"GOLPE AL HEGEMONISMO"

Carta del MOIR al MNDP

Bogotá, 1 de octubre de 1977.

El MOIR celebra el salto a la liza política del Movimiento Nacional democrático Popular, y hace votos porque la naciente organización se desarrolle y consolide en el cumplimiento de la vocación voluntariamente escogida de enrolarse bajo las banderas de los desposeídos y oprimidos.

Ciertamente los supuestos programáticos esbozados en sus pronunciamientos públicos, de liberación nacional, de transformación democrática y de unidad, nos aproximan en asuntos medulares y cosecharán los resultados esperados, a condición de que porfiemos en ellos con acierto en medio de los vaivenes de la lucha.

La crisis de la sociedad colombiana trae consigo, como uno de sus tantos fenómenos característicos, la proliferación de grupos y subgrupos que, en el enfrentamiento con los poderes establecidos y decadentes, pujan por adquirir cuerpo y supremacía partidaria. Tras la implantación del Frente Nacional y la consiguiente agudización de las contradicciones de clase, dicho fenómeno ha sido particularmente notorio. El MOIR surgió también dentro de este proceso. Comprendemos que la inevitable multiplicidad de siglas conlleva factores adversos, manifestados en la dispersión de fuerzas, la difusión de las masas y la constatación diaria de que no todos los partidos que reclaman la vocería de la mayoría avasallada jalonan la revolución, y al contrario, tórnanse en lastre que ésta debe arrojar por la borda para continuar su ascenso. Sin embargo, por el recio y prolongado trajinar en que estamos empeñados, poco a poco a terminado por configurarse con nitidez un gran torrente unitario en torno a premisas clarificadoras que nos distinguen de las facciones oportunistas y que presentan una alternativa viable y salvadora al pueblo colombiano. Por eso, la Fundación del Movimiento Nacional Democrático Popular y sus definiciones revolucionarias merecen nuestro aplauso, al igual que los aportes decisivos dados en el mismo sentido por los otros destacamentos que conforman el Frente por la Unidad del Pueblo.

Ustedes levantan el objetivo supremo de la liberación nacional y llaman a aferrarnos fuertemente a él, aún después de coronada la independencia, alertando que el frente no puede alinearse”con ninguno de los dos bloques hegemónicos que hoy se disputan el reparto del mundo”. Esta demanda coincide con la posición asumida por el MOIR a lo largo de las discusiones y gestiones en pro de la unidad, y en su defensa hemos encarado, de una parte, la desviación de los bandos trotskistas que contraponen, a la revolución democrático – liberadora, determinada por las particularidades del país, la escarapela de un socialismo pequeño burgués enrumbado a entorpecer la unión de todas las clases y sectores antiimperialistas y patrióticos; y de la otra, la sectaria ocurrencia de los revisionistas de uncir la alianza revolucionaria a los designios de la Unión Soviética.

Nuestra finalidad es la construcción de una sociedad socialista y el comunismo. Jamás hemos ocultado estas máximas aspiraciones, las cuales suponen, dicho sea de paso no sólo la dictadura de la clase más democrática, el proletariado, sino, desde el punto de vista económico, la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Sabemos que semejante proyecto para la Colombia neocolonial y semifeudal de hoy, cerraría las puertas a la colaboración indispensable de pequeños y medianos industriales y comerciantes, e incluso de capas numerosas del campesinado, que estarían dispuestos a acompañarnos en la magna empresa de arrancar la nación de las fauces del imperialismo norteamericano, pero tras requerimientos esencialmente democráticos. Sobra relievar que sin la activa participación de sectores de tanto peso en la economía y la política nacionales, la revolución liberadora seria algo más imposible y sin ésta, nuestras metas últimas se verían aplazadas indefinidamente.

