VIVIR PARA VER

El balance de las elecciones de 1982 permitirá hacer un corte de cuentas que precise los desfalcos de la contracorriente auspiciada por el Partido Comunista. Desde cuando comenzó su coqueteo con el nefasto cuatrienio del “mandato de hambre”, son ocho años en que los dirigentes del revisionismo colombiano han entorpecido, como nunca, el desarrollo de las fuerzas revolucionarias, escindiéndolas, desmedrándolas y corrompiéndolas con su falsificada unidad y sus preceptos de renegados de la causa obrera.

Si en 1974, debido a la alianza con el MOIR, aceptaron suscribir a regañadientes unos puntos programáticos que contemplan las aspiraciones mínimas de la nación y del pueblo de la presente etapa de la revolución, y que después fueron disimuladamente dejando regados por el camino, ya para los comicios actuales su única preocupación se redujo a elegir unos cuantos candidatos, por cierto en mucho menor número que en otras oportunidades, mimetizándolos sin sonrojo en las listas del Nuevo Liberalismo de Galán Sarmiento.

Ellos, que endilgaban a los integrantes del FUP el propender por acuerdos de exclusivo alcance electoral, además de seguir hablando de la UNO, un aparato sostenido únicamente por los revisionistas, y de darle vida artificial al Frente Democrático, fundado en 1978 con el hoy agónico grupo de firmes, se plegaron al movimiento del antiguo llerismo y a más de un manzanillo oficialista, cual desaforados curuleros. Su táctica ni remotamente persigue diferenciarse de las rancias y antipatrióticas actitudes de la coalición gobernante. Por el contrario, depositan su aventura política en competir con el bipartidismo tradicional, no sólo en los métodos proselitistas sino en la propagación de ciertas consignas demagógicas.

De esto dan fe los planes de vivienda del Partido Comunista, cuyos barrios se convierten en fortines electorales suyos, y la cruzada por la paz, de la que fueron sus principales inspiradores y con la que les proporcionaron a los voceros de la reacción un tema abundante para posar de intransigentes y amigos de la convivencia entre oprimidos y opresores. Hay harto que decir alrededor de estos criterios y procederes proditorios. Por ahora nos remitiremos a reseñar el alborozo con que la gran prensa recibió la postulación del profesor Gerardo Molina y la forma como éste ha venido rondando por las toldas de los diferentes bandos en que actualmente se hallan fraccionados los partidos oligárquicos. Leamos los encomios prodigados por El Espectador del 1 de diciembre de 1981. “El doctor Molina es un eminente figura, fiel a sus ideas, honesto en sus comportamientos, dado a la labor de convicción intelectual y no a la vocinglería. Su presencia en el debate, aun cuando escasa en frutos políticos, es una contribución a enseriarlo. El liberalismo, como comunidad pensante, no como maquinaria atropelladora y codiciosa, tiene una especial deuda intelectual con él, asiduo, profundo y nítido expositor de las ideas liberales en Colombia, encarnadas en líderes y gobiernos”.

A raíz de sus gestiones en la Comisión de Paz y de su polémica al respecto con el M-19, El Tiempo, de febrero 27 de 1982, aplaude a Gerardo Molina que “por su formación ideológica, la entereza de su carácter y la pulcritud de su vida pública, ha sido un paradigma en el complejo panorama de la política colombiana desde hace ya bastante tiempo. Un universitario en el más estricto y honroso sentido de esta palabra, como lo ha sido siempre él, ha declarado que seguirá trabajando intensamente a favor de la paz. ‘En la confianza de que los altos mandos de las organizaciones insurgentes hagan un examen cuidadoso de la situación y contribuyan, lo mismo que el gobierno, a que la nación logre lo que desea con más vehemencia, la paz’.

“Sin apartarse en absoluto de sus convicciones y de su formación izquierdista, Gerardo Molina ha asumido una posición que lo enaltece. Que lo honra. Su elevada jerarquía intelectual no podía haberle permitido menos. A veces da ganas de votar por él”.

