EN LOS 25 AÑOS DEL PEQUEÑO TEATRO DE MEDELLÍN

Palabras del director de Pequeño Teatro , Rodrigo Saldarriaga, en el homenaje que le rindieron a esta agrupación artística la Universidad de Antioquia, la Universidad Cooperativa de Colombia, Adida, el Teatro Águila Descalza y Cedetrabajo, al cumplirse los 25 años de su fundación.

9.125 vueltas atrás para llegar al mismo punto: el encuentro de los amigos que aman la vida en el teatro y el teatro en la vida.

Me corresponde, en nombre de los cientos de personas que han pasado por Pequeño Teatro en estos 25 años, dar un profundo agradecimiento a los oferentes de este homenaje.

9.125 vueltas atrás, éramos los mismos: la noria nos ha traído de nuevo más gordos, más canosos, más viejos, pero los mismos.

Me recuerdo hoy, 25 años atrás, en la Universidad de Antioquia recibiendo las llaves de la oficina del Maestro Gustavo Yepes, que generosamente nos entregó para hacer nuestro primer ensayo de Pequeño Teatro.

Me recuerdo hoy, 9.125 vueltas atrás, en la discusión con Gabriel Restrepo, con Felipe y con todos los compañeros del MOIR sobre el teatro, el arte y la sociedad.

Me recuerdo hoy, 50 montajes atrás, con Efraim, Eduardo, Villita, John Jairo, Óscar, Pedro, Blanca, con las esperanzas infinitas.

Me recuerdo hoy, 25 años atrás, en el Camilo Torres de la Universidad de Antioquia, con el Negro, con Mario, con Llerena, con Gilberto, y en Indesco de La Playa, en una de las primeras funciones del Anacleto...

Me recuerdo hoy, 9.125 vueltas atrás, en el apartamento de Guayaquil con Gregorio y con Gabriela, en donde fuimos felices.

9.125 vueltas atrás para llegar al mismo punto: el encuentro de los amigos que aman la vida en el teatro y el teatro en la vida.

Hoy, 9.125 vueltas atrás, pienso: si la fuerza centrífuga me ha impelido a pensar en el perenne futuro del teatro o si la fuerza centrípeta me arraiga en un presente desolador que ya dura 25 años. De cualquier manera, es imposible huir de esta máquina que pusimos a girar al unísono del tiempo y que amamos por su armónica disonancia.

Los que no están hoy con nosotros es porque ya nos llevan una vuelta, pero pronto los vamos a alcanzar. Les dejamos a los jóvenes, con Andrés y Omaira a la cabeza, esta herencia que esperamos no sea una carga.


El ejército de los guerreros

Extractos de la intervención de Carlos Mario Aguirre, director del Teatro Águila Descalza, en el homenaje a Pequeño Teatro.

Ellos eran, si mal no recuerdo, la brigada de trabajadores del arte revolucionario. A nosotros en realidad nos producían miedo. Digo nos como plural de humildad y para que la carga me sea más fácil de compartir, pero lo correcto es: me provocaban pavor. No creían en nada, estaban dispuestos a destruir la sociedad, a derruir hasta sus cimientos.

Ahí conocí a Efraim y a Moure y nos regalaron Intervenciones en el Foro de Yenán sobre literatura y arte. A Rodrigo en realidad lo conocería mucho después, en 1975 ó 1974, cuando cierta vez, bajando de un ensayo en el Teatro Camilo Torres, lo vi a él, a punta de ese trueno que tiene en las manos cuando hace chasquear los dedos, dirigiendo un ensayo rítmico de una de las obras más bellas que vi en mi vida, Anacleto Morones, en versión del naciente Pequeño Teatro.

Ejercieron en mí esa fascinación por lo prohibido, por la guerra, con una mano me tapaba los ojos y con la otra les enviaba besos, no sabía por qué, no lo sé ahora, pero esos tiempos de Un extraño y felpudo llamado tigrudo, encendieron llamas que nunca se apagaron.

Después vino Diles que no me maten, Drama en la buhardilla, Nos han dado la tierra. Yo pasaría por otros rumbos. Ellos harían Macbeth, y yo me fui para La Polilla con Llerena, para el taller de Vásquez... Pude haber pertenecido al Pequeño Teatro si lo hubiera aceptado cuando John Jairo o el viejo Efra, de derecho, el Maestro, me lo propusieron. Tuve miedo. El Pequeño era y es un grupo de guerreros y yo tuve la valentía de ser cobarde, de hacer de la pereza mi insignia y del desinterés un sagrario, cosas que no iban con esa dura guerra que ellos emprendían... De la mansión bajaron para hacer Aceite, Hola y adiós, Asesinato en la catedral, para llenar este pueblo de obras: Poeta, en qué quedamos; El cumpleaños de Alicia; La ruptura.

