MESA REDONDA SOBRE LA MUJER

Para esta primera mesa redonda de Tribuna Roja convocamos, después de una difícil selección, a seis camaradas del Partido. Pensamos que esta media docena de compañeras ejemplifica a millares de sus iguales, en cuanto a su posición de clase, su papel como revolucionarias, su vinculación a la producción y a las masas, e incluso en cuanto tiene que ver con su procedencia y su generación. Por ejemplo, Silvia Julio, campesina rasa de Córdoba, vino desde Montelíbano, región en la que se ha sumado en varias ocasiones a las peleas de los labriegos por la tierra. Néstar de Ferrer, como Silvia, casada y madre de varios hijos, llegó de Barranquilla, ciudad en la que preside combativamente el sindicato de educadores del Atlántico y es ex candidata al Concejo Municipal. Ligia Villamil, esposa del dirigente del MOIR, Avelino Niño, reside en Bogotá, en donde muestra una valiosa trayectoria como cuadro político y como directiva del sindicato de vendedores ambulantes Sinucom. Tres de las citadas a esta reunión, Amparo España, Marcela Cuéllar y Gloria Guerrero, caracterizan a las jóvenes que han abandonado las comodidades de la ciudad para irse a servir a las gentes de caseríos y veredas.

Amparo, de Bucaramanga, estudiaba abogacía cuando se sumó a las batallas estudiantiles de la década del 70. Al ser expulsada de la Universidad de Antioquia resolvió viajar a Urabá a colaborar con los habitantes de esa zona. Marcela, de Bogotá, también dejó su carrera de sociología para fundirse con las masas laboriosas de pequeños pueblos en Atlántico, inicialmente, y luego con los tabacaleros de El Carmen de Bolívar. Gloria, graduada en odontología, cerró el gabinete en la capital y lo trasladó a Tibú, para prestar sus servicios a esa necesitada población petrolera.

Leamos, pues, las opiniones de estas ejemplares militantes, sobre los cinco puntos en los que se dividió este foro:

La discriminación en el trabajo T.R.: Empecemos con sus experiencias acerca de la situación de la mujer en el trabajo.

Néstar de Ferrer: Yo me voy a referir al sector donde se desarrolla mi actividad. Trabajo desde hace 26 años en el magisterio del Atlántico, y me he dado cuenta que el personal docente del país está conformado en un alto porcentaje por mujeres, y creo que ello se debe a los salarios, que en la educación se caracterizan por ser muy bajos, y también a la idea que se tiene en la sociedad de que la mujer encaja en la profesión docente mejor que en otros campos. A lo largo de este tiempo he vivido muchas experiencias, especialmente en las luchas reivindicativas que enfrentamos. Al comienzo, la mujer se siente cohibida para participar en ellas, pero poco a poco su papel va siendo más importante. En el magisterio ha habido una evolución: hoy ya no nos pueden engatusar como lo hacían hace veinte años, diciéndonos que somos “apóstoles” y que no debemos pensar en el salario. Aunque nos esmeramos en nuestra labor formadora hemos comprendido que somos explotados y hemos logrado organizar un movimiento sindical fuerte, cuyos afiliados tienen una mentalidad nueva de altiva defensa de sus propios intereses.

Cuando nosotros comenzamos a manifestarnos como Partido, se entabló una batalla entre las ideas tradicionales y las revolucionarias que proclamábamos. Inicialmente se nos tildó de monstruos y destructores de sindicatos, se dijo que íbamos a acabar con todo lo que había (que por cierto era muy poca cosa) y hasta hubo gente que nos quitó el saludo. Pero gracias a un trabajo paciente y constante, de dos compañeras que éramos, pasamos a convertirnos en una fuerza cualificada, demostrando la falsedad de las calumnias y abriendo un camino nuevo para la organización.

Se ha presentado el caso de que a las mujeres se les intimide con el despido si no satisfacen los requerimientos sexuales de sus superiores. Contra tales abusos libramos una lucha frontal, e hicimos entender a las compañeras que no están allí porque un político les haya conseguido un puesto, sino porque estudiaron para ello y están desempeñando bien su labor y vendiendo su fuerza de trabajo.

Existen otros aspectos por los cuales aún tenemos que combatir. La capacitación es uno de ellos. No obstante que el gobierno, para los ascensos en el escalafón, establece el requisito de haber tomado cursos, estos casi no se programan; y a las mujeres, por la función del hogar y de los hijos, nos es más difícil asistir a los pocos que se dictan. Como en la práctica no existen guarderías oficiales que nos alivien un poco de esos deberes, logramos que el Concejo de Barranquilla nos cediera un terreno donde el sindicato proyecta construir una. El otro aspecto es precisamente la asistencia social, que nos es casi negada; la licencia por gravidez por ejemplo, no la están pagando. Esto hace que muchas maestras ni pidan, pues les significaría no recibir alguna remuneración durante la misma.

T.R.: Hablemos ahora de las condiciones en que trabajan las vendedoras ambulantes. Ligia Villamil: En nuestro sindicato también existe una mayoría de mujeres, compañeras que se destacan en el surgimiento de la organización y que siempre han intervenido en las luchas que hemos librado. Las mujeres dedicadas a la venta ambulante viven una situación muy difícil; a muchas les toca estar todo el día en el puesto con sus pequeños; y aparte de ello padecen las golpizas brutales que la policía protagoniza sin respetar la edad ni el sexo de la gente. Hasta los niños son encerrados en sitios especiales mientras las madres pagan 24 horas de cárcel por no tener licencia o por cualquier determinación arbitraria. Pero precisamente debido a la represión, nuestro gremio se ha templado. Las mujeres no le temen a nada; defienden su derecho al trabajo, incluso físicamente, y participan en la dirección del sindicato con entusiasmo. También han incrementado sus actividades en la política. Desde hace varios años nosotras celebramos con actos especiales el 8 de marzo, día internacional de la mujer obrera. Nuestro comité femenino elaboró una pancarta en homenaje a Manuela Beltrán, por lo que ella tuvo que ver con nuestro oficio. Y en el acto de las mujeres del FUP se hicieron presentes más de 400 vendedoras, entre las 30 compañeras indígenas del Putumayo, con sus hijos.

