"LOS COLOMBIANOS DECIDIRÁN SU PORVENIR SIN INTROMISIÓN AJENA"

Francisco Mosquera

Compañeras y compañeros:

Advertíamos el 18 de febrero que el movimiento unitario que de tiempo atrás vienen gestando las fuerzas revolucionarias colombianas se desplaza a paso de carga, fortaleciéndose cada vez que en su camino brotan obstáculos artificiales o reales que pretenden vanamente contenerlo y ganando con el transcurrir del calendario en extensión y profundidad. Este 15 de julio vuelve y ratifica la vigencia histórica de la unidad del pueblo que estamos propiciando. Una política consecuentemente unitaria, que no inventa pretextos para excluir a las organizaciones y personas dispuestas a batallar hombro a hombro con nosotros contra el imperialismo norteamericano y sus lacayos que depauperan y deshonran a Colombia; una política que no florece ni marchita ramilletes de candidaturas presidenciales, según vayan aconsejando circunstanciales intereses de secta, ni sacrifica la gran batalla por el frente único antiimperialista, a cambio del inoportuno y pequeño pleito por aislar a uno o varios partidos susceptibles de contribuir al debilitamiento de los enemigos principales; una política, en fin, que no necesita recurrir a la amenaza ni al halago, porque se halla solidariamente engastada sobre una base inmodificable de principios, por los cuales hemos luchado, hasta generalizar el convencimiento de que la unidad del pueblo únicamente será viable mediante la observancia de tales principios mínimos y definitorios.

Si echamos una mirada retrospectiva a los últimos cinco años observamos cómo la revolución colombiana ha obtenido ciertamente conquistas de enorme importancia. Después de haber hecho conciencia de que su triunfo en esta etapa será fruto de la alianza de todas las clases, sectores y partidos antiimperialistas, ha estado inclinando a su favor la prolongada contienda porque dicha alianza se concrete en torno a un programa que contemple las reivindicaciones fundamentales económicas y políticas de las diversas fuerzas integrantes del pueblo, y a través de la estricta aplicación de unas normas democráticas de relación y funcionamiento. Los conatos de frentes revolucionarios en Colombia han fracasado o por falta de claridad acerca de los postulados programáticos o por desconocimiento de la democracia en su organización. Por eso no transigimos cuando se intenta prescindir o socavar estas dos piedras angulares de la unidad.

Ustedes recuerdan que no hace mucho ciertos grupos de los que prefabrican argumentos para poder combatirnos, nos increpaban injustamente el que no tuviéramos una concepción de largo alcance del frente, sino criterios meramente electorales del mismo. Olvidando esta acusación, algunos de ellos, ante la evidencia de que los plazos de espera se han vencido y de que entramos por la fuerza de los días en el terreno de las definiciones, nos han propuesto a última hora que elaboremos una simple plataforma programática electoral, sin pretensiones estratégicas, a la cual nos sumemos todos e impidamos la división de la izquierda. Es decir, que se merme el programa para que se engrose el frente. ¿Cuáles serían los objetivos de semejante avenimiento? Batallar contra la carestía, contra el desempleo, contra el hambre, contra el analfabetismo, contra el estado de sitio, contra las reformas oligárquicas y en pro de una que otra reforma progresista. En una palabra, que utilicemos el debate electoral para arremeter primordialmente contra los efectos de la crisis de la sociedad que agoniza y silenciemos las causas y las soluciones revolucionarias de aquella. Triste papel para una revolución que además de ir a elecciones manipuladas por sus enemigos y de someterse por su relativa debilidad a comicios cuyas reglas de juego son la negación misma de la democracia, renuncia voluntariamente a la única ventaja que le reporta la lucha electoral, cual es la de educar y organizar al pueblo con las explicaciones justas concernientes al origen de todos los males de la nación y de las masas, sin dejar de condenar concretamente a los beneficiarios y sustentadores del orden caótico y despótico que languidece, y sobre todo con propaganda y agitación de las transformaciones revolucionarias que pide y permite el desarrollo social del país.

Lo contrario sería contaminarnos del oportunismo de los partidos tradicionales que suelen maldecir también los resultados de su catastrófica gestión de más de siglos y medio y ofrecen en cada periodo eleccionario bálsamos que son peores que las enfermedades que dicen atacar. Acaso López Michelsen, por ejemplo, no denunció el alto costo de la vida legado por el gobierno Pastrana y alardeó demagógicamente con que su mandato sería un paraíso de garantías y buenaventuras. Y tras este mercader de milagros hubo grandes romerías de creyentes, incluyendo no pocos conmilitones de la oposición que disimulaban su impudicia con los conjuros de que apoyaban lo “bueno” pero combatirían lo “malo” del lopismo.

