OBJETIVOS REVOLUCIONARIOS DE LA LUCHA ELECTORAL

Las rivalidades entre el MOIR y el Partido Comunista acerca de las características de la alianza a pactar, no se redujeron a la controversia estrictamente programática. Hubo otro aspecto, tocado ya tangencialmente es esta carta, que aún cuando no se debatió con igual resonancia, no es por ello menos trascendente. Nos referimos a los objetivos que debía perseguir la Unión Nacional de Oposición en la campaña electoral, o el frente que se constituyera para este fin.

Tema también relacionado con la ANAPO. El Partido Comunista tejía demasiadas ilusiones alrededor de la perspectiva que él mismo calificó de “decisiva batalla popular”. Para ubicarnos, volvamos a leer las palabras del Undécimo Congreso, citadas por el pleno de mayo de 1972:

“Todo indica que las elecciones presidenciales de 1974 pueden convertirse en una decisiva batalla popular contra la oligarquía. Si las fuerzas de la oposición se unen en torno a un programa y a un candidato único, estarán en condiciones de derrotarla y de hacer respetar su victoria electoral, cerrando así el paso a todas las maniobras de la oligarquía tradicional”.

Se comprende que tales apreciaciones fueron escritas aún bajo el impacto producido por el inusitado desenlace de las elecciones de 1970 y con la mirada puesta en la Alianza Nacional Popular. El proyecto no podía ser más ambicioso, derrotar en las urnas a la oligarquía y “hacer respetar” la victoria. ¡Qué lejos caerían del blanco estos pronósticos! Pero lo sorprendente es que le fraude, el estado de sitio, el toque de queda, el encarcelamiento masivo de los líderes populares, el terror, recursos preferidos por la coalición gobernante para desconocer la victoria rojista, en lugar de mover a la reflexión sobre lo efímero de un triunfo puramente electoral, mientras se mantenga intacto el aparato burocrático-militar del Estado, terminaron estimulando las creencias y los creyentes en que sí se puede arrebatar el Poder a los depredadores con las armas de los votos. La clave del asunto, según ustedes, estaba en hacer un frente amplio y saber escoger el candidato presidencial, parecido al caudillo del 19 de abril, o de su misma alcurnia. Hoy no se nos puede desmentir que, cundo el congreso del Partido Comunista planeaba tamaña obra, lo hacía sobre el presupuesto de que la ANAPO había herido de muerte al bipartidismo colombiano y se hallaba predestinada a grandes dignidades. Porque con otro aliado y sobre otro presupuesto el plan sería más disparatado y la utopía más utópica.

Existen abundantes testimonios con relación al convencimiento que ustedes tenían por ese entonces de que Colombia se encontraba a las puertas de una “crisis decisiva del sistema paritario” y de que la perspectiva de llegar al Poder de brazo con la ANAPO estaba lista. Revivamos algunos de ellos. El XI Congreso del Partido Comunista remarcaba:

“Estamos en el umbral del desencadenamiento de la crisis decisiva del sistema paritario, crisis que expresará todo el desbarajuste de la vieja estructura económico-social del país”.[18]

Y el propio Gilberto Vieira, secretario general del PC, a principios de 1972, aventuraba la tesis de que el anapismo “puede, si se consolida como partido independiente, precipitar la disolución del antidemocrático monopolio bipartidista”, Por la misma fecha, completaba: “Si la ANAPO llegara al gobierno, sería dentro de un vasto movimiento de frente único con los otros sectores de la oposición”.[19]

Y a los oídos de la ANAPO se musitaron declaraciones tan tiernas como ésta: “En 1970, las masas anapistas recuerdan que no sólo hicieron falta los votos comunistas, sino también la organización y la capacidad de nuestro partido para defender el triunfo que les arrebató con fraude y represión el gobierno oligárquico”.[20]

