¡QUE LA HISTORIA NO SE REPITA!


Juan Pablo Arango Posada

"¡Y hoy todo lo noble se atropella cúbrese de laureles al pirata que hurtó a Colombia su mejor estrella!" Aurelio Martínez Mutis, "La epopeya del cóndor"

El 3 de noviembre se cumplió una infausta efeméride en Colombia: un siglo de la desmembración de Panamá y el inicio de la dominación estadounidense sobre nuestra patria. Desde entonces hasta nuestros días, Estados Unidos ha ampliado su coto de caza, abarcando todas las esferas para someter al país. Como dijera el fallecido fundador del MOIR, Francisco Mosquera: «Colombia a pesar de tener himno, bandera y escudo y elegir a veces cada cuatro años un presidente, continúa siendo una enorme hacienda de propiedad de los monopolios estadounidenses, como en los años de la separación de Panamá, cuando nuestra República ya era una colonia de nuevo tipo del imperialismo norteamericano», lo que desde entonces también engloba a América Latina «y con una solvencia que jamás disfrutara en región alguna del globo».

Perpetrado el robo del Istmo, la Potencia del Norte continuó fraguando los eslabones de una dominación económica y política que consolidaran su sujeción sobre Colombia. En el último tramo del siglo XIX y durante las dos primeras décadas del XX, Estados Unidos e Inglaterra compitieron por controlar la economía latinoamericana. Empero, inexorablemente Washington acabaría imponiéndose, no sólo a su madre patria sino al resto de potencias europeas, contra las cuales en su nuevo ímpetu imperialista forcejeaba por el control ecuménico.

El Canal de Panamá fue un episodio crucial de tal rapiña. En él estuvieron involucrados sobre todo Estados Unidos, Inglaterra y Francia. El proyecto francés fracasó y Gran Bretaña le dejó el camino expedito a Estados Unidos en noviembre de 1901 mediante el Tratado Hay-Pauncefote, revocatorio del Clayton-Bulwer (1850), que consagraba la neutralidad de las dos potencias sobre un futuro canal interoceánico, disponiendo que «ni uno ni el otro obtendrá, ni sostendrá jamás para sí mismo ningún predominio exclusivo sobre dicho canal (...) ni colonizará a Nicaragua, Costa Rica o la Costa de Mosquitos, ni ejercerá ni asumirá ningún dominio sobre esos países, ni sobre ninguna otra parte de la América Central».

El 15 de agosto de 1914, siete lustros después de que Ferdinand de Lesseps iniciara su obra, el Canal inauguró operaciones. Los gringos utilizaron más de 400 millones de dólares y cerca de 70.000 obreros, de los cuales 5.600 perdieron sus vidas, construyendo los 80 kilómetros. Para el efecto, como dice Eduardo Lemaitre, «resintieron al elemento nativo, estableciendo odiosas discriminaciones como el pago en oro para los ciudadanos estadounidenses y el de plata para los demás. Éstos no podían llevar ni recibir su correspondencia en los mismos apartados de correo, ni comprar en los mismos comisariatos, ni orinar o defecar en las mismas letrinas, y ni siquiera ser enterrados en los mismos cementerios».

Mas el robo de Panamá no saciaría la ambición estadounidense sobre Colombia, que continuó durante las dos décadas iniciales del siglo XX imponiendo una política petrolera antinacional y en las del 20 y 30 moldeando la estructura estatal y del sistema financiero colombianos. En la primera mitad de dicha centuria nuestro limitado desarrollo económico se basó primordialmente en el esfuerzo autóctono, así el capital norteamericano impulsara una modernización de la infraestructura. La dominación yanqui se consolidaría con nítido carácter neocolonial hacia mediados del siglo, cuando incrementó sustancialmente su inversión y endeudamiento externos.

Wilson y Taft continúan las tropelías de Roosevelt

Desde antes de la separación, en Estados Unidos los medios de comunicación y mentideros políticos denunciaban la inminencia del despojo y, lanzado el zarpazo, de inmediato se aguzó el escándalo. En los días y meses inmediatos, numerosos senadores sentaron su protesta contra el atraco. La prensa también lo hizo; por ejemplo el 29 de diciembre de 1903 The New York Times denunció: «El canal fue propiedad robada. Los socios del robo son un grupo de promotores del canal y especuladores y cabilderos que obtuvieron su dinero como producto de la rebelión fomentada, protegida y realizada [por el gobierno de Estados Unidos]».

