REPORTAJE SOBRE LA HISTORIA COMUNERA (II)

En el número anterior publicamos la primera parte de la entrevista con el compañero Gustavo Quesada, historiador y dirigente del MOIR. La siguiente es la conclusión de este reportaje.

¿Podría hablar de los principales episodios de la epopeya de Galán? Mientras Berbeo negocia con el Arzobispo, que llevaba la precisa instrucción de detener el movimiento en Zipaquirá, la plebe duda de las virtudes de su Comandante General y exige que no se negocie y se avance directamente a la capital del Virreinato. Por tres ocasiones los insurrectos, acampados en el alto del Mortiño, se toman la plaza de Zipaquirá, gritando: ¡Guerra a Santa Fe!, ¡Guerra a Santa Fe!

El 25 de mayo de 1781, Galán es nombrado Capitán de 150 hombres, con los que inicia su campaña tomándose a Facatativá al día siguiente. Desciende hacia Tena, establece el poder del Común en Villeta y controla Guaduas desde junio 6. Bajo su influencia se sublevan La Mesa y Tocaima. Se insubordinan Beltrán, Piedras, Upito, Nilo, Melgar, Espinal, Guamo, Coello, Purificación y Chaparral. Todo el valle del Magdalena se suma al alzamiento del Común, desde Neiva hasta Ibagué.

El objetivo estratégico consistía en tomar por asalto a Honda, que estaba custodiada y era considerada la garganta del Reino, por ser el camino obligado de Cartagena y Quito hacia Santa Fe. Galán pasa a Ambalema, principal centro tabacalero de Llano Grande, y de allí a Mariquita. Libera los esclavos de la hacienda La Niña y de las minas de Malpaso.

La revuelta se fue extendiendo por todo el Virreinato. Los peones de la hacienda de Villavieja dirigidos por Toribio Zapata y Teresa Olaya, se apoderaron del Estanco de Neiva y mataron al gobernador Policarpo Fernández. En Pasto los indígenas también ajusticiaron al gobernador Ignacio de Paredes. En Tumaco, el insurrecto Vicente de la Cruz depuso al corregidor. En los Llanos, don Javier de Mendoza amotinó a los indígenas sometidos por los Agustinos y excitó a la rebeldía en Manare, Morcote, Pore, San Juan de los Atalayas, Támara y Surimena. Don Javier de Mendoza, “hombre hereje y dado a prácticas satánicas”, entregó la tierra a los nativos, suprimió los tributos de indios y encerró a los curas en las iglesias, exigiéndoles que se ocuparan sólo de Dios. En Antioquia los mineros y colonos protestaron contra alcabalas y estancos y contra el impuesto a los mazamorreros. Su ejemplo cundió; el “Discurso sobre la Injusticia”, leído por el pardo Bruno Vidal, en Guarne, sacudió toda la provincia de Antioquia y se levantaron Sopetrán y Rionegro. De Pamplona el incendio pasó a la Villa del Rosario de Cúcuta y de allí se propagó por Mérida y Trujillo, en Venezuela.

Si bien Túpac –Amaru ha sido ajusticiado, su hermano Diego Gabriel Condorcanqui continúa la guerra. Los Incas sitian La Paz por segunda vez, durante más de cien días. En el Chaco el pueblo se rebela contra el Virreinato del Río de la Plata y el ejército español no acude a controlar la situación por temor a que los bonaerenses se coludan con la Armada Inglesa, próxima a las costas. En México y Panamá, al otro extremo, se respira igualmente el aire caldeado de la revolución.

Todo este conjunto de circunstancias favorecía el avance sobre Santa Fe y daba la razón al instinto de la plebe. Cuando el justificado temor del Arzobispo consistía en que la chusma alcanzara el objetivo de “apoderarse del Erario Real, fijar aquí la silla de la sedición y extender desde ella su fuego a las vecinas provincias de Caracas, Quito y Popayán”, Berbeo pacta.

Es en este el momento culminante en el cual irrumpe la figura cimera de José Antonio Galán, quien, acompañado de un reducido grupo de comuneros, echa sobre sus hombros la empresa heroica de soliviantar el valle del Magdalena, asediar a Honda y promover la insurrección general.