Impugnando tan patéticas intenciones, el MOIR llamaba la atención sobre algo que hemos repetido hasta el cansancio: la ANAPO no se encontraba ya en la edad dorada, había iniciado su proceso descendente, sin salvación. Pero no se trataba únicamente de averiguar en qué estadio de su desarrollo se encontraba el movimiento del general Rojas; era indispensable comprender que una corriente que se nutría de la charca doctrinaria del bipartidismo tradicional, nunca estaría en condiciones de desencadenar la crisis decisiva del sistema oligárquico. En la Colombia actual hay dos formas de hacer política. La una, apoyando al imperialismo norteamericano y a sus lacayos criollos; la otra, respaldando a las grandes masas populares que luchan por su liberación y bienestar. La primera política hace mucho tiempo que está en bancarrota en nuestro país, y si su colapso definitivo no ha llegado, es precisamente por la ausencia de un partido revolucionario capaz de organizar y unificar al pueblo, mediante una estrategia y táctica correctas que lo conduzca a la victoria. En entonces sí la nueva política sepultará la vieja y Colombia cambiará de color. El partido que realice este milagro no puede ser otro que el partido de la clase obrera. El “tercer partido” en Colombia será su partido proletario. Las fuerzas marxista-leninistas vienen luchando con tenacidad tras este gran empeño, y a no dudarlo el triunfo será suyo.

Para rechazar el despropósito de que la Alianza Nacional Popular estuviera en condiciones de generar la crisis contundente del bipartidismo colombiano y en defensa de la tesis de que el “tercer partido” en nuestro país no podría ser ninguna de las disidencias que de vez en cuando se precipitan en las filas del liberalismo y del conservatismo y que al final de cuentas desaparecen por inercia o regresan como el hijo pródigo al hogar de sus mayores, redactamos oportunamente las siguientes frases:

“La ANAPO ha retrocedido precisamente porque en el fondo no ha dejado de ser un partido tradicional” (...).

“El‘tercer partido’ en Colombia no puede ser otro que el partido de la clase obrera. Sólo el partido proletario podrá convertirse en el vocero auténtico de los oprimidos y humillados de Colombia. Ese partido y no otro podrá apoyar e interpretar los intereses de las masas campesinas, organizar el pueblo y liberar al país.”[21]

Las elecciones de 1974 ratificaron con creces estas palabras. El hecho de que el descontento popular y el ascenso de la lucha de las masas a finales de la década del sesenta hubieran sido capitalizados por un movimiento de las características de ANAPO, fue en realidad un alivio para los viejos partidos, quienes resurgieron con renovados ímpetus para proseguir su obra de pillaje y depredación aprovechando el desconcierto general.

Al mismo tiempo insistíamos en que no obstante haber desaparecido la alternación presidencial y la paridad en las corporaciones públicas, por vencimiento de los plazos, la oligarquía había prolongado el paritarismo en la rama ejecutiva del poder hasta 1978, en virtud de la última reforma constitucional. Esto concluyó siendo denunciado por todo las fuerzas democráticas y la Unión Nacional de Oposición lo explicó exhaustivamente en la campaña electoral. Pero hemos advertido también que incluso de 1978 hacia adelante, los gobiernos oligárquicos, según la Constitución, seguirán siendo paritarios, mediante el mecanismo de que el partido vencedor deberá darle participación administrativa “adecuada y equitativa” al partido mayoritario distinto al del presidente de la República. En otras palabras, que el espíritu frentenacionalista del Estado continuará indefinidamente a través de los llamados “gobiernos nacionales”. Este fenómeno tan peculiar de nuestra situación obedece en Colombia a la ley histórica de que el imperialismo no puede ejercer su dominación sino por intermedio de la alianza de la gran burguesía y de los grandes terratenientes, cuya expresión política es la coalición liberal-conservadora.

Las elecciones de 1974 se efectuarían bajo esas disposiciones y las fuerzas revolucionarias no podían contentarse con hablar únicamente de los factores de la eliminación de la paridad parlamentaria y de la alternación. Debían a la par esclarecer a las masas convocadas a sufragar, que éstas irían a una contienda en la cual de antemano se hallaba establecido el resultado. Ganara cualquier candidato, de todas maneras seguirían gobernando el liberalismo y el conservatismo, mancomunadamente.

