NI YANQUI NI RUSA SERÁ LA SALVACIÓN DE CENTROAMÉRICA

La llamada Cuenca del Caribe y en general Centroamérica se convirtieron, desde hace un par de años en peligroso foco de tensiones internacionales que reflejan nítidamente la enconada rivalidad de las dos superpotencias. Valiéndose de Cuba, la Unión soviética ha venido sacando partido de las situaciones conflictivas que viven varios países de la zona y de las luchas que libran los pueblos contra la dominación del imperio yanqui. La táctica de Moscú se sintetiza en esto: brindar apoyo político y logístico a aquellos movimientos nacionales, e incluso a cualquier aventura, que le permitan ganar influencia en el patio trasero de Washington; apoyar la ruptura de las naciones latinoamericanas con las de Estados Unidos, a condición de que se sometan a la férula socialimperialista, tal como ocurrió con Cuba. Norteamérica que atraviesa hace tiempo por una crisis económica muy profunda, no puede permitir que su principal adversario se instale cómodamente en sus tradicionales posesiones y las sustraiga del control de los tiburones de Wall Street.

La guerra civil de El Salvador, la situación de Guatemala, el papel de Cuba y Nicaragua en la región, las actividades de Francia y de México y la política estadinense constituyen los elementos integrantes del complejo problema.

Cambio de orientación en la Casa Blanca

El curso de los acontecimientos en la cuenca del Caribe en los últimos años se comprende con mayor facilidad si se pasa revista a las políticas aplicadas en la zona por parte de las administraciones de Carter y Reagan.

Luego del aparatoso derrumbe de la dinastía Somoza en Nicaragua, en julio de 1979, y del fracaso de las maniobras norteamericanas por conservar cierta ascendencia en el nuevo gobierno, la Casa Blanca decidió poner en práctica en El Salvador las lecciones recibidas, a fin de impedir la nueva edición del caso nicaragüense. Los Estados Unidos dieron el visto bueno al golpe que derrocó al general Romero, en octubre de 1979, y demandaron a la Junta Cívico Militar recién instaurada un demagógico programa de reformas. Se esperaba encontrar una salida que, siendo favorable a los intereses yanquis, diera la impresión de que iba a remediar los padecimientos de las masas salvadoreñas. Poniendo como condición el “respeto a los derechos humanos”, Carter empezó a suministrar ayuda económica y militar al régimen salvadoreño por la cuantía cercana a los 60 millones de dólares. (Desde comienzos de 1977, Carter había suspendido los embarques de armas a la dictadura salvadoreña por violaciones a dichos derechos). Simultáneamente, y para evitar que Nicaragua caiga en la órbita soviético-cubana, el presidente americano anuncia, en un alarde de ingenuidad, un préstamo de 75 millones de dólares a los sandinistas, los cuales, en efecto, no ocultaban sus simpatías y sus compromisos con Moscú y La Habana. Empero, este intento de granjearse la amistad de Managua se vio frustrado, a mediados de abril de 1980, cuando el Congreso estadinense congeló los créditos a Nicaragua con el argumento de que éstos “sólo servirían para financiar el comunismo”.

A pesar de que, según el entonces secretario de Estado, Cyrus Vance, “la promoción de los derechos humanos ha sido y continua siendo una de las principales metas de la política exterior de nuestro Gobierno, y es la base de todos los aspectos de la política de los Estados Unidos, para El Salvador”, la junta de ese país y los grupos paramilitares cometieron toda clase de crímenes contra el pueblo a lo largo de 1980. Por ejemplo el 30 de marzo fue abaleada en la capital una enrome manifestación efectuada con motivo del asesinato de monseñor Romero, con un saldo de 20 muertos y más de 300 heridos; en mayo, el ejército masacró a 600 campesinos a orillas del río Sumpul; en noviembre, un escuadrón derechista acribilló a cinco dirigentes del Frente Democrático Revolucionario. Y podrían citarse varios hechos similares. Para finales de 1980, las llamas de la contienda civil flameaban en todo el país.

En medio de la campaña presidencial, Carter, a tiempo que reconocía que Cuba tenía sus manos metidas en el conflicto salvadoreño, anunciaba su deseo de buscar un acomodamiento con La Habana en Centroamérica, en caso de resultar reelegido, “El uso por los Estados Unidos de su poder militar para intervenir en los asuntos internos de otra república americana es inconcebible”, concluía hipócritamente el mandatario demócrata. No obstante, además del apoyo en armas Carter despachó, en octubre de 1980, el primer grupo de asesores militares a colaborar con el ejército salvadoreño.

