PANAMA, ANTECEDENTES DE LA RAPIÑA


Guillermo Alberto Arévalo

Una década antes de la secesión de Panamá de Colombia, el istmo y el futuro canal habían sido objeto de escándalo. Bajo los auspicios de Ferdinand de Lesseps, quien había sido presidente de la sociedad constructora del Canal de Suez, en 1879 se fundó la Compañía Universal del Canal de Panamá, la cual poco después inició las excavaciones. Pero una serie de turbios manejos hizo que los fondos de la Compañía comenzaran a evaporarse; entonces la empresa sobornó a cientos de parlamentarios y periodistas y, violando la ley, logró la aprobación de la venta de bonos y billetes de lotería, cuyo recaudo sería destinado a la continuación de las obras del Canal. Estuvieron a punto de lograr el ideal que Carlos Marx atribuía a Luis Bonaparte: robar todo el dinero de Francia para comprar a Francia con ese mismo dinero. Sin embargo, la Compañía Universal quebró a comienzos de 1889 y dejó en la ruina a miles de pequeños accionistas. Pero sólo en 1892 comenzaron a revelarse los detalles del escándalo, que en Francia causó conmoción. Con todo, la prensa europea hizo énfasis en la ruina de los ahorradores estafados, mas silenció lo ocurrido con las principales víctimas: 22 mil obreros latinoamericanos, culíes chinos e indígenas quienes, forzados a trabajar en condiciones inhumanas, habían sucumbido por la malaria y la fiebre amarilla durante la excavación de apenas treinta kilómetros de canal.

Federico Engels se ocupó del asunto en artículos y cartas. Y, entre otras cosas, con aguda visión señaló: «Hace tiempo que los norteamericanos han proporcionado al mundo europeo la prueba de que la república burguesa es la república de los hombres de negocio capitalistas, en la cual la política es un negocio como cualquier otro». Años después, Lenin señalaría que desde 1898 la economía política había empezado a hablar del imperialismo. Una continuación de los negocios, pero con consecuencias internacionales. Inmensos capitales financieros desligados de la producción directa empezaron a recorrer el mundo, dejándolo en manos de los organismos financieros

Estados Unidos, potencia imperialista

Después de la Guerra de Secesión, los Estados Unidos experimentaron una aceleración económica que los llevaría a ser, hacia 1910, el primer productor del mundo. En 1898 el Washington Post editorializaba: «Una nueva conciencia parece haber surgido entre nosotros –la conciencia de la fuerza– y junto con ella un nuevo apetito, el anhelo de demostrar nuestra fuerza (...) El sabor a imperio está en la boca de la gente, lo mismo que el sabor de la sangre reina en la jungla». Catorce años más tarde, el sucesor de Teodoro Roosevelt en la presidencia de los Estados Unidos, William H. Taft, decía: «El hemisferio todo nos pertenecerá, como de hecho ya nos pertenece moralmente, por la virtud de la superioridad de nuestra raza».

Y es que ya se había logrado hacia 1900 consolidar el mercado interior de bienes de consumo y de capital. Se había integrado el país por medio de ferrocarriles, era autosuficiente en carbón, hierro y acero, y se iniciaba la era del petróleo. Su agricultura era inmensamente productiva. Estaba al nivel de las grandes potencias europeas. Y surgió la idea de competir con ellas por el dominio del mundo, habiendo pasado del capitalismo de libre competencia al de los monopolios y el dominio del capital financiero.

Durante el siglo XIX, Inglaterra se había hecho amo y señor de la escena mundial, a partir de la revolución industrial. El ascenso económico de Estados Unidos fue desplazando su influencia en territorio americano y, a finales de la centuria, iniciaba sus aventuras expansionistas en el Caribe. En 1898 intervino en la guerra de independencia de Cuba, terminando con las colonias españolas en América, pero convirtiendo a la Isla en una especie de protectorado de Washington. La consigna de la Doctrina Monroe «América para los americanos», había degenerado en la de América para los norteamericanos. Sus relaciones internacionales, entonces, comenzaron a ser la «diplomacia de las cañoneras», que tantos estragos conllevó para los países del Caribe. Fue la era del Big Stick (gran garrote), blandido para controlar lo que ya concebían como su «patio trasero»: América Latina, sobre la cual lanzaron una estrategia de colonización y expansión territorial y económica.

Colombia en la mira

Panamá se convirtió en un punto de mira estratégico de los Estados Unidos. El establecimiento de un ferrocarril y, más adelante, la apertura de un canal interoceánico, le facilitaban la comunicación entre sus dos costas. Inglaterra había estado interesada en el asunto, pero Francia había emprendido los trabajos antes que los estadounidenses. Y no se trataba simplemente de la apertura de un canal; estaba en juego el predominio sobre el mundo. Pero ninguno de los gobernantes colombianos se percató de ello. Ya en 1854, Ospina Rodríguez había propuesto la anexión de Colombia a Estados Unidos; Pedro Alcántara Herrán solicitó la intervención de los gringos en 1860 para salvarse del enfrentamiento con Tomás Cipriano de Mosquera; el país pagó una indemnización de 400 mil dólares por la muerte de quince norteamericanos víctimas de una venganza en el llamado «incidente de la sandía»; Rafael Núñez les pidió auxilio para ganar la guerra contra los liberales en 1885; el hijo de Marroquín les prometió el canal si lo ayudaban contra el general Herrera, que le ganaba la guerra en el Istmo. Siempre a solicitud de los conservadores, los marines de Estados Unidos desembarcaron en Panamá para intervenir en nuestras guerras civiles.

Durante las tres últimas décadas del siglo XIX, Washington aspiró a raparle la Zona del Canal a Colombia y construirlo por su propia cuenta. Ya en 1870, el embajador, general Hulburt, declaró: «Mi gobierno tiene necesidad de un canal que atraviese el istmo de Panamá, quiere tenerlo y lo tendrá». Y en 1900 el presidente McKinley manifestó: «Nuestra política nacional exige, ahora más imperiosamente que nunca, que dicho canal sea dominado por nuestro gobierno».

La Guerra de los Mil Días

Durante el siglo XIX, después de lograda la independencia de España, nuestro país fue escenario de múltiples guerras civiles entre los conservadores –empeñados en mantener el orden feudal– y los liberales, que buscaban abolir la esclavitud, poner a producir las tierras de los terratenientes y consagrar amplias libertades de pensamiento, imprenta, movilización e intercambio.

La más cruenta y definitiva de estas guerras ocurrió entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Fue llamada la Guerra de los Mil Días. Ya en 1885 Rafael Núñez pidió el auxilio de los acorazados norteamericanos para debelar la revolución liberal. Pero el triunfo conservador, que se repitió en 1895, y que culminó en los primeros años de la centuria pasada, no iba a ser desdeñado por los voraces apetitos de los Estados Unidos. Aprovechando el caos imperante y la obsequiosidad del gobierno colombiano, los gringos pudieron decir I took Panamá.