Empero, nada haría recular a Roosevelt. En 1911 todavía se atrevía a sostener que en la historia norteamericana no había «un capítulo más honroso que aquel que narra la manera en que se obtuvo nuestro derecho de excavar el Canal de Panamá (...) Todas las acciones emprendidas no sólo fueron correctas, sino que se llevaron a cabo de acuerdo con las más estrictas, finas y decorosas normas de la ética pública y gubernamental (...) Para todo americano honrado y que se sienta envanecido con el buen nombre de su país, debe ser un motivo de orgullo que la adquisición del Canal de Panamá se llevara a cabo en todos sus detalles tan libre de escándalo como lo fueron los actos públicos de George Washington o de Abraham Lincoln».

Con olímpico desprecio por cualquier norma de derecho nacional e internacional, espetó su desfachatado «I took Panama»: «Sí; estoy interesado en el Canal de Panamá, porque yo lo empecé a construir. Si hubiera seguido los métodos convencionales y conservadores, habría sometido a la consideración del Congreso un solemne documento de Estado sobre el cual aún se estaría discutiendo; pero me apoderé de la Zona del Canal y dejé entonces que el Congreso discutiera ya no sobre el Canal, sino sobre mí, de modo que mientras avanzaba la discusión, el canal también continuaba adelante».

En 1911 su candidatura a un segundo mandato concitó la más franca oposición. En la memoria de los norteamericanos estaban frescos sus métodos absolutistas y el despojo de Panamá. A la postre, Roosevelt fue derrotado en 1912 por Woodrow Wilson, y ni siquiera pudo asegurar la candidatura republicana, la cual recayó sobre el presidente Taft (1908-1912), quien buscaba su reelección.

Estos dos mandatarios prosiguieron la política imperialista de Roosevelt. Wilson la expresó así, con palabras que bien podrían repetir los áulicos contemporáneos de la globalización: «Como el comercio no conoce fronteras nacionales y los fabricantes quieren tener el mundo como mercado, la bandera de esta nación deberá ir tras ellos para echar abajo las puertas de las naciones que no quieran abrirse. Los ministros de Estado deben salvaguardar las concesiones que hayan obtenido los financistas, aun cuando haya que arrollar la soberanía de las naciones que no quieran someterse de buen grado. Hay que obtener o crear colonias, de suerte que no haya rincón del mundo que no se tome en cuenta o que quede sin aprovechar».

En junio de 1919 Wilson amplió el control sobre los territorios colombianos: «Declaro, proclamo y hago saber que el cayo de Roncador está reservado para el servicio de faros, porque esto es necesario para los intereses públicos de Estados Unidos». Con ello reiteraba la transmutación imperialista de la Doctrina Monroe ya perpetrada por Roosevelt, a la cual Wilson contribuyó forzando a la Liga de las Naciones a incorporarla en sus estatutos en octubre de 1919, incluyendo un artículo que enfatizaba el sometimiento latinoamericano a la misma, ante lo cual sólo Honduras protestó.

Por su parte, Taft, aplicando su «diplomacia del dólar», volvió a postular perentoriamente los designios imperialistas estadounidenses: «El hemisferio todo nos pertenecerá, como de hecho ya nos pertenece moralmente, por virtud de la superioridad de nuestra raza (...) Aún más ha de agradecérsele (a Roosevelt) la neutralización de la zona del canal, o para hablar claro, que esté bajo nuestro control, lo que equivale a la garantía de sus ventajas, no dejándolo en manos de una republiquilla de tres al cuarto, subnormal en civismo y moralidad».