El 5 de diciembre, a raíz del asesinato de cuatro religiosas estadinenses en El Salvador por parte de miembros de las fuerzas armadas, Washington suspendió los auxilios a ese país y condicionó la continuación de los mismos al nombramiento de un presidente civil. Obedientes a los dictados de sus amos, los integrantes de la junta escogieron al demócrata cristiano Napoleón Duarte para la jefatura del Estado, el 13 de diciembre.

Cuatro días después se reanudaban los envíos de dinero de la Casa Blanca, junto con equipo militar de combate por valor de cinco millones de dólares, destinados a enfrentar una ofensiva guerrillera planteada para los primeros días de 1981. Aunque la posición de Carter en Centroamérica se endureció en las postrimerías de su administración, su estrategia estuvo plagada de contradicciones y vacilaciones que siempre fueron hábilmente explotadas por Cuba y la URSS. En el momento del cambio de su presidente, el panorama no podía ser más preocupante para el imperialismo yanqui: una Nicaragua cercana del Kremlin e involucrada, al lado de Cuba, en la guerra salvadoreña; un Salvador, a punto de perderse bajo los embates de guerrillas cada vez más fuertes y mejor armadas; una Guatemala en los umbrales de la senda de la guerra civil y, en fin, numerosas organizaciones, pertrechadas por los cubanos, operando en otros países del área.

El imperio del norte, los grandes monopolios y el capital financiero reaccionaron ante esta situación y ante la ineptitud de Carter instalando en la Casa Blanca a un prohombre de toda su confianza, a un “halcón” que protegiera denodadamente sus amenazados intereses. El señor Reagan y su locuaz secretario de Estado no se anduvieron por las ramas; preconizaron que impedirían el surgimiento de nuevas Cubas en Centroamérica y que precisamente en dicha zona trazarían la raya a la URSS y sus amigos.

La tónica del nuevo gobierno podía verse en la plataforma del Partido Republicano que en ciertos apartes decía: “América Latina es de interés primario para Estados Unidos, en el Caribe y América Central la administración Carter se ha mantenido al margen, mientras la Cuba totalitaria de Castro, financiada, dirigida y abastecida por la Unión Soviética, entrena, arma y apoya agresivamente a las fuerzas del enfrentamiento y la revolución en el Hemisferio Occidental. No apoyamos la ayuda de Estados Unidos a cualquier marxista en este hemisferio y nos oponemos al programa de ayuda de Carter al gobierno de Nicaragua. Nos comprometemos a una nueva y vigorosa política en el continente americano. Retornaremos al principio fundamental de tratar a un amigo como tal y a los autoproclamados enemigos como tales, sin disculpas”.

Dicho y hecho. Pocos días después de su posesión, Reagan dio los primeros pasos encaminados a contener a sus adversarios. El 27 de enero de 1981 ofreció al Primer Ministro conservador de Jamaica, Edward Seaga, un bosquejo de asistencia armada; destituyó al embajador Robert White en San Salvador, debido a que este funcionario se había opuesto públicamente a la ayuda militar a la junta; amenazó, el 22 de febrero, con un posible bloqueo y otras medidas de fuerza contra Cuba para cortar el flujo de armas a las guerrillas salvadoreñas; dio a conocer un denominado “libro blanco” para demostrar que los rebeldes de El Salvador eran equipados por naciones del bloque soviético; aumentó a más de medio centenar el número de consejeros norteamericanos en aquel país; prometió, en marzo, aumentar el respaldo bélico al gobierno de Duarte de 63 a más de 100 millones de dólares; suspendió indefinidamente cualquier socorro financiero a Nicaragua, y solicitó al Congreso una partida de más de 200 millones de dólares para equipar los ejércitos de los países centroamericanos y caribeños en 1982.

En noviembre pasado, el mandatario estadinense indicó que respaldaba las elecciones legislativas de marzo de 1982 como la única alternativa viable en la solución del problema salvadoreño. En diciembre, durante la XI Asamblea General de la OEA, Alexander Haig presentó una propuesta por medio de la cual se estimulaba el proceso electoral organizado por el régimen de duarte, la resolución fue aprobada por 22 votos a favor, tres en contra (Nicaragua, México y Grenada) y cuatro abstenciones. Al comprometerse con los comicios de El Salvador, Norteamérica buscaba lograr el establecimiento de un gobierno al que pudiera defender como legítimo (ojalá de mayoría democristiana), lo cual justificaría con mayor facilidad cualquier acción en su favor.