El análisis de la sociedad colombiana y de sus antagonismos de clase nos ha llevado a proponer en esta etapa un programa nacional y democrático, y de cuya victoria resultaran progresos históricos de tal magnitud como la nacionalización de los monopolios extranjeros y colombianos, la confiscación de la tierra de la clase terrateniente y su reparto entre los campesinos que la trabajan, la protección y estimulo de los pequeños y pequeños productores y comerciantes y el control y orientación general de la economía por parte de una Estado de clases y fuerzas populares y antiimperialistas, basado en la alianza obrero-campesina y dirigido por el proletariado. La justa interpretación y el desarrollo de las reivindicaciones enumeradas, permitirán concentrar el ataque contra el imperialismo norteamericano y la gavilla traidora de grandes burgueses y grandes terratenientes que lo acolitan, así como aglutinar en el otro platillo de la balanza al resto de la nación, en una gigantesca unión que abarque al 90% y más de la población colombiana.

La diferencia de fondo en este aspecto con trotskistas y socialisteros afines estriba en que estos desfiguran y relegan a un segundo o tercer orden los problemas de la liberación nacional y del frente patriótico, cuando no los suprimen del todo de la lista de especulaciones de su vademécum doctrinario, mientras nosotros creemos que de la acertada solución de aquellos dependen los demás móviles de la revolución. Para que el proletariado de un país pueda emprender la edificación socialista, debe antes que nada garantizar la cabal autodeterminación de su república. Hablar de socialismo en Colombia, sin plantearse seriamente el logro de su liberación de sus transformaciones democráticas, único camino que nos conduce a él, es charlatanería repugnante digna de ser desenmascarada con la mayor severidad. La contienda contra estas contracorrientes oportunistas se ha venido librando exitosamente. Los contingentes marxistas-leninistas, revolucionarios, democráticos y patrióticos incrementan su prestigio y cohesión, a tiempo que el trotskismo sólo encuentra para sus ditirambos obreristas eco en los gacetilleros de la prensa oligárquica.

La rivalidad contra el revisionismo tiene el mismo norte pero desde coordenadas diferentes. Con la mira puesta en la apremiante necesidad de redimir el país postrado a las plantas del imperialismo norteamericano, venimos insistiendo en la creación de un solo frente, sin apartar a nadie que pueda y desee coadyuvar a la causa libertaria, y aprovechando las excelentes condiciones producidas por la agudización de las dificultades de las clases lacayunas y por el crecimiento de la conciencia antiimperialista y del ímpetu combativo de las masas populares. Uno de los inconvenientes con los que trompicamos desde un principio fueron las dispares interpretaciones que acerca de la situación internacional mantienen los partidos susceptibles de engrosar la alianza revolucionaria. Cuestión apenas natural si se comprende que en Colombia repercuten de mil maneras los múltiples conflictos de un universo cada vez más convulsionado e interrelacionado.

Nos complace señalar que el enfoque del MOIR respecto de la actualidad internacional registra importantes convergencias con el que ustedes han sostenido abiertamente en esta materia. Las más negras amenazas del planeta parten de las dos superpotencias, el imperialismo norteamericano y el social imperialismo soviético. La frenética ambición de ambas consiste en engullirse uno a uno los países, hasta envolver el globo entero con el manto imperial. Los planes de dominación los ejecutan, ya mediante avenimientos temporales, ya en desenfrenada disputa. De las dos, la primera nombrada se halla en franco retroceso. La segunda atraviesa los periodos de efímero auge, y por consiguiente, muestra mayor agresividad y acarrea los principales peligros de una nueva conflagración mundial. No todas las repúblicas socialistas surgidas en la última postguerra lograron mantener su soberanía, y cayeron en la orbita del social imperialismo soviético. La nación más populosa, la República Popular China, que construye el socialismo en una cuarta parte de la humanidad, ha hecho fundamentada en una certera apreciación de las complejas contradicciones del mundo contemporáneo, las mejores contribuciones en cuanto a la elaboración de la táctica general revolucionaria de los pueblos que combaten por su emancipación y contra las intenciones hegemónicas y guerreristas de las dos superpotencias.

