SIRIA HACE DE PEÓN DEL SOCIALIMPERIALISMO

Desde cuando se conformó el Estado Israelita, en 1948, la región del Oriente Medio ha sido escenario de constantes convulsiones políticas y militares. Además de una actitud de agresión permanente contra los pueblos árabes, los judíos han sido el origen de cuatro grandes conflictos armados; 1948-1949, 1956, 1967 y 1973. La obstinada negativa de Israel y de los Estados Unidos a solucionar el problema de los palestinos, impidiéndoles a estos conformar un Estado soberano, ha contribuido decisivamente al clima de belicosidad que se vive en la zona hace ya más de tres decenios. Ahora hay un nuevo ingrediente que agrava la tensión y es la amenaza cada vez mayor que representa el expansionismo soviético en toda el área, incluido el Golfo Pérsico. En la actualidad, la Crisis del Líbano, país que padece la ocupación de un contingente del ejército sirio respaldado por Moscú, ha vuelto a colocar el cercano oriente como uno de los focos más peligrosos de las contradicciones internacionales.

La tragedia libanesa A diferencia de otros países árabes, el Líbano había gozado durante muchos años de una atmósfera de estabilidad, hasta el punto de que se le conocía como “la Suiza del Medio Oriente”. No obstante, desde fines de los años sesentas, principiaron a agudizarse los enfrentamientos entre los cristianos maronitas (minoritarios, pero detentadores de grandes prerrogativas políticas y económicas), y la mayoría musulmana. La presencia de unos 400.000 refugiados palestinos, desplazados por Israel de sus tierras desde 1967 echó más leña al fuego. En 1969, el gobierno de Beirut se vio obligado a reconocer la legitimidad de la resistencia palestina y su derecho a conducir operaciones militares contra Israel desde el sur del Líbano. Pero los líderes cristianos de derecha (llamados falangistas), seguían considerando aquellos refugiados como “un Estado dentro del Estado” y un peligro contra la seguridad del Líbano, ya que los ataques palestinos a territorio judío exponían a su país a las represalias de Telaviv. En 1975, el entonces primer ministro israelita, Yitzhak Rabín, afirmó que un Líbano dominado por musulmanes sería “una amenaza real” para su nación.

En abril de 1975, como consecuencia de las contradicciones anteriormente señaladas, estalló en el Líbano una cruenta guerra civil que habría de prolongarse hasta las postrimerías del siguiente año y que se libró entre cristianos maronitas, por un lado, y musulmanes con apoyo palestino, por el otro. En enero de 1976, tropas regulares de la OLP, apuntaladas por Damasco, penetraron desde Siria para sumarse a las fuerzas que combatían a los falangistas. A partir de ese momento el conflicto empezó a adquirir proyecciones internacionales, puesto que Israel advirtió que no toleraría ninguna injerencia siria y simultáneamente Damasco anunció que no aceptaría el surgimiento de un bastión cristiano simpatizante de los israelitas y respaldado por éstos. A pesar de que en un comienzo Norteamérica declaró que se oponía a toda intervención en el Líbano, poco después, cuando ya era evidente el interés de Siria en la situación libanesa, el presidente Ford dijo:”Espero que los esfuerzos sirios sean coronados por el éxito”. Y como para remachar el punto de vista de la Casa Blanca, el enviado especial de Washington al Medio Oriente, Brown, anotó: “Estoy convencido de que la intervención siria es útil”, este cambio de política se debió, en primer lugar, a que los yanquis aún se hallaban anonadados por la derrota de Indochina y no deseaban verse involucrados en un conflicto en la explosiva región del Oriente Medio; en segundo lugar, a la ilusión estadinense de poder acercar a Siria y ponerla a jugar un papel apaciguador en la debacle libanesa. La táctica de Ford, conocida como “política del trípode” buscaba, por lo tanto, alcanzar la estabilidad interna con base en un presidente maronita, los cristianos moderadas y las tropas sirias.