Pero además de lo anterior, nosotros no estábamos dispuestos por ningún motivo a que quedara flotando en el ambiente la duda de que participábamos en la batalla electoral siquiera con la remotísima esperanza de derrotar a nuestros enemigos tradicionales, no sólo por la desventajosa correlación de fuerzas, sino principalmente por el convencimiento arraigado de que jamás ganaremos el Poder en unas elecciones. En la historia de la lucha de clases no se ha dado aún el primer caso en que los opresores entreguen pacíficamente a los oprimidos las riendas de la sociedad. E inclusive el ejemplo chileno, sobre el que tanto se teorizaba diciendo que había iniciado la época de las revoluciones incruentas, el modelo viviente de la “vía electoral”, “un camino para explorar hacia el socialismo” y demás estulticias, se vino al suelo hecho trizas con el cuartelazo sanguinario de Augusto Pinochet y el sacrificio de Salvador Allende. El pueblo colombiano no olvidará las respuestas que dieron los defensores de esa singular teoría cuando se les increpaba:

“Esto es engañar al proletariado y a pueblo, desarmarlos, entregarlos mansamente en manos de sus enemigos, que no permitirán por las buenas la implantación de la dictadura de las clases revolucionarias dirigidas por el proletariado”.[22]

Gilberto Vieira, por ejemplo, comentaba:

“Un factor verdaderamente decisivo en Chile es el Ejército. Lo han demostrado los hechos. La reciente visita de una misión militar chilena a Cuba me parece un acontecimiento sensacional y significativo de todo ese proceso. O sea, no es fácil que el imperialismo pueda movilizar el ejército chileno, en su conjunto, contra el gobierno de la ´Unidad Popular´, y esa es una de las ventajas más grandes con que cuenta el pueblo chileno”.[23]

La dictadura militar en Chile y el ahogamiento del pueblo en un mar de sangre terminaron dando dramáticamente la razón a quienes en el mundo pensaban como nosotros: “¡Lástima grande que no sea realidad tanta belleza!” Después de los dolorosos sucesos del hermano país se nos ha querido combatir con la vil calumnia de que respaldamos a la junta militar chilena. A nosotros, que con nuestra débil voz tratábamos en vano de alertar sobre los peligros que corren los revolucionarios que duermen en la misma cama con los asesinos, que no defendimos a los golpistas en potencia como lo hicieron nuestros calumniadores, se nos pretende presentar ahora partidarios de la banda de Pinochet, con el oculto propósito de eludir este debate de principios relativo a la vía de la revolución e impedir que se resuma experiencia tan cara y tan valiosa para el marxismo-leninismo. El pueblo chileno sabrá corregir los errores de estos años turbulentos y con su lucha heroica, liberadora, rasgará la noche oscura que ha caído sobre su querida patria. Y si en alguien podrán confiar los revolucionarios chilenos en estas horas aciagas, será en aquellos que en las de fugaz ventura les aconsejaron sincera y respetuosamente.

Nos hemos separado deliberadamente del tema que veníamos analizando para dar una noción de la atmósfera ideológica que se respiraba en los albores de los años setenta y de los conceptos encontrados que sobre los problemas del Poder se esgrimían con especial ardor y aún siguen copando el interés de los revolucionarios. Para el MOIR era, por tanto, de suma importancia la forma como se proyectara la campaña electoral conjunta, los objetivos que se trazaran, la manera de explicar el aprovechamiento de este tipo de lucha. Sabíamos que el frente de izquierda tendría que designar un candidato presidencial si deseaba sacarle todo el jugo a su participación en las elecciones de 1974. Pero nos oponíamos a que aquella necesidad condujera a la conciliación con quienes espontánea o conscientemente pregonaban obtener el Poder mediante la estrategia de llegar tarde que temprano a controlar por los votos el primer cargo de la dictadura oligárquica proimperialista: la presidencia de la República. En contra de esta entelequia de derrotar a las clases dominantes en una “decisiva batalla” electoral y hacer “respetar la victoria” de un candidato único de toda la oposición, expusimos en estos términos nuestras opiniones:

“La conveniencia de postular un candidato presidencial de izquierda ha sido estudiada, discutida y en general aceptada no porque tenga probabilidades así sean remotas de salir victorioso, sino porque la alianza electoral de izquierda necesita una cabeza visible que la represente y que con el respaldo a su candidatura aglutine la lucha y la votación a nivel nacional”.

