Editorial: TODOS LOS PUEBLOS JUNTO A LA NACIÓN IRAQUÍ

I

A lo largo y ancho de los cinco continentes, millones de manifestantes irrumpieron el pasado 15 de febrero por calles y plazas de centenares de ciudades repudiando la guerra que el gobierno de los Estados Unidos actualmente enfila contra Irak. Con su gigantesca protesta erigieron un histórico mojón en la lucha de más de un siglo desplegada por los pueblos contra el imperialismo norteamericano.

Al hacerse en momentos en que éste se empeña en globalizar su expoliación económica y en implantar por doquier su dominación militar, recurriendo incluso al lanzamiento a discreción de “ataques preventivos” como el que se apresta a llevar a cabo contra la nación iraquí, tal forja de masas en pie y en marcha constituye la más apropiada repuesta a esas pretensiones imperiales, pues le imprime un carácter global a la condena y al rechazo de la guerra imperialista y una vigorosa fuerza preventiva a la movilización contra ella.

A juzgar por las encuestas de opinión sobre la guerra contra Irak, los millones que se lanzaron a las calles son apenas la asomada punta de un colosal iceberg popular. En efecto, más de 56% de los norteamericanos se opone a que se desate la guerra sin la aprobación la ONU, mientras que 70% de los británicos y 90% de los españoles e italianos están contra ella en todas las circunstancias. Y estos rechazos que elocuentemente se presentan en países gobernados por los más recalcitrantes promotores del ataque a Irak –Bush, a la cabeza, y sus serviles Blair, Aznar y Berlusconi— son aún más contundentes en el resto de países. A pesar de la intensa propaganda a favor de los planes bélicos de los Estados Unidos, no se sabe de ningún país en donde la mayoría de su población los apruebe. Estamos entonces ante una cruzada bélica cuyo repudio por parte de los pueblos en todos los confines de la tierra no tiene precedentes.

II

El empecinamiento de Estados Unidos en asolar el Golfo Pérsico con el fin de apoderarse de sus recursos petroleros se remonta en la época más reciente a la crisis del petróleo a mediados de los años setentas, cuando de manera notoria importantes ejecutivos, analistas y voceros de los intereses imperialistas norteamericanos elaboraron refinadas estrategias dirigidas a ese designio. Luego de numerosos zarpazos destinados a consolidar su dominio en la región, y cuando estaba perdiendo allí la batalla comercial con ingleses, franceses y chinos, desplegó en 1991 su gran embestida militar contra Irak, a la que siguieron la instalación de enclaves militares en torno al Golfo y la firma de tratados, acompañados de multimillonarias ventas de armas, para operaciones militares conjuntas con los Estados árabes, además del apuntalamiento de Israel en su agresión contra el pueblo palestino. Sin embargo, la expansión de su presencia económica y militar encontraba un obstáculo en la posición de soberanía que en medio del arduo bloqueo manifestaba el gobierno de Irak, cuestión que abordaron con premura los mencionados estrategas del imperio, como quedó de presente en una carta que le enviaron al entonces presidente Clinton en enero de 1998. Allí se expresa que “para asegurar los intereses de Estados Unidos y sus amigos y aliados, la nueva estrategia que enunciamos debe primero que todo proponerse despojar del poder al régimen de Saddam Hussein”, se aboga por “tener la disposición de emprender acciones militares por cuanto la diplomacia evidentemente está fallando” y se sentencia que “en todo caso la política norteamericana no puede continuar paralizada por la desacertada insistencia en obtener la unanimidad en el Consejo de Seguridad de la ONU”.

Entre quienes firman la carta figuran hombres que se han movido en puestos decisivos de las administraciones de Nixon, Reagan y Bush padre, en altos cargos ejecutivos en las grandes corporaciones y en los “equipos de pensamiento” que estas subvencionan, y que ahora, como funcionarios claves de la panda gobernante de Bush o como asesores y confidentes con gran influencia, abanderan la acometida contra Irak dentro de la nefasta Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Ellos son: Elliott Abrams, Richard L. Armitage, William J. Bennett, John Bolton, Paula Dobriansky, Francis Fukuyama, Robert Kagan, Zalmay Khalilzad, William Kristol, Richard Perle, Donald Rumsfeld, William Schneider Jr., Paul Wolfowitz, R. James Woolsey y Robert B. Zoellick.

III

El plan imperialista de ataque a Irak es pues de larga data y no tiene relación alguna con alegadas cuestiones de seguridad de Estados Unidos a raíz de los atentados del 11 de septiembre, ni con las características políticas del régimen que preside Saddam Hussein, ni con el arsenal de armas que con legítimo derecho posee, ni con la presunta amenaza terrorista que éste representa para la “comunidad internacional”, ese eufemismo que se utiliza para la hegemonía norteamericana.

