LAS JORNADAS DE 1886

El siglo pasado fue testigo de gigantescas luchas del proletariado mundial por la conquista de la jornada laboral de 8 horas. En Norteamérica el movimiento en procura de esta importante reivindicación se inició en 1829, al solicitarse su inclusión en las leyes del Estado de Nueva York. A mediados de siglo se crearon las Grandes Ligas de Ocho Horas en los principales centros industriales del norte de los Estados Unidos. Hacia 1886, en diecinueve estados y un territorio ya existían leyes que ordenaban jornadas laborales máximas entre ocho y diez horas, aunque con cláusulas de escapatoria que hacían irrealizable su aplicación. En general, las jornadas de trabajo variaban entre 14 y 18 horas, de manera que los obreros “jamás veían a sus mujeres y a sus hijos a la luz del día” y vivían en la más espantosa pobreza.

Las huelgas del 1° de mayo.

El 17 de octubre de 1884, el Cuarto Congreso de la Federación de Gremios y Uniones Organizados de Estados Unidos y Canadá, aprobó una moción en la cual se proclamó que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1° de mayo de 1886 será de ocho horas” y llamó al proletariado de Estados Unidos a realizar una movilización nacional para conquistar este derecho. La consigna rápidamente encarnó en grandes luchas de los trabajadores.

El 1° de mayo de 1886 fueron a la huelga en los Estados Unidos 340.000 trabajadores.

En Chicago el movimiento se amplió considerablemente durante los días siguientes. El 3 de mayo la policía atacó a los obreros en paro que realizaban un mítin, hubo seis muertos y no menos de cincuenta heridos. El 4 de mayo, la manifestación de protesta realizada en la plaza de Haymarket, que congregaba a 15.000 personas, fue violentamente atacada por la policía quien abrió fuego masacrando a los manifestantes. Quedaron también varios policías heridos y uno muerto.

El Juicio Político

De inmediato Chicago fue puesto bajo el estado de sitio y el toque de queda, se detuvo indiscriminadamente a centenares de obreros y dirigentes sindicales, a muchos de ellos se apaleó y torturó. Simultáneamente la prensa de la ciudad pedía la cabeza de los “rufianes rojos”, de “estos pestilentes individuos (Chicago Inter-Ocean, 6 de mayo de 1886) que a lo largo de meses y años han proclamado sus sediciosas y peligrosas doctrinas”, En medio de este clima de terror fueron apresados los dirigentes obreros Samuel Fielden, Augusto Spies, Michael Achwab, Geoge Engel, Adolph Ficher, Louis Lingg, Oscar Neebe y Albert Parson, a quienes se acusó de ser los responsables de la muerte del policía en Haymarket. En seguida, el 21 de junio, se inició el juicio con Joseph Gary como juez actuante -el juez felón, como fue llamado posteriormente- y Julius Grinnell, fiscal de Estado, a cargo de la acusación. El juicio fue una farsa montada contra los acusados, fiel expresión de la justicia burguesa defensora de los intereses capitalistas. El juez dispuso que el juicio fuese colectivo y no individual y permitió que el acusador designara a un alguacil especial para que seleccionara, a su amaño, los miembros del jurado, eliminando el procedimiento acostumbrado de escogerlos al azar.

El objetivo del proceso fue el de condenar a estos dirigentes del proletariado y montar en los Estados Unidos una campaña de terror contra la clase obrera, a quien se quería atemorizar para que cesara su grandiosa lucha en pro de “8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de educación”, lema que a través de las garngantas de los obreros recorría todo el país.

El 11 de agosto de 1886 el fiscal Grinnell concluyó ante el jurado su acusación con estas palabras: “La ley está bajo proceso. La anarquía está bajo proceso. Estos hombres han sido seleccionados, elegidos por el grand jury y enjuiciados porque fueron líderes. No fueron más culpables que los millares de sus adeptos. Señores del jurado: ¡declarad culpables a estos hombre, haced escarmiento con ellos, ahorcadlos y salvaréis a nuestras instituciones, a nuestra sociedad!”. La sentencia, dictada el 20 de agosto, condenó a siete de los acusados a la horca y a Neebe a quince años de prisión. Luego las penas de Fielden y Schwab fueron conmutadas por prisión perpétua. Posteriormente, debido a la protesta del pueblo de los Estados Unidos y del proletariado internacional, el gobernador del Estado de Illinois, el 26 de junio de 1893, concedió la libertad a Fielden, Shwab y Neebe. Una vez conocida la sentencia, los abogados defensores apelaron de inmediato, siendo negada su solicitud, pero obteniendo, en cambio, una última audiencia en la cual hablasen los acusados.

Una página heróica

La conducta de los líderes obreros ante el tribunal constituye una lección de firmeza y moral revolucionarias. Ni un signo de debilidad, ni una súplica de clemencia. Por el contrario, de sus labios se escuchó la reiteración de su fe inquebrantable en la victoria de la clase obrera.

La oración pronunciada por George Engel, tipógrafo de orígen alemán, fue una descripción valerosa de la explotación a la que son sometidos los obreros por la clase capitalista y un llamado a la lucha contra la opresión: “Aquí también, en esta “República Libre” , en el país más rico de la tierra, hay muchos obreros que no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una vida miserable. Aquí he visto a seres humanos buscando algo con que alimentarse en los montones de basura de las calles... ¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y en la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizados en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con la naturaleza y mediante ellas robaís a las masas el derecho a la vida, a la libertad y al bienestar. Estamos convencidos de que sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la historia enseña... No combato individualmente a los capitalistas, combato al sistema que produce sus privilegios”.

Parsons, al término de su brillante exposición desentraño la esencia del sucio proceso con estas palabras: “Vuestra Señoría sabe perfectamente que este proceso ha sido provocado, inspirado, encausado, orientado y propagandizado por los capitalistas, por los que creen que el pueblo no tiene más que un derecho y un deber, el de la obediencia”. Mientral Lingg, el más jóven, de apenas 23 años de edad, terminó su discurso con este grito de combate: “Soy enemigo del orden vigente y, contodas mis fuerzas, repito que mientras aliente un soplo de vida lo combatiré... ¡Os desprecio! ¡Desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra autoridad sostenida por la fuerza! ¡Ahorcadme por esto!.

El 11 de noviembre de 1886 Spies, Fisher, Engel y Parsons,-Lingg había muerto el día anterior víctima de un atentado hecho por la policía-, fueron conducidos al patíbulo. Los nudos corredizos adherían a sus cuellos y sendos capuchones cubrían sus rostros. Antes de que la trampa se abriese bajo sus pies, se oyó a Spies exclamar: “Tiempo llegará en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy estrangulais!”.

Treinta años después, Lenin, al frente del valeroso proletariado ruso, conducía a la victoria la Revolución Socialista de Octubre en Rusia e inauguraba una nueva era en la historia mundial: la era de la Revolución Socialista Proletaria Mundial que culminará con la emancipación de toda la humanidad y con la construcción de una sociedad nueva sin opresores ni oprimidos, sin explotadores ni explotados, sueño glorioso de los mártires de Chicago.