¡No a las bases gringas en Colombia!


Tribuna Roja Nº 109, Bogotá, julio 30 de 2009, Unidad de Trabajo Legislativo, Senador Jorge Enrique Robledo

Lenin aclaró la naturaleza de las potencias en el contexto de la fase superior del capitalismo, la cual llamó imperialista. Tal fase se caracteriza por la creación de monopolios, la supremacía del capital financiero, la preponderancia de la exportación de capitales sobre la de mercancías, la formación de asociaciones internacionales de monopolistas y el reparto territorial del mundo. Demostró cómo el neocolonialismo da la aparente independencia a las naciones, y que “para el capital financiero la subordinación más beneficiosa…es aquella que trae aparejada consigo la pérdida de la independencia política de los países y de los pueblos sometidos”. El mayor desarrollo capitalista hace más sensible la insuficiencia de materias primas y acentúa y endurece la competencia y la búsqueda de ellas en todo el mundo.

Dichas premisas se cumplen con mayor rigor para Estados Unidos en el momento en que sus dificultades son evidentes, las repercusiones de la crisis financiera continúan, los más de dos billones de dólares inyectados a las arcas de Wall Street no reaniman los interrumpidos círculos crediticios y comerciales, adolece de abultados déficit externos no conjurables en el corto y mediano plazo. Barack Obama, retrata las dificultades imperiales: “Estamos en medio de una crisis (…) Nuestra nación está en guerra (…) Nuestra economía está gravemente debilitada”.

Bajo este marco se da el vergonzoso apoyo por parte de Álvaro Uribe al pillaje norteamericano en Irak y Afganistán, y el servil traslado a territorio colombiano de las operaciones de la base del Comando Sur en Manta, Ecuador, suprimidas por decisión soberana del hermano país. Esto profundiza el repudiable carácter de neocolonia norteamericana que tiene Colombia y la convierte en teatro de primer orden para la estrategia de dominación económica y militar de la superpotencia a escala mundial.

Las potencias luchan por un nuevo reparto

Las demás potencias y en especial Brasil, Rusia, India y China, tanto en la OMC como en otros foros, impiden a Estados Unidos profundizar su supremacía, y buscan revertirla. Algunas potencias proponen replantear el papel dominante del Banco Mundial y el FMI y suman poderes que pongan en jaque al dólar como patrón de cambio internacional. Los apremios en los foros multilaterales se agregan a la imposibilidad de continuar abrazando palmo a palmo el mundo con acuerdos de libre comercio.

La “diplomacia” en cabeza de la señora Clinton, juega al estilo de la era Carter. Al tiempo que tiende la falsa mano del diálogo a países que, como Irán, China, Venezuela, Ecuador y Brasil, se oponen a las políticas norteamericanas o expresan contradicciones de diversa índole, arma a las naciones amigasdesde donde planea agresiones. En América Latina, por ejemplo, reactiva la IV Flota para amenazar a quienes tiendan a “perjudicar” la paz, estabilidad y prosperidad norteamericana en el área de responsabilidad del Comando Sur.

Globalización impuesta con las armas

El poder militar norteamericano es indispensable para tratar de atender sus necesidades y conjurar sus apremios materiales. Desplegar bases militares en 130 de los 194 países del globo, tener 2,9 millones de personas al servicio del Departamento de Defensa, poseer un complejo industrial militar sin parangón, y un aforo militar de más de 700 mil millones de dólares (equivalente a todo el presupuesto de las otras 193 naciones), busca garantizarse el flujo de la plusvalía de miles de millones de trabajadores y el suministro de materias primas, y el control de mercados para sus mercancías y capitales. Empero, la debilidad económica también asoma a la hora de costear sus frentes de guerra. Ante la decadente situación económica y la incapacidad para sostener la dominación, el trust norteamericano recurre al imperialismo hirsuto y blande las bayonetas contra quienes lo amenazan. He aquí la explicación del traslado a bases colombianas de las operaciones militares que tenía en Manta.