Hoy el alza de los precios es varias veces superior a la de cualquiera de los regímenes frentenacionalistas y el estado de sitio, al igual que en los tres decenios anteriores, ha sido la forma predilecta de gobernar por los continuadores de la coalición liberal-conservadora proimperialista, con su cuadro dantesco de obreros, campesinos, estudiantes e indígenas asesinados, sindicatos ilegalizados, universidades allanadas, dirigentes populares encarcelados y poblaciones enteras reprimidas y encarnecidas. Debido a ello, contra toda la feria de ilusiones, levantamos la denuncia que este cuatrienio era, antes que nada, un “mandato de hambre, demagogia y represión”, que hoy corean sin distingos los explotados y oprimidos de Colombia.

Vale la pena agregar y destacar que la campaña en cuyos umbrales nos encontramos, a pesar de sus complejidades y larga duración, se llevará a cabo en condiciones excelentes para las fuerzas revolucionarias. Desde los cuatro vientos nos llega el mensaje del descontento y la rebeldía crecientes de las masas trabajadoras; el proletariado reagrupa sus filas bajo sus banderas de clase; los campesinos impulsan sus organizaciones independientes de la influencia oficial y sus acciones estremecen las zonas rurales, y los estudiantes, educadores y artistas revolucionarios no le ceden al régimen y con sus proclamas reavivan el pebetero de la nueva cultura. La revolución avanza firme, segura, inconteniblemente. Esto por una parte y, por la otra, los imperialistas norteamericanos y la minoría oligárquica vendepatria que los sustenta afrontan grandes dificultades en el obstinado empeño de antener a Colombia atada a su coyunda. Sus medidas son cada vez menos efectivas para apacentar el rebaño. La coalición imperante se desgasta y fatiga en camorras internas, sin hallarle una salida satisfactoria a sus insalvables contradicciones. La hidra de la corrupción devora uno a uno los miembros del cuerpo burocrático – militar del Estado, sin excluir a la familia presidencial, que descuenta por derechas en escandalosos negociados por los servicios cumplidos a la patria de los Corleone de las altas finanzas y de la gran propiedad inmobiliaria. El pánico les sube con las multifacéticas manifestaciones cotidianas de la descomposición prevaleciente, al ver cómo se les va desplomando en sus propias narices el reino dorado que creían sempiterno. Ni con el espantapájaros del golpe cuartelario lograrán restar el empuje a la revolución, ya que los desposeídos de las estribaciones de las tres cordilleras andinas también han hecho suya la enseña inmortal de Espartaco: los esclavos no tienen más que perder que sus cadenas. Y tienen, en cambio, un mundo por ganar. Por consiguiente, saludamos alborozadamente la crisis, hasta que toque fondo, a sabiendas de que las cosas han de dañarse por completo para que puedan remediarse y comprendiendo que mientras más avanzada sea la noche más cercano estará el amanecer.

¿En tan favorable situación cómo vamos, pues, a encarar los revolucionarios el debate electoral? Cuando los politicastros de la reacción han comenzado a hablar contra el hambre y el paludismo, como lo han hecho toda una vida, agregando que estas calamidades del pueblo carecen del color político, ¿nos limitaremos nosotros a referirnos a los efectos, más no a las causas y soluciones de la crisis? De ninguna manera. Desmontemos de una vez por todas este embeleco tan manido. En Colombia el hambre y el paludismo han sido liberal-conservadores. Las dolencias del país y de las masas obedecen a la política antinacional y antipopular de los partidos tradicionales, y de sus jefes desacreditados, principalmente a la entrega y sometimiento de la nación a la expoliación del imperialismo norteamericano, a los privilegios consentidos y multiplicados de un círculo microscópico de grandes burgueses y grandes terratenientes por parte de todos los gobiernos, incluyendo desde luego a éste que padecemos de la autodeterminada “esperanza”, al que constitucionalmente todavía le falta más de un año de existencia, pero al que ya le están buscando con afán en medio de estrepitosa gresca un sucesor de su estirpe, de sangre fría.

Si esas son las causas de su postración, el cambio salvador que requiere el país debe partir de la independencia nacional y del derrocamiento revolucionario de la minoría acaudalada y tiránica a cargo del Poder unido de obreros, campesinos y demás fuerzas laboriosas y patrióticas. Trocar estos planteamientos orientadores que la revolución ha ido popularizando en unos procesos gananciosos, por un programa electoral de reformas, resultaría una transacción inadmisible.