El oportunismo franco-mexicano

El 28 de agosto de 1981, los gobiernos de Francia y de México emitieron un comunicado conjunto en el que señalan que “La alianza del Frente Democrático Revolucionario (FDR) y el Frente Farabundo Martí para la liberación Nacional (FMLN) constituye una fuerza política representativa dispuesta a asumir las obligaciones y ejercer los derechos que de ello se derivan”. Este reconocimiento político a las guerrillas salvadoreñas provocó un rechazo casi unánime entre los países latinoamericanos, que lo consideraron como una intromisión que podría entorpecer la estrategia yanqui en Centroamérica. Ahora, además de las dos superpotencias, saltaban a la arena del conflicto dos naciones aliadas de Washington pero opuestas a su política en el Hemisferio.

¿Qué hay detrás de la maniobra franco-mexicana?

Empecemos por México. La burguesía de esta nación, una de las más fuertes de América Latina, no sólo tiene intereses económicos y políticos en los que bautizaríamos su pequeño solar, Centroamérica, sino que además posee una tradición de desacatos a las directrices estadounidenses. No porque la corrupta y sanguinaria oligarquía mexicana se oponga consecuentemente al imperialismo, sino porque su situación económica, relativamente holgada, le ha permitido aprovechar las dificultades temporales del Tío Sam para sacar ventajas pecuniarias.

Algo parecido con Francia, salvo que su presidente se autoproclama paradigma del socialismo. Las clases dominantes francesas, aunque aliadas de los Estados Unidos, practican su propio colonialismo y hacen sus negocios valiéndose de las pugnas entre los dos gigantes.

Y el señor Miterrand, el socialista de moda, no se ha apartado un milímetro de las pautas establecidas por la plutocracia de su país. “Entre Castro y Pinochet es posible una tercera vía”, dijo el mandatario galo, a propósito de su estrategia en Latinoamérica 1. O sea que entre el oso ruso y el águila americana, que se disputan la presa a zarpazos, debe haber lugar para la codicia del capitalismo francés que necesita con urgencia captar mercados para aliviar la crisis de sobreproducción, el paro forzoso y otros males que lo aquejan. Que lo anterior es así, lo confirma el ministro Miterrand en una confesión de rara sinceridad: “Los países industrializados necesitan a esos miles de millones de seres humanos del Tercer Mundo, compradores potenciales de nuestros productos”2.. Y como para que no quede duda de las motivaciones imperiales del presidente “socialista”, estas perlas: “No sobreviviríamos al hundimiento del Tercer Mundo porque el Norte necesita del sur para salir de la crisis”. 3 “Pensamos que ayudar al Tercer Mundo a salir de la miseria y de las dictaduras es un interés a largo plazo del Norte, y por ello también de Estados Unidos”. 4

Comparemos las declaraciones de Miterrand con lo expresado, hace un siglo, por Cecil Rhoders, uno de los forjadores del imperio británico. “para salvar a los 40 millones de habitantes del Reino Unido de una guerra civil funesta, nosotros, los políticos coloniales, debemos posesionarnos de nuevos territorios para colocar en ellos el exceso de población, para encontrar nuevos mercados en los cuales colocar los productos de nuestras minas. El imperio, siempre lo he dicho, es un problema de estómago. Si no queréis la guerra civil, debéis convertiros en imperialistas” 5.

El tráfico de armas ha sido instrumento predilecto de Francia para abrirse camino en los países atrasados. Después de la URSS, es el mayor proveedor de equipo militar de Siria y Libia, cuyos regímenes constituyen puntas de lanza de la ofensiva moscovita. Y, últimamente, el gobierno de Miterrand abordó el mercado nicaragüense, dizque para evitar la caída de Managua en manos de los rusos, empujada por el asedio norteamericano. Pues bien, los franceses, que son los terceros exportadores de armas del mundo, vendieron a Nicaragua entre enero y febrero del presente año, material “no ofensivo” por una suma próxima a los 20 millones de dólares, compuesto por dos lanchas patrulleras, dos helicópteros y 15 camiones. París se comprometió igualmente a entrenar marinos y aviadores nicaragüenses y a enviar instructores militares. El ministro de Defensa francés confirmó también la venta de varios miles de misiles tierra-aire, transacción que costó 16 millones de dólares. Ya en octubre de 1981, Miterrand había concedido a los sandinistas un crédito de 12 millones de dólares y anunciado otros para un futuro próximo.

