Jorge E. Robledo, candidato de Unidad Cívica y Agraria-MOIR: «MI INVESTIDURA DE SENADOR, AL SERVICIO DE LA RESISTENCIA CIVIL»

El día normal de Jorge E. Robledo parece abarcar mucho más de 24 horas. No hay distinta manera de explicar que haya podido hacerle frente, y con firmeza, a desafíos tan disímiles como su dirigencia en el MOIR, su compromiso permanente con Salvación Agropecuaria y Unidad Cafetera, su quehacer académico, sus giras como conferencista, su actividad como ensayista, columnista de prensa y escritor, y, desde hace semanas, su señero papel como portaestandarte de las fuerzas patrióticas en la presente campaña electoral.

Robledo integra desde 1998 el Comité Ejecutivo Central del MOIR y es secretario del Regional de Caldas, secretario general de la Asociación por la Salvación Agropecuaria, coordinador de Unidad Cafetera y asesor de las Ligas de Usuarios de Servicios Públicos, columnista de La Patria, de Manizales, director de los periódicos El Usuario y Unión Cafetera y colaborador de El Nuevo Día. Tan activa y polifacética labor ha sido resumida con acento humorístico y un tanto irreverente por un añejo, que no viejo, militante de Caldas: «Jorge tiene más puestos que un bus de escalera».

Con no menos solvencia se mueve en otros campos. Fue ganador, recientemente, de la XVII Bienal de Arquitectura, en la categoría de Teoría, Historia y Crítica. En la Universidad Nacional, institución en la que enseña desde hace más de veinte años, ha sido condecorado con la Medalla al Mérito, con el título de Maestro Universitario y con la Orden Gerardo Molina, máxima distinción que otorga el Alma Mater. Ha escrito varios libros, entre ellos Apertura: ¿modernización o privatización?, El café en Colombia, un análisis independiente y www.neoliberalismo.com. Balance y perspectivas, quizá el texto más importante escrito para denunciar las barbaridades de la recolonización gringa sobre Colombia y América Latina.

A sus 52 años de edad, Robledo sigue en el frente de combate con el mismo entusiasmo de su primera juventud, ahora como candidato al Senado por la coalición Unidad Cívica y Agraria-MOIR, dispuesto a liderar una gran campaña por la Resistencia Civil contra el imperialismo gringo y en defensa de la soberanía, el trabajo y la producción.

Tribuna Roja. ¿Jorge Enrique, cuándo empezó a militar en el MOIR?

Jorge E. Robledo. Durante el movimiento estudiantil de 1971. La verdad, los de la extrema intentaron ganarme. Pero reflexioné mejor y me salvé. Fue una época de intensa búsqueda personal. Buena parte del tiempo me la pasaba preguntándome qué iba a hacer con mi vida. Al final de ese año entendí que el camino no era tratar de enriquecerme sino servirle a la gente, mediante la política. En diciembre me vinculé a la Juventud Patriótica, JUPA, la organización juvenil del MOIR, porque vi que tenían la razón. En ello también contó que la JUPA había dirigido ese movimiento estudiantil, el más claro y grande de la historia de Colombia.

¿Qué lo llevó a militar políticamente?

Fue un proceso ascendente. El movimiento estudiantil me despertó. Empecé a leer textos de de historia de Colombia, de economía, se conversaba mucho sobre la situación del país y del mundo, y cayeron en mis manos los primeros libros de marxismo. Un proceso muy similar al de millares de jóvenes en esos años.

¿Cuándo arribó a Caldas?

En 1975. El MOIR me destinó a Caldas, fui uno de los primeros descalzos.

¿Cómo era la Manizales que encontró; tuvo problemas para conseguir trabajo?

Era una ciudad, digamos, bastante cerrada. Pero en general no tuve dificultades. No solo en lo del empleo, en otros aspectos también. Debo expresar mi gratitud a Manizales, donde han sido muy amables conmigo. Recién llegado me contrataron para el Departamento de Arquitectura de la Universidad Nacional, y ahí estoy todavía.