La conquista de la república democrática de todas las clases revolucionarias, en pie de igualdad, representa en la Colombia actual el tránsito obligado hacia el socialismo; y el logro de la independencia nacional configura la más valiosa ayuda que podamos ofrecer a los pueblos que luchan contra el imperialismo y por su emancipación. Además, la exhortación al acatamiento a la soberanía y autodeterminación de las naciones no es exclusivamente la bandera para enarbolar ante los piratas del capital internacional, sino que debe ser el principio básico del internacionalismo practicado por los países socialistas. Sin la defensa consecuente de la consigna programática de la liberación nacional y de la nacionalización de los monopolios jamás conseguiremos unir y organizar al pueblo colombiano en pos de su destino histórico, así como tampoco contaremos con el respaldo determinante del campesinado a la revolución, sin solidarizarnos integralmente con su exigencia más sentida: confiscar la tierra de la clase terrateniente y repartirla entre los campesinos que la trabajan. Bastarán estas victorias revolucionarias para que Colombia resuelva en lo fundamental los protuberantes problemas de alimentos, empleo, salud, educación, vivienda y se enrumbe hacia la industrialización moderna. He ahí la esencia del programa que aprobamos el 18 de febrero y que estamos sometiendo a la consideración de las fuerzas populares. En síntesis, como lo precisamos desde 1972, los revolucionarios no hacemos un programa para ir a elecciones, vamos a las elecciones para promover el programa de la revolución.

De igual manera seguiremos una línea de principios para explicar otros asuntos de controversia actual, relativos a la represión violenta, el estado de sitio, la ordenación antidemocrática de los comicios, los golpes palaciegos, cual sustentáculos a los que el imperialismo norteamericano recurre alternativamente por intermedio de las clases serviles, para mantener su control neocolonial sobre la inmensa mayoría de países de América Latina. Cuando les falla uno, echan mano del otro sin el menor escrúpulo.

Pregonan que no habrá delitos de opinión y cuando el pueblo hace realidad el derecho a la libre expresión, entonces, tras la cortina de tanques y cañones, amenazan con que ellos sí tienen una opinión muy peculiar sobre el delito. Hablan de concertar con los obreros una política de ingresos y salarios y, a la hora de la verdad, éstos se ven sitiados por las tropas que a las puertas de sus sedes sindicales los conminan a aceptar a culatazos las despreciables ofertas de funcionarios y patronos. Llaman a decidir las polémicas de interés público por medio de las urnas, pero si los resultados les son adversos las deciden por medio de las armas. Nos sobran muchas y aleccionadoras experiencias, tanto de Colombia como de los países hermanos del Continente, para ilustrar el comportamiento de esta falsa democracia contra la cual peleamos y que termina allí donde comienzan las demandas de las masas trabajadoras. El presidente Lleras Restrepo, quien ahora aspira a la reelección, a los dos días de los sufragios ganados abrumadoramente por Rojas Pinilla en 1970, detuvo a la jefatura anapista, implantó el toque de queda a las ocho de la noche y acomodó un fraude de más de medio millón de votos para imponer a la fuerza a Misael Pastrana, el candidato vencido de la coalición dominante. Ese mismo año Salvador Allende triunfaba electoralmente en Chile y el 11 de septiembre de 1973 entregaba con ejemplar heroísmo su vida, enfrentando a la jauría uniformada que había jurado tutelar la constitución y las leyes de la nación austral. Con el sacrificio del mandatario chileno expiró la quimera revisionista de la “vía electoral” hacia el socialismo, que obnubiló a no pocos luchadores antiimperialista y que fue propalada con especial euforia al inicio de los años 70 en Latinoamérica y otras zonas del orbe. Recojamos las preciosas enseñanzas de la historia y alertemos en esta batalla comicial a las más amplias masas acerca de la farsa y del carácter falaz de la democracia de las clases oligárquicas. Vinculémonos estrechamente a los obreros y campesinos para afrontar las provocaciones del enemigo y preparar, a la luz de la teoría revolucionaria del Estado, las condiciones que faciliten al final la victoria de la toma revolucionaria del Poder por un frente único de liberación nacional.