Por su lado, el historiador liberal no ha sido menos generosos en cuanto a devolver los cumplidos a sus contrincantes. No necesitamos citar todos los elogios que se han cruzado en medio del debate con López Michelsen y que se encuentran consignados en no pocos diarios del país. Contentémonos con la inaudita esperanza que pretende sembrar el candidato del revisionismo cuando le confiesa a El Tiempo en reportaje del 20 de diciembre. “Si el doctor López se decide a hacer una política de pacificación como la que acabo de señalar y, sobre todo, si se compromete a hacer la política social a que acabo de aludir, es posible que él tenga éxito en sus propósitos de paz”. De Belisario Betancur aseguró que un eventual gobierno suyo “no será tan represivo como el que estamos padeciendo”. Y complementó: Belisario es un hombre amplio, demócrata, lo que asegura un gobierno respetuoso de las libertades y de los derechos del hombre, lo cual sería ya una cosa importante (El Espectador, diciembre 11 de 1981). Entre las alabanzas al candidato del llerismo refiramos una que recoge El Tiempo, de febrero 7 de 1982, y que lo sintetiza todo: “El único aspirante a la primera magistratura que encarna una renovación política es Luis Carlos Galán”.

En su primera comparecencia en la televisión el personero del Partido Comunista, buscando eco para sus pedidos de amnistía y de paz entre los jerarcas del régimen y con el ánimo de ganarse el asentimiento de por lo menos una parte de las Fuerzas Armadas, se deshizo en loas a los militares colombianos. Habló de que en el estamento castrense había “oficiales reflexivos, estudiosos, serios, que estaban muy lejos de los generales troperos que hubo hasta hace poco”, y que aunque anticomunista, “veían con buenos ojos y aceptaban las soluciones propias del socialismo democrático”. Y reveló que “una de las tareas de la hora consiste en buscar la reconciliación entre la nación y el ejército”.

Y más recientemente, respaldó la conducta disonante y rodillona de la administración Turbay Ayala en pro de Inglaterra y de la política norteamericana, con respecto a l conflicto de Las Malvinas, porque según su enfoque, Argentina hizo de agresor y no cabía recurrir a los instrumentos de “defensa colectiva” contemplados en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Yo creo que eso estuvo bien – dijo – El TIAR no se puede aplicar en este caso, toda vez que la agresión fue de Argentina a un país extracontinental.

El tratado sobre ayuda recíproca solamente puede aplicarse cuando la agresión es de un país extracontinental a una nación americana” (El Espacio, abril 26 de 1982). A propósito, un pequeño comentario. El TIAR no se trata de un convenio voluntario de las repúblicas latinoamericanas, sino de un compromiso impuesto en 1947 por el imperialismo norteamericanos para apuntalar su dominación sobre el Continente. Por lo tanto, la solidaridad que en esta emergencia le debemos al pueblo argentino ha de expresarse y concentrarse por otros medios infinitamente más apropiados que los del TIAR. Para Molina el asunto se reduce a una interpretación jurídica, de la norma escrita, coincidente además con la que efectúan los legistas del régimen.

Si a lo anterior le sumamos sus reiteradas defensas del orden constitucional del país, o eso de que “la izquierda colombiana es el nuevo nombre del derecho y de la paz”, así como sus apariciones en actos oficiales celebrando convenios diplomáticos o inaugurando obras públicas, no queda difícil admitir que la candidatura Molina, antes que un grito de combate, es la bandera blanca de la conciliación de clases que el oportunismo levanta para contener el brazo de la represión.

El proceso degenerativo se patentiza. En 1974 la contracorriente promovida por los revisionistas, a fin de guardar las apariencias firmó el programa mínimo y predicó un frente que trascendiera mucho más allá de unas simples elecciones. En 1976 atravesó la exigencia del respaldo de Cuba como condición excluyente de la unidad y pisoteó las pautas democráticas que han de regular las relaciones entre los aliados. En 1978 y 1980 abogó abiertamente por la democracia burguesa y enarboló su plataforma de reformas, lanzando por la borda las demandas fundamentales del pueblo colombiano. Y en 1982, olvidándose hasta de la hoja de parra, gimoteó por la amnistía y la paz, y canjeó frente, plataforma y todo por unos cuantos renglones secundarios en las papeletas de la oposición llerista. Vivir para ver.