Las vendedoras ambulantes, que son cerca del 80% del total de las personas dedicadas a este trabajo, no tienen ningún tipo de protección; normalmente, y después de una jornada muy larga, a una señora le quedan apenas 250 ó 300 pesos para ella y sus hijos. Cada vez que tiene que atender asuntos de su casa, o ir al hospital, o por cualquiera otra ausencia obligada, pierde ese dinero. Es por ello que se puede ver, en algunos casos, a niñas de siete años reemplazando a sus madres en los puestos de venta. Por otra parte, lo que mencionaba Néstar acerca de los chantajes se da muy frecuentemente. Todo tipo de autoridades quiere aprovecharse de la condición de mujer de las vendedoras, ya sea para otorgarles una licencia, no imponerles un día de cárcel, o cualquier otra gestión. Pero ya existe una solidaridad y una firme actitud de rechazo a esto.

T.R.: ¿Y cómo realizan sus labores las mujeres del campo? Marcela Cuéllar: En la zona central del departamento de Bolívar las mujeres tienen que cumplir no sólo las tareas domésticas, sino también muchas de las faenas del cultivo y procesamiento del tabaco. A veces se divide el trabajo entre marido y mujer, pero en la mayoría de los casos las campesinas atienden ambos frentes, y esto desde muy temprana edad. Ya a los seis años, las niñas suplen a sus madres en el cuidado de los hermanos menores. En los quehaceres del tabaco, las campesinas tienen jornadas agotadoras y mientras que a los hombres les pagan un salario fijo, a ellas en muchos casos las remuneran según lo que produzcan. Por otra parte, las compañías tabacaleras no vuelven a recibir a quien quede embarazada. Muchas compañeras se enferman de los pulmones y no hay servicio médico. Además, viven endeudadas pues tienen que acudir a los préstamos para todo.

T.R.: ¿Las niñas también participan en la producción? Marcela Cuéllar: Aunque las compañías no las ocupan directamente, tienen una serie de sucursales donde, a través de intermediarios, enganchan niños y niñas que deben laborar hasta doce horas al día por un salario menor. De manera que en esta zona la mujer trabaja infatigablemente durante toda su vida. Esto hace que a veces sea ella quien sostiene la familia, mientras su esposo atiende la casa. En el otro extremo están las mujeres que sólo se dedican a los menesteres domésticos, que se aíslan y se consumen en el atraso. Las otras, las que están vinculadas a las ligas campesinas cumplen un papel muy destacado, son combativas, desempeñan tareas de organización y propaganda y han entrevisto la posibilidad de una sociedad nueva por la cual realizan sacrificios y luchan con entusiasmo.

T.R.: ¿Y en la zona bananera de Urabá? Amparo España: Sólo las mujeres que han firmado contrato a término indefinido con las empresas logran algunas reivindicaciones, pero la mayoría está a término fijo, especialmente en el empacado en las fincas, y eso en los días en que hay embarque. Estas compañeras devengan un salario menor que el mínimo y su jornada empieza a las cuatro de la mañana; no cuentan con servicios médicos, auxilios de maternidad, ni nada. Mientras ellas trabajan, sus hijos prácticamente viven dentro de una cajón hasta cuando puedan caminar. En general las trabajadoras provienen del Chocó, y existe discriminación contra los negros.

Después de una relativa bonanza mucha gente se ha arruinado, y en la actualidad la región pasa por una aguda situación de hambre y de miseria. Entonces, como no existen muchas fuentes de ocupación, hay un gran número de vendedoras de “chance”. Pero lo que deja tal actividad no les permite atender a sus necesidades. El desempleo es una de las causas de la extendida prostitución que se da en Chigorodó, Apartadó y Turbo.

T.R.: ¿Qué nos cuenta Silvia sobre las campesinas de Córdoba? Silvia Julio: En el municipio de Montelíbano los campesinos vivimos sometidos al poder de los latifundistas. Hay mujeres que acompañan a sus maridos a los campamentos, los cuales deben cuidar; también que cocinarle a una cuadrilla de jornaleros y hasta lavarles los pies a los terratenientes, pero no les reconocen ni un centavo por ello. Muchas otras, metidas todo el día en la casa, tampoco encuentran oportunidad de recibir ingresos; si acaso, hacen empanadas para que los hijos las vendan por la calle. Los hombres, sometidos a la crueldad del sistema explotador, desfogan muchas veces su ira contra su mujer, y cuando los políticos liberales y conservadores compran votos por una libra de carne o de arroz, es con el jefe de la familia con quien negocian el voto de todos sus miembros. Pero algunos van viendo una salida diferente al entender su situación de explotados, inclusive las mujeres.

Pocas compañeras laboran en centros de salud y escuelas, o se emplean en tiendas y en campamentos. Las más atienden a los hijos; son esclavas del hogar, viven en el atraso y la ignorancia.

T.R.: Falta escuchar a Gloria. Gloria Guerrero: Profesionalmente en mi calidad de odontóloga, he tenido buenos resultados. Se trata de una actividad independiente, que se ha generalizado además entre las mujeres. Tengo en Tibú un consultorio al cual se acerca bastante gente. Sin embargo, de lo que me interesa hablar es de la situación de las mujeres de ese lugar. Allí, como en tantos centros petroleros y de colonización, la mitad del pueblo son cantinas y hay mucha prostitución, lo cual es producto, como decía anteriormente Amparo, de la falta de oportunidades de trabajo y de la miseria. Es otra forma de explotación.

Por otra parte, las esposas de los petroleros no están vinculadas a ninguna actividad productiva. Se mantienen en sus casas, a excepción de unas pocas dedicadas al magisterio, a la compañía petrolera o al comercio. No obstante, es notorio el interés de muchas de ellas por trabajar; lo que sucede es que no encuentran en qué. Se ve casi a diario, cuando llega personal nuevo, que por más inquietudes de superación que tenga una mujer, termina condenada a las faenas hogareñas y al chisme.

Sin embargo, las mujeres han demostrado su rebeldía. Durante la pasada negociación del pliego de peticiones se conformó un comité femenino integrado por las esposas de los obreros, algunas trabajadoras de la empresa y otras compañeras. Realizamos muchas actividades, y el 1° de Mayo, pese a que un sector de la junta directiva del sindicato se oponía a realizar una marcha, pues juzgaba que no había condiciones, salimos unas 300 mujeres y 20 compañeros. Nos dijeron que debíamos desfilar en silencio, pero recorrimos el pueblo gritando a pleno pulmón y todo el mundo tuvo que reconocer que fue un acto muy bueno.

