LA UNIDAD A LOS DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE FRANCISCO MOSQUERA

Intervención del senador Jorge Enrique Robledo en el homenaje a Francisco Mosquera Sánchez, en el acto de conmemoración de los diez años de su fallecimiento, celebrado en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, el 25 de agosto

Jorge Enrique Robledo

Compañero Héctor Valencia, secretario general del MOIR, y demás compañeros de nuestro Partido, Doctor Jaime Piedrahita Cardona, compañero infa­tigable de Francisco Mosquera en aquellas épocas del Frente por la Uni­dad del Pueblo, FUP, alianza política de la que usted fuera candidato presi­dencial, Compañeros de Alternativa Demo­crática, Amigos de otros sectores políticos, centrales obreras y organi­zaciones sociales, cuya presencia esta noche agradece­mos de manera especial.

Conmemoramos diez años de la muerte de Francisco Mosquera, el inolvidable fundador del MOIR. Y hemos querido hacerlo no solo con los militantes de nuestro Partido sino con amigos de otros sectores para enfatizar que la unidad de los patriotas de nuestra nación fue uno de los grandes desvelos de Mosquera, propósito al que le dedicaré estas líneas.

Como es obvio, todo sector político con vocación de poder se propone unificar el más amplio espectro de voluntades en pos de dirigir el Estado. Y si esto es cierto para quienes, como en Colombia, controlan el país desde hace décadas, qué diremos los que, también desde hace tiempos, pugnamos por sustituirlos.

Hasta aquí el lugar común de todos quienes hacemos política en Colombia. Porque en lo que tiene que ver con la pregunta de ¿para qué el poder?, en nada coincidimos con Álvaro Uribe Vélez, y menos ahora que enfrentamos su propósito de reelegirse. Porque mientras la jefatura uribista quiere el mando para seguir disfrutando del modelo económico y social imperante que empobrece a casi todos, los auténticos demócratas lo queremos para construir una patria soberana, libre, independiente y próspera.

Analizando el problema de la unidad, con toda paciencia explicó Mos­quera dos realidades que hoy son evidentes, pero que en ese entonces se requería de la capacidad de estudio y análisis de ese colombiano genial para verlas, comprenderlas y actuar en consecuencia.

Me refiero, primero, a que la causa principal de los problemas del país eran unas relaciones con Estados Unidos que nos arrebataban a los colombianos hasta la capacidad para crear riqueza, el primer requisito que debe ganar cualquier nación que quiera avanzar por la senda del progreso y el bienestar. Y segundo, que esa contradicción entre los intereses nacionales y los extranjeros sometía a los sectores populares a la pobreza y la miseria, pero generaba también contradicciones con las capas medias y hasta con los productores que pugnaban por hacer ganancias por fuera de la intermediación parasitaria, lo que permitía proponer una unidad nacional tan amplia como amplios eran los sectores afectados.

Ya no hay persona ilustrada que pueda negar ese antagonismo de casi toda la nación colombiana con el imperialismo estadounidense, dadas las muchas evidencias al respecto, en buena medida porque el neoliberalismo empujó a Colombia a la peor crisis de su historia, la que se profundizará si imponen el Alca y el TLC con Estados Unidos, pactos diseñados para acabar de arrebatarnos el derecho soberano a decidir sobre nuestros asuntos, el bien más preciado de cualquier nación.

Así, nadie propuso una unidad más amplia para transformar a Colombia que la que propuso Mosquera, unidad que por supuesto no incluye solo a las distintas clases sociales susceptibles de pertenecer a ella, sino a las diferentes organizaciones políticas que las representan. Pero unidad para la transformación del país, agregó el fundador del MOIR, porque carecía de sentido hacerla con el propósito de consolidar las causas que generaban los problemas nacionales.

Hoy por hoy, entonces, sería una necedad unirnos estimulados por las medidas del uribismo, pero que a la hora de definir la propuesta para enfrentarlo decidiéramos que, dadas las dificultades del objetivo, es mejor continuar con las mismas orientaciones que imposibilitan el progreso de los colombianos. Se cae de su peso que en política nadie alcanza una victoria más pírrica que la de quien, para ganar, decide asumir como suyos los intereses de su antagonista.

Seamos más específicos. Esa amplia unidad no puede evadir responder a preguntas tales como: si el conti­nuis­mo uribista significa el sometimiento al FMI y menos soberanía para los colombianos, ¿qué debe proponer el frente unitario que se le oponga? Si este pretende seguir golpeando el empleo, los salarios y las pensiones, así como aumentar el IVA y encarecer aún más las tarifas de los servicios públicos, ¿qué decimos nosotros? Si del lado de allá quieren mantener y profundizar las privatizaciones, ¿qué planteamos del lado de acá? Si los neoliberales insisten en reemplazar la producción nacional por la foránea y en desna­cionalizar aún más la propiedad en el país, ¿con qué les respondemos? Si ellos están por el Alca y el TLC, ¿nosotros también? Si como un desarrollo natural del mayor peso del monopolio económico ellos van tras eliminar los aspectos políticos democráticos que quedaron en la Constitución de 1991, para que esta sea absolutamente neoliberal, ¿nosotros qué planteamos? Si ellos pugnan por desconocer las garantías ciudadanas y por acabar de arrebatarles a los trabajadores sus derechos democráticos, ¿los respaldamos en ese atropello? ¡Por supuesto que no!

Ante el agua que hace el barco neo­liberal, no seamos los capitanes de fórmulas que aplacen el inevitable naufragio. Al contrario, contribuyamos decididamente para su hundimiento. Y el proceso unitario que se requiere, empecémoslo diseñando los planos del nuevo buque que necesita la nación colombiana para poder navegar con buen viento y buena mar.