Pero no son exclusivamente los gobiernos de Francia y México los que tratan de valerse de la convulsionada situación centroamericana en su propio beneficio. En general, toda la corriente del oportunismo socialdemócrata, especialmente europeo, se encuadra dentro de la línea de conducta seguida por Miterrand. El gabinete de Helmut Schmidt ha estado suministrando préstamos a Nicaragua a raíz del distanciamiento entre esta y Estados Unidos. El ministro de Cooperación Económica de Alemania dijo hace poco: “Considero que los europeos tienen un papel que desempeñar en Centroamérica, no contra Estados Unidos, sino en su propio favor. Ayudando a Nicaragua estamos en buena compañía europea; los franceses lo están haciendo al igual que los holandeses”. Fuera de los medios estatales, la socialdemocracia denominada Internacional Socialista, en la cual tiene cabida el figurín Felipe González y aspiran con razón a pertenecer individuos como López Michelsen.

De todos modos, la URSS y Cuba ven con buenos ojos el hecho de que los regímenes “socialistas” y las organizaciones socialdemócratas entorpezcan los propósitos de Estados Unidos en la región. En el último congreso del Partido Comunista Cubano, Fidel Castro fijó su actitud al respecto: “Cuando nos referimos a las actuales condiciones históricas, la participación socialdemócrata y la social democratización de antiguos partidos burgueses y oligárquicos de América Latina tienen un signo positivo” 6.

La cuestión nicaragüense

“La paz de nuestro pueblo se complementa en la medida en que seamos verdaderamente no alineados”, afirmó el 15 de abril de este año Edén Pastora, ex viceministro de Defensa de Nicaragua, en una rueda de prensa en Costa Rica. “No caben contradicciones ni ambigüedades dentro del sandinismo continuó diciendo. Tan imperialista fue la invasión a Vietnam, como imperialista es la invasión a Afganistán. Tan imperialista es el que apoya a la junta fascista de el Salvador como el que apoya a un régimen totalitario en Polonia. Nuestro sandinismo no puede permitir que seamos arrastrados al conflicto Este-Oeste, ya que ello es contrario a los intereses nacionales”. Estas declaraciones del renombrado “Comandante Cero”, uno de los héroes de la insurrección antisomocista, hechas diez meses después de haber renunciado a su cargo en el gobierno, constituyen la confirmación de algo que ya se venía vislumbrando en el proceso nicaragüense: la acelerada incorporación del régimen sandinista al bloque soviético. Ya en 1980. Alfonso Robelo y Violeta de Chamorro, ambos miembros de la junta que reemplazó a Somoza, habían dimitido también por desacuerdos con la política que impulsa el resto del cuerpo ejecutivo. En mayo de ese año, Robelo indicó: “Estoy en contra del reciente acruerdo, firmado en Moscú, entre el Frente Sandinista y el Partido Comunista de la URSS. No queremos ver a Nicaragua haciendo de peón en el juego de ajedrez de las superpotencias”. 7

Desde 1979, el gobierno nicaragüense ha suscrito pactos de carácter económico y político con los países del campo socialimperialista, y en no pocas oportunidades ha votado al lado de estos en la ONU y en el movimiento de países no alineados. Actualmente hay alrededor de 6.000 asesores cubanos en Nicaragua, de los cuales unos 2.000 cumplen funciones militares y de seguridad (esto lo confirmó el dirigente sandinista Jaime Wheelock en una entrevista al diario The Washington Post, el 7 de marzo de 1982); el resto se halla vinculado a la educación, la construcción y otras actividades oficiales. Durante 1981 los sandinistas recibieron de la URSS, Europa Oriental y Cuba cerca de 30 millones de dólares en armamento moderno, entre aviones, helicópteros, tanques, artillería, misiles SAM y armas ligeras y municiones. El ejército regular cuenta con 30.000 efectivos, más una reserva bien entrenada de 50.000 hombres. El equipo incluye carros rusos T-54 y T-55 (los mismos que usan las naciones del Pacto de Varsovia), cañones de 122 y 152 mm, vehículos blindados para el transporte de tropas, misiles y cañones antiaéreos. Decenas de pilotos nicaragüenses se encuentran en Bulgaria recibiendo cursos de adiestramiento en aviones Mig. Todo esto hace de las fuerzas armadas sandinistas el ejército más poderoso de América Central e implica un compromiso cada vez mayor con Cuba y la URSS. Hace poco, Alfonso Robelo denunciaba que “Fidel Castro se ha convertido aquí en una mezcla de hermano mayor y padrino; no creo que cualquier decisión de importancia internacional se haga sin consultar con La Habana”. 8