La vinculación a la actividad revolucionaria

T.R.: En los últimos años se ha hablado insistentemente de la vinculación de la mujer a la política. Néstar de Ferrer: Ha habido mucha demagogia oficial en lo concerniente a las mujeres que ocupan cargos públicos. Invariablemente, tales personas pertenecen a las clases dominantes. Otra cosa es la participación femenina cada vez más grande en la lucha política revolucionaria. Ya se va comprendiendo que el papel de ama de casa no le permite a nadie realizarse. Ello posibilita que compañeras se vinculen a las acciones de masas, vayan a asambleas sindicales y concurran a huelgas y manifestaciones. Incluso hay algunas que ya se atreven a hablar en público. Para que esto ocurriera hubo que vencer la resistencia de la tradición de la familia, manifiesta en actitudes como las de ciertas señoras que, por ejemplo, cuando uno llega a venderles Tribuna Roja, dicen que el que lee esas cosas es el marido.

Amparo España: En el país la injerencia de la mujer en la política es aún muy reducida, pero cada vez va siendo más notoria. Y lo importante es que no se limita a los partidos tradicionales. En los paros que tuvieron lugar en Urabá durante el gobierno de López, la presencia de las mujeres fue muy amplia. Durante unos de esos movimientos se conformó un comité femenino que programó una marcha; el ejército y la policía quisieron impedirla, pero las compañeras dijeron que primero pasaban por encima de sus cadáveres. Hubo enfrentamientos y varias de ellas fueron detenidas. Todas las demás invadieron el comando militar y no salieron de él hasta cuando soltaron a la última.

Ligia Villamil: Entre las vendedoras ambulantes se nota una creciente preocupación por los diversos aspectos de la política. Al enfrentar la lucha en las calles, por otra parte, ellas se han dado cuenta de su capacidad de combate. Y ya existen, incluso, compañeras que han dejado el puesto de venta para dedicarse a la labor política.

Silvia Julio: En el campo por lo general son los hombres quienes sostienen la pelea, pero nosotras debemos romper esa muralla para poder enfrentar el yugo de los terratenientes. En Montelíbano hay mujeres que me preguntan qué política tengo y por qué. Yo les digo que para salir de la explotación y la miseria uno debe ser revolucionario, y que las mujeres estamos obligadas a contribuir a la lucha.

T.R.: ¿Cómo se vincularon al MOIR? Marcela Cuéllar: Comencé en la universidad. Si me resultó difícil fue por las concepciones idealistas que profesaba entonces. Poco a poco las enseñanzas partidarias me quitaron las telarañas de la cabeza y fue así como decidí trasladarme al campo. Ese inicio significó también una cantidad de dificultades; sin embargo, pocos meses después de estar en Sabanalarga se presentó una pelea en demanda del servicio de agua y entonces la gente supo quien era la “cachaca” que andaba por allá. Posteriormente, en El Carmen de Bolívar, fundamos una escuelita. Ese trabajo, unido a las brigadas de vacunación nos ha acercado a los campesinos.

Ligia Villamil: A mí mis padres me casaron a los quince años. Luego de tener dos niños dejé a mi marido; quería romper con todo lo que me asfixiaba, y entonces me vinculé a un sector de extrema “izquierda”. Me acogí a lo primero que encontré porque no aguantaba los malos tratos. Posteriormente pude analizar el desenvolvimiento de la revolución colombiana y conocí el Partido. Desde ese momento he estado en capacidad de colaborar en el proceso de politización de varias compañeras, y estoy plenamente de acuerdo en que, por encima de las complicaciones, la militancia revolucionaria proporciona invaluables experiencias.

Néstar de Ferrer: En mi casa se hacían reuniones del Partido y de vez en cuando yo daba opiniones sobre lo que estaban hablando. A medida que me fueron tomando en cuenta me interesé y empecé a participar de la vida organizativa. Nunca fui conformista. En el magisterio siempre combatía al lado de quien fuera, sin mayor reflexión, porque veía que nuestra situación no era buena. Con la militancia comprendí que también la pelea debía tener un enfoque correcto, lo cual me permitió debatir en el seno del sindicato con mayor seguridad y capacidad para dar en el blanco.

Amparo España: Ingresé al MOIR hace unos diez años y dicho paso fue decisivo en mi vida. La militancia me salvó, no alcanzo a pensar que sería de mí si no estuviera en el Partido. Me parece que no afronté tantas dificultades como otras compañeras, aunque naturalmente a mis padres no les gustó nada que una hija suya fuera revolucionaria. El asunto se complicó cuando me expulsaron de la universidad y la noticia salió por la prensa. Afortunadamente las luchas que una libra al comienzo, tanto consigo misma como frente a la familia y al medio, se empequeñecen después.

Gloria Guerrero: Para llegar a la militancia la mayor resistencia que tuve que vencer fue, como en el caso de tantas compañeras, la de la familia. Mas cuando terminé la carrera de odontología y logré independencia económica, las condiciones para mi trabajo político fueron más favorables. Claro que al vincularme con el pueblo enfrenté múltiples dificultades y tropiezos, especialmente por mi condición de mujer, pero de esa manera también aprendí a ser paciente. Esa paciencia es indispensable para poder avanzar. Si se actúa conforme al desarrollo de las condiciones del país y se lleva adelante de manera honrada la política del Partido, no tiene por qué dudarse de la capacidad ni de la victoria. A veces se cometen errores y existen deficiencias, que hay que reconocer y aprenden a superar. Y a veces se cree que es mejor disfrutar de tranquilidad, pero esa supuesta tranquilidad es generalmente ignorancia y conformismo.

T.R.: ¿No estarán exagerando con las dificultades? Marcela Cuéllar: De ninguna manera. Nos fue preciso derrotar prejuicios y malentendidos. Sin embargo, cuando la gente ve que el cuadro femenino, además de difundir tesis y organizar a la gente, está dispuesto permanentemente a colaborar en la solución de los problemas cotidianos y comparte esos problemas, es decir, cuando se ve su adaptación a la zona, las masas respetan el trabajo y asimilan lo que se les planeta. Así es como yo he aprendido a hacer política.

Ligia Villamil: En los sectores populares de las ciudades sucede algo similar. En San Victorino, por ejemplo, donde se concentran numerosos vendedores, a mí me ha tocado salvar infinidad de obstáculos. En ocasiones, para no ofenderlos, ha sido necesario aceptar tomar cerveza con grupos de ellos, lo que me ha brindado oportunidad de conocerlos mejor e iniciar el trabajo político. Aunque en un principio las esposas de los compañeros no comprendían muy bien mi actividad, la constancia siempre vence, y he logrado con el tiempo vincular a los actos y a las reuniones también a varias de ellas.