Al respecto se imponen dos consideraciones. Primero, se trata simple y llanamente de una embestida imperialista para, a corto plazo, alzarse con los recursos petroleros de Irak (cuyas reservas probadas suman 112 mil millones de barriles, en tanto que las inexploradas se calculan en 432 mil millones) y, a mediano, con los de todo el Golfo Pérsico, lugar en donde yacen dos de cada tres barriles del petróleo existente en el mundo.

Segundo, y más importante aún, es que la producción petrolera, como valioso nutriente de su industria militar y de sus finanzas nacionales, constituye para los Estados Unidos un elemento indispensable de su dominación imperial. De allí que el factor principal que induce la embestida en ciernes contra Irak sea la toma allí de una posición estratégica clave con miras a asentar de manera indiscutible su poder en toda la región, lo que le permitiría manipular a voluntad el grifo de la manguera energética y, así, estar en condiciones de ejercer un considerable control económico, político y militar sobre las naciones europeas, como Alemania y Francia, e igualmente sobre las asiáticas, como China y Japón. Esto implicaría que, en la correlación de fuerzas a escala planetaria, Estados Unidos contaría durante un buen trecho con un decisivo fulcro para su anunciado plan de imponer una supremacía incontrastable.

Tales son los alcances estratégicos que esconde el designio de Bush de convertir las naciones del Golfo Pérsico, so capa de “democratizarlas” y hacerlas objeto de un siniestro “imperialismo civilizador y benefactor”, en protectorados norteamericanos, designio del que no quiere que quepan dudas al empezar a proceder a sangre y fuego contra Irak. Se entiende entonces que la conquista de esta histórica nación concierna, según expresa el analista Michael Klare, no tanto al petróleo como combustible sino al petróleo como poder.

IV

La contradicción entre la política imperialista y los intereses del resto de naciones del mundo, se refleja en la oposición que la actual campaña estadounidense de guerra ha encontrado en la mayoría de los gobiernos, la cual se manifiesta ora como serias reticencias, ora como agudos antagonismos. Resaltan las de Alemania, Francia, Rusia, China y, significativamente, el Vaticano. Esta situación no podía menos que manifestarse también en el Consejo de Seguridad de la ONU, dando lugar a una intensa pugna diplomática, en la que la administración Bush, viéndose en minoría, ha recurrido, casi siempre en tandem con el gobierno británico de Blair, a despreciar y desconocer sus resoluciones calificándolas de irrelevantes y a presionarlo con ultimátums, mientras se dedica a chantajes y amenazas así como a la compra de los votos necesarios para “legitimar” su asalto militar sobre la nación iraquí. Quizás creyéndose su propio cuento sobre las bondades del libre comercio, Bush asume que esos votos están ofrecidos abiertamente en el mercado y para tal efecto tiene a su disposición unos 30 mil millones de dólares para comprarlos ofreciendo subvenciones y préstamos subsidiados, lo que ha dado pábulo a una corrupta orgía de sobornos en grande y en dimensiones internacionales.

Reveladora de hasta donde están calados los actuales objetivos belicistas de la banda que despacha desde la Casa Blanca, es la respuesta que en Europa dieron 268 mil personas a la pregunta, hecha por los directores de la edición europea de la revista norteamericana Time, sobre cuál nación planteaba la mayor amenaza a la paz mundial: 82% señaló a Estados Unidos. Es evidente que en la Europa que el fascista secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, desprecia y vitupera calificándola de “vieja”, las gentes saben bien en donde radica el verdadero y único “eje del mal”.

V

Es evidente que cuando hoy el imperator norteamericano se pasea por todo el mundo blandiendo y descargando sus letales armas y vociferando gritos de guerra, los pueblos, cada día con mayor clarividencia, columbran el propósito de sus acciones y descifran lo que esconden sus palabras sobre democracia, justicia y libertades: lo ven en toda su grosera y ridícula desnudez encarnando insaciables y abyectas ambiciones por conquistar poder y riqueza. De allí que las astucias –adulación, chantaje, argumentos falaces, amenazas y sobornos- a las que ha apelado Washington en su delirante puja para contar con aliados en las tropelías que se dispone a perpetrar contra un pueblo con tanta entereza y dignidad como el iraquí, han terminado por hacerle perder la batalla ante la opinión pública mundial. Y si desata la guerra, ahondará la pérdida, lo que puede provocarle la aparición de signos de colapso. No cabe duda que entonces los pueblos le dirigirán más perspicaces miradas aprestándose a enfrentarlo con nuevas y más decisivas luchas.

Héctor Valencia, secretario general del MOIR

Marzo 10 de 2003