El Kremlin, que ya empezaba a ganar cierta influencia en las esferas gobernantes de Damasco, vio con buenos ojos la confianza que su rival depositaba en el presidente sirio Assad y, en consecuencia, aprobó el plan de Ford. Debe tenerse en cuenta que la ofensiva militar estratégica de los soviéticos apenas estaba dando sus primeros pasos en ese momento.

A partir de junio de 1976, efectivos sirios comenzaron a ingresar al Líbano, a solicitud del debilitado e impotente gobierno de Beirut y con la misión de imponer a toda costa un cese al fuego. En primera instancia, con la ayuda de los falangistas, arremetieron contra los palestinos y los musulmanes libaneses que se negaban a renunciar a la lucha.

En octubre, los 20 países de la Liga Árabe y la OLP acordaron mantener en Líbano un contingente de paz de 30.000 hombres, compuesto primordialmente por sirios (poco después los otros países árabes retiraron su cuota de soldados y oficiales). Luego de 19 meses de guerra civil, 56 treguas fracasadas, decenas de miles de muertos y millones de dólares en pérdidas materiales, en noviembre de 1976 se logró un alto al fuego relativamente sólido. Nutridos destacamentos cristianos se establecieron al sur del río Litani, luego de haber desalojado a gran cantidad de refugiados palestinos. Desde esa época Israel suministra ayuda militar a los ejércitos maronitas, especialmente en el Líbano meridional.

Luego de 15 meses de calma, ésta fue interrumpida, en marzo de 1978, por ataques israelíes contra campamentos palestinos en Líbano. El objetivo de Tel Aviv era crear un ‘cinturón de seguridad’ en su flanco septentrional, limpiando dicha zona de enemigos y reforzando las tropas del líder cristiano ultraderechista Hadad, que para entonces ya había recibido de los sionistas varios millones de dólares en armamento. Como respuesta a la acción de Israel, en julio de ese año, Assad ordenó atacar las posiciones maronitas en varios puntos, incluida la capital, Beirut. Como quiera que las incursiones israelitas continuaron en los meses siguientes, en octubre el secretario de Estado, Cyrus Vance, envió una enérgica nota al régimen judío, aclarándole que los yanquis estaban “solemne y categóricamente opuestos a la intervención israelita en el Líbano” y que calificaban tal iniciativa como “un error histórico”; al mismo tiempo, el vicepresidente Mondale manifestaba que “Siria no es el único responsable de lo que pasa en Beirut”. Las anteriores aseveraciones revelan una continuación de la vieja política y la creencia ciega de la administración Carter en que con la colaboración de Damasco se resolvería la crisis libanesa, lo cual redundaría en beneficio del proceso de paz de Campo David. La ingenuidad del mandatario norteamericano se puso de manifiesto cuando pocos meses después, en 1979, Assad viajó a Moscú en procura de asistencia militar, la cual obtuvo. Un año más tarde, en octubre de 1980, Siria y la URSS firmaron un pacto de amistad, cooperación y respaldo recíproco, con lo que el socialimperialismo buscaba un medio a través del cual poner en práctica su política de hegemonismo en la región. Este hecho produjo un viraje radical en la correlación de fuerzas de la zona y concretamente en el problema libanés, puesto que las tropas sirias, equipadas y asesoradas por los soviéticos, empezaron a servir de instrumento para los designios de la superpotencia oriental. Así mismo, el ejército de Damasco, con los cuantiosos aportes de Moscú, se convirtió rápidamente en una poderosa fuerza armada (sólo en 1978 Rusia le vendió cerca de 1.500 mísiles de todo tipo). Al mismo tiempo, otro régimen amigo de la URSS, el libio, envió a Siria numerosos consejeros militares y ayuda financiera para el aprovisionamiento bélico de su aliado.

La crisis de los mísiles y el ataque a Irak Actualmente, el contingente sirio estacionado en Líbano suma alrededor de 22.000 soldados, con influencia principalmente en el norte y el oriente. El control sirio sobre las montañas del este libanés puede proporcionar eventualmente a la URSS un puesto de observación de gran valía para vigilar los movimientos de los barcos estadinenses en el Mediterráneo Oriental. El carácter ocupacionista del ejército sirio, denunciado por cada vez más numerosos sectores de la población libanesa, se acentuó y adquirió visos anexionistas con los hechos sucedidos en abril de este año.