Los imperios, escribió Francisco Mosquera, se preocupan de su imagen, pero jamás estropean sus proyectos estratégicos y tácticos por los apremios de una nación de unos cuantos millones de habitantes. Si en el tablero internacional han de sacrificar un peón para neutralizar la acción de un alfil enemigo, no tienen vacilación alguna.

En 1999, en razón al cierre de la Base Aérea Howard, desde donde se lanzó el ataque que derrocó al presidente Noriega, Norteamérica firmó acuerdos con Ecuador y Holanda para acceder a bases en Manta, Aruba y Curazao. Ninguno de estos emplazamientos acuartelan más de 500 efectivos, pero como lo explicó Chalmers Johnson, funcionan al estilo de la flor de loto que, una vez abre sus pétalos, despliega una capacidad de fuego que permite a las fuerzas norteamericanas adelantar operaciones de pequeña, mediana y gran envergadura. La guerra perpetua, dicen los planificadores imperiales.

Con la nueva escalada militar en América Latina, Estados Unidos amenaza a gobiernos con los que mantiene constantes tensiones. Sin embargo, la principal se cierne contra Brasil, mayor potencia económica y militar sudamericana, y contra Europa y China, que aspiran a arrebatar parte del dominio económico norteamericano en la región. Las inversiones europeas en América Latina son crecientes y, al igual que Estados Unidos, Europa recurre al “libre comercio” para acrecentar el poder económico en territorios que conformaron su espacio colonial. Pero la política expansionista europea sufre con la presencia de China en África y con Obama, quien busca recuperar el terreno perdido en América Latina y en el Medio Oriente y apunta al continente africano.

Desde Palanquero, una de las bases colombianas que va a ceder Uribe, la Fuerza Aérea de Estados Unidos podrá lanzar operaciones, de aviones C-17, con “alcance en movilidad aérea en el continente sudamericano”, e incluso en el continente entero. Y de abrirse una base en la Guyana Francesa y otra en Recife (Brasil), ejecutará ofensivas contra África, amenazando los intereses europeos y chinos.

El traslado de las operaciones de Manta a nuestro territori pisotea la Constitución de Colombia, en la que no existe artículo que avale el emplazamiento de tropas extranjeras y menos la construcción de instalaciones militares foráneas. Además, la inmunidad diplomática para los militares y mercenarios norteamericanos les da el derecho a cometer toda clase de delitos, entre ellos los de lesa humanidad.

Las estratagemas imperiales se replican a lo largo del orbe. En estas tierras Uribe esgrime la tesis de la amenaza terrorista internacional y viola los principios de la autodeterminación de las naciones y de la no injerencia en los asuntos de otros países. Uribe habla de lucha antidrogas y defensa de la “democracia” y de la “libertad”, pero es una jeringonza con la que avala el desdeñable emplazamiento de tropas extranjeras, lo que pisotea la soberanía propia y amenaza las ajenas.

Solo la resistencia liberará a los pueblos

Al declive económico de Estados Unidos y su competencia feroz con otras potencias, se suma el avivamiento de la resistencia de los pueblos. Irak y Afganistán se convierten en atascaderos, de donde no puede salir ni quedarse. En Medio Oriente crece la resistencia de pueblos que como el palestino combaten su intromisión. En América Latina, el inconformismo con las imposiciones de la Casa Blanca se generaliza. Y de los planteamientos del FMI se alejan gobiernos que, como el ecuatoriano, prohíbe utilizar el endeudamiento público para cubrir deudas con organismos multilaterales. Argentina, por su parte, nacionaliza los fondos de pensiones, diezmando el poder del capital financiero.

La decisión de ubicar bases norteamericanas en nuestra patria, episodio comparable por su extrema gravedad con el del robo de Panamá a comienzos del siglo XX, hace imperativo emular las luchas de ecuatorianos, puertorriqueños, indonesios y griegos contra los emplazamientos militares de Estados Unidos y las de otros pueblos contra los ucases del imperio. La claudicación solo acrecienta el sometimiento de los pueblos a las felonías imperiales. El camino es único e inequívoco: ¡No a las bases gringas en Colombia!