Amparo España: Fuera de los centros urbanos se vive en otro mundo. En un comienzo, como dice Marcela, parece imposible adelantar cualquier labor. Al ponerse en contacto con la gente del campo se palpa que la actividad partidaria, a la que una se había acostumbrado en la ciudad, rodeada de ciertas comodidades, es muy diferente, mucho más ardua. En general, sólo dentro de las masas se llega a conocer la trágica situación del país, esa que hay que cambiar y revolucionar.

Néstar de Ferrer: A pesar de todo pienso que la condición de mujer no debe ser un obstáculo para que nosotras hagamos aportes a la revolución. Y eso es posible sostenerlo históricamente, pues ahí están los ejemplos de Manuela Beltrán, Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos y tantas otras. Hoy en día conocemos a las compañeras que se han ido a distintos lugares a decirle al pueblo colombiano que podemos y debemos hacer de nuestra patria algo digno. En el MOIR ya hay ejemplos que han puesto en alto el aporte de la mujer en las artes, en las universidades, en los sindicatos, en el campo.

T.R.: Silvia, ¿qué enseñanzas o satisfacciones le ha dejado en particular su militancia revolucionaria?

Silvia Julio: Estoy orgullosa de ser una militante campesina, pues he visto que como revolucionaria he cambiado mucho, he crecido como persona y me siento segura de que vendrá un futuro mejor. Eso ni lo imaginaba antes. Hoy estoy convencida de que las mujeres campesinas debemos participar en la revolución y que es mucho lo que aprendemos y lo que podemos contribuir al progreso de la lucha. El Partido me ha enseñado a pelear por la tierra que acaparan los terratenientes y no la ponen a producir. En esa batalla tomamos parte las mujeres y los niños al lado de los hombres, y todos hemos aprendido a persistir en nuestro objetivo. Yo he tomado parte en invasiones en las que, si el terrateniente lleva a sus matones y tumba las chozas por la tarde, a la mañana siguiente están levantadas de nuevo. Las campesinas tenemos el valor de enfrentar la represión y de hablar claro sobre la necesidad de hacer la revolución para que las cosas cambien de verdad.

T.R.: ¿Y a usted, Amparo?

Amparo España: En la zona donde trabajo estamos varias compañeras, y siempre hemos contado con el apoyo y la orientación del Partido. Porque no valemos por ser mujeres simplemente, sino por el esfuerzo que cada una realiza. Progresivamente asumimos responsabilidades mayores, y esto marca un importante contraste con los sectores pequeño-burgueses que al agitar la bandera del feminismo, se limitan a atacar a los hombres, sin desarrollar una labor constructiva en la tarea de transformar la sociedad. Para la mujer, el echar sobre sus hombros más obligaciones y el ocupar cargos de conducción, han de ser fruto de la superación y de la habilidad para solucionar los problemas, y no derivarse simplemente de un reconocimiento gratuito a su calidad de mujer.

T.R.: ¿Creen ustedes que tal actitud predomina?

Néstar de Ferrer: Yo considero que en general los compañeros revolucionarios no se oponen a que una mujer que trabaje se responsabilice de un frente. A mí, por el contrario, me aterroriza que me crean más capaz de lo que en efecto soy; procuro cumplir modestamente con mis crecientes deberes partidarios. En el magisterio, donde hay tanta gente de valía que espera algo de nosotros, comprendo que nos falta mucho por recorrer y que tenemos que esmerarnos aún mas para colocarnos a la altura de las apremiantes circunstancias del país y de las justas aspiraciones de nuestro pueblo. Pero de todas maneras la formación de los cuadros depende de la madurez de la vanguardia proletaria, de su consistencia ideológica y de su táctica consecuente.

Ligia Villamil: En lo que a mí respecta, tampoco me he sentido nunca discriminada por los camaradas, y he recibido responsabilidades. Recientemente tuvimos las mujeres del FUP una experiencia aleccionadora. Se conformó un comité para atender, como ya dije, un acto femenino con Consuelo de Montejo, y el trabajo no solamente fue satisfactorio para todas, sino que además nos permitió estrechar lazos entre compañeras. Nos dimos cuenta de que discutíamos acerca de la política y de la situación nacional con los hombres, pero raras veces entre nosotras. A partir de entonces vislumbramos la necesidad y la importancia de organizar a las mujeres por sus intereses específicos, no sólo en nuestros frentes sino nacionalmente también.

Marcela Cuéllar: Hay un tema que me inquieta, alrededor de la problemática de la mujer. Se trata del machismo. Me gustaría que habláramos de eso.

T.R.: Plantéelo.

Marcela Cuéllar: Por mi experiencia en la Costa, puedo decir que allí el machismo es bastante acentuado. En la relación familiar, el hombre se da el lujo de tener varias mujeres y su esposa lo tolera. Hay hombres que viven con tres o cuatro, pero para el común de las gentes eso no representa problema alguno. Existen quienes han echado al mundo quince o veinte hijos, yo conocí incluso a un señor que se ufanaba de haber engendrado 62, sin jamás pensar en el futuro de estos muchachos. En alguna ocasión discutí con una compañera y le pregunté por que no se separaba del esposo, quien además de tener otras mujeres, la trataba a insultos y golpes. Ella sencillamente me argumentaba que no podía mantener a sus cuatro niños.

Néstar de Ferrer: El machismo no se manifiesta sólo en el hecho de que los hombres tengan varias mujeres, sino en que tratan de poner siempre por delante que mandan en la casa. Con ello justifican todo tipo de arbitrariedades, tanto contra la mujer como contra los hijos. Una maestra, madre de cinco menores, casada con uno de esos esposos que vive diciendo “yo aquí soy el hombre y usted tiene que respetarme”, pedía que le buscara alojamiento como celadora de una escuela para poder librarse de él, pues ya no lo resistía. Este señor llegaba a la casa y sin más ni más, si ella estaba lavando ropa y se le quemaba la carne, por ejemplo, la levantaba a golpes. Pero es que después se ponía a conversar por teléfono con la otra y, cuando su esposa se acercaba, enojada con toda razón, le decía que no fuera maleducada, y que no escuchara cosas ajenas. Y eso que el no paga las cuentas del teléfono. Este es un caso aislado; se trata de algo común y corriente. Claro que, analizando las cosas, no es ni siquiera culpa del hombre, que se está también explotado y alienado. El responsable es el sistema en el cual vivimos, que lo conduce a pensar y a actuar de esa manera.