En medio de la lucha entre cristianos y sirios por el dominio del estratégico valle de Beca y de la ciudad de Zahle, fueron derribados dos helicópteros sirios por aviones israelitas. El 29 de abril, Damasco instaló en el mencionado valle varias baterías de mísiles antiaéreos SAM-6 de fabricación soviética; según Assad, con carácter “puramente defensivo”. La reacción de Israel se limitó a varias advertencias en el sentido de que estaba dispuesto a destruir la amenaza que representaban los proyectiles para sus intereses militares. De otro lado, el Departamento de Estado dijo que Washington “no ha dado luz verde a Israel para tomar ninguna acción militar en el Líbano”. De inmediato, Reagan envió un negociador especial a tratar el problema surgido; el embajador gringo recorrió las capitales de los países involucrados en las crisis, sin alcanzar ningún acuerdo concreto. Entre tanto, la Liga Árabe reunida en Túnez entre el 22 y el 23 de mayo, proclamó su respaldo a Siria y a la OLP en su confrontación con Israel. El presidente egipcio, Sadat, sin embargo denunció públicamente a Siria como la causante de los padecimientos de la nación libanesa y señaló que aquella busca desde hace tiempo extender su territorio a costa de la soberanía de su débil vecino.

Según Assad, Líbano y Siria, son indivisibles y ambos forman parte de una Gran Siria, “es difícil trazar una línea entre la seguridad del Líbano y la seguridad de Siria”. Moscú da a conocer su apoyo incondicional a las acciones sirias y empezó a mover sus fichas para tratar de ganar puntos ante los Estados árabes, entre los cuales predomina un fuerte sentimiento anti-israelita, y los que el secretario de Estado, Alexander Haig, trata de convencer de que el principal enemigo del área es el soviético. El asunto de los mísiles dejó en claro la debilidad real de Washington frente al socialimperialismo, así como las dificultades que tiene que salvar en tan compleja situación para ganarse los países árabes y sacar adelante su política anti-soviética en el Medio Oriente. Las vacilaciones y el afán de la Casa Blanca de llegar a un arreglo negociado responden precisamente a una correlación de fuerzas adversas y al intrincado ajedrez que debe jugar Washington.

Las cosas se complicaron en junio cuando se conoció que la víspera la aviación israelí había destruido un reactor nuclear iraquí en Bagdad, con el argumento de que allí se estaban creando facilidades para la elaboración de bombas atómicas que en un futuro emplearían contra Israel. El ataque aventurero del régimen de Begin generó contratiempos a la estrategia estadinense de contener a la Unión Soviética en la región, puesto que en algunos países árabes tradicionalmente amigos de Washington, como Jordania, se levantaron voces exigiendo la formación de un frente común contra Israel y aquel que lo apoye. El presidente Reagan deploró el hecho tan pronto como se enteró del mismo. Debido a que, esas condiciones podrían atraer a los gobiernos árabes para llevar a cabo sus planes y control del Oriente Medio.

No sólo los árabes condenaron el gabinete de Bejín. El mismo parlamento judío y los aliados europeos de Norteamérica dejaron oír su voz de protesta. Margaret Tatcher dijo que el ataque armado en tales circunstancias no puede justificarse; representa una grave violación del derecho internacional. El señor Mitterrand reprobó enérgicamente a Israel, sobre todo teniendo en cuenta que el reactor iraquí había sido financiado por Francia. Las potencias de Europa Occidental, cuyo abastecimiento petrolero depende de lo que ocurra en Medio Oriente y el Golfo Pérsico, han continuado adelantando su política de acercamiento a los árabes, y por lo tanto ven con preocupación actos como el bombardeo israelí.