Hablar de Caldas es hablar del café. ¿Por qué empezaron ustedes concentrando el trabajo en el proletariado andariego de los recolectores?

Por nuestra misma naturaleza política. Además, no hay que olvidar que en 1975 fue la gran bonanza cafetera. Bonanza relativa, pues el gobierno de López tomó una serie de medidas sumamente dañinas para los productores. Entre ellas, la expedición de los Títulos de Ahorro Cafetero, TAC, en realidad un negocio para los especuladores financieros. Hicimos esfuerzos para que los caficultores se opusieran a semejante atropello, pero como los precios internos del café eran buenos, pocos se interesaron. A nuestras denuncias, los productores respondían: «No importa que se roben la mitad de la plata. Con la otra mitad nos defendemos». Continuábamos mientras tanto organizando a los asalariados agrícolas. Justamente, fue a raíz de una huelga en Chinchiná, en los días del Estatuto de Seguridad de Turbay, que a Óscar Gutiérrez lo condenaron en un consejo de guerra a purgar un año de prisión. Claro que después dijeron que «lo sentían, que había sido solo una contravención de policía». También respaldamos luchas campesinas por la tierra, por ejemplo la de la Hacienda Cuba. Pero entre los cafeteros no pudimos penetrar.

¿Cuándo lograron esa meta?

Apenas en 1984, cuando llegó la roya y se desató una cierta ola de pánico entre los productores.

¿Y cómo nació la Unión Cafetera?

En diciembre de 1984 convocamos en Bonafont, Riosucio, un Encuentro de Líderes Campesinos del Viejo Caldas contra la Roya, al que asistieron 152 dirigentes. Y en ese evento decidimos constituir la Unión Cafetera Colombiana, cuyo congreso de fundación se celebró en Manizales el 25 de junio de 1985, en el teatro de la Universidad de Caldas.

¿Cuáles fueron los puntos programáticos?

El principal, exigirle al gobierno que pagara los costos del control de la roya, demanda que se ganó en parte. También se proclamó la defensa del precio, la necesidad de créditos baratos y de asistencia técnica y, entre ellos, algo que tuvimos claro desde el comienzo: la salvaguardia de las instituciones cafeteras. No hemos dejado de repetir que el precio de sustentación, las exportaciones institucionales, Cenicafé, las cooperativas de caficultores, en fin, la institucionalidad que protege a los productores de la voracidad de las trasnacionales, hay que defenderla. Además, dejamos claro que no recurriríamos a ningún tipo de terror contra nadie para impulsar la organización.

¿En algún momento han tenido a Fedecafé como blanco principal del ataque?

No, jamás.

¿Por qué entonces la hostilidad de la Federación de Cafeteros con la Unión Cafetera?

Una reacción natural. Al constituirnos como organización independiente dejamos establecido nuestro desacuerdo con muchas de las posiciones de la cúpula de la Federación y que, por dentro de ella, era imposible consolidar un proyecto democrático. Nacimos censurándoles sus viejas fallas: la ostentación, el derroche, la antidemocracia interna del «yo te elijo para el que tú me elijas», el haber descargado sobre los cafeteros una serie de impuestos indirectos y, sobre todo, su sometimiento a lo que se le ocurriera al gobierno de turno, así fuera contrario a los intereses de sus agremiados. Hubo además otra razón para que actuaran con tanta hostilidad. Durante más de medio siglo, Fedecafé ejerció el monopolio sobre el pensamiento cafetero, y sus gurúes se habían tejido una aureola de intangibilidad y sabiduría. Que se les disputara el terreno, era un atrevimiento que resultaba inadmisible. Imagínense la extrañeza que habría entre la cúpula: ¡Que unos tipos de izquierda les disputaran los afectos no sólo del pequeño y el mediano cultivador, sino también del grande! Porque en la Unión Cafetera, primero, y después en la Unidad Cafetera, siempre hemos planteado la importancia de unir a todos alrededor de reivindicaciones comunes.

¿Encontró eco ese llamado?