“La imposibilidad de victoria de un candidato presidencial de izquierda se desprende de la correlación de fuerzas y de las reglas de juego electoral. Alfonso López y Álvaro Gómez como candidatos del régimen contabilizan a su favor el aparato estatal, la autoridad del dinero, la gran prensa, la radio, la televisión y se apoyan en las fuerzas del atraso y de la tradición bipartidista del país” (...).

“Las clases explotadas dominantes realizan elecciones o las suspenden, abren sus parlamentos o los cierran, imponen gobiernos civiles, mediante votaciones o caudillos militares mediante ´cuartelazos´, según, cuándo y donde les convenga. Esta ha sido la historia hasta hoy de la casi totalidad de las repúblicas latinoamericanas, para no salirnos de nuestro continente, o por lo menos es la experiencia de Colombia. El Estado y sus instituciones representativas tienen su definida naturaleza de clase y son instrumentos de dominación de una determinada clase. Las clases revolucionarias no pueden esperar a que el Estado de las clases reaccionarias y sus instituciones representativas se pongan a su servicio, así aquellas consigan las mayorías en unos comicios generales. Si aspiran a emanciparse y a transformar la sociedad, las clases trabajadoras oprimidas están obligadas a construir, sobre los escombros del Estado opresor destruido revolucionariamente, su propio Estado con sus instituciones diferentes a las desaparecidas”.

“Entonces, ¿para qué participamos los revolucionarios colombianos en las elecciones y en el Parlamento? Aprovechamos la campaña electoral y vamos a las corporaciones públicas con la finalidad de desenmascarar la política antipatriótica y antidemocrática del Frente Nacional y sus instituciones reaccionarias, de agitar un programa revolucionario y de apoyar las luchas de los obreros, los campesinos, los estudiantes y los demás sectores populares. Así acumularemos fuerzas. Para eso utilizan los partidos revolucionarios el sufragio en los regímenes explotadores: para acumular fuerzas. Luchamos y exigimos respeto por las libertades políticas, por los derechos de reunión y expresión de las organizaciones populares, pero a cada paso recordamos que bajo el régimen de explotación y represión, en el cual los grandes potentados internacionales y sus sirvientes criollos se hartan de riquezas a cambio del sudor y la sangre de las mayorías, y continúe el imperialismo controlando los resortes vitales de la economía y por ende se mantenga en lo fundamental intacta su influencia política, bajo este régimen, la mejor democracia del mundo es falsa; que sólo en un Estado de obreros, de campesinos y del resto del pueblo, independiente y soberano, con sus organismos representativos auténticamente democráticos, las masas podrán gozar de todos sus derechos y participar plenamente en la política. Educaremos a las clases revolucionarias en la idea leninista de que ´la revolución debe consistir no en que la clase nueva mande y gobierne con la vieja máquina del Estado, sino que destruya esa máquina y mande, gobierne con ayuda de otra nueva´... “La esencia de la cuestión radica en si se mantiene la vieja máquina estatal (enlazada por miles de hilos a la burguesía y empapada hasta el tuétano de rutina e inercia) o si se le destruye, sustituyéndola por otra nueva” [24]

En esa forma expresábamos los objetivos que debía perseguir nuestra participación en la campaña electoral. A su turno pertrechábamos a nuestro Partido y al resto de sectores avanzados en su lucha ideológica contra las teorías seudo-revolucionarias del Estado. El acertado aprovechamiento de la lucha electoral serviría para facilitar el avance y consolidar los progresos de las fuerzas revolucionarias. Nos propusimos, por consiguiente, tres finalidades muy definidas: combatir y desenmascarar la política y las maniobras de la Gran Coalición liberal-conservadora, agitar un programa nacional y democrático y apoyar las luchas del pueblo colombiano. Y ésta fue la única política unitaria posible, porque sólo estableciendo y yendo en pos de tales objetivos, podría lograrse, como se logró, un frente combativo, revolucionario, que en la contienda electoral se distinguiera por su empuje, originalidad y consecuencia. Así actuó la Unión Nacional de Oposición, y en los primeros meses de 1974 llegó a preocupar a la reacción apátrida, por un lado, y por el otro, sorprendió al oportunismo de ´izquierda´ que no acabará de especular y de demeritar el espectáculo de disciplina, de vigor y de beligerancia que vio desfilar ante sus ojos.

