descaradas ansias de expansión en la zona han limitado mucho su capacidad de maniobra. Aunque trata de aprovechar las dificultades y los errores de su contendor imperialista, el Kremlin no ha logrado sacar ventajas sustanciales de la situación del Golfo.