Conservadores y liberales, aunados, prosiguen la entrega

El partido liberal fue copartícipe de la pérdida de Panamá. En la Guerra de los Mil Días, Benjamín Herrera ya había renunciado a tomarse las ciudades de Panamá y Colón, aduciendo la presencia de los barcos estadounidenses, a pesar de comandar un ejército de 1.500 soldados y conocer los propósitos anexionistas. Todo para acabar capitulando en el Wisconsin el 21 de noviembre de 1902. Después colaboraría con los gobiernos conservadores y respaldaría a sus candidatos. Por su parte, Rafael Uribe Uribe se rindió en la hacienda Neerlandia poco antes que Herrera, el 5 de noviembre. Y se convertiría en el mayor baluarte liberal de la dictadura de Reyes (1904-1909), quien lo nombró embajador itinerante por América del Sur en 1905 y ministro en Chile en 1908.

¡A sólo tres años del robo de Panamá!, Uribe confesó pública e impúdicamente su «amor irresistible» por los depredadores de Colombia ante la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, en 1906, en la cual aceptó sin protesta la presencia panameña como república independiente: «Contra los pronósticos pesimistas de muchos que auguraban una política egoísta, absorbente e imperiosa de los Estados Unidos de América, en el seno de la Conferencia; contra el deseo acaso de los que en muchas partes anhelaban, para salir verídicos en sus afirmaciones antiyanquistas, la conducta de los representantes de la república del Norte, ha sido inspirada, en su conjunto, como en el más insignificante de sus detalles, por el más elevado, noble y desinteresado amor al bienestar común. Por ninguna parte ha aparecido la más leve insinuación de imperio, el menor gesto de desdén hacia una nación débil, la más insignificante tendencia a beneficiarse, desde el punto vista comercial, con algún acto impuesto a la asamblea. Dando un hermoso ejemplo del más puro sentimiento republicano, nos han tratado a todos en el mismo pie de igualdad, han hecho uso de una exquisita tolerancia, y en casos en que habrían podido tomar iniciativas incontrastables, han preferido adherir modestamente a fórmulas de conciliación. El gran trust panamericano, predicho por algunos, bajo la dirección de los Estados Unidos, no ha aparecido por ninguna parte. La delegación americana ha dado esta vez el inesperado espectáculo de hacerse amar irresistiblemente, aun de sus adversarios naturales».

En febrero de 1907 Uribe Uribe no tuvo empacho en reconocer que había dejado «de ser liberal de los de Colombia». Posteriormente, en enero de 1913, ofreció una corona en la tumba de Domingo Díaz, traidor a Colombia en la separación de 1903, motivando violentos editoriales en su contra. Al año siguiente apoyó la candidatura de José Vicente Concha, contra la liberal de Nicolás Esguerra, quien se había opuesto a los tratados de Panamá durante el quinquenio de Reyes. Y en abril de 1914, año de su asesinato, participó en la redacción del Tratado Urrutia-Thompson. Con todo ello traicionó la patria y la posición progresista que antaño lo había caracterizado.

La reacción popular contra la usurpación gringa se prolongó varios lustros. En enero de 1904, en Magangué intentaron linchar al general Pompilio Gutiérrez por haberse negado a asumir el mando de la tropa el día de la desmembración. En septiembre del mismo año, varios municipios panameños protestaron contra la separación y pidieron reincorporarse. En febrero de 1906, los indígenas de San Blas emprendieron campaña para unirse a Colombia, encabezados por su cacique Inanaquiña. En mayo de 1910 el pueblo barranquillero se amotinó, obligando a Enrique Cortés –ex canciller de Reyes y negociador de los tratados panameños– a salir huyendo. Siete meses después, en diciembre, Cartagena se opuso a la pretensión del arzobispo Brioschi de vender bienes eclesiásticos a norteamericanos. Cinco días más tarde hubo en Bogotá un mitin y pedreas contra Vásquez Cobo, convocado a declarar por la Comisión Investigadora de los sucesos de Panamá. La semana siguiente, los istmeños enviaron a Carlos A. Mendoza a entrevistarse con dicha Comisión, pero fue boicoteado por la multitud. En mayo de 1914 hubo un mitin contra el Tratado Urrutia-Thompson y los manifestantes trataron de agredir a algunos senadores, especialmente a Uribe Uribe, signatario del mismo.

