LA DISPUTA DE LAS SUPERPOTENCIAS POR EL NORTE DE ÁFRICA

El sector oriental del Norte de África comprende cuatro Estados (Egipto, Libia, Chad y Sudán) con una enorme superficie de 7.6 millones de kilómetros cuadrados y una población de casi cien millones de habitantes. Más de la mitad del litoral africano sobre el Mediterráneo y sobre el Mar Rojo pertenece a los países del área y allí se encuentran el Canal de Suez, una de las rutas vitales para Occidente. Asimismo, el Nilo, el río más largo de África, atraviesa los extensos territorios de Sudán y Egipto. La región es prolífica en recursos naturales como petróleo, gas natural, oro, hierro, plomo, manganeso, etc. Su proximidad al Oriente Medio la convierte, además, en un punto de importancia estratégica en las relaciones internacionales. Los eventos acaecidos recientemente en la zona – la muerte del presidente Sadat, la invasión Libia al Chad y el conflicto entre sudaneses y libios-, han agregado un elemento nuevo a la disputa de las dos superpotencias por el dominio de África y las regiones petroleras.

Egipto y la política estadinense De todos los países del mundo árabe, Egipto es el que cuenta con la mayor población y con las fuerzas armadas más poderosas. En las últimas tres décadas, las orientaciones políticas emanadas de El Cairo ejercieron decisiva influencia en el desarrollo de los acontecimientos del Medio Oriente y África Septentrional. La Unión Soviética, aprovechando el auge de las luchas anticolonialistas e independentistas libradas por los pueblos árabes, así como el conflicto de éstos con los israelitas, sentó sus reales en Egipto, donde instaló varias bases militares y ubicó cerca de 18.000 uniformados.

Luego de las componendas de la URSS con los Estados Unidos en torno al problema árabe-israelí, el sucesor de Nasser, Anwar El Sadat en el Poder desde 1970, decidió expulsar al personal militar soviético y cerrar sus bases, en 1972. Comenzaba así el paulatino acercamiento de El Cairo a Washington, que culminaría con la firma de los acuerdos de Camp David, en marzo de 1979. A partir de entonces comienzan las entendederas entre la nación más influyente del bloque Árabe e Israel. El imperialismo norteamericano logró de este modo abrir una brecha en el mundo árabe, ganar un aliado confiable, recuperar parte de la iniciativa que había perdido por su apoyo al sionismo y excluir de un golpe a Moscú de las gestiones de Paz en el Cercano Oriente. Estas peripecias le costaron a Sadat la enemistad de todas las naciones árabes, con las únicas excepciones de Sudán, Somalia y Omán. El “frente de rechazo”, encabezado por Libia, Siria y la OLP, y respaldado por Moscú, condenó a Egipto al ostracismo. Por su parte, la Casa Blanca se dedicó a equipar con armamento moderno al ejército egipcio y a otorgar a Sadat cuantiosos créditos (unos 2.000 millones de dólares al año), todo con el fin de consolidar su nueva punta de lanza y construir una barrera contra el avance del Kremlin en el área.

Sin embargo, el asesinato del mandatario egipcio, el 6 de octubre último, ensombreció el éxito de la estrategia yanqui, llenó de temores a los gobernantes árabes que conservaban simpatías por Washington y alentó la ofensiva política y militar de los aliados de la Unión Soviética, no obstante las advertencias de la administración Reagan sobre cualquier acción de éstos en la zona.

La carta libia El régimen de Muammar Gaddafi, instaurado en Trípoli en 1969, ha desempeñado un papel de gran trascendencia en el juego de la URSS en África y los países árabes. Aunque Libia apenas cuenta con tres millones de habitantes y un ejército de 60.000 soldados, Moscú se ha encargado de vender sofisticado y abundante material bélico (avaluado en cerca de 13.000 millones de dólares), que incluye tanques T-72 y aviones Mig-25. Con el viraje egipcio de 1972, los socialimperialistas reforzaron sus relaciones con Gadaffi y han estado detrás de muchas de sus aventuras agresivas, entre las cuales pueden destacarse las siguientes: intento de anexión de territorios de Níger, en 1976; ataque fronterizo contra Egipto, en 1977; intervención en los asuntos internos de Ghana, Gambia y el Líbano, entre 1980 y 1981, y la invasión a Chad y las amenaza contra Sudán, en 1981.

