LA GARRA DE MOSCÚ SE CIERNE SOBRE EL CARIBE

Desde hace dos décadas, el socialimperialismo soviético ha venido utilizando progresivamente a Cuba como punta de lanza para varias de sus empresas de expansión. No sólo ha trasladado miles de soldados cubanos a entrometerse en los asuntos de países africanos, sino que más recientemente se está valiendo de La Habana para conseguir influencia en una región neurálgica, el Caribe, situada en las barbas mismas del imperialismo norteamericano.

Los mercenarios de Moscú Cuando en octubre de 1962, el bufonesco líder del Kremlin, Nikita Krushov, se vio forzado a retirar, cabizbajo, los mísiles que aventureramente había instalado en territorio cubano, la proporción de fuerzas nucleares favorecía a Washington 5 a 1. Para ese entonces, ya estaban establecidos en la isla caribeña varios millares de militares y asesores rusos. A partir de esa época, a tiempo que se dedicaba con frenesí a incrementar el poderío nuclear, la URSS comenzó a prestar particular atención a su aliado recién adquirido, especialmente en lo relativo a su equipamiento bélico.

Ocho años después de la “crisis de los mísiles”, a mediados de 1970, pocos días después de la visita del ministro de Defensa Soviético a Cuba, se inició la construcción de una base naval para submarinos en la bahía de Cienfuegos, al sur de la isla. El objetivo era levantar una estación para el aprovisionamiento de naves atómicas rusas en el corazón del Mar Caribe, a pocos centenares de kilómetros de Estados Unidos y del Canal de Panamá. Una vez más, la reacción de la Casa Blanca obligó a los rusos a abandonar su proyecto. La “crisis de Cienfuegos” había sido superada.

Sin embargo, pocos años más tarde, a partir de 1975, Cuba volvería a ser el centro de la atención mundial por el envío de tropas a intervenir en Angola. La URSS, empleando a sus mercenarios, dividió el movimiento de liberación angoleño y asumió el control total de la nación africana. Asimismo, desde 1977, las fuerzas expedicionarias cubanas, armadas y comandadas por los revisionistas rusos, apoyaron al régimen militar de Etiopía en su conflicto del Ogadén con Somalia, y en la represión sanguinaria de la guerra liberadora del pueblo de Eritrea. El año pasado, consejeros militares cubanos y soviéticos participaron en la agresión lanzada por el gobierno pro-moscovita de Yemen del Sur contra Yemen del Norte. En total, Cuba mantiene sólo en África alrededor de 50.000 hombres en más de una docena de países, realizando las labores sucias para sus amos de Kremlin.

En 1978 surgió otra amenaza: la presencia en Cuba de 20 aviones rusos Mig-23, aparatos con una gran autonomía de vuelo (1.900 kilómetros) y capaces de portar armas nucleares. Esto violaba los acuerdos alcanzados entre Kennedy y Jrushov en 1962, en el sentido que la URSS no desplegaría armas ofensivas en Cuba. Sin embargo, las autoridades soviéticas afirmaron que dichos cazas tenían objetivos “puramente defensivos”. La administración Carter aceptó tranquilamente semejante explicación. Para la época de la “crisis de los Mig”, Rusia había alcanzado a los Estados Unidos en la carrera de armamentos nucleares.

Por último, en agosto de 1979, se produjo la “crisis de la brigada soviética”. La inteligencia yanqui descubrió la presencia en Cuba de 3.000 soldados rusos, toda una brigada de combate equipada con tanques, artillería, unidades motorizadas y servicios de apoyo. El gobierno estadinense protestó con energía, señalando que el estacionamiento de tropas regulares soviéticas en el Caribe era “inaceptable”. Moscú, no obstante, respondió con arrogancia que dichos efectivos estaban allí sólo para entrenar a los cubanos y que, por lo demás, era “ un derecho inalienable” de la URSS ubicar soldados en la Isla. Según parece, la brigada tiene dos propósitos; sustituir parcialmente a los mercenarios cubanos que se hallan en África y proteger una estación monitora de gran poder, encargada de interceptar comunicaciones de radio y micro-ondas de los Estados Unidos. Este escándalo surgió justo antes de la VI Cumbre de Países No Alineados, celebrada en La Habana, donde Fidel Castro tuvo el descaro de presentarse como adalid de la neutralidad y la equidistancia frente a las grandes potencias.

La Casa Blanco, en vista de tamaña provocación por parte de su rival, anunció una serie de contramedidas; el desembarco (más bien simbólico) de 2.000 infantes de marina en la base de Guantánamo, operación realizada a mediados de octubre último; la creación de un contingente especial para vigilar y contrarrestar las actividades soviético-cubanas en el área del Caribe; el desarrollo de maniobras militares, y el incremento de la asistencia económica a los regímenes amigos de la región.

Un país militarizado, una economía en crisis Cuba, nación de diez millones de habitantes, posee uno de los ejércitos más grandes de toda América Latina, siendo superado sólo por el de Brasil, que cuenta con más de 100 millones de habitantes; México con una población siete veces mayor que la cubana, cuenta apenas con un ejército de la mitad del cubano. En la actualidad, Castro comanda una fuerza de 190.000 hombres, más 90.000 reservistas, 10.000 efectivos de la seguridad interna y 100.000 milicianos. El 25% del ejército se encuentra a miles de kilómetros, en África, combatiendo para los intereses imperiales de la URSS.