En el Urrutia-Thompson, Estados Unidos manifestó su «sincero pesar» por habernos cercenado a Panamá, «pesar» del que se retractaría cuando finalmente su Congreso lo aprobó en abril de 1921. Tal aprobación escondía propósitos torticeros: las multinacionales gringas requerían «normalizar» las deterioradas relaciones con Colombia para apropiarse nuestros hidrocarburos. Culminada la Primera Guerra Mundial, las petroleras estadounidenses se dedicaron a comprar tierras colombianas a vil precio. Para asegurar su inversión presionaron una legislación favorable, que lograron con la primera ley petrolera –la 120 de 1919– y el traspaso de las concesiones Barco y De Mares a las empresas gringas Colombian Petroleum, Colpet (1918), y Tropical Oil Company (1916, comprada en 1920 por la Standard Oil Company), respectivamente.

A la postre, en 1925, Estados Unidos pagó la indemnización de 25 millones de dólares y a cambio Colombia legitimó la usurpación del Istmo y las leyes petroleras progringas, fijando asimismo los límites con Panamá, ante lo cual ésta protestó porque tal delimitación la definieran terceros países sin su participación.

De la toma de Panamá a la dominación del país entero

El principal negociador del Tratado Urrutia-Thompson fue Marco Fidel Suárez, a quien debemos la política internacional que desde entonces prevalece, la Respice polum, formulada el 31 de mayo de 1914 en los siguientes términos: «Quien quiera que observe el poderío de la nación de Washington (...) habrá de reconocer que ningún pueblo americano, débil o fuerte, puede desatender el cuidado de su constante amistad con los Estados Unidos, sobre todo después de frescos y elocuentes sucesos (...) Siendo esto así, el norte de nuestra política exterior debe estar allá, en esa poderosa nación, que más que ninguna otra ejerce decisiva atracción respecto de todos los pueblos de América. Si nuestra política debiera de tener un lema que condensase esa aspiración y vigilancia, él podría ser: Respice polum, es decir, no perdamos de vista nuestra relación con la gran confederación del Norte".

Nada distinto podía esperarse de quien en sus reminiscencias históricas alardeaba de su desarraigo nacional elogiando a Mariano Ospina R., «personificación del valor, la honradez, la democracia, la legitimidad, la firmeza y el martirio», al referirse a la carta que éste remitió en 1857 a Pedro Alcántara Herrán, abogando porque Colombia fuese absorbida por Estados Unidos: «¿Qué inconveniente le resultaría a la Nueva Granada de anexarse a la Unión Americana? ¿La Unión estaría dispuesta a aceptar la anexión? Todos los hombres que tienen sentido común (...) han empezado a preguntarse: siendo cierto que estos países van a ser absorbidos por la Confederación del Norte (...) ¿Por qué no se hace de una vez aquella operación pacíficamente?».

Ya como presidente, Suárez continuó promoviendo la aprobación del Urrutia-Thompson: «Al Cónsul General de Colombia en Nueva York: Sírvase explicar a los interesados influyentes que este gobierno desea el desarrollo y el estímulo del capital extranjero; que el decreto sobre el petróleo [se refiere al 1255 Bis de 1919, para cuya derogatoria se compró en noviembre a la Corte Suprema de Justicia] no afecta derechos adquiridos; que ese decreto está suspendido y que será revocado en el momento oportuno. Que se expedirá una legislación más favorable a los intereses comerciales, que la Constitución colombiana garantiza los derechos de los extranjeros y que el gobierno ha hecho representaciones ante la legación americana prometiendo garantizar tales derechos». Atacado por todos los costados, Suárez finalmente tuvo que renunciar el 6 de noviembre de 1921.

En 1930, el presidente Enrique Olaya Herrera (agente de las compañías petroleras durante sus tres períodos de embajador en Washington, ganándose el galardón de candidato preferido del Departamento de Comercio de Estados Unidos a la primera magistratura de Colombia), reeditaría la misma política de postración ante los designios septentrionales, aunque ahora adobada con su dosis anticomunista: «Hemos llegado al momento político mundial en que los pueblos no solamente de América sino de todo el mundo, no pueden ignorar a los Estados Unidos de América. Quien quiera desorientarse de ese polo, se descentra e inevitablemente se pierde. Contra los Estados Unidos no puede estar ningún otro pueblo, a riesgo de caer en el caos en el que hoy se hallan China y Rusia».