Queda nítido el contraste entre las dos conductas que pugnaron a lo largo y ancho de la rebelión comunera. La de Galán y su pequeño ejército revolucionario, y la de los contemporizadores, acaudillados por Berbeo, que firmaron las capitulaciones y renunciaron a ellas cuando la Corona, violando los compromisos contraídos en Zipaquirá, las desconoció desafiantemente. Mientras los primeros hacen esfuerzos sobrehumanos para mantener la ofensiva y evitar el hundimiento, los segundos acolitan al Arzobispo y a su misión de capuchinos y franciscanos, que recorrían la provincia comunera concediendo indulgencias y regando agua bendita sobre los rescoldos de la inconformidad. Para salvar el pellejo, los traidores, que no llamaban a la guerra sino a la paz, abjuraron de los cargos asumidos durante el movimiento. Y en su abyección llegaron al colmo de aceptar que se indemnizara a España por los perjuicios recibidos “durante las pasadas conmociones” y se sumaron a la persecución de las partidas de Galán, “monstruo de maldad, objeto de abominación”.

Los revolucionarios, por su lado, perciben que la situación ha cambiado. En todos los pueblos les esperan órdenes de captura. Las cabezas de cinco indígenas colocadas en picas a la entrada de Santa Fe son clara advertencia de que la autoridad ha sido restaurada; don Ambrosio Pisco es detenido. El pequeño núcleo que persevera en la lucha, compuesto por Juan Manuel Rojas, Miguel Rafael Sandoval, Custodio Arenales, Ignacio Gualdrón, Buenaventura Gutiérrez, los hermanos Altamar, Manuel Ortiz, Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz, Antonio Molina y los hermanos del charaleño, le encomiendan a este, en un altivo y postrer empeño, el mando de una invasión para apoderarse de Santa Fe, el 9 de octubre.

Galán anima a los suyos, escribiéndoles: “Aplicar el más conveniente remedio a la ruina con que nos amenaza la Corte de Santa Fe y todo el Reino por el malogrado avance de la vez pasada con que nos han dejado vendidos, avariciosos, pícaros, traidores, a lo que no encontramos otro remedio que volver a cometer con más maduras reflexiones como ya experimentados (...) Alienten sus corazones y volvamos a seguir nueva empresa o si no como dicen (a mal desesperado, desatinado remedio) se hará preciso en la vil ocasión de nuestra perdición acometernos unos a otros”.

Don Salvador Plata paga mercenarios de su propio bolsillo y sigue la pista de Galán, a quien da caza el 13 de octubre en el sitio de Caguanoque, cuando huía hacia los Llanos Orientales, y engrillado lo traslada al Socorro. Inmediatamente es conducido a la capital, donde, en un juicio lleno de calumnias, y en el que se le acusa de malhechor, bandido, ladrón, infame e incestuoso, se emite la siguiente sentencia: “Condenamos a José Antonio Galán a que sea sacado de la cárcel, arrastrado y llevado al lugar del suplicio, donde sea puesto en la horca hasta que naturalmente muera; que bajado se le corte la cabeza, se divida su cuerpo en cuatro partes y pasado el resto por las llamas (para lo que se encenderá una hoguera delante del patíbulo), su cabeza será conducida a Guaduas, teatro de sus escandalosos insultos; la mano derecha puesta en la plaza del Socorro; la izquierda en la Villa de San Gil; el pie derecho en Charalá, lugar de su nacimiento; y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes; declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes, y aplicados al Real Fisco, asolada su casa y sembrada de sal, para que de esta manera se dé al olvido su infame nombre, y acabe con tal vil persona, tan detestable memoria, sin que quede otra que la del odio y espanto que inspira la fealdad del delito”.

Suerte similar corrieron Ortiz, Molina y Alcantuz. Pisco y Fray Ciriaco de Archila fueron desterrados. El Marqués de San Jorge, recluido en las bóvedas de Bocachica. A los funcionarios que tuvieron vínculos con el Común, y a muchos otros rebeldes, se les condenó a la pena de azotes. Cuando la masacre estuvo consumada, el Arzobispo, ya Virrey, promulgó una especie de amnistía general.