Al Congreso constitutivo de la Unión Cafetera, además de 900 delegados de cuatro departamentos, asistieron como invitados dos influyentes líderes de los empresarios cafeteros: Fabio Trujillo Agudelo y el ex ministro Fernando Londoño y Londoño. Ambos, con ciertas prevenciones, apenas lógicas, si alcanzamos a recrear la escena. Ellos dos, grandes cafeteros, compartiendo con los mismos activistas que años atrás habían dirigido paros por elevar los salarios de los jornaleros. Luego, con Trujillo Agudelo, ex alcalde de Manizales, ex gobernador de Caldas, ex representante a la Cámara, y en ese entonces presidente de Aprocafé, hicimos un gran Foro en Pereira, y fue con él con quien fundamos la Unidad Cafetera, en 1992. La alianza con él se mantuvo hasta el momento de su muerte. Coincidimos en lo esencial, la defensa del interés de la nación y la defensa de los cultivadores, porque él era un patriota y un hombre de valor civil. Fue un aliado leal y dejó una huella imborrable entre los cafeteros colombianos.

Volvamos a Fedecafé. ¿Cuál es el balance de las relaciones con la cúpula de la Federación?

Permítame un antecedente. En 1927, la Federación nació como un gremio de productores y exportadores, con fuertes vínculos con el Estado. Luego, al retirarse los exportadores, quedó Fedecafé como una asociación de productores. Pero en 1935, durante su Séptimo Congreso, se dio un hecho crucial: el gobierno se tomó la Federación y el presidente López Pumarejo puso al frente a Alejandro López. La entidad cobró entonces un doble carácter: siguió siendo un aparato gremial, pero se transformó en una especie de Ministerio del Café. Pocos años después, durante la Segunda Guerra Mundial, los gringos crearon un acuerdo interamericano para mejorar los precios del grano que compraban ellos, no fuera que se les alborotara su «patio trasero» en medio del conflicto. Surgieron así las condiciones para fundar, en 1940, el Fondo Nacional del Café. El posterior Pacto Internacional de Cuotas, que se mantuvo en pie hasta 1989, con precios relativamente altos, robusteció tanto el Fondo Nacional del Café, que la Federación pasó a ser uno de los grupos financieros más poderosos del país, completando de esta manera su triple personalidad: aparato gremial, cuasi Ministerio del Café –con el presidente de la República como instancia final en las decisiones— y grupo financiero privado. Ha vivido presa de esa triple contradicción, pero es el de entidad paraestatal el rasgo que ha predominado. Vienen luego los intereses financieros y solo en último lugar se interesan por las reivindicaciones puramente gremiales.

Con la cúpula, entonces, coincidimos en que deben existir instituciones cafeteras, pero divergimos en la forma de concretar dicho propósito y en el destino que se da a los ahorros de los caficultores. ¿Por qué se aceptó que los gobiernos se embolsillaran sumas inmensas de los productores?

¿La Federación es la culpable de la dramática situación actual?

En Unidad Cafetera hemos insistido en que la responsabilidad principal la tienen el rompimiento de los acuerdos de cuotas que organizaban el mercado mundial del café, primero, y las medidas neoliberales de los tres últimos gobiernos. Pero a la cúpula de la Federación le cabe la culpa de haberse plegado en estos años a todas y cada una de las imposiciones oficiales.

En el decenio de la apertura económica, ¿cuáles han sido las políticas más lesivas para los cafeteros?

Para empezar, Gaviria les impuso la Ley 9ª de 1991, que los grava en más de cien mil millones de pesos cada año con destino a obras públicas –obligación que es del Estado—, justo cuando la crisis del café ya era evidente. Además, la revaluación del peso golpeó gravemente al Fondo Nacional del Café, arrebatándole unos cuatro mil millones de dólares, el valor de más de dos cosechas nacionales. Las políticas neoliberales también quebraron la Flota Mercante, Concasa y Bancafé.

Acaba de caer la cabeza de Jorge Cárdenas Gutiérrez.