No obstante, una vez que hubo pasado el nerviosismo que siguió al ataque contra Irak, pudo apreciarse con mayor tranquilidad la verdadera magnitud del problema, dentro del contexto de las contradicciones existentes en la zona. La reacción del mundo árabe, que en un principio parecía apuntar hacia un rompimiento radical con Estados Unidos y su socio judío, poco a poco se decantó hasta concretarse en una serie de declaraciones de repudio a la agresión israelita, sin que se tomara acción alguna. El mandatario norteamericano cambió el tono de sus afirmaciones de desconcierto del comienzo y procedió a justificar la medida de su aliado. Y lo que es más revelador; en las Naciones Unidas, Irak y Estados Unidos llegaron a un acuerdo en virtud del cual el Consejo de Seguridad censuraría a Israel, pero no le impondría sanciones económicas, como había solicitado Bagdad días antes. ¿Qué motivo este ablandamiento en la posición árabe? Indudablemente, el temor que les inspira a los pueblos del Cercano Oriente el hegemonismo soviético. Actos de vandalismo, como el que Afganistán, pesan más que el resentimiento contra las provocaciones del sionismo.

La cuestión palestina Desde la conquista de la margen occidental del río Jordán (Cisjordania) y la Franja de Gaza, durante la guerra de 1967, los sionistas emprendieron la ocupación metódica de tales territorios creando numerosos asentamientos o colonias de población judía con el fin estratégico de desplazar definitivamente a los palestinos que habitan allí desde tiempos remotos e impedirles formar un Estado propio. Hasta ahora Israel ha establecido más de 100 colonias, sin contar los puestos militares permanentes que tiene en suelo árabe. Una tercera parte de las tierras agrícolas ha pasado a manos de los invasores, los cuales suman ya más de 70.000 en las áreas dominadas. Para expulsar a los legítimos propietarios palestinos, las autoridades israelitas recurren a la intimidación, a las leyes de todo tipo e incluso al empleo de defoliantes para arrasar los cultivos. Como consecuencia del expansionismo sionista, los cuatro millones de palestinos, a quienes se ha negado el derecho a la autodeterminación nacional, viven dispersos y muchos de ellos en calidad de refugiados, 700.000 en Cisjordania; 450.000 en Gaza; 400.000 en Líbano; 500.000 en Israel; 1.150.000 en Jordania; 250.000 en Siria; 250.000 en Kuwait; 50.000 en Arabia Saudita; 80.000 en Egipto; Irak, Libia y Argelia; 50.000 en Europa; 70.000 en América. Israel ha rechazado sistemáticamente su retorno a las fronteras anteriores a 1967, así como la creación de un Estado palestino en Gaza y la margen occidental. Recientemente Begin declaró que “mientras yo sirva a la nación como Primer Ministro, no abandonaremos parte alguna de Judea, Samaria o la Franja de Gaza”.

La posición israelita frente a la cuestión palestina ha sido el principal escollo para el logro, no sólo de la paz, sino de la unidad árabe contra el expansionismo soviético en la zona. La causa del pueblo palestino cuenta con enormes simpatías en todo el mundo. Sin embargo, este movimiento de liberación, a tiempo que combate por alcanzar sus nobles ideales nacionales, debe cuidarse de caer en garras del socialimperialismo, el cual se aprovecha de las luchas emancipadoras de los pueblos para alcanzar sus objetivos de conquista y expansión. Así mismo, el conflicto libanés debe ser resuelto por el pueblo del Líbano, con el concurso desinteresado del mundo árabe, pero sobre la base del respeto y la soberanía y la integridad territorial de aquel país y sin la interferencia de las superpotencias.

A partir de la segunda semana de julio, Israel emprendió una gran ofensiva por tierra, mar y aire contra las posiciones palestinas en el Líbano, durante la cual cayeron varios centenares de civiles indefensos. Los aviones bombardearon indiscriminadamente numerosos objetivos, incluida la capital libanesa, en lo que fue catalogado como la embestida más violenta del sionismo contra los campamentos de refugiados palestinos. Una vez más en todas las naciones árabes se elevaron voces de indignación y repudio por las acciones israelitas. No satisfecho con el provocador ataque contra Irak, el señor Begin, ahora envalentonado con la perspectiva de continuar como jefe de Estado, se ha embarcado en otra aventura terrorista que de seguro agudizará las tensiones de la zona del Cercano Oriente.