El obrero tiene que liberarse de estos comportamientos, característicos de la burguesía. Generalmente el marido actúa así y la mujer tiene que someterse por la dependencia económica. La casa, si es propia, suele pertenecer a quien hace las veces del jefe del hogar, y cuando la esposa quiere separarse queda condenada a la calle.

El orden establecido en Colombia está diseñado, por así decirlo, para aislar a las mujeres de la producción social, y si las cosas continúan de esa manera nos seguirán considerando igual que ciudadanos de segundo grado. Por otra parte, a la mujer la educan para depender del hombre, para que aprenda a obedecer y a resignarse; al hombre lo educan para que la mujer dependa de él, y le enseñan a mandar y a ser el amo en su casa. A la una le inculcan desde niña el sentimiento de que su destino es someterse, y al otro le explican desde muy pequeño que por el simple hecho de haber nacido hombre puede, y debe, avasallar al sexo opuesto. Todo lo anterior se lo hacen creer a la gente desde cuando empieza a conocer las primeras letras del abecedario.

La descomposición de la familia

T.R.: Gloria, pasando a otro tema ¿Hay descomposición de la familia en la región?

Gloria Guerrero: El fenómeno no es acentuado debido a la existencia de un sector importante de obreros petroleros que logran mantener cierta estabilidad en su trabajo y en sus entradas. En el campo el panorama es diferente puesto que a los campesinos no les alcanzan con lo que producen. Sin embargo, los labriegos al llegar a los sitios de colonización civilizan un buen pedazo de tierra y, en un momento determinado, están en condiciones de darle una apariencia a un yerno o a un hijo para que la cultive.

T.R.: En los lugares de colonización la familia sí se descompone porque los ingresos, como usted acaba de decirlo, no permiten subsistir. Situémonos en la época de la colonización antioqueña. Los campesinos se iban a tumbar montes con sus esposas e hijos, creaban sus haciendas y tenían periodos de relativa prosperidad. Estos hombres ayudaron a forjar el país. Hoy no deja ninguna ganancia el domar la montaña y crear los fundos. Los desposeídos de hoy llegan demasiado tarde a la aventura de la colonización. El factor fundamental para esta crisis es el económico; los puestos de producción y las relaciones del mercado sacan al labriego de la competencia. Un machete, por ejemplo, le cuesta al campesino muchas más horas de trabajo que antes. Además, las zonas de colonización están ubicadas en selvas demasiado aparatadas e inhóspitas, las condiciones son durísimas. No es que se descomponga la familia, sino que muchas veces el colono no consigue, pues no convence a ninguna compañera para llevarla a vivir de manera tan inhumana. Los hijos de aquellos colonos tampoco logran organizar un lugar y emigran a la población más cercana a engrosar el desempleo. Ahora bien, quisiéramos preguntarles: ¿Esos jóvenes emigrantes que llegan a callejear todo el día como “vagos de pueblo” consiguen constituir una familia?

Gloria Guerrero: Pensándolo mejor, es verdad lo que usted comenta. Para los jóvenes campesinos que caen al pueblo sin empleo resulta supremamente complicado fundar un hogar. Conozco también el caso que las esposas de los colonos abandonan a sus maridos porque el hambre y la miseria se tornan insoportables. E incluso los mismos campesinos se ven obligados a renunciar a su aspiración de poseer finca propia, debido a que no aguantan solos el ritmo de la faena. Toda esta descomposición obedece en últimas a las penurias económicas.

T.R.: Marcela, ¿y al respecto qué nos cuenta usted?

Marcela Cuéllar: Voy a citar un ejemplo para ilustrar la situación. A orillas de la represa del Guájaro, en el Atlántico, se formó una serie de caseríos de pescadores. Al poco tiempo el Inderena prohibió la pesca, quitándoles a esos compañeros su único medio de subsistencia. Cuando yo visité el lugar me llamó la atención que sólo veía mujeres. ¿Y los hombres?”, pregunté “No tuvieron más salida que irse para Venezuela”, fue la respuesta. Esto es muy generalizado en los municipios de la Costa. Padres e hijos se han ido y muchas veces nadie sabe donde están. En El Carmen de Bolívar, para referirme a otro caso, cuando termina la cosecha del tabaco los hombres se van y dejan a sus mujeres, que son las que trabajan en las compañías, alisando la hoja. Algunas comentan que el marido regresa sólo de visita, para pedirles el dinero que han ganado con el sudor de su frente.

T.R.: Néstar, ¿juzga usted que se está o no desintegrando la familia en la Costa?

Néstar de Ferrer: Se ha descompuesto porque las formas de vida y de trabajo en esa región son muy adversas. Los padres se ven obligados a abandonar a sus hijos. En Barranquilla, entre la gente pobre, las mujeres salen de al casa a buscarse el diario, y los maridos, como no encuentran ocupación en las fábricas, se convierten en vendedores ambulantes, perseguidos por la policía. Entonces, realmente, los niños no tienen familia.

T.R.: ¿Se registra dentro del magisterio de la Costa Atlántica algo parecido?

Néstar de Ferrer: Recuerdo que hace veinte años una maestra podía tener 4 ó 5 hijos. Si limitarlos es una demostración de la descomposición, sí está presentándose el fenómeno en el magisterio. Además, las educadoras, por necesidad, han de aceptar los nombramientos en municipios apartados, a donde no hay cómo llevarse a los hijos.

T.R.: No es claro lo que usted está diciendo. ¿Por qué el limitar el número de hijos, o el que vivan los esposos separados temporalmente, es una prueba de la descomposición de la familia?

Néstar de Ferrer: La familia la constituyen la madre, el padre y los hijos. Si no pueden estar juntos, pues la familia se rompe.

T.R.: Pero si un trabajador se va para otra zona durante seis meses y regresa a su hogar, reconoce a su misma esposa y la sostienen económicamente, ¿lo llamaríamos ruptura de la familia?

Néstar de Ferrer: No me refiero a ese caso. Yo digo que por lo general el marido que se va nunca vuelve al hogar que ha dejado, lo cual es muy común.