Cuanto más nos hallemos distanciado de una situación revolucionaria, tanto más imperioso será para las fuerzas de la revolución el correcto aprovechamiento de la lucha electoral. Tan peculiar condición resulta doblemente cierta para los países neocoloniales y semifeudales como Colombia. En la casi totalidad de los casos, el desbordado entusiasmo de las más amplias masas por este tipo de lucha denota más el atraso que el auge de la revolución. Precisamente por eso los revolucionarios están obligados a ir a elecciones, retrocediendo en comparación con sus máximos objetivos, conscientes de que a éstos no podrán arribar jamás, si rehúsan encuadrar su táctica flexiblemente en las circunstancias concretas del variable desarrollo de la lucha de clases. En el futuro esta observación se la seguiremos exponiendo a los compañeros que confían honestamente en que basta dar la orden para que las masas se alineen y apresten al combate. Las masas populares sólo comprenderán nuestro pensamiento revolucionario cuando nosotros nos pongamos a la altura de sus necesidades y partamos del nivel en que se encuentran. Sin embargo, esto no significa que al vincularnos a la lucha electoral nos pleguemos a las corrientes en boga. Por el contrario, combatiremos fieramente por disipar las ilusiones que las gentes sencillas se hacen y los promeseros de la oligarquía alimentan, de descubrir una camino llano y corto, sin mayores traumatismos, para sacudirse el yugo que los oprime de generación en generación. Las fuerzas revolucionarias no deben renunciar un solo día a su labor de educar a las masas atrasadas, ni en aquellas circunstancias en las cuales la ola reaccionaria aparece aplastante, como suele suceder en las temporadas electorales. Esta crítica se la lanzamos a quienes prefieren acallar sus intenciones a cambio de ganar “amigos”, pasar el chaparrón en medio del tumulto sin dar la pelea o aguardar camuflados ocasiones más propicias. A veces resulta “mejor estar solos que mal acompañado”, como aconseja el aforismo popular. Y si no nos atrevemos a tocar nuestra trompeta para que la escuchen hasta los propios enemigos, así sea una clarinada impertinente, no habrá cuándo tengamos una opinión pública revolucionaria, ni unos bravos escuadrones que como los de Rondón vencieron y humillaron a las huestes españolas en el Pantano de Vargas.

Sin capitulaciones de ninguna especie y sin haber perdido la visión de los objetivos estratégicos, la Unión Nacional de Oposición combatió infatigablemente durante la campaña electoral la política oligárquica, agitó su programa revolucionario y se solidarizó y estimuló las luchas de las clases oprimidas. La UNO educó a las masas en los principios de la revolución nacional y democrática, consolidó el avance de las fuerzas revolucionarias y sus tres partidos de importancia nacional, como los múltiples movimientos populares de provincia que la integran, se expandieron y fortalecieron.

Exactamente así concebimos los objetivos de la UNO en la lucha electoral, mientras el Partido Comunista pataleó hasta el final por su estratagema de conseguir el entendimiento con la ANAPO. Y tan obsesivo sería este deseo que una vez escogida oficialmente la candidatura de Hernando Echeverri y habiendo quedado, por lo tanto, sellada la posibilidad del candidato único de toda la oposición, ustedes propusieron esta última fórmula de acercamiento:

“Pese a las diferencias presentadas, es nuestro deber continuar realizando esfuerzos por buscar acuerdos entre la ANAPO y la UNO. Dos fuerzas de Oposición pueden entenderse para realizar una labor de conjunto, orientada a la ayuda mutua en las tareas electorales. Planteamientos como la defensa unida contra la represión, por el respeto a las libertades y derechos, para evitar la ruptura de carteles, por la ayuda en los actos públicos, tiene acogida en ambos sectores”.[25]

Pero al mismo tiempo era tal la aversión del estado mayor anapista por todo cuanto tuviera que ver con el comunismo y su total despreocupación por una política unitaria, que ni siquiera se dignó nunca responder las propuestas afables del Partido Comunista, ni aun ésta, tan parca y tan modesta, como cosa pintoresca, de un acuerdo para “evitar la ruptura de carteles”.