LOS DESCALZOS, DESBROZADORES DE LA REVOLUCIÓN

Por Ángel Galeano

Hace varios años tuvo lugar una empresa maravillosa y atrevida, cuyo propósito era ayudar al desarrollo espiritual y material de los pobladores del sur de Bolívar, una zona extensa y rica del Litoral Atlántico, pero abandonada por Dios y por los hombres.

Para ello era imprescindible trasladarse en cuerpo y alma hasta esas lejanías, a cambio de nada. Quiero decir, con la mera satisfacción espiritual y el enriquecimiento cognoscitivo como pago. O sea, a cambio de todo.

Comprometidos en esa utopía, no podían estar sino seres asombrosamente bondadosos. Estudiosos del mundo, escudriñadores de la sociedad colombiana, economistas e ingenieros, médicos y otros abnegados profesionales de la salud, intelectuales..., científicos cuyo grado de conciencia social los liberaba de las supuestas comodidades de la ciudad y sus aplausos.

Yo me uní a ellos por dos razones, además de la formidable atracción de semejante propósito: vi en ese proyecto una puerta abierta hacia mi propio sueño de llegar a ser, no un historiador, sino un cazador de historias, con el fin de escribirlas algún día. La otra razón era que Carmen Beatriz, la mujer más valerosa y desprendida que he conocido, hacía parte de aquella estirpe y su alma se derretía por la causa.

Todos ellos tenían bien definido su trabajo, menos yo. Ser cazador de historias no tiene ninguna importancia para una sociedad ordinaria, pero para aquellos soñadores que habían decidido quitarse los zapatos y hundirse en el barro de esa otra realidad colombiana, sí. Armados únicamente con un pensamiento universal y un corazón inmenso como el cielo que aspiraban a conquistar, ellos se dedicaron a servir a las gentes de Magangué y el sur de Bolívar; a facilitar con sus conocimientos la construcción de organizaciones comunales que abrían caminos y tendían puentes, estimulaban la constitución de’ de cultivadores que pugnaban por mejores precios para el sorgo, el maíz o el arroz, promovían escuelas para niños y centros de alfabetización para los adultos, animaban las juntas campesinas que defendían el derecho a trabajar la tierra y, en fin, abrieron centros de atención médica de alta calidad humana, a través de los cuales realizaban brigadas de salud en la depresión momposina y en las profundidades de La Mojana, en la cuenca del San Jorge y en la desembocadura del Cauca. Dilataban sus desvelos por caseríos inexistentes en los mapas oficiales y estrechaban sus manos a compatriotas jamás censados por Estado alguno. Hombres, mujeres, sobre todo niños, que aún no acceden a la redondez de la tierra, ni a las imágenes de la televisión, que todavía no tienen noticias de la llegada del hombre a la luna, ni la asombrosa tecnología computarizada... Una población donde las luciérnagas son las únicas que alumbran sus esperanzas.

A este proyecto sin precedentes en la historia nacional y que se intentó también en otras regiones del país, llamado por muchos con la gran marcha de los pies descalzos fue al que me sumé yo, renunciando como todos ellos a nuestra ciudad, nuestros padres y hermanos, a los amigos y nuestro empleo... Me fui detrás del sueño supremo, cargando mis propios sueños que empecé a realizar a través de un pequeño periódico cultural, en el cual se daba cuenta del atrevimiento de aquella gesta. Con el respaldo de todos esos descalzos y desde luego con muchos habitantes de la región me dediqué a recolectar libros en Medellín, Bogotá, Barranquilla y otras ciudades, para armar una biblioteca ambulante con la cual recorrí durante varios años la ribera del Bajo Magdalena y trepé hasta la Serranía, aprovechando las brigadas de salud que organizaban los utopistas modernos. La juventud de esos villorrios se transformaba de alegría en las tertulias de la biblioteca ambulante y muchos alborozados, se esforzaban por aprender a leer para saber el desenlace del viaje al centro de la tierra, de los juicios inquisitoriales a Kepler y a Galileo, la suerte de Arturo Coba entre los caucheros del Amazonas o de Aureliano Buendía en Macondo…

(Apartes del discurso pronunciado por el autor el 23 de noviembre de 1994, en la biblioteca Pública Piloto de Medellín, al recibir El Premio Nacional de Cuentos Carlos Castro Saavedra)