RECHAZO POPULAR AL ALTO COSTO DE LA VIDA

En 1972 se hicieron más incontenibles las alzas y más profundas y generalizadas el hambre, la miseria y la ruina del pueblo colombiano.

El gobierno tuvo que apresurarse a proclamar la adopción de “medida de emergencia para hacer frente al acelerado crecimiento de los precios en los alimentos”. Las estadísticas salidas de los propios bolsillos de estafador del gobierno dieron, sin terminar el año, un crecimiento de un 12.6 por ciento en el costo de la vida. Como el camuflado dato no dejaba de reconocer pálidamente la crítica situación, el actual Ministro de Agricultura insistió en que la cifra no se podía interpretar como la del costo de la vida sino como la de los precios de la llamada “canasta familiar”.

Pero informes oficiales detallaron alzas en consumos que no caben en ninguna canasta: vivienda, educación, vestuario, drogas, misceláneas. Y aproximaron el flojo dato anual de crecimiento, contabilizado de octubre del 71 a octubre del 72, en un 14,4 por ciento. Se arriesgaron además a “vaticinar” que el crecimiento total en 1972 superaría el 16 por ciento, “el cual sería el más alto de los últimos años”.

Esta aberrante situación que padecen millones de colombianos se profundizó y abortó nueve meses después de protagonizarse en el Teatro Colón una farsa descarada que, con la actuación del sonriente títere principal parapetado entre los representantes del sector público y el privado, proclamó un “plan nacional contra la carestía”.

No podía salir de esta reunión de los “zares de los precios” otra cosa que las despiadadas y asesinas medidas que han extendido y profundizado el hambre y la miseria entre el pueblo.

No había transcurrido todavía un mes, cuando el 4 de marzo “El Tiempo” señaló alarmado que “no ha tenido efectos la política de abaratamiento de los artículos de primera necesidad”. Al día siguiente un editorial de “La República” se daba golpes de pecho: “A decir verdad nos preocupa la simultaneidad entre el aumento del costo de la vida y el de las utilidades de las empresas”.

Pero la farsa no se había representado ni por primera ni por última vez. A fines de marzo Pastrana desencajó de nuevo su necia sonrisa. Recitó entonces un programa de abastecimiento para “rebajar en 150 millones de pesos el costo de los alimentos en Bogotá en 300 productos básicos”.

Como si quisiera no desmentir y negar la cruel realidad, el gobierno tituló este programa “Plan Tiburón”.

La insaciable y feroz voracidad del imperialismo y sus intermediarios difícilmente podría encontrar un mejor calificativo.

La mención de una de las “soluciones” descubrió la única promesa que cumple con fiel diligencia el gobierno: la entrega del país al imperialismo norteamericano. Ya transitaban hacia Colombia miles de toneladas de leche deshidratada por equivalencia a 18 millones de botellas, negociadas a elevadísimos precios con los monopolios yanquis para el exclusivo consumo en los reservados supermercados de esos mismos monopolios.

En Junio el gobierno autorizó un reajuste nacional de los precios de la leche que, en Bogotá, significó un aumento superior al 30 por ciento para los obreros, según el Dane. El déficit de la producción lechera se calculó en un 58 por ciento para este año.

Los negociados de los terratenientes con el imperialismo y la gravísima crisis de la producción pecuaria, determinaron más adelante la imposición del racionamiento en el consumo de carne vacuna dos días por semana.

La alarmante situación resucitó un no tan viejo informe, del agrónomo Guillermo Palacio del Valle, en el cual se señala cómo durante el quinquenio 1951-55 bajó el consumo de carne por persona en un 16 por ciento y cómo de 1937 a 1954, en 14 años, los precios del mismo producto habían subido en Bogotá un 703 por ciento. Añadía el mismo informe que los colombianos apenas consumen 19 a 20 kilos de carne por persona al año.

Esta situación de miseria no sólo se prolongó sino que se hizo más aguda. Hernán Jaramillo Ocampo expresó el 6 de noviembre como Ministro de Agricultura, presentando las bases del plan nacional ganadero, que “si el crecimiento de la población vacuna y la tasa de extracción continúan a los promedios de los últimos años 2.4% para el crecimiento de la población y 12.5% para la tasa de extracción para 1980 tendríamos un déficit de 6 millones de cabezas en el activo ganadero del país y de 900.000 al año en producción”.

“El cuadro es desolador”, reconoció el exministro. Y anotó que “toda la riqueza del sector ganadero cubre únicamente las necesidades de consumo de carne de solo un 15 por ciento de la población colombiana”.