T.R.: Ligia, ¿cómo se aprecia dicho problema en el sector de ustedes?

Ligia Villamil: También tenemos con frecuencia el caso de mujeres que abandonan a su esposo y se vienen del campo, con uno o dos de los hijos. La causa es siempre la misma, las dificultades económicas, que la parcelita ya no daba y que el único camino fue venirse a la ciudad, en busca de la comida. Como se les cierran todas las puertas, se dedican a la venta ambulante. Instalan un puesto de cigarrillos o de confites y, en el mejor de los casos, dejan a los pequeños en las guarderías. Si viven con su esposo no se les disminuyen los conflictos. En este gremio el hombre piensa mucho que la mujer es de la casa y tienen que pelear consigo mismos para aceptar que ella esté en la esquina todo el día vendiendo.

T.R.: Y referente a la cuestión de los hijos, ¿qué opinan?

Ligia Villamil: Tener hijos, ser madre, no es la realización máxima de la mujer; puede emprender otras cosas más grandes.

T.R.: Hay muchas satisfacciones y tareas en la vida, es verdad. Pero obviamente la procreación es una de las necesidades vitales de la especie humana. De ahí que nosotros luchemos por una sociedad en la cual tener un hijo no sea una carga, como sucede en la actual.

Ligia Villamil: Es cierto, pero no como único objetivo. Si a mí se me pone a elegir entre el Partido y mi familia, lo pienso y trato de arreglar las cosas de manera que los hijos no vayan a ocasionar problemas, pero en últimas me voy con la revolución y el Partido.

T.R.: ¿Cree entonces que no es un anhelo de la mujer la procreación, que no obedece a una necesidad fundamental?

Ligia Villamil: Claro que es natural y necesaria, pero evidentemente la sociedad la obstaculiza. Se debe tener los hijos por los que se esté en condiciones de responder.

T.R.: ¿Y una persona pobre cuántos hijos lograría mantener?

Ligia Villamil: Realmente no es fácil hacer el cálculo. Si en esta época digo que voy a criar dos, más adelante no me atrevería a decir lo mismo porque toda va cambiando y poniéndose más difícil. He oído comentar que en este momento debe concebirse como máximo un hijo.

T.R.: ¿Piensa usted que un desempleado puede alimentar y educar a un hijo?

Ligia Villamil: No. La situación económica no se lo permite.

T.R.: ¿Y en el caso de los cuadros revolucionarios?

Ligia Villamil: Hace seis años no le vi impedimento al hecho de ser madre, pues no comprendía a cabalidad sus implicaciones. Luego, ya vinculada al Partido y cargada de responsabilidades políticas, analizo las cosas de otra manera. Ahora me esfuerzo por que los hijos no se conviertan en un obstáculo para mis labores militantes.

T.R.: ¿Atraeríamos a las mujeres divulgando el criterio de que los hijos no son una realización para ellas?

Ligia Villamil: Nos aislaríamos porque significa entrometernos en un asunto grave, íntimo. Es similar al tema de la religión, hay que respetar al máximo las creencias. Yo no debo decirle a una trabajadora que no tenga hijos, sino aprovechar la crisis y la disolución de la familia en Colombia para hacerle conciencia de las calamidades que vivimos.

Gloria Guerrero: En realidad las condiciones materiales ya no permiten ni siquiera los hijos. Para las mujeres que salen a trabajar son una traba. Por eso la solución de las guarderías contribuiría a remediar tan dramática contradicción.

T.R.: ¿Están de acuerdo con el control de la natalidad?

Néstar de Ferrer: Considerando todo lo que hemos planteado, el control de la natalidad sirve para tener solamente los hijos que se esté en capacidad de sostener. No obstante creo también que el gobierno ha querido imponer este control para quitarse de encima parte de sus responsabilidades. Mientras menos habitantes, menos escuelas y menos hospitales que construir.

T.R.: ¿Pero es usted partidaria, sí o no, del control natal?

Néstar de Ferrer: Sirve para evitar los hijos que no se alcance ni a educar ni alimentar.

T.R.: ¿Y Ligia?

Ligia Villamil: Me identifico también con esto. Aunque ha de dársele a la mujer la oportunidad de escoger el método que más le convenga, a fin de evitar cualquier daño físico. Lógicamente, en este sistema no lo vamos a conseguir. Por ahora nos toca utilizar los métodos que nos imponen para llevar a cabo la planificación familiar.

Gloria Guerrero: Respaldo plenamente el control natal. La mujer, que está de por sí impedida para cumplir un papel útil en la sociedad, cuanto más se llene de hijos, menores serán sus oportunidades.

La lucha por los derechos democráticos

T.R.: ¿Considera usted el control de la natalidad un derecho?

Gloria Guerrero: Claro, es un derecho de la mujer, porque es ella la que se embarca en el problema. Lo que pasa es que, en la realidad, ni el Estado ni nadie se lo asegura.

Néstar de Ferrer: Es un derecho, y de la mujer. Debería garantizarse que lo pueda utilizar cuando y como lo estime conveniente. Creo que la confusión que reina con respecto a ello se debe fundamentalmente al interés de ciertos sectores afanados por no permitir que las mujeres conozcan a fondo los distintos aspectos del control natal. Eso pesa indudablemente sobre el criterio acerca de la procreación. La falta de información y los prejuicios que existen sobre el tema, impiden el acceso de la mujer a los avances científicos que pueden permitirle elegir libremente si controla o no el número de nacimientos.

T.R.: ¿Aprueban el divorcio?

Néstar de Ferrer: Aquí la gente está divorciada desde hace rato. Se casa o se descasa cuando le provoca, o cuando las necesidades la acorralan. No es necesario que se haga tanta alharaca diciendo que se va a conceder este derecho. Me inclino, a favor del divorcio porque el matrimonio no debe ser una camisa de fuerza. Cuando la pareja considera que es imposible sostener la relación deben dársele las facilidades de acabar con el vínculo que la ata.

Ligia Villamil: Creo que todo cambia. No siempre se mantiene por toda una vida el sentimiento que une a los cónyuges. Por otro lado, la posibilidad de cancelar el contrato matrimonial no significa tampoco que se destruya la mayoría de las familias.

T.R..: ¿Es el divorcio un derecho del esposo o de la esposa?

Ligia Villamil: De los dos. Al igual que los hombres hay mujeres que no toleran que el marido se vaya con otra, que busque otros horizontes.