En lo externo, Nicaragua encara una guerra no declarada con Honduras, a los largo de los 600 kilómetros de limites comunes; participa activamente en el conflicto salvadoreño, cooperando con los grupos guerrilleros, e insiste en reclamar la soberanía sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia y otras islas pertenecientes a Colombia. El socialimperialismo pretende hacer uso del poderío bélico recién adquirido por los nicaragüenses a fin de crear problemas en el área y continuar extendiendo sus tentáculos.

En lo interno, el gobierno nicaragüense ha sido acusado repetidas veces de cometer atropellos sistemáticos contra las comunidades indígenas que habitan en la región nororiental del país, porque según aquel prestan colaboración a los elementos antisandinistas que actúan desde Honduras. En marzo de este año, la Conferencia Episcopal de Nicaragua emitió una declaración al respecto en la que se lee: “Los sucesos que ocurrieron en la zona del río Coco, frontera con Honduras, desde diciembre de 1981 y que han culminado por una parte en el traslado masivo de poblaciones miskitas enteras hacia el interior del territorio nacional, y por otra parte en la huida de un número considerable de la población de esa zona a territorio hondureño, ha tenido efectos dolorosos entre todos los habitantes miskitos, sumos y ladinos de esa región”. El documento de los prelados denuncia más adelante “las marchas forzadas, durante días, sin suficiente consideración para con los débiles, los ancianos, las mujeres y los niños; la destrucción de viviendas, haberes y animales domésticos; incluso la muerte de personas en circunstancias que, muy a nuestro pesar, nos recuerdan el drama que viven otros pueblos hermanos”.

Ante el peligro que representa para su hegemonía, el imperio yanqui ha reaccionado enérgicamente contra Nicaragua, calificándola como una segunda Cuba. Ya desde el final de la administración Carter, se permitió a numerosos exiliados somocistas que establecieran en Florida bases de entrenamiento para lanzar operaciones contra el gobierno de Managua. En noviembre del año pasado, Reagan aprobó, durante una reunión del Consejo Nacional de Seguridad, una partida de 19 millones de dólares para reclutar, en compañía de otros países latinoamericanos, una fuerza encaminada a realizar actividades contra Nicaragua. Asimismo Alexander Haig indicó que la Casa Blanca no podía descartar “acciones de desestabilización” contra el sandisnimo, mientras el secretario de Defensa, Caspar Weinberger, declaró que Estados Unidos tiene “planes de contingencia necesarios para defender nuestros intereses en Centroamérica”.

Desde entonces, la amenaza de una intervención militar norteamericana ha estado flotando en el aire, a pesar de que altos funcionarios insisten en afirmar que “por el momento” no se ha tomado tal determinación.

Nueva ofensiva de Washington

1982 comenzó con una serie de iniciativas de la Casa Blanca con respecto a El Salvador. El 28 de enero, Reagan certificó ante el Congreso que el gobierno salvadoreño estaba mejorando “sensiblemente la situación de los derechos humanos” y avanzando en el programa de reformas económicas; por tanto, el órgano legislativo autorizó el suministro de 66 millones de dólares en ayuda militar a la junta presidida por Duarte. El 2 de febrero, el secretario de Estado dijo que, “en cooperación con nuestros amigos y aliados en el hemisferio haremos todo lo que sea necesario para contener la pérdida de El Salvador. Al tiempo que el subsecretario de Estado, Thomas Enders, concluía que “no hay duda de que la batalla decisiva por Centroamérica se libra en El Salvador”. Con el fin de apuntalar su estrategia regional los Estados Unidos apadrinaron la creación de la Comunidad Democrática Centroamericana, compuesta por Costa Rica, Honduras, El Salvador, y cuyo objetivo es responder conjuntamente ante cualquier conflicto con otro país.