¿Cómo podemos explicarnos la derrota de la insurrección comunera? Estudiando la historia en profundidad podemos aseverar que la guerra de 1779 – en la cual España sale perdedora-, las revueltas de los Comuneros en la Nueva Granada y de los Incas en la Nueva Castilla y la independencia de América del Norte, son factores decisivos en la maduración de la crisis del imperio español que aún no había tocado fondo.

Sin embargo, por un lado, el pensamiento enciclopedista, las ideas de la ilustración, el liberalismo económico inglés y las concepciones filosóficas y políticas francesas, eran prácticamente desconocidas en la Nueva Granada hacia 1781. Y por el otro, el escaso crecimiento de las fuerzas productivas en los territorios coloniales y lo incipiente de su comercio exterior, no habían permitido el surgimiento de un sector de comerciantes adinerados con una visión amplia del cambio revolucionario. Los comuneros carecieron, por lo tanto, de una base económica desarrollada y de una teoría revolucionaria que les permitiese guiar acertadamente la lucha. No hay un solo documento que pruebe lo contrario.

Aunque en forma rudimentaria el movimiento del Común se encauza en la tendencia general del desarrollo social, no logró acuñar un programa que permitiera la alianza de las clases revolucionarias ni construir un ejército con capacidad de enfrentar una batalla, ni centralizar la dirección política; en lugar de concentrar, dispersaba. Ni siquiera el Supremo Consejo de Guerra pudo resolver esta contradicción. El poder siguió disgregado, en manos de los capitanes de las aldeas. El atraso ideológico y político era un fuerte aliado de los españoles.

El otro aspecto que influye en la derrota de la insurrección es el predominio de un sector vacilante, conciliador y oportunista, que se impone por la inevitable carencia de un núcleo capaz de orientar las acciones. Cuando Engels analizó las revoluciones campesinas en Alemania de 1523 y 1525, no vaciló en señalar que “ambas fueron aplastadas, a causa principalmente de la falta de decisión del partido más interesado en la lucha: la burguesía de las ciudades”. La revolución comunera no contó ni siquiera con esa burguesía.

Una vez fueron nombrados los capitanes del Común, el 18 de abril, lo que se decide en casa de Berbeo, este exigió que los posesionara el teniente Corregidor de la Villa, don Clemente Estévez. En el acta levantada para el efecto se hace constar que aquellos que aceptan los cargos de la presión de la masa, y luego cada cual deja su “exclamación secreta” en la que asegura que se compromete por temor a perder su vida o la de su familia, y para contribuir a aplacar y controlar los excesos de la plebe. Cuando se conforma el Supremo Consejo de Guerra, sus miembros envían una carta al Virrey Flórez en la que repiten sus lloriqueos, acompañada de una nota del cabildo, con firmas de amigos y parientes en la que se da testimonio de esta cobardía.

¿Por qué, entonces, fueron elegidos como capitanes” Porque objetivamente no había quien más condujera el movimiento.

El sector revolucionario nutrido por las capas más empobrecidas de las poblaciones comuneras insurrectas deja una estela de gloria a su paso, pero también nos enseña que la revolución no requiere solamente de coraje sino también de una correcta vanguardia y de una certera comprensión de los problemas que se busca resolver. Sin saber quiénes son los amigos y quiénes los enemigos del avance histórico, sin dominar los métodos para llevar a cabo las tareas propuestas y sin determinar claramente las metas supremas, resulta imposible alcanzar la victoria.

Pasados dos siglos del estallido, el movimiento de los comuneros sigue siendo objeto de estudio y en su interpretación hay posiciones encontradas, debate, contienda ideológica. Se trata de la prolongación en el tiempo de la misma lucha entre el oportunismo y la revolución. Las figuras de Galán y de Berbeo son, respectivamente, paradigmas de la consecuencia y de la entrega.

Los reaccionarios y los oportunistas de hoy se inclinan a justificar a Berbeo, mientras las fuerzas revolucionarias mantienen en alto la enseña del charaleño. Nuestra participación en esta polémica es obligatoria. Contribuyamos a la tarea de esclarecer ante el pueblo colombiano los hechos de nuestra historia, en los cuales hallaremos valiosas lecciones para el presente y para el provenir.