Gloria Guerrero: Yo digo que es de la mujer. En la práctica él se marcha cuando quiere. Ella no puede, porque casi siempre depende económicamente de aquél.

T.R.: Ligia, ¿qué comenta acerca de lo que acaba de expresar Gloria?

Ligia Villamil: No lo comparto mucho pues también hay mujeres que quieren amarrar al hombre.

T.R.: Entonces ¿por qué no se habla de la emancipación del hombre?

Marcela Cuéllar: El divorcio es un derecho de la mujer. Ella siempre está sometida al marido y a la casa. En esta sociedad el hombre puede tener varias mujeres y goza del privilegio de abandonar el hogar cuando le plazca.

Néstar de Ferrer: Es un derecho de la mujer porque dentro del matrimonio la oprimida es ella. Yo he escuchado a varios hombres decir. “La que está casada es mi mujer”.

Ligia Villamil: Me voy a retractar. En las condiciones sociales vigentes el divorcio sí constituye una reivindicación fundamentalmente femenina, puesto que la mujer se halla en realidad sojuzgada por el hombre y es ella la que está sometida al hogar. Además, considero que con esta bandera gran cantidad de compañeras se identificará con nosotros.

Néstar de Ferrer: En Colombia todavía se mira con malos ojos a la mujer que se separa del marido y busca luego compañero. Se le trata como a una proscrita, acusándola de violar las normas y los cánones establecidos. El divorció ayudaría a terminar con esta discriminación injusta. A una mujer que se quita de encima el yugo marital no puede condenársele a la soledad por el resto de su vida.

T.R.: ¿Néstar ha participado alguna vez en grupos feministas?

Néstar de Ferrer: Nunca, porque no estoy de acuerdo con la concepción que defienden incluso públicamente. No me parece que el asunto se resuelva declarando la guerra entre los sexos. Ni mucho menos con organizaciones del tipo “Mujeres en acción”, como la aparecida en Barranquilla y comandada por señoras holgazanas de la oligarquía que empezaron haciendo alharaca con el problema de los servicios públicos para terminar defendiendo al gerente de las empresas públicas.

Ligia Villamil: Yo quisiera referirme a lo último que mencionó Néstar, porque considero que sirve para desenmascarar la hipocresía que caracteriza en este aspecto a las clases gobernantes en Colombia. Ellas son las responsables directas de la vida miserable en que se debaten millones de obreras, campesinas y empleadas, que en muchas ocasiones tienen que prostituirse para alimentar a sus hijos, y aun a las mujeres de su propia extracción social las tratan como simples objetos sexuales o las mantienen encerradas en sus casas realizando labores embrutecedoras, zonzas e inútiles. No obstante, cuando se presentan ante la opinión pública, cuando se hacen retratar en los periódicos o aparecen en los noticieros de televisión, siempre procuran dar la imagen de que respetan, admiran y veneran la condición de la mujer, siendo que sólo la utilizan demagógicamente para comerciar con ella.

Amparo España: ¡El caso típico de doña Nydia Quintero de Turbay! Cada vez que por negligencia del gobierno se derrumba un barrio popular en Manizales, se inundan las riberas del Magdalena Medio, o se desbordan los ríos de la Costa del Pacífico, la esposa del presidente de la República viaja al lugar de la tragedia acompañada por periodistas que la muestran repartiendo ropa de segunda mano entre la población damnificada. Lo que la prensa y la televisión no informan es que detrás de la sonrisa de doña Nydia se oculta el tráfico de votos de los gamonales turbayistas, como se comprobó después del terremoto de Nariño en diciembre de 1979.

La emancipación de la mujer T.R.: Ocupémonos ahora de la emancipación de la mujer, ¿cómo la conciben?

Néstar de Ferrer: La mujer debe comprender que el trabajo que ha venido realizando en el hogar, atendiendo al marido y a los hijos, no es ciertamente productivo, sino que, por el contrario, la mantiene amarrada, esclavizada. Y sólo cuando salgamos de la servidumbre doméstica y nos vinculemos a la producción social alcanzaremos la emancipación, lo cual no será posible sino con el socialismo. Naturalmente, no faltarán quienes salten a decirnos que queremos acabar con la familia. Los medios de comunicación oligárquicos, desde hace mucho tiempo, pregonan que los Estados socialistas les quitan los hijos a las madres y a estas las obligan a trabajar fuera del hogar. Se trata de hacer aparecer al comunista como un ser sin sentimientos. Lo que nosotros haremos será abonar el camino para unas relaciones más plenas y humanas que no estén basadas en la sojuzgación de la mujer.

Gloria Guerrero: La emancipación definitiva de la mujer sólo se obtendrá con el máximo desarrollo de las fuerzas productivas, lo cual le permitirá participar en todos los frentes de la construcción de la sociedad. Ahora bien, nosotros tenemos que aclararles a las masas que esas condiciones materiales solamente podrán ser creadas haciendo la revolución, que libera las fuerzas del progreso. Entretanto, para vincular a las mujeres al proceso revolucionario pienso que debemos encabezar la pelea por sus derechos democráticos, concedidos en el papel más no en la práctica. Y es que la única manera de obtenerlos es participando en la lucha por la transformación económica, política y cultural del país.

Silvia Julio: En este punto yo diré, a mi alcance, que una mujer, si quiere ser verdaderamente libre, debe unirse a las demás mujeres que están en su misma situación. Es cierto que existen diferencias entre las obreras de las fábricas, las campesinas y las trabajadoras de la clase media, pero aun así es indispensable que se unan, porque sus enemigos son los mismos. A la compañera proletaria seguro que la tratan mal, le pagan todavía peor y la botan cuando el dueño de la empresa se le da la gana; he oído decir que a las que encuentran empleo en oficinas, o en el servicio doméstico, les pasa igual, y todo el mundo sabe que en las zonas rurales las condiciones son aún más humillantes. Por eso yo digo que las mujeres pobres, del campo y la ciudad, deberíamos unirnos. Y unirnos también con nuestros hombres, ayudándoles a echar para adelante.

Ligia Villamil: Yo considero que aun en el socialismo debemos continuar batallando por los derechos de la mujer, puesto que las contradicciones sociales no desaparecen totalmente y subsiste la lucha en el terreno económico, ideológico y político contra la burguesía, una clase machista por naturaleza. En la futura sociedad la auténtica liberación femenina requiere acabar con todos los intentos de restauración por parte del imperialismo y de las minorías reaccionarias, y hacer una o varias revoluciones culturales que transformen la mentalidad de la gente y le enseñen a juzgar a la mujer con nuevos valores.