Sin embargo Jaramillo tomó aliento para señalar descaradamente que a pesar de todo “el país, si quiere cumplir las metas de producción trazadas tiene que aceptar por algún tiempo una contracción con sacrificios innegables de los consumidores”. Para 1980 el gobierno tiene pactado un compromiso con el imperialismo: suministrarle 740 mil cabezas de ganado en pie además de la carne en canal. Esta entrega ya se comenzó a cumplir con la explotación de la casi totalidad de la producción pecuaria, no sólo en carne sino también en cueros y otros derivados, incluida la leche. La reciente crisis de la mediana y pequeña industria del calzado reveló cómo la escasez de cuero en el mercado proviene de esta política de saqueo, premiada por el gobierno con la promesa de anular las cargas tributarias que aún fastidian a los ganaderos.

Declaraciones del presidente de la Corporación Nacional de Industriales del Calzado y del gerente de ACOPI (“La República” noviembre 9), señalaron como “El traumatismo interno del mercado del calzado tiene como principales factores la exportación de cueros en todas sus formas (curtidos, verde y de mediana curtisión); la exportación de ganado en pié y la veda en las principales ciudades del país”. “... de diciembre de 1971 a noviembre de 1972 el precio de las materias primas ha registrado aumentos hasta del 60 por ciento” y se ha creado “un alza incontrolable en el precio de los cueros curtidos”. ”Colombia es el único país que no importa calzado y de continuar esta situación nos colocaríamos en el problema de comprarlo en un futuro en el exterior”.

Después del rasgar de vestiduras ante el último estremecimiento producido por la crisis, Pastrana interpretó con absoluta fidelidad los clamores de los intermediarios de los monopolios norteamericanos. En noviembre se anunció una vez más que se adoptarían las medidas necesarias, no ya para detener las alzas, sino para rebajar el costo de la vida! Esto en plata blanca significó la importación de más productos norteamericanos, varios de los cuales se traerán ahora de manera ilimitada y completamente libre.

Ya a fines del año pasado el gobierno anunció la importación en 1972 de más de medio millón de toneladas de trigo de Estados Unidos y el desembolso de 350 millones de pesos como subsidio para los grandes traficantes.

En menos de un año el gerente general del IDEMA se tuvo que tragar sus palabras de “frenar el costo de la vida aumentando la producción nacional” y su proclamación de “no importaciones, con excepción de trigo”.

La pretendida extensión del PAN (Programa de Abaratamiento Nutricional) y la “filosofía del IDEMA en 1972... darle más peso al peso colombiano” se han encarnado en arrebatarle el pan y aumentar el peso de la explotación, la opresión, y la miseria al pueblo colombiano.

Las alzas en los productos de primera necesidad en este año han sido más graves que las ocurridas hace más de dos años, calificadas entonces por un funcionario del Dane como “el más alto crecimiento de los últimos cinco años”, declaración que le costó su destitución por la tímida refutación a las falacias genocidas del gobierno.

La base y los índices oficiales para medir el crecimiento del costo de la vida saltaron y el Dane anunció el 25 de noviembre la eliminación de las clasificaciones para las alzas sufridas por los obreros y los empleados.

Mientras se repletan las arcas del imperialismo norteamericano y de sus fieles sirvientes, la gran burguesía y los grandes terratenientes, el hambre es un monstruo más vasto y gigantesco. Según el gobierno, en Colombia mueren 100 niños por día a causa de la desnutrición.

El salario de los obreros difícilmente abarca los mínimos requeridos para atender a la peor subsistencia. Más del 50 por ciento de los empleados y subempleados gana menos de $500 al mes y cerca del 20% menos de $1500. Más del 10 por ciento de las familias tiene ingresos menores de $300 mensuales. Los desocupados se acercan a los 3 millones y el crecimiento anual del desempleo es cada vez mayor. La devaluación anual del peso colombiano es para el propio gobierno de un 12 por ciento. Aunque otros lacayos como Lleras Restrepo, la sitúan por encima del 16 por ciento.

En 16 años, de 1955 a mediados de 1971, los precios subieron más de un 400 por ciento. Los salarios en el sector manufacturero excepcionalmente aumentaron el 20 por ciento en 7 años de 1962 a 1969.

Los reajustes en servicios de salud, drogas, ICSS, educación, públicos, impuestos, transporte, doblan en muchos casos las tarifas y cuotas anteriores.

Contra toda esta criminal y despiadada política de saqueo y desolación se está levantando combativamente el pueblo colombiano. Los obreros, los campesinos, los estudiantes y los intelectuales, los empleados, los pequeños y medianos empresarios, han protagonizado huelgas, invasiones, paros, movimientos cívicos, en una gran oleada de rechazo a la medidas del gobierno.

Las masas se han movilizado combativa y ampliamente a luchar por mayores salarios e ingresos y por mejores condiciones de vida comprendiendo cada vez más que solo la destrucción absoluta de todo el actual régimen neocolonial y semifeudal, la expulsión de Colombia del imperialismo norteamericano y de sus aliados, la gran burguesía y los grandes terratenientes, y la instauración de un nuevo régimen democrático dirigido por el proletariado y el resto del pueblo, puede asegurar remedio y solución a todos los males y miseria que padece el pueblo colombiano.