El Pequeño Teatro nos mostró caminos con valentía. Rodrigo y su equipo tuvieron, lo recuerdo siempre, la mano abierta y el secreto compartido. ¡Verdaderos camaradas estos del Pequeño Teatro! Omaira, Moure, Rojo, Vicky, Héctor, Suaza, los que se fueron, tantos que alinearon en este equipo, Eduardito, Efraim, Patricia, Patricia, tantas cosas que pasaron, amores, rupturas, tu forma de guardar las llaves, tu amor por Shakespeare, la gran literatura, Goyeneche, tus grandes pasiones... Yo no sé cómo un tipo que tiene los ojos tan distintos puede mirar tan claro.

El brillador de metales, Signos de la ciudad, Escuela de mujeres, El día en que todas las putas, El precio, Zoológico, De ratones y de hombres, el hermoso montaje de Esperando a Godot, Sonata de los espectros, El ejército de los Guerreros...

Rodrigo es un hombre... iba a decir que Rodrigo no es un hombre sino una plomada, pero me arrepentí, me censuré, porque para utilizar una figura iba a desestimar algo que, para poder decirlo, se necesita haberlo hecho constar en una vida: un hombre. «Un hombre es un hombre», como diría Bertolt Brecht y qué hombre es Saldarriaga, con todas las haches, con todas las letras... A ese no le quedó grande la palabra. Su padre, que tenía manos de árbol y alma de trompo canuto, don Fabio, engendró un hijo que es un río.


Patrimonio cultural paisa

Por Reinaldo Spitaletta

No basta con soñar en volar sino que hay que construir las alas. Y eso es lo que, desde 1975, viene haciendo Pequeño Teatro.

Muchas cosas importantes en el mundo son el producto de un prolongado sueño. Así, por ejemplo, el avión es la realización de una vieja aspiración de Leonardo, uno de los hombres más polifacéticos e interesantes de la historia de la humanidad.

Bueno, en rigor lo que se quiere decir es que, como en el caso del hombre de Da Vinci, no basta con soñar en volar sino que hay que construir las alas. Y eso es lo que, desde 1975, viene haciendo Pequeño Teatro. Llegó, al principio, como la concreción de unos ideales, de un apasionado amor al arte, y, claro, a la política, que, en general, son dos maneras, a veces la misma, de ver el mundo.

Quizá suene a demasiado obvio aquel poema de Brecht en el cual se anuncia, como una verdad incontrovertible, que hay hombres que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles. Hay, para jugar al símil, grupos de teatro que, al modo del hombre modelo brechtiano, se la juegan toda por el arte, por una causa estética y ética, y eso se podría decir de este elenco que hace 25 años sigue renovando su sueño original.

Los días primeros, con más entusiasmo que técnica y conocimiento, y por supuesto, con más búsqueda y fascinación por la ejecución de una idea, fueron los del aprendizaje, que tampoco termina nunca. Los cuentos de Rulfo, como Anacleto Morones, Diles que no me maten y Nos han dado la tierra, les sirvieron a los fundadores de Pequeño Teatro como un bautismo artístico, en una época en que todo se sometía a la discusión política, se observaba con las lentes de la dialéctica y se hablaba de si el arte debía estar al servicio de una causa determinada.

Lo esencial en aquellos días era crear una compañía estable, profesional, con dedicación día y noche a las artes representativas, a la búsqueda de repertorio que permitiera el desarrollo de aquella y elevar el nivel de sus integrantes. Llegaron montajes diversos, desde el teatro callejero hasta el clásico, en una combinación que permitió a los noveles actores giras, presentaciones en distintas partes de la geografía colombiana, donde jamás ningún grupo teatral se había mostrado.

De obras de la dramaturgia nacional, como Tiempo vidrio, de Sebastián Ospina, pasaron a Macbeth, de Shakespeare. Ya, desde entonces, se veía una intención de ser universales, de estudiarlo todo, de aprender todo lo referido a ese arte. Hurgar en los griegos, en la tradición europea, en el incipiente movimiento teatral colombiano, en las corrientes de América Latina. No había otra manera más eficaz de consolidación.

En sus 25 años, Pequeño Teatro es un paradigma de lucha por apropiarse de lo mejor para verterlo en las escena. Y por hacer un arte profesional. Por hacer, en últimas, lo que se quiere. En su ya rico recorrido puede ostentar, como parte también del teatro en la ciudad, desde obras de Eugene O´Neill, de su director Rodrigo Saldarriaga, de Sófocles, de Jacinto Benavente, hasta lecturas dramáticas basadas en la prosa hermosa de José Saramago.

Pequeño Teatro es un referente fundamental en las artes representativas colombianas y un patrimonio cultural de Medellín. Y lo mejor del cuento es que, tras un cuarto de siglo, las alas les siguen creciendo. El sueño está vivo.