T.R.: ¿Usted cree que el problema depende de eso, de un cambio en la mentalidad de las personas?

Ligia Villamil: Lo que quiero decir es lo siguiente. No hay duda de que las mujeres ocupan una posición subordinada debido a que la sociedad misma las condena a ejecutar labores que, en la mayoría de los casos, no tienen ninguna importancia, ninguna incidencia en la vida material, política y cultural del país. Mientras nosotras sigamos siendo amas de casa, sin contacto con el mundo exterior y dedicadas a oficios humillantes, nunca seremos capaces de romper el cerco en que nos encontramos. La mujer está obligada a vincularse a la producción social, a ir a las fábricas y al campo a realizar trabajos útiles para el medio en que se desenvuelve, si de verdad desea salir del atolladero y conseguir que sea valorada y respetada. Este constituye el primer paso para que el llamado sexo débil se pueda liberar de hecho y no sólo de palabra.

Amparo España: Por este motivo en la Colombia actual, donde ni siquiera la mayoría de los hombres llega a obtener empleo, la emancipación de la mujer es una quimera.

T.R.: ¿Qué opina Marcela?

Marcela Cuéllar: Solamente me gustaría añadir una cosa, relacionada con algo que se desprende, a mi entender, de todo lo que se ha dicho hasta el momento en esta entrevista. La verdadera liberación de la mujer no se va a conseguir sino con el desarrollo de las condiciones materiales. Es imposible que las labores domésticas no se realicen, pues, ¿cómo hacemos para comer? Es decir, mientras sexista el atraso habrá cocina hogareña y existirán las labores domésticas, que por tradición le han tocado a la mujer y le dan una visión limitada de las cosas.

Por eso pienso que la única salida es vincularnos a la revolución, con el objetivo de desarrollar las fuerzas productivas y para que la mujer pueda participar en la producción social y cambiar su concepción del mundo. Sólo la revolución permitirá, por ejemplo, la construcción de sala-cunas y de comedores grandes, de carácter social, en donde la comida no se prepare a escala individual sino colectivamente.

Amparo España: Cuando se habla del trabajo doméstico, sin embargo, hay que tener en cuenta lo que relataba ayer un camarada, al iniciar esta rueda de prensa. Los quehaceres de la cocina, del lavado de la ropa y de la ejecución de actividades productivas que se realizan dentro del hogar, cumplen aún una función en muchísimas regiones campesinas, particularmente en zonas apartadas, de colonización, donde los agricultores se abren camino en medio del atraso más tremendo. Allí las faenas domésticas no solamente son útiles y vitales, sino que en esas condiciones de aislamiento y de trabajo arduo la mujer ocupa muchas veces una posición más respetada, más digna, que le da autoridad para participar al lado del hombre en la política, en la toma de decisiones y en los trabajos productivos.

Silvia Julio: Cierto. En el campo, donde existen menos facilidades materiales y el atraso es mayor que en las ciudades, los hombres consideran más a la mujer. Yo por ejemplo tengo varios hijos y un montón de obligaciones en la casa, pero a mí nadie se atreve a imaginarme por eso. Mi trabajo vale tanto como el de mi marido, y por consiguiente lo hago respetar.

T.R.: ¿Qué debe hacer el Partido para movilizar y organizar a las mujeres? ¿Hay en Colombia condiciones para ello?

Gloria Guerrero: La consigna de poner a la mujer a luchar por sus derechos democráticos es decisiva, pero tiene que concretarse en algo. Debemos pugnar por organizar las amplias masas femeninas, que constituyen por lo menos la mitad del pueblo colombiano, y organizarlas alrededor de las necesidades sentidas por ellas. Tenemos suficientes elementos teóricos para nosotras, de acuerdo con las condiciones especificas. El primer paso consiste en la obligación de los militantes de profundizar sobre el tema, desentrañar los principales problemas de las mujeres en nuestros frentes y, en torno a ellos, reunirlas para explicarles las causas de su postración. La descomposición de la familia, por ejemplo, da mucho para hablar y examinar la situación de inferioridad de la mujer en nuestra sociedad.

Marcela Cuéllar: Esta mesa redonda ha reafirmado la posibilidad y la importancia de atender los problemas particulares de la mujer. Considero que debemos crear la inquietud en todo el Partido, para que se estudie, se investigue y se actúe en este campo. Las luchas de las mujeres surgen de las condiciones concretas de sojuzgación en que se hallan en cada esfera de la actividad social, luchas a las cuales debemos ligarnos, asumiendo su orientación. En el caso de El Carmen de Bolívar, que me concierne, el terreno está bien abonado, porque son miles los atropellos que las compañías tabacaleras cometen contra las trabajadoras.

Ligia Villamil: En los barrios populares de Bogotá también existen inmensas posibilidades para aglutinar y poner en pie de combate importantes contingentes femeninos. Encontramos a un gran número de trabajadoras, empleadas, estudiantes y amas de casa, que se interesan por los planteamientos del FUP y del Partido, y que nos han colaborado con entusiasmo en la campaña electoral. A nosotras nos corresponde recoger esa cosecha.

Amparo España: Dentro de las asociaciones campesinas hay labores para las cuales las mujeres están mejor capacitadas que el hombre. En Antioquia hemos visto algunos casos muy reveladores en este sentido, y hemos descubierto que la atención de centros de salud y escuelas comunitarias, por ejemplo, o la plantación de huertas para diversificar la dieta alimenticia, por lo general se cumplen con mayor eficacia si las compañeras se encargan de organizar, coordinar y adelantar el trabajo.

Néstar de Ferrer: Iniciemos una campaña de educación para aclarar a las mujeres por qué no gozan de sus elementales derecho, sin procurar un enfrentamiento entre los obreros y las compañeras, ya que la conquista de tales reivindicaciones es una tarea conjunta. Porque las injusticias que nos han aplastado secularmente no son sólo las del sexo masculino, sino también las de los capitalistas y terratenientes. En el magisterio, sector en el cual hay una gran mayoría de mujeres, es fácil impulsar esta campaña. Cosa semejante sucede en todos los sindicatos, donde el pensamiento del Partido acerca de la emancipación de la mujer ha de convertirse en uno de los puntales ideológicos de la lucha revolucionaria.