Aunque la tendencia palpable reside en que cada día mayor numero de agrupaciones y personas se compenetran de estas tesis, no todos nuestros aliados las comparten. No obstante con ellos pudimos llegar a identificaciones mínimas y sustanciales que contemplan plenamente los deberes internacionalistas de la revolución colombiana, sintetizados en el apoyo de los pueblos sometidos, a las naciones socialistas y a los movimientos revolucionarios de todas las latitudes, conviniendo, eso sí, en no ubicar el frente al lado de ningún bloque de Estados. Tal entendimiento parte de la realidad de que Colombia es una neocolonia de los Estados Unidos y que debe alcanzar pronto su liberación nacional y preservar su soberanía después del triunfo, estableciendo relaciones en pie de igualdad y mutuo beneficio con todos los países sin excepción. Como se ve, la fórmula acordada es correcta en lo fundamental. Hicimos, desde luego, concesiones no de principio en pro de soluciones positivas. ¿Qué conseguimos a cambio? Concretamos significativos avances en la unidad de las corrientes antiimperialistas y antioligárquicas, tan indispensable para nuestros propósitos revolucionarios. El destino de Colombia se confunde con el de miles de millones de seres de los cinco continentes y el más grande respaldo que podamos brindar internacionalmente al proletariado y a los pueblos será la conquista de nuestra integral independencia, con lo que propinaremos un contundente golpe al hegemonismo de las superpotencias.

No ha sido fruto del azar que el Partido Comunista de Colombia haya exigido encajonar la alianza en la influencia soviética, tras el subterfugio de que se consignase explícitamente en el programa unitario el apoyo a Cuba, cuyo gobierno actúa rítmicamente a los compases de Moscú. Tampoco es un secreto que tan excluyente exigencia impidió conformar un solo frente. Desenlace que hemos sido los primeros en lamentar porque las hostilidades, ahora, entre fuerzas opuestas a la dictadura de la coalición liberal-conservadora, proporcionan a esta un respiro en los momentos que más lo requiere. De todas maneras la batalla ideológica y política por la unidad la estamos ganando y debemos proseguirla con tesón y consecuentemente.

El no alineamiento ha terminado por convertirse en Colombia en una línea demarcatoria entre la unión y la división del pueblo, entre el revisionismo y el marxismo-leninismo. Este postulado unitario es un lanzazo en el costado de imperialistas y socialimperialistas, y favorece a la revolución colombiana y a las naciones que pugnan por su autodeterminación. Las verdaderas repúblicas socialistas, que se encuentran en la primera fila de estas naciones y que no propician bloques ni pactos internacionales de sojuzgación, son las más interesadas en que las relaciones entre los países se lleven a cabo sobre el respeto pleno a la independencia nacional, la igualdad y la libre decisión de los pueblos. En definitiva, solo a quienes se sientan a gusto con el papel de lazarillos colombianos de los dominadores extranjeros, les produce escozor la consigna del no alineamiento.

No queremos poner punto final a esta carta sin subrayar la meritoria labor que ustedes han desarrollado entre el campesinado, especialmente por sustraer a la ANUC del tutelaje oficial y encauzarla en la tarea de barrer al régimen terratenientes y a sus apuntaladores oligárquicos e imperialistas. Los intereses de los pobres del campo le proporcionan contenido básico a la revolución democrática de liberación nacional. Con sobrada razón los fundadores del Movimiento Nacional Democrático Popular dicen que “hay que engrosar la lucha política del pueblo con esa gran reserva revolucionaria que son las masas campesinas”. Sin ello no habrá frente, ni Poder popular, ni patria liberada. Consciente de esto, nuestro Partido hace también ingentes esfuerzos por vincularse y organizar principalmente a los campesinos pobres y medios y señala con insistencia que las invasiones a las granes fincas, dirigidas por ustedes y demás sectores revolucionarios, son surcos fecundos de unidad y combate.

Por todo lo anterior, la noticia de la fundación del Movimiento Nacional Democrático Popular y su determinación de participar en el Frente por la Unidad del Pueblo, representa buenas nuevas que esparcen por doquier los fogoneros de la revolución y llenan de alegría a las masas populares.

Fraternalmente Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario MOIR Francisco Mosquera Secretario General