Sí, y muy pocos lamentaron la salida de Cárdenas, porque fueron muchos sus errores. Pero hay gran preocupación sobre el futuro de las instituciones que protegen a los cafeteros, pues Pastrana nombró una comisión de reconocidos neoliberales que podrían proponer liquidarlas, un viejo anhelo que el FMI y sus agentes criollos no han logrado concretar. Debemos estar atentos; podría suceder que el nuevo gerente fuera un liquidador.

¿Cómo nació la Unidad Cafetera?

Si la Unión Cafetera surgió como respuesta a la presencia de la roya, la Unidad Cafetera fue la réplica al neoliberalismo y al rompimiento del Pacto Internacional de Cuotas, en 1989, ruptura propiciada por Estados Unidos para beneficiar a las grandes trasnacionales del grano, como parte de la globalización.

¿Cuándo se fundó?

Nosotros advertimos que sin el Pacto del Café vendría la peor crisis imaginable, pero la respuesta organizativa a esa situación se demoró un poco, porque los efectos no se sintieron de manera inmediata y porque en ese momento teníamos complicaciones de orden público. Nos acusaban en forma abierta y con malicia de ser guerrilleros y de estar secuestrando y extorsionando.

Pero por qué, si ustedes habían hecho explícita la condena al secuestro y el terrorismo, y particularmente cuando se creó Unión Cafetera.

No nos creían, pienso yo... o no les interesaba creernos. Al MOIR le tocó hablar con centenares de dirigentes del establecimiento nacional, incluido Jorge Cárdenas Gutiérrez, para aclarar las cosas y despejar la atmósfera, que era bastante turbia.

¿Cómo logran darle salida a Unidad Cafetera?

En 1991, cuando ya era palpable que lo que se venía era la crisis más feroz, fuimos invitados a un encuentro cafetero en Caicedonia, Valle, convocado por Cafeteros en Alerta. Allí también estuvo Fabio Trujillo. El siguiente encuentro se citó en Andes, Antioquia. Allí le propusimos a Trujillo Agudelo que, invocando su autoridad y prestigio, llamara a la unidad de las agremiaciones independientes. Su voz encontró eco y en enero de 1992 fundamos Unidad Cafetera Nacional, en Manizales.

¿Qué participación tuvo la Iglesia en el proceso de fundación y en las marchas y paros posteriores?

Al expandirse Unidad Cafetera, nos encontramos con el obispo de Líbano–Honda, monseñor José Luis Serna. Él acogió el proyecto con entusiasmo. Fue por su iniciativa, respaldada por la Conferencia Episcopal, que se levantó la bandera de condonar las deudas, meta que coronamos en primera instancia. Sirvió además de puente con los demás jerarcas de la Iglesia, con tan buen éxito que monseñor Serna y el obispo de Armenia intervinieron como oradores en la Marcha que se hizo a esa ciudad. Durante el Paro Nacional Cafetero de 1995, monseñor Serna dio declaraciones a La Patria que ese diario tituló: «Yo también estuve en el paro». Por esa misma época, monseñor Pimiento, arzobispo de Manizales, nos brindó su respaldo público, y no le tembló el pulso para sostenerlo, a pesar de los reclamos de la Federación.

¿Qué piensa del futuro de Salvación Agropecuaria?

Cuando el país empezó a ver que la apertura estaba llevando el agro a la más absoluta quiebra, nos dimos a la tarea de crear una nueva fuerza que recogiera los miles y miles de agricultores damnificados, además de los cafeteros. Citamos un primer Congreso Nacional Agropecuario, que tuvo lugar en Pereira en 1998. Y en eso estábamos cuando, de súbito, tocó a nuestras puertas un acontecimiento afortunado. A comienzos de 1999 recibí una llamada de Ángel María Caballero, empresario arrocero tolimense, líder independiente de su sector. Nos sentamos a hablar y me dijo: «Yo sé, Jorge Enrique, que aquí tratan de acabar también con el arroz. Pero no me voy a quedar adormecido, como hace treinta años los cultivadores de trigo, que hoy se resignan entre ruinas a recordar nostálgicos que en Colombia había trigo. No seré yo de los que digan quejumbrosos el día de mañana que en Colombia había maíz, había papa, había café y había arroz. Yo le propongo que demos unidos la batalla». Le acepté de inmediato. Esa es la génesis de Salvación Agropecuaria. Empezó con seis agremiaciones: Arroceros del Saldaña, Unidad Cafetera Nacional, Asociación de Agricultores y Ganaderos del Meta –Agameta—, Federación de Distritos de Riego, Federriego, Asociación Agropecuaria del Huila y la Asociación de Pequeños y Medianos Cultivadores del Cauca, Agropemca. En marzo de 2000 se constituyó en Moniquirá la Unidad Panelera Nacional y está en ciernes una agremiación nacional de cultivadores de papa.

