REPORTAJE A RICARDO CAMACHO

Tribuna Roja: ¿Cuál ha sido la visión del Teatro Libre acerca de la dramaturgia nacional?

Ricardo Camacho: Desde nuestros comienzos el norte fue lograr una producción dramática enraizada en los problemas y la historia de la realidad colombiana. El proceso de un grupo teatral es, sin embargo, zigzagueante, y por lo tanto ha habido muchos ires y venires. En nuestra primera etapa tuvimos un taller de dramaturgia, algo que era inédito en el país, el cual produjo al menos diez obras de las cuales la más importante es, sin duda, La agonía del difunto, de Esteban Navajas. Se trata de la obra teatral latinoamericana más montada en el mundo. Desde 1977, sabemos de escenificaciones no sólo en todo el continente sino en lugares como la antigua República Democrática Alemana, Polonia, Hungría...

Después vimos que nos faltaba mucha experiencia, no sólo en lo dramatúrgico sino también en lo referente a la producción de espectáculos. Para aprender escogimos las obras de los autores clásicos, y la primera obra que nos ayudó a pulir las herramientas fue El Rey Lear de Shakespeare. Tal inquietud tiene sus raíces en la formación que recibimos en la universidad, y nos llevó a diversos montajes de piezas del repertorio universal. Hace algunos años retomamos la producción de obras propias y de este nuevo proceso han surgido, entre otras, Un muro en el jardín , de Jorge Plata, Gato por liebre, de Piedad Bonnett, Muchacho, no salgas, de José Domingo Garzón, o Crescencio , de Armando Múnera; hemos reconstruido el taller, y en su seno se gestan nuevos proyectos.

De otra parte es bueno recordar que el Teatro es cada vez más un hecho internacional, y por lo tanto nuestra dramaturgia debe lograr una proyección que trascienda las fronteras. Los nuevos esfuerzos colombianos en este campo necesitan, pues, superar el costumbrismo, el folclorismo, lo inmediato, el "color local" y entrar de lleno, sin complejos, en los grandes temas contemporáneos. Por eso, creo que Crescencio, la leyenda y la música es, para nosotros, la culminación de una etapa.

T. R: ¿Qué actividades investigativas les demandó esta realización?

Ricardo Camacho: Contamos con una base documental amplia, efectuamos entrevistas y nos apoyamos en la bibliografía existente sobre Crescencio Salcedo y su música. Pero quiero aclarar que en ningún momento fue nuestro propósito transplantar al escenario investigaciones de tipo antropológico o sociológico. No partimos de teorías sino de una recuperación de nuestras raíces dormidas, que son las de la mitología popular, la música, el aire que se respiró, los colores que se vieron, los sonidos que se escucharon. La investigación, pues, fue mediatizada en busca de una dimensión teatral. En La agonía del difunto, por ejemplo, después de conocer el texto de Navajas los actores hicieron un exhaustivo trabajo de campo en la Costa Atlántica. En Crescencio no tuvimos inicialmente una partitura. La obra no pretende una ilustración biográfica; ni se basa en un documento, ni es una pieza costumbrista o una comedia musical. Se aprovecha al máximo la capacidad de creación de imágenes de los actores.

T.R.: ¿Cómo influyó en este trabajo la confrontación con el teatro universal?

Ricardo Camacho: El grupo analizó decenas de espectáculos dé todas las vertientes. Incluso llegamos a ver videos de danza japonesa contemporánea y hasta de producciones de Broadway, en fin. Pero luego nos importó cómo asimilar la realidad, partiendo no de lo leído sino de nuestros propios recursos, posibilidades y vivencias; por ello la obra no es una copia de ningún estilo, sino una creación verdaderamente original.

T.R.: Hablando de los actores, parece destacable que, de los trece, seis son debutantes que provienen de las dos promociones que ha graduado ya la Escuela de Formación de Actores. ¿Cómo consiguieron acoplarlos?

Ricardo Camacho: Sin mayores dificultades estos jóvenes actores y actrices se integraron con el resto del elenco, dentro del cual hay algunos con muchísimos años de experiencia profesional, y brindaron aportes importantes para la creación del espectáculo. Por ejemplo el protagonista, Ramsés Ramos, quien interpreta a Crescencio, realizaba su primer trabajo después de haberse graduado en la escuela.

T.R.: Uno de los temas tratados en la obra es el del abandono de los artistas por parte del Estado. ¿Cómo ha sido la relación del Teatro Libre con las instancias oficiales de la cultura a lo largo de sus veinte años?

Ricardo Camacho: Hagamos la salvedad de que el verdadero artista crea su obra con o sin apoyo del Estado. Ahí está la viva imagen de Crescencio Salcedo. Frente al Teatro Libre, la relación ha oscilado desde la hostilidad hasta un tibio reconocimiento, pasando por la indiferencia. Hoy en día, en el mundo entero, el neoliberalismo hace estragos en el terreno de las artes. Valga el caso de la desaparecida Alemania oriental, donde hay miles de músicos lavando carros o pintando casas, o el de los Estados Unidos, país que en los últimos diez años no ha producido una sola obra teatral importante. Y Colombia no es la excepción. Nosotros perseveraremos en nuestro oficio, tengamos o no el apoyo oficial. No usaremos esto como excusa para el inmovilismo, pero eso sí, jamás hemos dejado de luchar por las reivindicaciones de los artistas colombianos.