Este enorme contingente, reserva de mercenarios para Moscú, está reforzado con equipo ruso de primera calidad: 119 buques de guerra, 1.000 tanques y 600 aviones de combate. Además, hay cerca de 150.000 asesores expertos civiles y militares soviéticos; pilotos rusos realizan vuelos de la fuerza aérea cubana, y los aparatos de la URSS pueden utilizar libremente varias bases. Cuba se ha convertido en un gigantesco campamento militar, siempre a disposición del oso moscovita.

Esta situación le está costando caro al pueblo cubano. Según declaraciones de Raúl Castro, su país recibe nueve millones de dólares diarios de la Unión Soviética en “ayuda” económica y, sobre todo, militar, cifra más alta que la que recibe cualquier satélite de los social imperialistas. En consecuencia, la deuda externa para con los rusos es astronómica, más de 10.000 millones de dólares, al 3% anual. Esto sin contar 1.500 millones en acreencias con bancos internacionales de Occidente.

Después de 21 años de régimen castrista, Cuba exhibe rasgos propios de una economía neocolonial: a) sigue predominando el monocultivo cañero (el 86.5% de las divisas provienen del azúcar, mientras en 1959 dicho porcentaje era del 74%); b) tres cuartas partes del azúcar las compran la URSS y sus vasallos del CAME, bloque al cual ingresó La Habana en 1972; c) importa de Rusia todo el combustible, los cereales, el algodón, la maquinaria y otros productos claves: d) parte de las exportaciones de azúcar, níquel tabaco y frutas sirve para amortizar la deuda con el Kremlin; e) los planes económicos tienen que coordinarse con los de la URSS; f) los rusos han financiado el 30% de los proyectos eléctricos y el 95% de los metalúrgicos; g) técnicos revisionistas ocupan cargos en todas las secciones de la industria y la agricultura y en varios ministerios.

En mayo de 1977, refiriéndose a las relaciones ente la Unión Soviética y Cuba, Fidel Castro aceptó la situación de dependencia de esta última, diciendo: “La experiencia histórica demuestra, exactamente como lo hace la nuestra propia, que una vez establecidos los lazos económicos entre dos países, cualquier gobierno responsable, cualquier gobierno verdaderamente preocupado por su pueblo, debe meditar sobre estos intereses y vínculos. Los lazos económicos, en uno u otro sentido, realmente ejercen cierta influencia sobre la actitud del gobierno”.

Raúl Castro reconoció que la nación estaría en la bancarrota total si no fuera porque es subsidiada por Moscú. Y, finalmente, en enero de este año, luego de intensas purgas en el aparato estatal, el mismo Fidel Castro afirmó que “navegamos en un mar de dificultades”, que se decretará un “corte drástico” en varios sectores económicos, que habrá que llegar a una “reducción de las fuerzas de trabajo”, que se enviarán obreros cubanos a cortar madera a Siberia, etc, etc.

A este desastroso panorama contribuye, en buena parte, el sostenimiento de la enorme fuerza expedicionaria en África, cuyos gastos se convierten en una verdadera sangría para la frágil y dependiente economía cubana.

Rivalidad en el Caribe Esta importante región, tradicionalmente considerada como coto de caza de los imperialistas yanquis, el “lago norteamericano”, ya es escenario de la disputa entre las dos superpotencias. Parapetados detrás de Cuba, los nuevos zares rusos están empeñados en conquistar posiciones, ganar influencia y, especialmente, poner pie en los convulsionados países norteamericanos.

La cuenca del Caribe incluye 11 países y territorios continentales (desde México hasta Surinam, pasando por Colombia y Venezuela) y más de 30 islas, con una población total de unos 160 millones de habitantes. Por allí cruza el 40% de las importaciones petroleras de los Estados Unidos; es paso obligado hacia el Canal de Panamá; posee inmensos recursos de petróleo, gas natural, níquel, hierro, cobre, bauxita, manganeso y muchos otros; los grandes monopolios norteamericanos operan numerosas refinerías y pozos petroleros en varios lugares de la zona. Estas son apenas algunas de las características que hacen del Caribe una presa muy apetecida para los soviéticos y muy cara para los yanquis. Es por ello que los Estados Unidos tienen alrededor de 30 bases e instalaciones militares diseminadas a lo largo y ancho de este sector del mundo. Sin embargo, no hay que olvidar que Rusia tiene la más grande base de la región: la isla de Cuba.

Desde hace tres años, aproximadamente, el régimen cubano, con el pretexto de apoyar los movimientos de liberación nacional y las luchas contra las dictaduras, y aprovechando el desprestigio de los imperialistas del Norte, ha venido infiltrándose abierta y soterradamente en varios países insulares y continentales. Naciones como Jamaica, Guyana, Santa Lucía, Granada y Nicaragua han estrechado notablemente sus lazos políticos y económicos con La Habana, lo cual se ha puesto de relieve en los casos de ciertas votaciones en la ONU y otros organismos. En todos estos países hay numerosos asesores y técnicos cubanos de todo tipo. Se rumora insistentemente que los espoliques de Moscú intrigan en El Salvador, Guatemala y Honduras, donde se desarrollan intensos conflictos sociales.

Washington no parece estar muy dispuesto a perder más de lo que ya ha perdido en el Caribe y ha anunciado un fuerte respaldo económico y militar a los aliados que se hallan amenazados por la expansión ruso-cubana.

La URSS, que necesita con urgencia recursos naturales y esferas de dominación, no se detiene ante nada y extiende su garra a todos los confines del mundo, disputándole al Tío Sam sus posesiones. Para ello se vale de todos los medios, incluyendo el fomento de contradicciones entre los diversos Estados del área. Los pueblos caribeños, a la vez que luchan por sacudirse el yugo estadinense, deben aumentar su vigilancia contra los designios depredadores y hegemonistas del socialimperialismo soviético.