¿Qué balance hace usted del Paro Nacional Agropecuario de julio y agosto de 2001?

Es de las movilizaciones agrarias más importantes en la historia de Colombia. 29 bloqueos de carreteras del país con gentes de 250 municipios y 16 departamentos pusieron a Pastrana contra la pared, en medio de una solidaridad nacional nunca vista. Salieron a la lucha productores de café, panela, arroz, papa, algodón, maíz, leche, carne. Antes en el país se habían dado luchas agrarias por la tierra, pero ninguna, o casi ninguna, por reivindicaciones como el cese de las importaciones de alimentos, precios remunerativos para las cosechas, créditos baratos, condonación de las deudas, asistencia técnica, control de los costos de los insumos, extensión y mantenimiento de los distritos de riego, investigación científica. La primera organización cuyo Programa de Siete Puntos resume las exigencias esenciales de la producción nacional es Salvación Agropecuaria. Hubo otro logro de inmensa trascendencia: quedó en claro que sí es posible unir a campesinos, indígenas, jornaleros y empresarios. El respaldo a esta lucha fue tan grande, que diez de los mayores cafeteros de Caldas pagaron un aviso de respaldo en La Patria. También se hizo evidente que Salvación Agropecuaria es un gremio de alcance nacional, dotado de una dirección única, con voluntad de lucha y con prestigio. Ahora bien, el otro aspecto, el negativo, reside en que la pelea no fue lo suficientemente poderosa para obligar a Pastrana a negociar. Pero es cuestión de tiempo. Si tenemos en cuenta que en el campo hay trece millones de colombianos, a Salvación Agropecuaria le falta aún bastante por cosechar.

¿Qué diferencia ve entre la pasada campaña electoral, en la que fue candidato al Senado, y esta de ahora?

En 1998, luego de sacar 53 mil votos para la Gobernación de Caldas, la decisión de hacer campaña con mi nombre la tomamos a finales de enero, es decir, faltando apenas un mes largo para las votaciones, y se trabajó sólo en Risaralda y Caldas. La de ahora es nacional y la hemos iniciado con la debida antelación. En estos cuatro años, además, es mucho el kilometraje recorrido, tanto en el sector agropecuario como entre los trabajadores y en los usuarios de servicios públicos. Contribuyen también algunos logros académicos con los que he sido honrado y mis nuevas publicaciones.

Además, las gentes del campo son más conscientes de su propia fuerza y de que en su larga lucha necesitan de un auténtico vocero suyo en el parlamento, más cuando el próximo Congreso será presionado para aprobar el ingreso de Colombia al ALCA, pacto aperturista que de aplicarse acabará, totalmente, con la producción de arroz, papa, azúcar, leche, pollos y huevos.

¿Qué se propone hacer desde el Senado?

Lo mismo que he hecho durante 30 años. Voy a hablar claro, a defender mis banderas de lucha, a señalar con el dedo acusador a los culpables de la crisis y a llamar desde allí contra cada una de las políticas y las imposiciones del FMI, así como a defender la soberanía nacional. Si el día de mañana, los campesinos, o los maestros, o los trabajadores, o los empresarios, se tienen que parar otra vez en las carreteras, o en las plazas, o en las puertas de las colegios, o en las porterías de las fábricas, a defender el progreso del país, ese día habrá un senador con ellos. Voy a poner mi investidura al servicio de la Resistencia Civil de los colombianos.