El 24 de febrero, en una reunión de la OEA, el presidente norteamericano dio a conocer su plan para la Cuenca del Caribe, el famoso Plan Reagan, encaminado a proporcionar ayuda económica a las naciones del área. “Lo que ocurra en cualquier parte de las Américas nos afecta en este país; empezó diciendo el inquilino de la Casa Blanca”. Y prosiguió: “Que nadie se equivoque, el bienestar y la seguridad de nuestros vecinos en esta región favorecen nuestros propios vitales intereses”. El esquema consta de cuatro puntos principales. Primero, el libre comercio de los artículos de la Cuenca exportados a Estados Unidos, con la única excepción de los textiles y las confecciones, de modo que “los nuevos inversionistas podrán entrar en el mercado sabiendo que sus productos recibirán tratamiento libre de aranceles”. Segundo, importantes incentivos fiscales para los inversionistas estadinenses en la zona. Tercero, una asignación suplementaria de 350 millones de dólares para los países que más requieren el apoyo norteamericano, con lo cual el monto de la ayuda en 1980, se eleva a 823.9 millones de dólares, destinados preferencialmente al sector privado. Cuarto, asistencia técnica para los empresarios particulares. “Este programa representa una obra de gran alcance por parte de nuestro pueblo en un momento de dificultades económicas en nuestro país. Yo no lo propondría si no estuviera convencido de que es vital para los intereses de seguridad de este país del Hemisferio. La energía, el tiempo y los medios que ahora dediquemos a promover el desarrollo de nuestros vecinos, podrán contribuir a evitar un mayor empleo de recursos así como de vidas humanas, lo que ocurriría con su derrumbamiento. Que nuestros amigos y adversarios comprendan que haremos todo lo que sea prudente y necesario para asegurar la paz y la seguridad en la región del Caribe”, precisó Reagan.

Los países receptores del dinero yanqui deberán, “no ser comunistas”, no expropiar bienes norteamericanos sin la debida compensación y no conceder a otras naciones preferencias comerciales que afecten negativamente el comercio de Estados Unidos. La partida extra se distribuirá entre El Salvador, Honduras, Costa Rica, Jamaica, República Dominicana, Belice y Haití.

El Plan Reagan refleja la concepción que su autor tiene sobre los problemas del desarrollo de los países atrasados: éste será posible únicamente con los préstamos de los bancos internacionales y las inversiones directas de los grandes monopolios. De ahí el énfasis dado a la “ayuda” y los estímulos ofrecidos a los pulpos norteamericanos para que exporten capital a estas neocolonias. En cuanto a la liberación de las exportaciones centroamericanas sobre Estados Unidos, busca beneficiar preferentemente a los inversionistas gringos en el área. El imperialismo cree que su ofensiva económica, combinada con las medidas de carácter militar, logrará resolver la grave crisis que afrontan los pueblos caribeños y, al mismo tiempo, preservar los intereses estratégicos de Washington frente a los embates de Moscú.

Elecciones y cuartelazo Guatemala padece las mismas lacras de la mayoría de los países de América Central. De sus 7.5 millones de habitantes, aproximadamente el 60% pertenece a comunidades indígenas que viven en la más aberrante miseria; el 2% de los propietarios acapara el 80% de las tierras de labranza; el analfabetismo afecta el 70% de la población rural y al 30% de la urbana; el 82% de los niños menores de 5 años sufre de desnutrición, y la tasa de desempleo es superior al 34%. Desde 1974 esta nación ha sido gobernada, sin interrupción por tiranías militares que sistemáticamente han anegado en sangre cualquier brote de inconformidad. En los últimos 15 años, más de 30.000 guatemaltecos han caído bajo las balas del ejército y de los grupos terroristas de derecha, tales como “Mano Blanca”, “Ojo por ojo”, “El Escuadrón de la Muerte” y el “Movimiento Anticomunista Nacional Organizado”. “En Guatemala no hay presos políticos”, es un comentario que se escucha con frecuencia. Alrededor de 6.000 guerrilleros, dispersos en varias organizaciones pero unificados en un solo frente, desafían a uno de los regímenes más sanguinarias del Hemisferio. En 1977, la administración Carter suspendió la ayuda militar al gobierno de Guatemala en fingida protesta por sus actos vandálicos. Sin embargo, aquel comenzó a adquirir amas en Brasil, Israel y, naturalmente, en Francia.