Los traidores de hoy

A contrapelo del nacionalismo de la inmensa mayoría de compatriotas, perdura la entrega proyanqui de unos cuantos iscariotes, encabezados ahora por Álvaro Uribe Vélez, quien no sólo somete la suerte de la nación a los mandatos imperiales sino que apoya integralmente las diversas modalidades de su hegemonía mundial, desde la globalización hasta el desconocimiento del derecho internacional y su arremetida bélica global, incluyendo la infame invasión contra Irak, la cual Uribe pretende prolongar hacia Colombia solicitando que, concluida, Washington nos remita los marines para hacer de las suyas en nuestros lares, sin que se puedan juzgar por sus posibles desafueros ni por la justicia colombiana ni por la internacional.

Entre los personajes enrolados en las huestes colaboracionistas descuella el asesor presidencial de cabecera Rudolf Hommes quien, insatisfecho con los estragos de la apertura económica por él entronizada como ministro de Hacienda de Gaviria, ahora propugna profundizarlos a través del ALCA o de un acuerdo bilateral de comercio con Estados Unidos. Remozando el viejo lema de Marco Fidel Suárez, Hommes lo ajusta a los requerimientos imperiales contemporáneos con su tesis del Respice pecuniam: «Lo que está en competencia no son los viejos paradigmas de Respice Polum (‘Miren al norte’) y Respice Similia (‘Concéntrense en los similares’) [refiriéndose a «la solidaridad con otros países similares, esencialmente en América Latina»], sino cómo va a ser el país dentro de veinte años: amarrado a un modelo proteccionista de una unión aduanera en extinción o abierto al mundo para aprovechar el acceso a los grandes mercados. Los temas que dividen en materia de relaciones internacionales son exactamente los mismos que dividen al país desde hace 14 años y que no han permitido que se desarrolle un consenso sobre cómo alcanzar la prosperidad y el progreso».

«Cuando Colombia les propone a los Estados Unidos y a Canadá que se celebren tratados bilaterales de libre comercio, se está comprometiendo precisamente a eso, al libre comercio. Y cuando se reúnen los ministros de los países andinos a declarar aranceles estratosféricos y a buscar la manera de darles excesiva protección a determinados sectores o tipos de insumos y bienes intermedios, están haciendo exactamente lo contrario (...) O nos vamos a pelear el acceso al mercado norteamericano, o nos encerramos detrás del arancel externo común y quedamos supeditados a lo que decida el presidente de Venezuela de turno (...) Nos estamos jugando el futuro y para decidir eso se debe mirar lo que más nos conviene –Respice Pecuniam». (El Tiempo, V/2/03/15)

Remember Panama

La dominación estadounidense sobre Colombia iniciada con la secesión de Panamá ha continuado ininterrumpidamente desde entonces, amoldándose a las circunstancias impuestas por cada momento histórico, al igual que acontece en América Latina y el mundo.

Panamá no ha escapado a tal calvario. Apenas iniciada su procelosa historia, el francés Bunau-Varilla, como embajador de la nueva república ante la Casa Blanca, fue quien firmó el infame tratado del Canal. En febrero de 1904 se refrendó la Constitución que consagró el derecho de Estados Unidos a intervenir en cualquier parte del territorio istmeño, y durante todo el siglo XX el Canal sería un enclave estadounidense sometido a su control omnímodo.

Empero, Washington no se conformó con ello y convirtió el país en base de agresión contra todo el continente, construyendo y operando ocho bases militares en la Zona del Canal. Más aún, el 20 de diciembre de 1989 George Bush padre no tuvo vergüenza en denominar operación «Causa Justa» su invasión a Panamá, derrocando, expatriando y manteniendo en prisión norteamericana a su antiguo asalariado de la CIA, Manuel Antonio Noriega.