Desde cuando estalló la guerra civil en Chad, en marzo del año pasado, el gobierno libio envió tropas en apoyo del bando de Queddei, presidente de aquel país, mientras que Francia hacía lo propio con el del primer ministro Habré. Empero, a comienzos de 1981, los masivos traslados de hombres y pertrechos libios y la indecisión francesa pusieron término a la lucha y dieron la victoria a los protegidos de Gaddafi. Las tropas libias, en número de 12.000, no sólo no se retiraron, sino que en Trípoli se proclamó la “fusión” de Chad y Libia, con lo cual se consumaba la anexión. A cambio de dar vía libre a los libios en Chad, Francia obtuvo de Gaddafi jugosas concesiones petroleras y aseguró los suministros de crudo de dicho país. (Libia es un importante productor de petróleo con 1.5 millones de barriles diarios. El 12% del crudo importado por Estados Unidos, proviene de los pozos libios).

Le tocaría luego el turno a Sudán, contra cuyo presidente Gaafar Nimeiry, el jefe libio ya había organizado varios complots, todos frustrados. Cinco días después del asesinato de Sadat, la aviación libia bombardeó varias aldeas sudanesas, a tiempo que contingentes del ejército libio tomaban posiciones a lo largo de la frontera entre Sudán y Chad. Nimeiry declaró que “la URSS es la primera potencia colonialista del mundo y países como Libia están enteramente en sus manos” y que “su objetivo es, primero Sudán, pero luego Arabia Saudita”.

En efecto, la posición estratégica de la Unión Soviética en la región es excelente. Mantiene estrechas relaciones político – militares con la OLP, Irak y Siria, a través de esta última avanza sobre el Líbano y tiene a tiro de cañón a Jordania e Israel; en la península Arábiga se atrinchera en Yemen del Sur, y en África tiende cerco a Egipto y Sudán, desde Etiopía, Libia y Chad. De lograr penetrar en Sudán, el Kremlin establecerá una cadena ininterrumpida de satélites desde el Océano Índico hasta el Norte de África y alrededor de las regiones petroleras más importantes del orbe.

Los Estados Unidos reaccionaron con rapidez ante los problemas reseñados; despacharon dos aviones radar AWACS para que Egipto vigilara sus 1.300 kilómetros de frontera con Libia, y aceleraron el envío de ayuda militar y económica por 200 millones de dólares a Sudán. Asimismo el pentágono anunció que en noviembre efectuará maniobras militares conjuntas con los gobiernos egipcio y sudanés. El gobierno de Reagan persigue lo que ha denominado un “consenso estratégico” con Arabia Saudita, Egipto y Sudán para contener las incursiones de los soviéticos y sus agentes. No obstante, el plan tropieza con serias dificultades, como el temor de los sauditas a comprometerse demasiado con la política de Washington y la reticencia del Congreso estadinense a venderles aviones AWACS a estos. Mientras que la URSS dispone de varios puntos de apoyo bélico, los Estados Unidos carecen de bases permanentes y tienen que maniobrar contra la desconfianza y las vacilaciones de sus potenciales aliados del mundo árabe y, al mismo tiempo, continuar respaldando a Israel y llevar adelante las gestiones concernientes a los acuerdos de Camp David. Así las cosas, lo que se avecina en la zona Norte de África y el Cercano Oriente es una intensificación de la contienda de las dos superpotencias imperialistas en procura del control, con la Unión Soviética a la ofensiva en todos los frentes y los Estos Unidos haciendo desesperados esfuerzos por conservar sus amenazadas prerrogativas.