Como parte de la política de llevar a cabo elecciones en los países centroamericanos dominados por dictaduras, Washington presionó al general Romeo Lucas García para que permitiera la realización de unos “comicios limpios”, los cuales se cumplieron el 7 de marzo pasado. El triunfo del candidato derechista, Aníbal Guevara, no fue aceptado por los demás partidos, todos igualmente reaccionarios, que alegaron fraude electoral. Acto seguido, el 24 de ese mes, un grupo de oficiales derrocó a Lucas García y levantó las banderas de “acabar con la corrupción” y “retornar a la normalidad”. En su primera aparición ante la prensa, los chafarotes, con sendas pistolas al cinto y en traje de fatiga, anunciaron que si las guerrillas no se rinden “serán reprimidas”. El tema de unas nuevas elecciones no volvió a ser tratado. Los esfuerzos norteamericanos por imponer una solución democrático-burguesa en Guatemala fracasaron estrepitosamente.

En El Salvador votaron, el 28 de marzo, un millón y medio de ciudadanos para elegir una asamblea constituyente de 60 miembros, la cual redactará una nueva carta y nombrará un gobierno interino. En el debate contendieron, por una parte, la Democracia Cristiana de Napoleón Duarte, y, por la otra, cinco partidos de extrema derecha, encabezados por la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), de cuyo jefe, Roberto D’Aubuisson, dijo un ex embajador yanqui que era “un maníaco asesino” y sobre quien recaen las sospechas de haber promovido el atentado que segó la vida de monseñor Romero. Los democristianos obtuvieron el 35.3% de los sufragios, es decir, 24 asientos en la asamblea, mientras que la coalición rival logró el resto de las 36 curules.

En su primer día de sesiones, la constituyente eligió a D Aubuisson como presidente de la misma, y el 29 de abril fue nombrado como nuevo jefe de gobierno al demócrata cristiano Álvaro Magaña, quien contaba con el visto bueno de la Casa Blanca. Lo sucedido en Guatemala y El Salvador indica que la jugarreta de las elecciones no ha resultado tan gananciosa para Reagan y que se está agotando poco a poco.

¿Quién quiere negociar? A pesar de los obstáculos con que ha tropezado, la línea de confrontación impulsada por Reagan en la Cuenca del Caribe ha hecho ver, a los soviéticos y a sus puntales latinoamericanos, que Washington está dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias en su empeño por conservar sus neocolonias al sur del Río Grande. Es innegable que el socialimperialismo carece de medios adecuados para sostener indefinidamente sus fichas, de incrementarse la presión de los estadinense, quienes, al fin y al cabo, actúan dentro de su zona de influencia inmediata, mientras la URSS se halla a miles de kilómetros de distancia. Tanto La Habana como Managua han dado, en los últimos meses, señales de estar dispuestas a entablar negociaciones con Estados Unidos, utilizando la mediación mexicana. En febrero, López Portillo expuso en Managua tras requisitos para resolver la crisis caribeña: 1) Solución negociada del conflicto salvadoreño con la participación de todos los protagonistas del mismo; 2) Entendimiento entre Nicaragua y Estados Unidos (algo parecido a un pacto de no agresión), y 3) Conversaciones cubano-americanas. Según la agencia soviética TASS, el canciller Gromyko anotó que “la URSS ha reaccionado positivamente a ciertas ideas expresadas por el presidente López Portillo con relación a la necesidad de aliviar la actual tensión en el Caribe y América Central…”

A comienzos de marzo, Alexander Haig y el ministro de Relaciones Exteriores de México, Jorge Castañeda, se reunieron en Nueva York para examinar la sugerencia de López Portillo. En dicho encuentro, Castañeda informó que el gobierno de Castro se mostraba “ansioso” por normalizar sus relaciones con Estados Unidos. De su parte, Haig reveló que en noviembre de 1981 sostuvo charlas secretas con el vicepresidente cubano, Carlos Rafael Rodríguez, y que se habían adelantado y se adelantarían otros contactos a alto nivel. Y en marzo, el mandatario mexicano dijo: “Estoy absolutamente seguro de que Cuba desea negociar todas las cuestiones atinentes a la seguridad estadinense”. La disposición de cubanos y nicaragüenses a conversar con Washington fue refrendada por el propio Brezhnev, quien al comentar la fórmula mexicana indicó: “Comprendemos plenamente que las dirigencias de Cuba y Nicaragua hayan visto en esta propuesta un esfuerzo por disminuir las tensiones en Centroamérica. La Unión Soviética está favor del curso que han tomado los acontecimientos”. 9