Aclarada la cuestión del programa, la conformación y desarrollo en las circunstancias colombianas del frente unido revolucionario depende de unas normas mínimas de relación y funcionamiento que acerquen y no distancien a los contingentes partidarios de la unidad. Sobre ello también encontramos ricas experiencias a nivel nacional e internacional. Sin un entendimiento erigido en el respeto mutuo de las agrupaciones aliadas no será posible alcanzar la necesaria y eficaz cooperación para proseguir exitosamente la lucha contra la vieja coalición burgués-terrateniente proimperialista que, a pesar de sus disensiones internas, aún cuenta con la iniciativa táctica para mantener, por lo menos durante un determinado periodo, la correlación de fuerzas a su favor. Dentro del frente la contradicción entre la autonomía ideológica y orgánica y la colaboración y acción conjunta indispensables de las diversas organizaciones partidarias, la resolvemos con los métodos democráticos de la consulta y discusión, de la crítica y de la dirección compartida. Siempre hemos creído que el proletariado colombiano no podrá ejercer su papel dirigente de la revolución en la etapa actual, sino a través del frente unido con las otras clases aliadas y mediante la defensa y aplicación en lo organizativo de los principios de la democracia. La intriga, el estilo de los hechos cumplidos, los procedimientos hegemónicos y despóticos, la intromisión en los asuntos internos de los aliados van horadando la unidad y transmutando sin saberlo a los partidos revolucionarios que se distingan por tales conductas en pequeñas bandas fascistoides. Nadie en el ámbito de la revolución se debe sentir aludido por el énfasis que ponemos en estas premisas elementales. Por el contrario, pensamos que el esclarecimiento que se haga al respecto contribuirá a unir a los comunistas auténticos, a los demócratas revolucionarios y a los patriotas sinceros dentro de la poderosa corriente unitaria en movimiento, que aglutinará a la larga el 90 por ciento y más de la población colombiana y se constituirá en la alternativa redentora de Colombia.

El Frente por la Unidad del Pueblo que hemos decidido fundar los participantes del II Foro Nacional de la Oposición Popular y Revolucionaria, pugnará por interpretar fielmente la línea unitaria de las clases y sectores antiimperialistas. La escogencia de Jaime Piedrahita Cardona como máximo personero nuestro en la batalla electoral que hoy abrimos, es otro acierto en la lid en que nos encontramos todos comprometidos por sacar adelante los vitales intereses de la revolución, Durante los últimos años de esta tortuosa marcha, ninguno como él se destacó tanto en el esfuerzo tendiente a facilitar el entendimiento de las fuerzas revolucionarias. Con paciencia, lealtad y tenacidad ha estado siempre dispuesto a mediar e intercambiar puntos de vista, inclusive con quienes, proclamándose conviventes, malgastaron su ingenio en el propósito trunco de desbaratar la ingente labor de rescatar en provecho de la causa popular lo combativo y avanzado de la ANAPO. El lanzamiento de su nombre como candidato presidencial del Frente por Unidad del Pueblo, por lo tanto, no encarnará un impedimento, sino que jalonará la más vasta alianza que reclaman insistentemente los comuneros de la segunda independencia

Quiero, finalmente, recalcar el sentido de unas palabras repetidas con frecuencia por Jaime Piedrahita y José Jaramillo Giraldo, un llamamiento que quedó insertado en la Declaración Política del I Foro del 18 de febrero, algo que el MOIR viene exteriorizando desde hace mucho tiempo y simboliza el más ferviente deseo de los asistentes a este acto extraordinario: el ánimo inquebrantable que nos mueve a agotar los medios a nuestro alcance para que contra la oligarquía lacaya del imperialismo norteamericano haya solo un frente de la izquierda. Continuamos dispuestos a discutir las diferencias con el Partido Comunista y demás organizaciones y personalidades opuestas al régimen, con el objeto de buscar las soluciones positivas para la creación de una alianza única, que aproveche por completo las progresivas dificultades del enemigo común, la coalición liberal-conservadora; que gire tras las metas programáticas de la revolución libertadora; que se rija por normas democráticas de relación y funcionamiento; que no se alinee internacionalmente y que sepa interpretar en los frecuentes disturbios de la ciudad y el campo, la indomeñable voluntad de los sometidos y acallados de levantarse como otros pueblos sobre sus propios pies y decidir su provenir sin intromisión ajena.

¡Viva Jaime Piedrahita Cardona!

¡Viva el Frente por la Unidad del Pueblo!

¡Viva la unión de los oprimidos contra los opresores!

**************** “¿En tan favorable situación cómo vamos, pues, a encarar los revolucionarios el debate electoral? Cuando los politicastros de la reacción han comenzado a hablar contra el hambre y el paludismo, como lo han hecho toda una vida, agregando que estas calamidades del pueblo carecen de color político, ¿nos limitaremos nosotros a referirnos a los efectos, más no a las causas y soluciones de la crisis? De ninguna manera. Desmontemos de una vez por todas este embeleco tan manido. En Colombia el hambre y el paludismo han sido liberal–conservadores”.