A lo largo de su historia, el hermano pueblo panameño ha realizado innumerables protestas contra la dominación estadounidense, sobresaliendo la de enero de 1964, cuando más de 20 estudiantes perdieron su vida a manos de los marines, y ahora la adelantada en septiembre de 2003 por el movimiento sindical, magisterial, estudiantil y popular contra la privatización del Seguro Social en beneficio de las multinacionales del sector.

El 7 de septiembre de 1977 Ómar Torrijos firmó el segundo tratado del Canal, logrando que el 31 de diciembre de 1999 Estados Unidos finalmente cediera a Panamá la operación de la vía. No obstante, los gringos incluyeron la llamada «cláusula de neutralidad» y a su vez los panameños dejaron una reserva para que no se «interpretara como un derecho de intervención en los asuntos internos de Panamá, o de interferencia en su independencia política o su integridad soberana». Aunque Washington aceptó la adición, siguió interviniendo de hecho, como en efecto lo hizo en su invasión de 1989.

La única posición legítima que es dable asumir a quienes pretendan defender los derechos panameños o de cualquier otra nación, la sintetizó Francisco Mosquera hace casi treinta años: «Ni con el alegato de la protección de su seguridad, ni bajo ningún título legítimo, al imperialismo norteamericano le está permitido reclamar su intervención en Panamá o en cualquier otro país del globo. Únicamente en el código de la piratería internacional se registra ese inaudito derecho a trasladar tropas, levantar bases militares y mantener jurisdicción en tierras ajenas como lo hace el gobierno de Washington en los cinco continentes (...) Amigo sincero de Panamá sólo será quien respalde incondicionalmente las justas reivindicaciones y la heroica lucha del pueblo panameño por su independencia completa, plena soberanía, cabal autodeterminación e independencia territorial, de las cuales nunca ha disfrutado, ya que desde el nacimiento como República el imperialismo norteamericano pisotea su nacionalidad, con el ávido propósito de manipular a sus anchas la puerta que comunica a los dos océanos».

La política agresora de los dos Bush reedita la adelantada en el intersticio de los siglos XIX y XX, cuando Estados Unidos se adentraba en su etapa imperialista. Ambas se apoyan en una ofensiva ideológica, económica, política y militar para imponer ecuménicamente la «civilización» estadounidense. Para explicar su agresiva política actual, el vicepresidente Dick Cheney, principal escudero de George W. Bush, retoma el lenguaje mesiánico en boga por los días del robo de Panamá: «Estados Unidos no tiene que enrojecer por ser una gran potencia y tiene el deber de actuar con fuerza para construir un mundo a imagen de Estados Unidos»; el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha hecho suya la frase preferida de Al Capone: «Se consigue más con una palabra amable y un revólver que sólo con una palabra amable»; Condoleezza Rice, consejera de seguridad, afirma que Estados Unidos «debe partir del suelo firme de sus intereses nacionales y olvidarse de los intereses de una comunidad internacional ilusoria»; y Robert Kagan, uno de los autores del Proyecto para un nuevo siglo americano, base de la política externa gringa, confiesa y reafirma que «Estados Unidos es y debe ser un imperio».

El imperialismo norteamericano de principios del siglo XXI no es el de comienzos del XX: su beligerancia centuplica la de hace cien años, quizá porque sufre los achaques económicos de una recesión de la cual no logra levantar cabeza, se halla inmerso en insalvables y cada vez más agudas contradicciones económicas y de toda laya con la Unión Europea, Japón y demás naciones industrializadas, sus políticas neoliberales desencadenan numerosos protestas, y sus tropelías bélicas concitan el rechazo universal.

Ayer Estados Unidos se apoyó en el enclenque régimen de Marroquín y hoy lo hace en la administración apátrida de Álvaro Uribe Vélez. En la actualidad, cual hace un siglo, la tarea de la que pende nuestra suerte sigue siendo la misma: unificar en un solo haz a la inmensa mayoría de los colombianos en un frente por la salvación nacional. Como dijera Héctor Valencia, secretario general del MOIR: «Es esencial reafirmar que la contradicción existente entre la nación y el imperialismo norteamericano preside y somete a su desarrollo todas y cada una de las demás contradicciones presentes en la sociedad».

«Conviene repetir dos palabras, a manera de mantra: remember Panama» (Daniel Samper Pizano).