La Casa Blanca respondió a las solicitudes de México recabando la firma de un pacto de no agresión entre Nicaragua y Estados Unidos; el compromiso de Norteamérica de prohibir las actividades de los exiliados somocistas en su territorio; la aceptación de Nicaragua de suspender sus importaciones de armamento pesado y de reducir el número de consejeros militares foráneos “a un nivel razonable”; la renovación de la asistencia norteamericana a Nicaragua, y la obligación de esta última de “retirarse de El Salvador” y cancelar su apoyo a los guerrilleros de dicho país.

El 25 de marzo, el coordinador de la junta sandinista, Daniel ortega, hablando ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en nombre de su gobierno, del de Cuba y de los rebeldes salvadoreños, insistió en que todos ellos querían una solución pactada con Estados Unidos, sobre la base del proyecto de López Portillo. Una exhortación del mismo tenor fue entregada por escrito, el 20 de abril, al presidente del Consejo de Seguridad.

En una entrevista publicada el 24 de abril, Fidel Castro expresó que “hay posibilidades para una mejora de relaciones porque la alternativa a la paz es el enfrentamiento y eso no es bueno para nadie, ni para Estados Unidos, ni para Cuba, nosotros entendemos eso y estamos listos para trabajar en esa dirección”. 10

La independencia, único camino

Desde cuando el régimen cubano se convirtió en instrumento del Kremlin para llevar a cabo su campaña de penetración en el Caribe, el panorama político de la región se ensombreció considerablemente. Amparándose en las justas aspiraciones independentistas de los pueblos, el socialimperialismo y sus acólitos han usado no pocas veces los movimientos de liberación nacional para obtener ventajas en la rebatiña con la superpotencia de Occidente por el dominio del orbe. No obstante, en el caso de la zona de la que nos hemos ocupado, el eje Moscú – La Habana tocó una de las fibras más sensibles de los intereses económicos y estratégicos de los yanquis.

El imperio gringo, aunque decadente y enfermo, tratará de impedir, al costo que sea, que su contrincante amplíe el radio de acción en América Latina.

Navegando en contra de la corriente oportunista, prosoviética y procubana, que se ha venido abatiendo sobre estas tierras, el MOIR levantó la bandera de la independencia y el no alineamiento internacional como fundamento de las revoluciones de nuestros pueblos, en una época de aguda rivalidad entre los dos más grandes bastiones imperiales.

Decenas de miles de combatientes centroamericanos, y a veces naciones enteras, dan su sangre y afrontan sacrificios sin cuento en pro de su libertad, para luego quedar reducidos a la condición de peones de brega de la potencia que se moteja de socialista. El único camino que garantiza el bienestar de los pueblos, la meta más preciada de toda revolución, es la conquista de la verdadera autodeterminación nacional ante cualquier centro de poder foráneo. A nuestro Partido le corresponde alertar a las masas colombianas, con base en las experiencias de nuestros hermanos del Caribe, sobre los riesgos que encierran todas aquellas posturas que llaman a entregarse al socialimperialismo para poder derrotar al imperialismo. Los colombianos, los salvadoreños, los guatemaltecos y los demás latinoamericanos seremos capaces de emancipar nuestro suelo de la dominación de Washington sin convertirnos por ello en neocolonias de Moscú.

Notas:

1) El Tiempo, septiembre 4 de 1981, Pág. 7A 2) El Tiempo, octubre 22 de 1981, Pág. 14A 3) El Mundo, octubre 21 de 1981, Pág. 9 4) Idem 5) Citado por V.I. Lenin en El Imperialismo, fase superior del capitalismo, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1968, Pág. 100 6) “Del informe central del Segundo Congreso del Partido Comunista de Cuba”, Revista Casa de la Américas, N° 125. 1981. Pág. 23 7) Newsweek, mayo 12 de 1980, Pág. 52 8) Newsweek, febrero 22 de 1982, Pág. 8 9) The New York Times, marzo 18 de 1982, Pág. 16 10) El Tiempo, abril 25 de 1982. Pág. 2A