Los colombianos decidirán su porvenir sin intromisión ajena


Francisco Mosquera. Tribuna Roja No. 27, agosto de 1977.

“El movimiento unitario que de tiempo atrás vienen gestando las fuerzas revolucionarias colombianas se desplaza a paso de carga, fortaleciéndose cada vez que en su camino, brotan obstáculos artificiales o reales que pretenden vanamente contenerlo y ganando con el transcurrir del calendario en extensión y profundidad… Una política consecuentemente unitaria, que no inventa pretextos para excluir a las organizaciones y personas dispuestas a batallar hombro a hombro con nosotros contra el imperialismo norteamericano y sus lacayos que depauperan y deshonran a Colombia; una política que no florece ni marchita ramilletes de candidaturas presidenciales, según vayan aconsejando circunstanciales intereses de secta, ni sacrifica la gran batalla por el frente único antiimperialista, a cambio del inoportuno y pequeño pleito por aislar a uno o varios partidos susceptibles de contribuir al debilitamiento de los enemigos principales; una política, en fin, que no necesita recurrir a la amenaza ni al halago, porque se halla sólidamente engastada sobre una base inmodificable de principios, por los cuales hemos luchado, hasta generalizar el convencimiento de que la unidad del pueblo únicamente será viable mediante la observancia de tales principios mínimos y definitorios.

… Después de haber hecho conciencia de que su triunfo en esta etapa será fruto de la alianza de todas las clases, sectores y partidos antiimperialistas, ha estado inclinando a su favor la prolongada contienda porque dicha alianza se concrete en tomo a un programa que contemple las reivindicaciones fundamentales económicas y políticas de las diversas fuerzas integrantes del pueblo, y a través de la estricta aplicación de unas normas democráticas de relación y funcionamiento. Los conatos de frentes revolucionarios en Colombia han fracasado o por falta de claridad acerca de los, postulados programáticos o por desconocimiento de la democracia en su organización. Por eso no transigimos cuando se intenta prescindir o socavar estas dos piedras angulares dé la unidad.

Ustedes recuerdan que no hace mucho ciertos grupos de los que prefabrican argumentos para poder combatirnos, nos increpaban injustamente el que no tuviéramos una concepción de largo alcance del frente, sino criterios meramente electorales del mismo. Olvidando esta acusación, algunos de ellos, ante la evidencia de que los plazos de espera se han vencido y de que entramos por la fuerza de los días en el terreno de las definiciones, nos han propuesto a última hora que elaboremos una simple plataforma programática electoral, sin pretensiones estratégicas, a la cual nos sumemos todos e impidamos la división de la izquierda. Es decir, que se merme el programa para que se engrose el frente. ¿Cuáles serían los objetivos de semejante avenimiento? Batallar contra la carestía, contra el desempleo, contra el hambre, contra el analfabetismo, contra el estado de sitio, contra las reformas oligárquicas y en pro de una que otra reforma progresista. En una palabra, que utilicemos el debate electoral para arremeter primordialmente contra los efectos de la crisis de la sociedad que agoniza y silenciemos las causas y las soluciones revolucionarias de aquélla. Triste papel para una revolución que además de ir a elecciones manipuladas por sus enemigos y de someterse por su relativa debilidad a comicios cuyas reglas de juego son la negación misma de la democracia, renuncia voluntariamente a la única ventaja que le reporta la lucha electoral, cual es la de educar y organizar al pueblo con las explicaciones justas concernientes al origen de todos los males de la nación y de las masas, sin dejar de condenar concretamente a los beneficiarios y sustentadores del orden caótico y despótico que languidece, y sobre todo con la propaganda y agitación de las transformaciones revolucionarias que pide y permite el desarrollo social del país”.